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La sala de VIALTA tenía una mesa para dieciocho y estaban ocupadas nueve sillas, lo que a Iñigo le pareció, nada más entrar, una decisión de puesta en escena tan deliberada como cualquier otra.
Rosa Bao se sentó a su izquierda y no se quitó el abrigo.
Enfrente, la mujer de la agencia. Treinta y pocos, chaqueta oscura, una carpeta cerrada y un vaso de agua que no tocó en cincuenta minutos.
Estaba mal dormida y lo llevaba bien, que no es lo mismo que disimularlo.
Iñigo la miró un segundo más de lo necesario, no por ninguna razón interesante, sino porque estaba intentando decidir si aquella persona era la que había firmado la pieza o la que iba a pagarla.
Al lado de ella, un hombre de unos cincuenta con la corbata de quien viene a hablar poco.
En la cabecera, Paula Requena.
Empezó sin presentarse.
—A las nueve y cuarto del miércoles, el señor Arce publicó dieciséis imágenes.
Nosotros hemos comprobado las dieciséis.
Catorce son correctas, una no está probada y otra la habríamos discutido si tuviéramos ganas de discutir, que no las tenemos.
—Dejó un bolígrafo encima de la mesa—. Así que empezamos por ahí y no volvemos a ese punto.
Nadie dijo nada.
—Tenemos comprados los soportes de noviembre desde julio.
Radio, exterior, digital y dos patrocinios.
Eso no se devuelve, se pierde. —Fue enumerando sin levantar la voz, y a Iñigo le llamó la atención que no usara ni una sola vez la palabra crisis —.
Tenemos, además, un otoño. El otoño no espera a que nosotros nos organicemos.
Si retiramos la campaña y la rehacemos en primavera, la rehacemos con hoja verde y el producto que vendemos deja de existir.
—Podrían no rehacerla —dijo Rosa.
—Podríamos. Y entonces la lectura sería que teníamos que inventarnos un pueblo porque no había ninguno que valiera la pena, que es exactamente lo que dice medio internet desde el miércoles.
—Paula se giró hacia Rosa—. Somos una compañía que lleva dieciocho meses operando en este país.
Si la primera vez que la gente oye nuestro nombre es por esto, y lo siguiente que hacemos es callarnos, no hay segunda oportunidad.
No es orgullo. Es que no tenemos otra cosa que perder.
—¿Y qué proponen? —preguntó Iñigo.
Paula tardó lo suficiente como para que quedara claro que la propuesta no era una ocurrencia.
—Siete fines de semana —dijo—. Siete lugares reales, uno por cada cosa que prometía el anuncio. Una calle mojada, un sabor, un bosque, una plaza, un regreso, una pareja y un viaje. Se rueda el sábado y el domingo, y el lunes publicamos lo que haya salido. Lo que haya salido.
—Eso es un documental —dijo Rosa.
—Eso es publicidad —dijo Paula—. No les voy a mentir a ustedes, que es justo lo que estamos intentando no hacer. Es una campaña. Vamos a vender billetes. Lo único distinto es que esta vez se va a ver cómo se hace.
La mujer de la agencia, que llevaba veinte minutos callada, levantó un dedo.
—Siete rodajes en siete semanas, con permisos, con seguros y con gente real, no es una campaña.
Es una serie. —Tenía la voz áspera de no haber dormido, y no la forzó—.
Se puede hacer. Pero si el lunes hay que publicar sí o sí, habrá lunes en los que se publique un desastre, y necesito saber ahora si eso lo van a firmar o si a la tercera semana me van a pedir que lo arregle.
—Lo firmo ahora —dijo Paula.
—Lo firma ahora en una sala.
—Lo firmo ahora en una sala con un periodista delante. —Paula sostuvo la mirada—. Que es exactamente el motivo por el que él está aquí.
Y ahí llegó, y Iñigo lo vio llegar con la misma claridad con la que había visto cruzarse las dos sombras.
—Queremos que usted supervise —dijo Paula—. Que esté en los rodajes, que vea el material, que compruebe los consentimientos y que pueda parar lo que haya que parar. Y que lo cuente. Sin que nosotros lo aprobemos.
