7
—Yo los fines de semana del quince y del veintinueve de noviembre no estoy —dijo Nadia antes de que Celia terminara de repartir los planos—. Están los niños conmigo. El resto sí.
—Apuntado.
—No, apuntado no. Escrito. —Nadia señaló el papel—. Escrito ahí, en la casilla, con mi nombre al lado.
Eran las nueve y diez de un jueves y en la sala de reuniones había cuatro personas y media, porque Quique estaba en una pantalla, en su casa, con una taza que ponía Valladolid y detrás una estantería que Celia le había visto ya en once proyectos.
Tomás Cobo llegó el último, con dos cajas de material y un termo.
—¿Café? —dijo Amaya, levantando la jarra de la máquina.
—No.
—Es de la buena.
—No es de la buena. —Tomás dejó las cajas en el suelo, se sentó y se sirvió del termo—. Y yo a las ocho me voy.
—Empezamos a las siete de la mañana —dijo Celia.
—Por eso a las ocho me voy.
—Tomás, hay tres salidas con rodaje nocturno.
—Y en esas tres me voy a las once y cobro nocturnidad. —Se sirvió el café y no levantó la vista—. Yo no estoy protestando. Te estoy diciendo la hora para que la pongas en el plan y no me la pidas el sábado a las ocho y cinco poniendo cara.
Lo apuntó. Era, técnicamente, la primera vez en cuatro años que alguien de un equipo suyo le decía una hora antes de empezar en lugar de después de terminar.
Amaya miró a Celia, esperando algún tipo de corrección jerárquica que no llegó.
—Bueno —dijo Celia—. Siete salidas. Sábado y domingo, del cuatro de octubre al dieciséis de noviembre. Todos los lunes se publica una pieza de entre cinco y ocho minutos. Y viene con nosotros un supervisor externo que puede parar lo que quiera.
—¿El del hilo? —dijo Quique desde la pantalla.
—El del hilo.
Hubo un silencio de tres segundos que Celia había previsto y para el que no había preparado nada.
—Bueno —dijo Amaya—. A mí me parece bien.
Los cuatro la miraron.
—¿Qué? —Se puso un poco colorada, pero siguió—. Es que si va a haber alguien mirando, prefiero que sea alguien que sabe mirar. Yo con un auditor de estos me paso siete semanas rellenando casillas. Este por lo menos entiende una imagen.
Nadia levantó las cejas medio milímetro.
—Es la persona que nos ha puesto en la picota.
—Y tiene razón en catorce de dieciséis —dijo Amaya.
—Amaya, tú lo montaste.
—Ya sé que lo monté. —Bajó la voz—. Y sigue estando bien montado. Que estuviera mal usado no lo pone feo.
Tomás, que llevaba dos minutos enroscando y desenroscando el tapón del termo, dejó el termo en el suelo.
—El sonido lo llevo yo entero, ¿no?
—Entero.
—Entonces me da igual quién mire. —Se guardó el tapón en el bolsillo—. Lo que se oye no se puede maquillar. Es lo bueno que tiene.
—Perdón. —Quique levantó una mano en la pantalla—. ¿A qué hora tengo yo el material?
—El domingo a las nueve de la noche.
—No.
—Quique.
—Que no, Celia. —Se acercó a la cámara—. Si me mandas el bruto del fin de semana el domingo a las nueve, yo el lunes a las seis de la mañana estoy todavía viéndolo. Dos días de rodaje son ocho o nueve horas de material. Solo mirarlo son ocho o nueve horas. Y después hay que montar.
—Entonces no me mandes el bruto.
—Eso es lo que estoy diciendo yo.
—No, escúchame. —Celia dio la vuelta al plano y escribió en el reverso—.
Se selecciona en campo. Cada jornada, en cuanto se para, Amaya y tú marcáis las tomas buenas ahí mismo, y Tomás marca las pistas.
Yo os doy media hora cada tarde solo para eso, y esa media hora no se toca aunque se esté cayendo el mundo.
—¿Media hora de seis personas paradas? —dijo Nadia.
—Media hora de seis personas paradas.
—Eso son tres horas de equipo al día.
—Sí. —Celia levantó la vista—. Y sale mucho más barato que el lunes a las seis de la mañana con Quique llorando.
—Yo no lloro —dijo Quique—. Yo escribo mensajes largos.
Amaya se rió. Nadia, no.
