Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 6
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Llegaron a las nueve y media y a las diez menos cinco ya se había caído la mitad del borrador.

Estaban los mismos de la otra vez y dos más: un abogado de VIALTA que se llamaba Óscar Benito y que hablaba solo cuando alguien decía un número, y una chica de gabinete que tomaba acta. Damián se había puesto la chaqueta que se ponía para las cosas que quería ganar.

—Diez episodios —dijo Paula.

—Siete —dijo Celia.

—El brief tenía diez.

—El brief tenía diez cuando el brief era grabar en dos sitios con modelos.

—Celia abrió el cuaderno—. Rodamos sábado y domingo.

Volcado el domingo por la noche, montaje de madrugada, revisión el lunes por la mañana, publicación el lunes por la tarde.

Eso son cuatro días de trabajo real por pieza y una noche que nadie duerme.

Con siete llegamos. Con diez, en la cuarta semana tengo un equipo que empieza a cometer errores, y sus errores salen publicados el lunes.

—¿Cinco minutos?

—Entre cinco y ocho. Menos de cinco no cuenta nada. Más de ocho no lo ve nadie hasta el final, y el final es donde va lo que a ustedes les interesa.

Benito levantó dos dedos.

—Ocho minutos por siete son cincuenta y seis minutos de contenido original en siete semanas.

—Sí.

—Con seis personas.

—Con seis personas y un cámara por salida —dijo Celia—. Y por eso no son diez.

Paula miró a Benito. Benito no dijo nada más, que era su manera de estar de acuerdo.

Rosa habló entonces, sin quitarse el abrigo, como el viernes.

—El veto tiene que estar por escrito y tiene que estar en el contrato, no en un anexo de buenas intenciones.

—El veto sobre qué —dijo Damián.

—Sobre manipulación, sobre uso de material sin consentimiento vigente y sobre supresión de contexto que cambie el sentido de una pieza.

—Lo tercero es un cheque en blanco.

—Lo tercero es lo único que importa —dijo Iñigo.

Fue la primera vez que hablaba en toda la mañana y Celia levantó la vista.

—Las dos primeras las cumple cualquiera —siguió él—.

Nadie va a pegar una torre de Ávila en un plano dos veces en la misma temporada.

Lo que va a pasar, y va a pasar seguro, es que en la semana cinco haya un montaje en el que todos los planos sean verdad y el conjunto no lo sea.

Y si mi veto no llega ahí, mi veto es un adorno.

Celia apuntó esa frase en el margen del cuaderno, sin decidir apuntarla.

Llevaba desde el viernes catalogando a aquel hombre en el sitio donde iban los que señalan incendios, y lo que acababa de describir no era una hipótesis moral.

Era el calendario. Semana cinco, con la campaña funcionando, con el cliente contento y con todo el mundo cansado, alguien iba a proponer un montaje limpio y todos los planos iban a ser verdad.

Ella misma lo habría propuesto.

Damián se echó atrás en la silla.

—Y si su veto llega ahí, usted puede tumbar cualquier pieza porque le parezca que el tono no es el adecuado.

—Puedo.

—Con lo cual la campaña la dirige usted.

—No —dijo Rosa—. La campaña la dirigen ustedes. Nosotros solo podemos impedir que salga. No es lo mismo y ustedes lo saben perfectamente, porque si fuera lo mismo no nos habrían llamado.

—Hay otra cosa —dijo Rosa—. Él va a los rodajes. A todos, los dos días.

Damián soltó el bolígrafo.

—Eso es un séptimo pasajero en cada furgoneta, siete alojamientos, siete dietas y una persona más en cada permiso de rodaje.

—Sí.

—¿Y quién lo paga?

—Nosotros —dijo Rosa—. Su desplazamiento y su alojamiento los paga CONTRALUZ y sale en el acuerdo publicado. Lo que no puede pasar es que él firme un lunes un material que ha visto por primera vez ese lunes.

