Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 5
12%

5

El lunes por la mañana Iñigo llegó a la redacción con tres soluciones y las perdió las tres en cuarenta minutos.

CONTRALUZ ocupaba la segunda planta de un edificio de Malasaña, siete mesas, una sala de reuniones que era la mesa del fondo con un biombo, y una cocina donde había una nota pegada desde marzo pidiendo que alguien tirara un tupper.

Rosa lo vio entrar y siguió escribiendo dos minutos, que era su manera de decirle que se sentara.

—A ver —dijo al final.

—Muralla china.

—Empieza otra vez.

—Yo superviso lo del tren y el mapa lo publica la casa. Lo firma otro. Yo no toco esa parte, no la edito, no la leo antes. Cortafuegos por escrito, publicado en la web, con la fecha en que entrego el material. —Se sentó—. Se hace en todas partes.

—Se hace en periódicos de cuatrocientas personas —dijo Rosa—. Nosotros somos siete y una está de baja.

—Entonces lo publicamos primero. El mapa sale la semana que viene, en bruto si hace falta, y cuando salga yo ya soy el tío que ha publicado el mapa y encima supervisa. Es más incómodo para ellos que para nosotros.

—Esa es peor.

—¿Por qué?

—Porque si sacas el mapa el lunes y el jueves te sientas en una sala de VIALTA, lo que estás haciendo, visto desde fuera, es enseñarle a una empresa el arma y luego cobrarle por guardarla.

—Rosa apartó el teclado—. Yo sé que no es eso.

Tú sabes que no es eso. La tercera persona que lo lea no lo va a saber.

Iñigo tenía la tercera preparada y sonaba mejor en su cabeza que en la mesa.

—Yo no firmo nada. Voy, miro, y cuento lo que veo. Sin acuerdo. Como periodista y ya está.

—Y entonces no te dejan entrar. —Rosa se encogió de hombros—. Eso no tiene ni la categoría de dilema. Sin acuerdo no hay acceso, sin acceso no hay nada que contar y sin nada que contar tú estás en tu casa el sábado a las siete de la mañana mirándolo por internet como todo el mundo.

Nadie dijo nada. Alguien, al fondo, estaba explicando por teléfono qué era un pie de foto.

—Hay una cuarta cosa que no has dicho y que es la que a mí me importa —dijo Rosa—. Ven.

Giró su pantalla. Era una hoja de cálculo con cuatro columnas y a Iñigo le costó un momento entender que estaba mirando la contabilidad de su propio trabajo.

—Esto es lo que hicimos el año pasado. Cuarenta y una piezas. De esas cuarenta y una, seis se leyeron. —Señaló—. Estas seis. Las otras treinta y cinco las escribimos igual de bien.

—Ya sé cómo funciona.

—Sé que lo sabes. Lo que a lo mejor no has calculado es esto otro.

—Bajó dos filas—. Siete semanas seguidas publicando un informe propio, con un asunto que la gente ya está siguiendo, sin depender de que nadie nos abra una puerta.

Eso, para una casa de siete personas, no es una oportunidad. Es medio año.

—Y si sale mal es medio año al revés.

—Exacto. Por eso no te voy a decir que lo hagas por el interés público. —Volvió a girar la pantalla—. Enséñame el correo.

—¿Qué correo?

—El del viernes. Le pediste material a alguien el viernes, porque tú los viernes siempre pides material.

Iñigo abrió el portátil y giró la pantalla. Había escrito a los cuatro operadores y a los dos patronatos pidiendo la actualización de otoño de sus bancos de imágenes, como llevaba haciendo desde julio, con el mismo texto de siempre.

Habían contestado tres.

Los tres decían lo mismo con palabras distintas: que a partir de ahora las solicitudes de material se atendían a través del departamento jurídico, que rogaban indicar medio, finalidad y fecha prevista de publicación, y que agradecían su interés.

—Esto llegó el sábado —dijo Rosa.

—El sábado y el domingo.

—O sea que la decisión que llevas dos días agonizando ya la tomaste tú el miércoles a las nueve y cuarto.

—El mapa se puede hacer igual.

—El mapa se puede hacer igual con lo que ya tienes, que es material de agosto y que dentro de cuatro meses estará viejo, y sin poder pedir un archivo más a nadie.

—Rosa lo dijo sin ninguna piedad y sin ningún gusto, como quien lee una temperatura—.

No es que te lo esté quitando yo. Es que ya no está.

