Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 2
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Iñigo llevaba desde julio pidiendo dosieres de prensa que no pensaba usar.

Era la parte aburrida y la única que servía.

Escribía a una dirección genérica, se identificaba, decía que preparaba un reportaje de fondo sobre comunicación de destino, y a la vuelta le mandaban una carpeta comprimida con logotipos, notas y un banco de imágenes de dos o tres mil archivos que ninguna persona viva se había parado a mirar entero.

Él sí. Cuatro operadores, dos patronatos, una comunidad autónoma y una agencia de promoción.

Cuarenta y siete gigas en una carpeta que se llamaba material .

Lo que estaba construyendo con todo aquello no era una denuncia. Era un mapa.

La tesis, si al final había tesis, era que en los últimos cuatro años los operadores y los patronatos habían dejado de fotografiar sitios para empezar a fabricarlos, y que lo hacían con los mismos ocho o diez bancos de imágenes, de manera que media Europa se estaba anunciando a sí misma con las mismas cuatro calles.

Tenía coincidencias cruzadas: una playa croata vendiendo Galicia, un tejado esloveno en tres comunidades distintas, una señora con cesta que en dos años había sido asturiana, portuguesa y polaca.

Con eso, publicado de golpe y con nombres, se podía tener una conversación.

Con una pieza suelta se podía tener un escándalo, que es otra cosa y dura tres días.

A las siete y media de la tarde vio la campaña del tren por segunda vez en el mismo día, esta vez en la pantalla de un bar de Argüelles, sin sonido, entre un anuncio de compresas y otro de neumáticos.

La primera vez, por la mañana, le había parecido bonita y falsa en la proporción habitual.

La de la tarde miraba la plaza.

No fue una intuición. Fue que la había visto la semana anterior en su propia pantalla, en un archivo llamado `VIALTA_prensa_2_0431.jpg`, dentro de la carpeta que le había mandado el gabinete del propio operador en agosto, y que llevaba de nombre de carpeta paisajes corredor noroeste .

Pagó, salió y volvió a casa andando para no perder tiempo en el metro.

El método era tonto de puro simple y le había dado de comer diez años.

Abrió la pieza a treinta cuadros por segundo, la paró en el segundo once, que era donde la cámara subía y dejaba ver el conjunto, y puso al lado los seis archivos que ya tenía marcados de la carpeta del operador.

El cuarto encajaba. Misma plaza, mismo soportal, misma esquina de piedra descantillada a la altura de la rodilla, y en el ángulo inferior derecho un banco corrido con una placa que nadie había retocado porque nadie retoca nunca las placas.

Amplió. Un nombre de varón y dos fechas.

Estuvo un rato con esa placa a pantalla completa. Podía leerla y podía buscarla, y en veinte minutos tendría el pueblo, el ayuntamiento y probablemente el teléfono del alcalde.

Cerró el archivo sin apuntar el nombre.

No era generosidad. Era que llevaba tres años viendo lo que pasa cuando alguien pone en internet el nombre de un sitio pequeño, y prefería contar que una empresa había usado una plaza real sin decir cuál, a contar cuál y quedarse mirando lo que pasaba después.

Para lo que quería contar bastaba con la torre, que era de una iglesia, y una iglesia se defiende sola.

Lo demás fue trabajo de tarde.

La torre: provincia de Ávila, veleta doblada, cuatro coincidencias en el catálogo del patronato.

El hayedo: no aparecía en ninguna base, ni geolocalizado ni etiquetado, lo que significaba archivo comprado, y él no iba a afirmar de dónde era si no lo sabía.

La calle empedrada: banco internacional, licencia estándar, dos mil ochocientas descargas.

La pastelería: mismo banco, etiqueta European village bakery , cuatro marcas anteriores, una de yogures, y en la esquina del escaparate un rótulo con una palabra que no era española y que la corrección de color había dejado casi ilegible pero no del todo.

Comprobó también lo que no iba a publicar, porque era la parte que separa un hilo de una acusación.

Buscó si VIALTA había abierto reservas para Valdelumbre y no las había abierto: la campaña era de marca, tenía dos semanas por delante y la venta de paquetes empezaba en octubre.

Eso importaba. Una cosa es prometer un sitio y otra es cobrar por llevar a alguien a un sitio que no existe, y él llevaba diez años viendo a gente confundir las dos y equivocarse de titular.

Escribió la palabra estafa en el borrador y la borró.

Buscó después si la pieza llevaba crédito de dirección de arte, de producción o de fotografía, por si había alguien a quien pedirle una versión, y no llevaba ninguno. Ni en la ficha, ni en el pie, ni en la nota de prensa. Le pareció, y lo apuntó, que aquello era más significativo que la torre.

Y las sombras.

Eso lo dejó para el final porque era lo único que no necesitaba explicación. Trazó dos líneas sobre la pareja del paraguas, una por cada sombra, y las dos líneas se cruzaban.

Redactar fue lo que más le costó, como siempre.

Escribió cada pie dos veces: una como le salía y otra quitándole todo lo que no pudiera defender delante de un abogado un martes por la mañana.

Desapareció mienten . Desapareció se han inventado .

Se quedó esta imagen procede de , que era feo y era exacto.

En el pie del hayedo escribió tres veces la misma frase hasta dejarla en que no constaba en ninguna base geolocalizada y que él no afirmaba de dónde era, solo que no era de donde el anuncio decía.

Quitó también, releyendo, dos frases que le habían gustado mucho al escribirlas.

Una comparaba la campaña con un decorado de cine.

La otra tenía la palabra cinismo . Las dos eran ciertas y las dos sobraban, porque el hilo funcionaba justo por lo contrario: por no decir nada que no estuviera encima de la mesa en forma de píxel.