—Puede revisar el bruto.

—El bruto no dice quién firmó una autorización de pie y bajo la lluvia.

Celia levantó la vista.

Era, con diferencia, la frase más incómoda que se había dicho en toda la mañana, porque describía algo que iba a ocurrir, que iba a ocurrir por su culpa y que ella todavía no sabía que iba a ocurrir.

Miró a Rosa, y después, un segundo, a Iñigo, que no había abierto la boca y que estaba dejando que su directora dijera lo que él ya había decidido no decir.

—Por mí que venga —dijo Celia.

—¿Perdona? —dijo Damián.

—Que venga. Si tiene que firmar, que vea. —Cerró el cuaderno un momento—. Y además prefiero que esté delante cuando algo salga mal, porque va a salir mal, y no quiero explicárselo el lunes por teléfono con el montaje ya hecho.

Damián apretó los labios y anotó una cifra en el margen.

—Con esto el presupuesto de campo sube un ocho por ciento.

—Sube un tres —dijo Celia—. El alojamiento lo pagan ellos.

A Celia le llevó veinte minutos entender de qué estaban discutiendo en realidad, que era del reloj.

—Si él veta un domingo por la noche —dijo—, ¿qué publicamos el lunes?

Silencio.

—Es una pregunta de producción, no de principios —insistió—. Tenemos soportes comprados y una publicación semanal anunciada. Si el veto es instantáneo y definitivo, el lunes que él vete nosotros no tenemos nada que poner, y no tener nada que poner es una noticia más grande que la pieza.

—Setenta y dos horas —dijo Damián.

Lo dijo demasiado rápido y Celia supo, por cómo lo dijo, que lo llevaba preparado desde el viernes.

—Explíquese.

—Se levanta el veto, se hace un acta, y la empresa tiene setenta y dos horas para presentar una versión subsanada. Si en setenta y dos horas hay acuerdo, se publica. Si no lo hay, se cae.

—Si no lo hay, se publica la retirada —dijo Rosa.

—Eso no estaba.

—Eso es lo que compra las setenta y dos horas.

—Rosa se inclinó un poco—. Le doy tres días para arreglarlo.

A cambio, si no lo arregla, el vencimiento del plazo publica automáticamente la retirada de CONTRALUZ y el motivo, sin que nadie tenga que decidir nada.

Ni ustedes, ni yo. Vence el plazo y sale.

—¿Automáticamente?

—Automáticamente. Porque si depende de que yo lo decida, ustedes se pasarán las setenta y dos horas llamándome a mí en vez de arreglando la pieza.

Benito escribió algo. Paula lo leyó por encima del hombro y asintió.

—Aceptamos —dijo—. Con una condición. El plazo empieza cuando se levanta el acta, no cuando alguien dice que va a levantarla.

—De acuerdo.

—Y durante esas setenta y dos horas no se hace público que hay un veto.

Rosa lo pensó cuatro segundos.

—Aceptado.

Fue ahí donde Celia vio la grieta.

La vio como veía siempre estas cosas, sin buscarla, mirando el calendario que tenía delante y contando hacia atrás.

Si el veto se levantaba un domingo por la noche, las setenta y dos horas se comían el lunes, el martes y el miércoles.

Y el jueves siguiente había otra salida.

Y ella iba a estar en un tren, en otra provincia, dirigiendo un rodaje, mientras se agotaba un plazo que solo podía cerrar ella.

Podía no decirlo. Nadie más en la sala lo había visto, incluido el abogado.

—Falta una cosa —dijo—. Si el veto cae en semana de rodaje, la persona que tiene que negociar la subsanación no está en Madrid.

O paramos la salida siguiente, y entonces se rompe la publicación semanal, o alguien firma por mí desde aquí, y entonces el acuerdo no vale nada porque quien firma no ha visto rodar.

—¿Y qué propone? —dijo Paula.