El hombre de la corbata se removió en la silla. Nadie le hizo caso.
—Una cosa —dijo Iñigo—. Antes de que sigamos.
—Diga.
—Quiero saber quién aprobó la pieza.
Lo dijo mirando a Paula, que era lo educado, y esperó, que era lo otro. Hubo cuatro segundos de silencio en los que el hombre de la corbata empezó a decir algo sobre procesos internos.
—Yo —dijo la mujer de la agencia.
El hombre de la corbata se calló.
—La versión de entrega me llegó el martes de madrugada y la aprobé sin abrir el desglose de capas.
Sabía que había partes que eran una maqueta y no comprobé si se habían sustituido.
—Tenía las dos manos encima de la carpeta cerrada—.
Si quiere el correo, se lo mando. Son cuatro palabras y no salgo bien en ninguna de las cuatro.
Él la miró.
En diez años haciendo esto había recibido setenta u ochenta explicaciones y podía clasificarlas casi todas antes de la tercera frase: la que echa la culpa a un proveedor, la que apela al malentendido, la que se disculpa tanto que acaba pidiéndote perdón por haberlo descubierto.
Aquella no encajaba en ninguna, y eso lo desordenó lo suficiente como para que se le notara medio segundo.
—Vale —dijo.
—¿Vale qué?
—Vale que no se lo he preguntado a usted por casualidad.
—Se echó atrás—. Se lo he preguntado porque en la pieza no hay crédito de nadie.
Ni dirección de arte, ni producción, ni fotografía.
Y eso, en mi trabajo, quiere decir una de dos cosas: o no hay nadie detrás, que es mentira, o hay alguien a quien conviene que no haya nadie.
—Es lo normal del sector.
—Ya sé que es lo normal del sector. Por eso lo escribí.
Ella abrió la carpeta, sacó una hoja y le dio la vuelta encima de la mesa, hacia él. Era un plan de rodaje de otra campaña, con las fechas tachadas. Iñigo lo leyó por encima: personas, teléfonos, una columna de permisos y, arriba a la izquierda, en el campo de responsable, un nombre.
Celia Olmedo.
Le pareció mal haber tardado cincuenta minutos en saberlo. Se lo apuntó, no en la libreta.
—Si hacemos esto —dijo ella—, en cada pieza va a haber nombres.
Los míos y los de las cinco personas que trabajan conmigo.
Y quiero decirle una cosa antes de que se lo piense: eso a mí me conviene tanto como a usted.
Con nombres, la próxima vez que alguien apruebe un archivo a las tres de la mañana, sabrá que va a salir el suyo.
—¿Y con eso me está diciendo que es de fiar?
—Con eso le estoy diciendo cómo funciona esto de verdad —dijo ella—. Usted decida.
Fue entonces cuando Iñigo hizo la pregunta que llevaba dos días guardándose, y la hizo sin pensar demasiado, que era como le salían las buenas.
—¿Por qué me ha llamado usted periodista y no activista?
—¿Cómo?
—Ayer, en un correo interno suyo que su gabinete nos ha reenviado esta mañana por error, junto con otras nueve cosas. —Paula se tapó los ojos con una mano durante un instante—. Escribió: «el periodista tiene razón en catorce de dieciséis».
Olmedo no se puso colorada, cosa que él anotó.
—Porque tiene razón en catorce de dieciséis.
—La gente de su oficio suele decir otra palabra.
—La gente de mi oficio suele decir esa palabra cuando el que la dice va a salir en el hilo siguiente —dijo ella—. Yo he estado toda la noche mirando sus dieciséis imágenes y hay una que no entiendo, y como probablemente no vamos a volver a coincidir en una sala tan tranquila, se lo pregunto ahora.
—Adelante.
—La plaza. Usted sabe qué plaza es.
Iñigo no dijo nada.
—Se ve el banco —siguió ella—. Se ve que tiene una placa. Con esa resolución y con veinte minutos, usted tenía el pueblo. Y no lo ha puesto.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no me apetecía —dijo Iñigo.
