Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 3
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A las nueve menos diez del jueves, la sala grande de brUMA tenía puestas las cinco pantallas y en las cinco estaba el mismo hilo.

—Apagadlas —dijo Celia.

Nadie se movió, así que las apagó ella, una por una, con el mando, mientras dieciséis personas la miraban desde sus mesas fingiendo que trabajaban. Al llegar a la quinta entendió que aquello, apagar pantallas, era exactamente lo que se hace cuando no se puede hacer nada más, y la apagó igual.

Nadie la había llamado esa mañana desde VIALTA, y eso era lo único que Celia había mirado nada más despertarse.

Ni Paula Requena, ni el gabinete, ni el hombre de la corbata que firmaba las órdenes de compra.

Un cliente que se calla un jueves por la mañana está haciendo dos cosas a la vez: decidir y consultarlo con un abogado.

Amaya estaba en la sala de reuniones desde las ocho y veinte. Se le notaba en la manera de estar sentada, muy recta, con el portátil abierto y las manos a los lados del teclado, como quien espera a que le tomen declaración.

—He hecho una carpeta —dijo en cuanto Celia cerró la puerta—. Con todo. Versiones, capas, correos, la carpeta que nos mandó el cliente en agosto con las fechas de descarga. Está todo.

—Bien.

—¿Bien o bien?

—Bien de verdad, Amaya. Siéntate normal.

Amaya no se sentó normal.

Nadia llegó a las nueve con dos cafés, dejó uno delante de Celia sin preguntar y se quedó de pie junto a la puerta con los brazos cruzados, que era su manera de asistir a una reunión a la que no la habían llamado.

El teléfono de la sala sonó dos veces mientras hablaban y las dos veces Nadia lo cogió, dijo la misma frase y colgó.

La frase era que brUMA no hacía declaraciones sobre campañas de sus clientes y que llamaran al gabinete de VIALTA.

La segunda vez añadió, sin cambiar el tono, que le habían dicho lo mismo hacía cuatro minutos.

—Llevan desde las ocho —dijo—. Tres periódicos, una radio y un programa de la tele que quería saber si el pueblo se puede visitar.

—¿Y qué has dicho?

—Que no se puede visitar. —Nadia se apoyó en el marco de la puerta—. Es lo único verdadero que voy a poder decir en toda la semana, así que lo he disfrutado.

Estuvieron cincuenta minutos reconstruyendo un mes.

La maqueta la había montado Amaya la última semana de agosto, con material del banco del propio cliente y dos archivos de licencia externa, para que en la presentación interna se entendiera el tono.

Nadie discutió eso. Estaba en el correo de envío, estaba en el nombre del archivo, que llevaba la palabra maqueta en mayúsculas, y estaba en un mensaje del once de septiembre en el que Amaya había escrito, en el grupo de trabajo, que la pieza seguía marcada como pendiente de validación de localizaciones y que hacía falta decidir qué se sustituía.

Nadie le contestó a ese mensaje. Ni Celia ni nadie. Debajo había tres reacciones con el pulgar hacia arriba.

—Yo lo puse —dijo Amaya.

—Lo pusiste.

—Y no lo volví a poner.

—No.

—Pensé que ya lo sabíais.

—Y lo sabíamos —dijo Celia.

Fue ahí donde le pareció que la conversación se le iba a ir de las manos, porque Amaya la estaba mirando con una gratitud que no le correspondía a nadie, y porque Nadia, desde la puerta, no había abierto la boca ni una vez.

Celia giró el portátil y abrió la última carpeta.

Amaya había mandado la versión de entrega a las dos y cuarenta y siete de la madrugada del martes. Asunto correcto. Adjunto correcto. Marca de agua eliminada, que era lo que hacía Amaya siempre en la versión de entrega, porque para eso era la versión de entrega.

Debajo, la respuesta.

02:51.

«Perfecto, adelante con esta.»

La dejó en pantalla más tiempo del necesario.

—Eso lo escribí yo —dijo—. A las tres menos nueve. No abrí el desglose. No pregunté si se habían sustituido las localizaciones. Puse adelante porque estaba precioso y porque me quedaban seis horas.

—Ya, pero tú no sabías...

—Amaya. —Cerró el portátil—. Tú mandaste un archivo que tú misma habías marcado como pendiente. Yo lo aprobé sin mirarlo. Las dos cosas son verdad y no se cancelan entre ellas. Si esta mañana empezamos a decidir cuál pesa más, dentro de dos semanas nos lo habrá decidido otro.