—Que quede escrito que el plazo se suspende durante las horas de rodaje. —Celia hizo la cuenta en voz alta—. De viernes a las seis a domingo a las diez. Son cuarenta horas. Si no lo escribimos hoy, en la semana seis me lo van a exigir y yo no voy a poder decir que no.

A Damián se le puso una cara rara.

Óscar Benito escribió durante quince segundos seguidos.

—Es razonable —dijo.

Celia bajó la vista al cuaderno. Iñigo, enfrente, había dejado de subrayar y estaba mirándola, no con simpatía, sino con la atención concreta de quien acaba de descartar una hipótesis y todavía no tiene otra.

Celia no le devolvió la mirada porque tenía la línea siguiente escrita desde el martes y quería decirla antes de que a alguien se le ocurriera otra cosa.

—Y ahora el dinero.

El reparto salió, como salen estas cosas, del intento de cada uno de quedarse con dos piezas.

Damián quería presupuesto y aprobación comercial.

Paula quería aprobación comercial y decisión de destino.

Rosa quería firma e informe. Celia quería presupuesto y calendario.

A las once y media, después de que Benito dijera dos veces la palabra incompatible , la mesa se quedó como se tenía que quedar y a nadie le gustó.

El informe semanal fue lo último y lo más corto, porque no había nada que negociar y todos tardaron media hora en aceptarlo.

—Se publica el martes —dijo Rosa—. Después del episodio, no antes. Y no lo ven ustedes.

—¿Ni para comprobar datos? —dijo Benito.

—Ni para comprobar datos.

—Si sale un error, van a corregirlo en público.

—Vamos a corregirlo en público, sí. —Seguía con el abrigo puesto desde las nueve y media—.

Mire, si su gabinete lee mi informe antes que sus lectores, mi informe deja de ser un informe y pasa a ser una nota de prensa con nuestro logotipo.

Y entonces ustedes tienen la peor de las dos cosas: pagan el acceso y no compran nada.

Paula fue la que cerró la discusión, y lo hizo mirando a su propio abogado.

—Que se publique el martes —dijo—. Si nos va a doler, prefiero que nos duela por escrito y en una web pequeña que en la cadena de mensajes de la gente.

VIALTA pagaba producción y transporte y aprobaba comercialmente. brUMA ejecutaba y controlaba el calendario. CONTRALUZ firmaba, publicaba su informe cada semana y no cobraba de VIALTA un solo euro, lo cual constaba en el acuerdo y se iba a publicar entero, con esa frase dentro.

Nadie tenía las tres.

Lo entendió del todo mientras Benito lo leía en voz alta para el acta, y le pareció, por un momento, una arquitectura casi elegante.

Ella podía parar un rodaje y no podía aprobar una pieza.

Paula podía aprobar una pieza y no podía impedir que se publicara el informe que la criticase.

Rosa podía impedir que saliera una pieza y no podía decidir qué se rodaba.

Damián podía cerrar el grifo del dinero y no podía firmar nada.

Cuatro personas y ninguna con las manos libres.

Iba a funcionar, pensó, exactamente hasta el día en que a alguno de los cuatro le hiciera falta la pieza que le tocaba a otro.

—Y una última cosa —dijo Rosa, y sacó dos folios—. Protocolo. Si esto se pone feo, quiero saber ahora quién hace qué, y no averiguarlo un martes.

Era el modelo estándar del gabinete de VIALTA y a Celia le bastaron dos minutos para ver que estaba escrito por alguien que nunca había estado en un rodaje.

—Esto no vale —dijo—. Nivel uno, comentario negativo, se responde en abierto. Vale. Nivel dos, aquí pone «participante insatisfecho, se valorará la retirada del material». No. Si un participante se arrepiente, se retira el material y se publica que se ha retirado. No se valora nada.

—Eso nos deja expuestos —dijo Benito.