Fue una respuesta mala y sonó a evasión, y él lo supo mientras la decía. Y no la corrigió, porque la corrección era larga, porque delante había nueve personas y porque hacía dieciocho años que no le explicaba a nadie por qué hacía las cosas.
Ella lo miró un segundo más y después cerró la carpeta.
—De acuerdo —dijo, y volvió a girarse hacia Paula—. Necesito saber quién paga los permisos.
Salieron a la calle a la una menos veinte. Rosa encendió un cigarrillo debajo de una marquesina y no dijo nada durante media manzana.
—Bueno —dijo Rosa—. Requena es buena.
—Requena es buena y está desesperada, que es la combinación que más cosas produce.
—Es una tribuna —dijo Iñigo al final—. Acceso a un rodaje entero, con derecho a contarlo, y encima pagando ellos el desastre.
—Sí.
—Y es una operación de limpieza en la que yo soy la fregona.
—También.
—Rosa.
—Las dos cosas son verdad y no se cancelan entre ellas —dijo ella—. Como todo lo que merece la pena.
—Eso no me sirve.
—Es que no te lo he dicho para que te sirva.
—Rosa se apartó para dejar pasar a una mujer con un carro—.
Te lo he dicho para que dejes de buscar la versión en la que tú sales limpio, porque no la hay.
Si dices que no, tienes razón y no cambia nada, y dentro de tres meses publicas tu mapa y la gente dirá qué barbaridad y se irá a comer.
Si dices que sí, te ensucias y a lo mejor cambia algo.
Elige tú qué prefieres contarte por las noches.
Iñigo miró hacia la puerta de VIALTA. La mujer de la agencia estaba en el escalón, hablando por teléfono, con la carpeta debajo del brazo y el mismo vaso de agua sin tocar en la mano, cosa que le pareció, objetivamente, un poco absurda.
—Si acepto —dijo—, mañana los cuatro operadores que me mandaban material se enteran de que estoy metido en la nómina moral de uno de ellos. Y lo grande se muere.
—Lo grande ya se murió el miércoles a las nueve y cuarto.
—Todavía no.
—Iñigo. —Rosa tiró el cigarrillo—. Escúchame bien, porque esto lo voy a decir una vez. Yo ya he dicho que sí.
Él se giró.
—¿Cómo que ya has dicho que sí?
—Le he dicho a Requena que CONTRALUZ acepta supervisar y que el acuerdo lo publicamos entero, con lo que cobramos y con lo que no cobramos, que va a ser nada de ellos. —Se subió el cuello del abrigo—. Lo he dicho dentro, delante de todos, mientras tú ponías cara de estar calculando.
—Eso no es tuyo, es mío.
—El sí institucional es mío. El tuyo, no. —Rosa empezó a andar hacia el paso de cebra—. Tú tienes hasta el lunes para decirme si vas. Y antes del lunes vas a tener que decidir otra cosa, que es la que de verdad te importa y por eso no la has dicho todavía en voz alta.
Iñigo no contestó.
Se quedó en la acera con las manos en los bolsillos, viendo cómo su directora cruzaba con el semáforo ya en ámbar.
En el escalón de VIALTA, Olmedo seguía al teléfono.
Hablaba deprisa y con la mano libre iba haciendo una lista en el aire, un dedo por cada cosa, y al llegar al cuarto se paró, volvió al primero y empezó otra vez.
Después colgó, se guardó el móvil, miró el vaso de agua que llevaba en la otra mano como si acabara de descubrirlo y se lo bebió entero de pie, en la calle, en cuatro tragos.
Luego se metió otra vez dentro del edificio.
Iñigo pensó, con cierto fastidio, que en la sala había dado por hecho tres cosas sobre aquella persona y que las tres se le habían caído en cincuenta minutos, y que esa era exactamente la clase de dato que él exigía a los demás y solía perdonarse a sí mismo.
Después pensó en una carpeta de cuarenta y siete gigas que se llamaba material , y en que en algún momento de los cuatro días siguientes iba a tener que escribirle a alguien para regalársela.