Le costó veinte minutos más admitir en voz alta lo que iba a hacer, y en esos veinte minutos Rosa le dio la única cosa que Iñigo no había considerado.

—Requena me llamó ayer —dijo—. Tienen dos alternativas si tú dices que no.

—Que me las diga a mí.

—Te las digo yo. Una es una consultora de reputación que ha hecho esto mismo para dos cadenas hoteleras, y que emite un informe de verificación con un sello azul precioso. La otra es Gerardo Illán.

Iñigo levantó la cabeza.

—Illán no verifica nada.

—Illán firma.

—Illán firmó lo de las viviendas de Alicante.

—Sí.

La nota del tupper llevaba pegada desde marzo y Iñigo estuvo un rato leyéndola.

Lo que le pasó por dentro no fue noble, y tuvo el detalle de reconocerlo en el momento, que era más de lo que solía.

No pensó en la gente que iba a salir en cámara, ni en los pueblos, ni en el interés público.

Pensó, con una claridad desagradable, en Illán entrando en un rodaje con su chaqueta buena, viendo exactamente lo mismo que habría visto él, y no viéndolo.

—Si lo hace él, sale bien —dijo—. Ese es el problema. Sale impecable. Y dentro de dos años esto es el caso de estudio de cómo se sale de una crisis, y lo van a copiar cuatro, y ninguno va a parar una cámara en su vida.

—Puede.

—Rosa, dime que no es solo soberbia.

—Es soberbia —dijo ella—. Y también es verdad. Las dos cosas caben.

Se rió por la nariz, sin ganas.

—¿Y a ti qué te cuesta?

Rosa tardó en contestar y esa fue la parte que a él le sirvió.

—Si esto sale mal, no sales mal tú. Salimos nosotros.

—Señaló las siete mesas con la barbilla—.

Lo único que tenemos para vender es que nadie ha podido decir nunca que teníamos un interés.

Yo he dicho que sí porque el formato nos pone donde no llegamos nunca, y porque publicar un informe propio cada semana durante siete semanas es más de lo que hacemos en un trimestre.

Pero si tú firmas una pieza que después resulta ser un problema, el que se queda sin nada que vender soy yo, y las seis de ahí fuera.

—Vale.

—Y por eso te lo he dicho, no para que te sientas mal. —Rosa volvió a acercarse el teclado—. Puedes decir que no. Sigue encima de la mesa. Dices que no, te quedas el mapa, lo terminas con lo que tienes y en enero lo publicamos. Yo llamo a Requena esta tarde y le digo que CONTRALUZ se retira.

—No.

—Piénsalo hasta las seis. Yo a Requena la llamo a las seis y cuarto diga lo que diga, así que aprovecha.

Iñigo miró la nota del tupper, que llevaba pegada desde marzo y que nadie iba a quitar nunca.

Había una versión de la tarde siguiente en la que él estaba en su casa, con el disco duro, ordenando cuatrocientas horas de trabajo, tranquilo y con razón. Se la imaginó entera, hasta la parte de enero en la que se publicaba y alguien le escribía para decirle qué barbaridad.

—No —dijo Iñigo.

Rosa lo llamó a la una y media para decirle una sola cosa.

—Dos avisos y cuelgo. El primero es que Elvira Sanz es más rápida que tú y te vas a pasar la tarde entera diciéndole «espera».

—¿Y el segundo?

—Que si en algún momento de esta tarde te oyes decir «esto se entiende mejor si te lo cuento yo», paras y le mandas el archivo. —Colgó sin despedirse.

Se lo oyó decir a las cinco menos veinte, en voz alta, en su propia cocina, y le costó bastante mandar el archivo.

La entrega ocupó una tarde entera y fue mucho peor de lo que había calculado.

Elvira Sanz no trabajaba en la casa. Era freelance, tenía treinta y uno y había hecho para ellos una serie sobre suelo agrícola que a Iñigo le había parecido, en su momento, demasiado larga. Se conectaron a las cuatro y siguieron hasta las ocho y veinte.

Él había preparado un documento de once páginas con la estructura del mapa, y a los quince minutos entendió que el documento no servía para nada, porque lo que había que traspasar no eran las conclusiones sino las cuatrocientas horas de mirar.

Cuál de los ocho bancos aparecía en qué país.

Qué gabinete contestaba y cuál no. Que el de la comunidad autónoma mandaba el material en carpetas con la fecha de descarga puesta y que eso, que parecía una torpeza, era la mina.