Al final el texto de las dieciséis publicaciones sumaba menos de cuatrocientas palabras. Ese era el oficio. Lo demás lo hacían las imágenes puestas al lado.

A las nueve menos cuarto lo tenía montado y le quedaba una decisión que no había querido tomar en todo el día.

Llamó a Rosa.

—¿Es sólido? —dijo ella.

—Es de manual.

—Entonces no me llamas por eso.

En el escritorio, la carpeta de cuarenta y siete gigas ocupaba un centímetro. En su vida ocupaba desde marzo.

—Si publico esto, mañana los cuatro cierran el grifo. No me vuelven a mandar un dosier ni por error. Y lo grande necesita otros tres meses.

—Ya.

—Lo grande es lo que explica por qué pasa esto. Esto es solo que ha pasado.

Rosa tardó en contestar lo justo para que él entendiera que no iba a decidir por él.

—¿Y si esperas tres meses?

—Que en tres meses la campaña ya ha ido, la gente ya ha reservado y yo publico una autopsia preciosa.

—Pues ya lo has decidido —dijo Rosa—. Llámame si se pone feo.

Colgó.

Iñigo estuvo cuatro minutos con el cursor encima del botón, que era más de lo que se estaba en esas cosas, y a las nueve y cuarto lo publicó.

Lo que vino después fue lo de siempre, con la diferencia del volumen.

A los seis minutos el hilo iba por doscientas.

A los veinte, un par de cuentas grandes lo habían citado y alguien había hecho ya un montaje con la torre y una canción.

A los cuarenta apareció el primer comentario diciendo que lo del hayedo no estaba probado, y tenía toda la razón, y él contestó que no lo estaba y que por eso solo decía que no estaba donde el anuncio decía.

A la hora, una cuenta con nombre de agencia le escribió por privado para preguntarle si aceptaba encargos.

Una cuenta con veinte seguidores le escribió que era un envidioso. Otra, con doscientos mil, le escribió que era un héroe. Las dos le parecieron igual de poco interesantes y las dos venían de personas que no habían mirado ni una sola de las dieciséis imágenes.

Lo que sí leyó entero, y dos veces, fue un mensaje de un fotógrafo de Salamanca al que no conocía.

Decía que en dos mil dieciocho le habían encargado la campaña de otoño de un patronato, que había hecho ochocientos kilómetros en cinco días y que al final habían usado banco de imágenes porque salía más barato y llegaba antes.

No pedía nada. Terminaba diciendo que le había pagado lo pactado y que no tenía queja, y esa frase, que era la más suave del mensaje, fue la única que a Iñigo le duró.

Cerró el portátil a las once menos veinte y se fue a la cocina a hacerse una tortilla.

Esa era, si se paraba a pensarlo, la mejor parte, y no se paró a pensarlo.

Estaba hecho. Estaba probado, estaba publicado y estaba fuera.

Al día siguiente escribiría la columna, contestaría a los que hubiera que contestar y volvería a la carpeta de cuarenta y siete gigas a ver qué se podía salvar.

Lo que pasara con la campaña del tren era de la campaña del tren.

Entró un correo de un becario de un diario grande pidiéndole las capturas para una pieza que iban a sacar en veinte minutos.

Se las mandó. Entró otro de una revista del sector pidiéndole doscientas palabras para el jueves.

Dijo que sí y las escribió mientras se calentaba la sartén, porque doscientas palabras sobre algo que acabas de demostrar se escriben solas.

Lo que no entró fue lo que él estaba esperando sin admitirlo: una respuesta del gabinete. Ni un desmentido, ni una amenaza, ni una llamada. Silencio del operador, silencio de la agencia, y en el hueco, tres mil personas explicándose entre ellas cómo se hace un fotomontaje.

Fregó la sartén. Puso una lavadora. Se acordó a media lavadora de que en la pieza había una directora de producción, porque las hay siempre, y de que a esa persona le estaba pasando ahora mismo la peor noche de su año, y se acordó también de que ese pensamiento le había venido otras veces y de que nunca le había durado más de dos minutos.

Le duró dos minutos.

El teléfono sonó a las once y media con un número fijo de Madrid.

—¿Iñigo Arce? —dijo una mujer—. Buenas noches. Perdone la hora. Le llamo de VIALTA, en nombre de Paula Requena. No, no es para quejarme. —Se oía un teclado detrás—. Es para pedirle que venga el viernes a las diez.

—¿A qué?

—A escuchar una propuesta.

La lavadora había entrado en el aclarado.

—¿Y no me la puede contar por teléfono?

—Se lo puedo contar por teléfono —dijo ella—. Pero mi directora prefiere que esté usted delante cuando lo entienda.

Se apoyó en la encimera.

—Míreme una cosa —dijo—. ¿Ustedes ya han vendido plazas para ese pueblo?

—No.

—¿Ni reservas, ni preventa, ni lista de espera?

—La venta abre en octubre. —La mujer hizo una pausa que sonó a estar consultando algo, y después a no estar consultando nada—. Se lo digo yo, no me lo ha dicho nadie: si nos hubiéramos gastado el dinero de la gente, usted esta llamada la habría recibido de un abogado.

—Ya.

—El viernes a las diez —dijo ella—. Traiga a quien tenga que traer.

Colgó.

Y se quedó con el teléfono en la mano y con la lavadora entrando en el centrifugado, que en aquella casa sonaba como una obra. En diez años lo habían llamado muchas veces al día siguiente. Para gritarle, para rectificar, para pedirle que quitara una foto y, dos veces, para ofrecerle trabajo.

Nunca lo habían llamado para que fuera a escuchar algo.

Le molestó, y tardó un rato en entender por qué. Le molestaba porque tenía curiosidad.