—Vale —dijo Nadia—. Pero entonces la selección la hacéis vosotros dos y yo no os oigo. Porque si me metéis a mí, sois tres discutiendo y son cuarenta minutos.
—Hecho.
Tomás desenroscó otra vez el termo.
—¿Qué llevas ahí? —dijo Amaya.
—Café.
—Ya, pero café de qué.
—De casa.
—Yo te voy a convertir —dijo Amaya, señalando la jarra de la máquina—. Antes de la cuarta salida te tomas uno de estos.
—Antes de la cuarta salida vas a estar tú trayendo termo —dijo Tomás, y fue lo más largo que dijo en toda la reunión.
Paula llegó a las cuatro con dos personas de su equipo y una hoja de cálculo abierta desde el minuto uno.
—El producto —dijo Celia—. Antes de los números.
—El producto está.
—Necesito que esté de verdad y desde el episodio uno. Si el lunes publicamos un sitio y el martes alguien quiere ir, tiene que poder comprar algo.
—Puede. —Paula giró la pantalla—. Billete a nodo más última milla contratada. En Segovia, tren hasta Guiomar y un autobús comarcal que sale a y veinte y que tenemos con un operador local. El paquete se llama escapada de fin de semana y se compra en nuestra web.
—¿Y si el autobús deja de pasar?
—Entonces lo quitamos de la web.
—Entonces lo quitamos de la web y lo decimos en el episodio —dijo Celia.
Paula la miró un segundo largo.
—Eso no lo va a entender mi consejo.
—Su consejo no se va a enterar hasta que pase, y cuando pase va a ser en la semana cinco o en la seis, no ahora. —Celia se encogió de hombros—. Y usted el viernes firmó delante de un periodista que se publica lo que salga.
—Firmé lo que salga del rodaje.
—Y una última milla que no funciona sale del rodaje. Sale de que estamos allí.
Hubo cuatro segundos en los que Paula no dijo nada y una de las dos personas de su equipo dejó de escribir.
—De acuerdo —dijo Paula—. Pero me lo avisa antes de rodarlo, no antes de publicarlo.
Los números fueron peor.
Bajaron el cámara freelance de siete salidas a seis, cosa que Celia aceptó porque en la séptima podía cubrirlo Amaya.
Bajaron los días de preproducción en destino de dos a uno.
Quitaron un alojamiento y pusieron dos habitaciones dobles, y Nadia, desde el otro lado de la mesa, escribió algo y lo subrayó dos veces.
—Esta partida —dijo Paula, señalando con el bolígrafo—. Contingencia. Es alta.
—Es lo normal en campo.
—Es el cuatro por ciento.
—Es el cuatro por ciento porque vamos a rodar en la calle siete fines de semana seguidos en otoño —dijo Celia—. Si llueve el sábado, la contingencia es lo que hace que el domingo sigamos teniendo un episodio.
—Bájela al dos.
Celia hizo la cuenta mentalmente. Al dos por ciento aguantaba un desastre, no dos.
—Al dos y medio.
—Al dos.
—Al dos —concedió—. Con una condición: no se toca la línea de abajo.
Paula bajó la vista a la hoja.
—¿Pretest de recepción? —Frunció el ceño—. ¿Eso qué es?
—Prueba de recepción a dos versiones. Se contrata fuera, es un panel pequeño, mide qué se recuerda y qué se cree.
—Nosotros ya medimos.
—Ustedes miden clics y reservas. Eso es otra cosa.
—Es que no me la voy a poder justificar.
—Paula golpeó la mesa con el bolígrafo, dos veces, sin agresividad—.
Yo tengo que llevar este presupuesto a un consejo que ahora mismo quiere saber cuándo va a vender billetes.
Si les meto una partida para preguntarle a cincuenta personas qué se acuerdan, me la tachan ellos.
—Son cuatro mil euros —dijo Celia—. Es el cero coma cuatro del total. Y no la voy a gastar hasta que haya dos versiones de algo que comparar, así que si no llegamos ahí, no se gasta. Se devuelve entera en el cierre.
—¿Y para qué la quiere entonces?
—Porque cuando la necesite no me la van a aprobar en dos días.
Paula la miró con una expresión que Celia no supo leer, y que no era enfado.
—Déjela —dijo—. Y no me la mencione en ninguna reunión con mi consejo.
Se fueron a las ocho menos veinte.
Celia se quedó sola con el plan de rodaje encima de la mesa, siete filas, cuarenta y dos casillas, y con el hueco de la firma abajo a la derecha. Había que mandarlo esa noche para que legal lo tuviera el viernes y para que los permisos de Segovia entraran a primera hora.