—¿Y esto? —dijo Elvira—. La carpeta esta de paisajes corredor noroeste .

—Esa es de VIALTA.

—Ya, ya la veo. Digo que la tienes marcada en tres sitios.

—Porque ahí está la plaza.

—¿La plaza de tu hilo?

—Sí.

Hubo una pausa corta.

—Iñigo, si yo trabajo esa carpeta y encuentro algo, lo publico.

—Ya lo sé.

—Aunque tú estés dentro.

—Justamente por eso te la doy a ti y no me la quedo yo —dijo él, y le salió más seco de lo que pretendía—. Perdona. Sí. Publícalo.

Hubo un momento, sobre las seis y media, en que Elvira dijo una cosa que él llevaba ocho meses sin decirse.

—Oye, esto es mejor de lo que yo pensaba.

—Ya.

—No, digo que es mucho mejor. Yo creía que era una lista de coincidencias. Esto es otra cosa. —Se oyó pasar páginas—. Tú aquí puedes decir, con nombres, que hay ocho empresas decidiendo qué cara tiene Europa.

—Puedo, sí.

—¿Y lo has soltado?

—Lo he soltado —dijo Iñigo, y cambió de pantalla para no seguir por ahí.

Le pasó también, porque era lo honrado, los tres contactos que valían.

Un técnico de un patronato que hablaba si le llamabas al móvil y nunca al fijo.

Una documentalista de un banco de imágenes que llevaba dos años molesta con su propia empresa.

Y un fotógrafo de Salamanca que le había escrito el miércoles por la noche para contarle, sin pedirle nada, que en su día le habían encargado una campaña de otoño y que al final habían tirado de archivo porque salía más barato.

Ese último lo dictó despacio.

—Este es bueno —dijo Elvira, apuntándolo—. ¿Le has contestado?

—Todavía no.

—Pues contéstale tú antes de que le escriba yo, que si no va a pensar que te lo has pasado como un cromo.

Tenía razón. Lo apuntó.

A las ocho y veinte, cuando ya estaban cerrando, Elvira se echó atrás en su silla y estiró los brazos.

—Una última y te dejo. Cuando esto se publique, ¿qué quieres que pase?

—¿Cómo que qué quiero que pase?

—Sí. Tú llevas ocho meses con esto. Sale el mapa, la gente lo lee, se indigna dos días. ¿Y qué quieres tú que pase después?

Iñigo abrió la boca y se dio cuenta de que no tenía la frase.

Tenía siete respuestas de las que se dan en las mesas redondas.

Transparencia. Que el sector se mire. Que la próxima vez alguien lo piense.

Las oyó todas dentro de su cabeza y le sonaron a lo que eran, que era a nada, porque ninguna describía una cosa concreta que fuera a ocurrir un martes por la mañana en algún sitio real.

—No lo sé —dijo.

—Vale. —Elvira lo apuntó, sin ninguna maldad—. Es que si no lo sabes, se nota en el último tercio. Te lo digo porque me lo voy a comer yo.

Colgaron.

Al terminar, la habitación estaba a oscuras y él no se había levantado a dar la luz.

Estuvo un rato así. Después movió la carpeta de cuarenta y siete gigas del escritorio a un disco externo, y del disco externo la borró del escritorio, y no la copió en ningún otro sitio, porque copiarla habría sido dejarse una puerta y él sabía perfectamente para qué sirven las puertas que uno se deja.

Antes de nada le escribió al fotógrafo de Salamanca.

Le costó tres intentos, porque las dos primeras versiones le salieron dándole las gracias por el material, y el hombre no le había mandado material, le había contado su vida laboral un miércoles por la noche.

La tercera versión tenía cuatro líneas. Le decía que iba a pasar su contacto a una compañera que continuaba el trabajo, que si prefería que no lo hiciera se lo dijera y no se lo pasaba, y que en cualquier caso lo que le había contado era importante y no lo iba a publicar nadie sin llamarle antes.

Contestó a los siete minutos, con un pulgar hacia arriba y un cuando quiera .

Después escribió a Rosa: Voy.

Contestó a los once minutos: Mañana a las nueve y media en VIALTA. Llévate el acuerdo leído, que yo he leído solo la mitad.

Iñigo abrió el borrador que le habían mandado el viernes. Tenía catorce páginas y en la primera, en el apartado de partes, seguía figurando como el Supervisor , sin nombre.

Empezó a subrayar.