—Eso les deja creíbles. Es la diferencia entre esta campaña y la anterior, y es literalmente lo único que tienen. —Tachó una línea—. Y nivel tres, veto no subsanado: aquí no pone nada. Pongan que se prepara comunicado desde la hora cero, no desde la hora setenta y una.

Paula leyó las correcciones.

—¿Usted esto lo ha hecho antes?

—He hecho cuatro campañas nacionales —dijo Celia—. Los protocolos de crisis siempre los escribe alguien que no va a estar allí.

Benito puso una objeción a las doce y cuarenta que nadie esperaba y que retrasó la firma treinta minutos.

—El documento dice «episodios de cinco a ocho minutos».

—Correcto —dijo Paula.

—¿Cinco a ocho minutos qué? Porque si son siete episodios de ocho minutos son cincuenta y seis minutos de material del que respondemos nosotros, y si son de cinco, treinta y cinco. Hay veintiún minutos de diferencia y nadie los ha presupuestado.

Se hizo un silencio en el que Celia calculó, y le salió que Benito tenía razón.

—Ponemos cinco a ocho y añadimos que la duración la fija la productora dentro de ese margen —dijo—. Y así los veintiún minutos son míos.

—¿Y por qué iba a querer usted eso? —dijo Benito.

—Porque el día que un episodio tenga que durar ocho minutos, va a ser porque hay una razón, y no me apetece discutirla un domingo por la noche con usted.

Benito lo apuntó, satisfecho, y a Celia le pareció que era la primera persona de aquella sala a la que le interesaba de verdad lo que decía.

Firmaron a la una menos veinte.

Celia salió al pasillo con la carpeta debajo del brazo y con esa sensación rara de las reuniones que van bien, que consiste en no saber todavía qué se ha perdido. Damián la alcanzó junto a los ascensores.

—Buen trabajo —dijo—. Lo de las cuarenta horas ha sido bueno.

—Es una obviedad.

—Ha sido bueno porque te perjudica a ti y lo has dicho igual. —Pulsó el botón—. Ahora escúchame. Figuras como responsable nominal del proyecto ante ellos y ante el medio. Con nombre y apellidos, en la cláusula tres.

—Ya lo sé, lo he firmado yo.

—Sí, pero quiero que sepas lo que significa. Significa que yo no te puedo cambiar sin decírselo a las tres partes.

Celia lo miró.

—¿Y por qué ibas a querer cambiarme?

—No voy a querer —dijo Damián—. Te lo digo para que sepas dónde estás.

—Damián.

—Dime.

—El domingo te mando la cronología —dijo Celia—. Cuatro folios, sin adjetivos, como pediste. Pero quiero que sepas que la voy a escribir entera. Van a estar las fechas, los correos y quién aprobó qué.

—No esperaba menos.

—Lo digo porque la parte fea es mía y va a estar dentro.

Damián asintió despacio, mirando los números del ascensor.

—Eso te honra —dijo—. Y ahora te voy a dar el único consejo que te voy a dar en todo el otoño: no la escribas el domingo por la noche. Escríbela mañana por la mañana, con café, y déjala reposar un día antes de mandármela.

Se rió, y no cayó hasta media hora después de que aquello no había sido un consejo sobre cómo escribir.

Llegó el ascensor. Él no entró.

—La sociedad, cuando entreguemos —añadió—. Y esto no lo he dicho arriba porque no hacía falta: si esto sale bien, no vas a tener que pedírmelo. Te lo van a pedir ellos a mí.

Las puertas se cerraron.

Celia bajó cuatro plantas mirando su propio reflejo en el metal, con la carpeta apretada contra el pecho y una lista mental que ya iba por el punto nueve, y solo cuando salió a la calle y le dio el aire se paró a hacer la única cuenta que llevaba toda la mañana sin hacer.

Del cuatro de octubre al dieciséis de noviembre.

Siete fines de semana.