Miró la casilla del quince de noviembre.
Nadia lo había dicho por la mañana y ella lo había escrito. Y ahora, con la reunión de Paula encima y el cámara caído de la séptima salida, mover a Nadia del quince significaba mover el cierre de ruta, y mover el cierre de ruta significaba pedirle a Paula una reunión más.
Podía llamarla. Eran las ocho menos veinte de un jueves y Nadia estaría en el coche.
Podía llamarla y decirle exactamente esto: que había un problema, que las opciones eran tres y que ninguna era buena, y estar veinte minutos al teléfono con una mujer que acababa de terminar su jornada.
O podía resolverlo ella, que era para lo que le pagaban.
Buscó la fila del quince, escribió el nombre de Nadia en la casilla y firmó abajo a la derecha. Después mandó el plan a legal, a Paula y a Damián con copia al equipo, y en el cuerpo del correo escribió que el calendario estaba cerrado y que cualquier ajuste se hablaba con ella.
Salió de la oficina a las nueve menos cuarto sintiéndose bastante bien.
El viernes a las cinco y media, Chamartín tenía la luz amarilla de siempre y ocho grados menos que la calle.
Tomás llegó el primero, con las cajas ya facturadas en la furgoneta que había salido a mediodía y con el termo.
Quique no venía. Amaya apareció corriendo, con la mochila mal cerrada, y dijo que se había dejado el cargador y que daba igual.
Iñigo llegó a las seis menos veinte, con una bolsa pequeña y una cámara que no era de trabajo, y saludó a todo el mundo con la cabeza sin acercarse al grupo.
Celia había llegado la primera, a las cinco y cuarto, con el plan impreso y con la sensación bastante agradable de tener todo lo que se puede tener el día antes de empezar: los permisos concedidos, el alojamiento confirmado, la avenida vista con sus propios ojos el martes y una previsión que daba cielos cubiertos y cero litros.
En su experiencia, esa sensación duraba hasta el primer sábado.
—Vía siete —dijo Nadia.
Estaban en el andén, en fila, con esa manera de estar de la gente que va a trabajar el fin de semana y todavía no sabe si eso le hace gracia o no.
Nadia sacó el móvil y abrió el plan.
La vio hacerlo por el rabillo del ojo. La vio pasar de la primera fila a la séptima, pararse, subir con el pulgar y volver a bajar. La vio comprobarlo dos veces.
Después Nadia bloqueó el teléfono y se lo guardó en el bolsillo del abrigo.
No dijo nada. No la miró. Se colocó bien la correa de la bolsa y se puso a mirar el panel de salidas como si en el panel hubiera algo que mirar, y a Celia se le ocurrió, con una incomodidad muy pequeña y muy limpia, que aquello era exactamente lo que hacía ella cuando alguien decidía algo por ella.
Iba a decir su nombre.
—Vamos —dijo Tomás—, que este sale puntual y luego no hay quien pare el vagón.
El tren salió a las seis y doce.
Amaya se durmió antes de Villalba. Tomás se puso los cascos. Nadia contestó tres mensajes seguidos y después miró por la ventanilla, y al otro lado del pasillo Iñigo había sacado una libreta y estaba escribiendo algo que Celia, desde su asiento, no podía leer y no pensaba preguntar.
A los diez minutos, Nadia se levantó y se sentó en el asiento vacío de al lado.
—Los permisos de la avenida los tenemos hasta las tres —dijo—. Y he pedido la autorización de acera por si hay que poner el trípode fuera del carril, que la última vez en Segovia nos la pidieron.
—Bien pensado.
—Y he llamado al del autobús comarcal, porque si el paquete lo vende Paula y el autobús no aparece, la culpa va a ser nuestra igual. —Se abrochó el abrigo—. Sale a y veinte. Confirmado por una persona con nombre, no por una web.
—Gracias.
—No me des las gracias, que es mi trabajo.
Siguió ahí sentada, mirando el pasillo, y Celia esperó a que dijera lo otro.
No lo dijo.
Fuera ya era de noche y el campo pasaba negro con las luces de las urbanizaciones al fondo.
Quedaban veinticuatro minutos hasta Segovia, siete fines de semana y una avenida llena de hojas que Celia había ido a ver el martes por la tarde y que era, con diferencia, lo más bonito que había visto en todo el mes.