Nadia descruzó los brazos.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Amaya.

—Que hoy no le contamos a nadie de fuera quién hizo qué. Ni a Damián.

—Pero él lo va a preguntar.

—Claro que lo va a preguntar. Y yo le voy a contestar que la responsable del proyecto soy yo, que es lo que pone en el organigrama y lo que cobro por poner.

—Damián no es de fuera.

—Damián es socio director —dijo Nadia desde la puerta, y fue lo primero que dijo en toda la mañana—. Eso es un sitio.

Amaya las miró a las dos.

—No entiendo nada.

—No hace falta que lo entiendas hoy —dijo Celia—. Haz la carpeta, guárdala en dos sitios y no me la mandes por correo. Y come algo.

—¿Me van a echar?

La pregunta llegó sin preparación, con la voz muy plana, y Celia entendió que llevaba desde las ocho y veinte esperando a poder hacerla.

—No.

—Es que es mi primer trabajo de verdad y yo he montado la...

—Amaya, escúchame. —Celia se inclinó hacia delante—. Aquí no se echa a nadie por hacer una maqueta. Se echa a gente por otras cosas, casi todas peores y ninguna que tengas tú. ¿Vale?

Amaya asintió con la cabeza dos veces, deprisa, y no se lo creyó, y Celia lo vio y no supo qué más decirle, porque lo que le había dicho era verdad y aun así no bastaba, y porque llevaba veinte segundos prometiendo cosas que no dependían de ella.

Cuando Amaya salió, Nadia cerró la puerta con el pie.

—Te va a colgar el marrón —dijo.

—Ya.

—Lo digo en presente. Te lo está colgando ahora mismo, mientras hablamos, y lo está haciendo de la manera educada, que es la que no se puede demostrar. —Se sentó por fin, enfrente—. ¿Vas a hacer algo?

—Voy a trabajar.

Nadia levantó las cejas medio milímetro y no dijo nada más, y Celia entendió perfectamente lo que significaba ese medio milímetro y decidió que ya lo pensaría otro día.

Damián la recibió a las once con la puerta abierta y el móvil bocabajo, que era la señal de que la conversación estaba siendo la más importante de su día.

—Siéntate. ¿Has dormido?

—No.

—Yo tampoco. —Se pasó la mano por la cara—. Bueno. ¿Cuánta gente sabe que la maqueta la montó una júnior?

Celia tardó tres segundos en contestar.

—El equipo.

—El equipo es cuánta gente.

—Cinco.

Damián asintió despacio, mirando la mesa, e hizo un gesto con la mano como si estuviera apartando esa información hacia un sitio del que se pudiera coger más adelante.

—Vale. No lo movemos. —Levantó la vista—. Que quede claro que no lo digo por protegerme. Lo digo porque en cuanto salga un nombre propio, la conversación deja de ser sobre una campaña y pasa a ser sobre una chica de veintisiete años, y de esa conversación no se sale.

—En eso estoy de acuerdo.

—Bien. —Abrió una carpeta de cartón que tenía preparada, y Celia entendió que llevaba preparada desde antes de que ella entrara—. Necesito que me confirmes tres cosas y no quiero que me las adornes.

Fueron las tres que ella sabía.

La primera, si existía acta de la reunión del diecinueve. Existía; la levantaba siempre la misma persona y en el punto cuatro constaba, con la formulación exacta que había usado Damián, que se verificarían las localizaciones antes de la entrega.

Después, si el parte de aprobación de la pieza final llevaba su firma digital. La llevaba.

La tercera, si había algo por escrito de la propia Celia.

—Un correo —dijo ella—. Del martes a las 02:51.

—¿Largo?

—Cuatro palabras.

—Dímelas.

—«Perfecto, adelante con esta.»

Damián la miró un momento largo y después apuntó algo en el margen de la carpeta, dos palabras, con la letra pequeña que usaba cuando no quería que se leyera del revés.

—¿Estabas en casa?

—Sí.

—¿A las tres de la mañana?

—Damián, llevábamos once días cerrando.

—No te estoy juzgando. Te estoy preguntando lo que me van a preguntar a mí.

—Dejó el bolígrafo—. Esta agencia son cuarenta y una personas y una cuenta que paga el treinta por ciento de la nómina.

Si perdemos VIALTA en octubre, en enero se van doce.

Yo no me levanto por las mañanas a proteger tu carrera ni la mía.

Me levanto a proteger doce puestos que ni siquiera saben que están en juego.

Era verdad, y Celia lo sabía, y eso era exactamente lo que hacía imposible discutirlo.

—Una cosa más y ya te dejo trabajar. —Damián abrió la carpeta otra vez—. Escríbeme una cronología.

—¿Una cronología de qué?

—Del mes. Desde el brief hasta la entrega. Fechas, quién manda qué, quién aprueba qué. Cuatro folios, sin adjetivos.

—¿Para el cliente?

—Para mí. —Se encogió de hombros con un gesto que Celia le había visto cien veces y que siempre significaba esto es aburrido pero hay que hacerlo —.

Prefiero tenerlo ordenado ahora, con todo fresco, que dentro de tres semanas preguntándole a la gente qué se acuerda.

Créeme que en estas cosas la memoria de todo el mundo mejora muchísimo.

—Te la mando el lunes.

—El domingo mejor.

Lo apuntó en la libreta, debajo de otras once cosas, y no volvió a pensarlo hasta muy tarde.

Damián cerró la carpeta.

—Eso es un problema —dijo, y a Celia le pareció, mientras lo decía, que no estaba diciendo eso es un problema para ti , y que tampoco estaba diciendo lo contrario.

—Cancelar no lo van a hacer —dijo Damián—.

Tienen los soportes de noviembre comprados desde julio.

Si cancelan, pierden la campaña, pierden el otoño y encima confirman que se lo habían inventado.

Van a hacer otra cosa, y yo no sé todavía qué, pero sé que la vamos a hacer nosotros y que la vas a llevar tú.

—¿Por qué yo?

—Porque eres la única de esta casa que puede rodar en siete sitios distintos en siete semanas sin que se muera nadie. —Se echó atrás en la silla—. Y porque tu firma está en el parte.

Ahí estaba.

Celia notó cómo se cerraba la puerta, sin ruido y sin que nadie hubiera levantado la voz, y notó también que llevaba veinte minutos negociando sin saber que estaba negociando, que era la forma más eficaz de perder.

—La sociedad —dijo.

—La sociedad sigue encima de la mesa.

—Damián, anoche los cinco estaban con la botella sin abrir.

—La sociedad sigue encima de la mesa —repitió él, con la misma entonación exacta— si esto sale bien. Y no me mires así, que no es un castigo. Es que ahora mismo no puedo llevarles tu nombre y decirles que te hagan socia. Dame algo que llevarles.

—Dame tú una fecha.

—Cuando entreguemos.

—Eso no es una fecha.

—Es la que hay.

Estuvieron callados unos segundos. Fuera, en la sala grande, alguien había vuelto a encender una pantalla.

—Vale —dijo Celia.

—¿Vale de verdad o vale de los tuyos?

—Vale de que ya lo has decidido tú y de que yo no tengo otro sitio donde ir hasta enero. —Recogió su carpeta—. Y de que si no lo llevo yo lo va a llevar alguien que no sabe pedir un permiso de rodaje en un pueblo de doscientos habitantes, y entonces el desastre será de verdad y no solo de internet.

—Eso también es verdad.

—Sí.

—Celia. —Damián esperó a que ella levantara la vista—. Cuando esto acabe, quiero que sepas que yo he intentado que no acabe de la peor manera posible.

Ella se quedó con la mano en el respaldo de la silla. En seis años, Damián le había dicho unas cuantas cosas raras, pero nunca en pasado.

Damián descolgó el teléfono fijo, marcó tres cifras y volvió a colgar sin llamar a nadie, que era algo que hacía cuando quería que la conversación tuviera dos partes.

—Falta un detalle —dijo—. Es condición de ellos, no mía, y no la vas a poder negociar, así que te la digo de una vez. Van a meter a alguien de fuera para que garantice que esta vez no manipulamos nada.

—¿A quién?

—A Iñigo Arce.

No se movió.

—El del hilo —dijo.

—El del hilo.

—Damián, ese hombre no es un auditor. Es un periodista. Le vamos a estar dando acceso al rodaje entero a la persona que...

—Ya.

—...que nos ha destrozado en dieciséis fotos en una noche.

—Ya. —Damián le puso el móvil bocarriba, se lo pasó por encima de la mesa y en la pantalla estaba la dieciséis, las dos sombras cruzadas, con la línea roja y la línea azul—. Por eso lo quieren. Mañana a las diez, en VIALTA. Ponte lo de siempre.