Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1)
© inepub.com
1
La bolsa de los rollos de canela llevaba veinte minutos aplastándose contra su costado y Celia había decidido no mirarla todavía.
Quedaban cuatro calles. Si el semáforo de Bravo Murillo la respetaba y si nadie más se le cruzaba con un carrito, llegaría a Zurbano a y veinticinco, con cinco minutos para colocar la bandeja, quitarse el agua del pelo y entrar en la sala como alguien a quien vas a hacer socia.
El móvil vibraba desde Cuatro Caminos.
No lo sacó. Vibrar era lo que hacía el móvil un miércoles a las nueve de la noche después de una campaña nacional: felicitaciones, capturas, gente del sector diciendo qué bonito con dos signos de exclamación.
Lo había vivido tres veces y las tres había cometido el error de contestar en el metro y llegar tarde.
Los rollos de canela habían sido idea de Nadia y a Celia le habían parecido una horterada estupenda.
Si la campaña vendía una tahona de pueblo, la celebración se hacía con rollos de tahona de pueblo, y si alguno de los socios no pillaba la broma, mejor, porque así se la explicaba Damián y quedaba como suya.
Los había encargado el lunes en un horno de la calle Ponzano, veintiocho, uno por cabeza y diez de sobra, y los había recogido esa tarde con la bandeja de cartón todavía caliente.
En seis años en brUMA, Celia había producido cuatro campañas nacionales y había visto entrar a dos socios.
Los dos eran creativos. Los dos habían entrado después de un lanzamiento.
Ninguno había llevado nunca un presupuesto ni había hablado con un ayuntamiento a las siete de la mañana, y esa noche, si Damián había contado bien los apoyos, iba a entrar la primera persona de la casa que sabía hacer las dos cosas.
Llovía de esa forma tonta de septiembre que no moja de golpe sino por acumulación.
Celia iba debajo del paraguas amarillo. No era suyo.
Era el de la campaña, el que había comprado producción en un bazar de Tetuán por once euros y que había salido en el anuncio abriéndose sobre una pareja que no existía, y esa tarde, al encontrarse el suyo con dos varillas partidas en el fondo del armario, lo había cogido del cajón del atrezo con la sensación agradable de estar tomando prestado algo suyo.
En Santa Engracia se le metió debajo un hombre.
Fue un movimiento de manual: paso lateral, medio cuerpo bajo la tela y una sonrisa de disculpa por encima del móvil. Cincuenta y tantos, chaquetón mojado, la pantalla encendida a diez centímetros de su cara.
—Perdona. Dos calles y te dejo.
—Es que voy a...
—Dos calles.
Anduvieron pegados. Ella calculó el ángulo para que el agua le cayera encima a ella y no a la bolsa, porque la bandeja iba dentro y porque veintiocho rollos de canela a dos euros con veinte no se tiran por educación.
—Oye. —El hombre giró la pantalla sin dejar de andar—. ¿Tú has visto esto? Lo del pueblo.
—¿Qué pueblo?
—El de otoño. El del anuncio del tren. —Se rió hacia dentro, como quien lleva un rato disfrutando de algo—. Que no existe. Que se lo han inventado. Está toda la gente comparando las fotos.
Celia miró la pantalla el tiempo justo de ver una cuadrícula naranja y una flecha roja señalando una torre.
—Mi mujer estuvo a punto de reservar —dijo él—. Este finde. Y yo le decía, pero a ver, si no sale ni en el mapa.
—Ya.
—Menuda gente, ¿eh?
—Ya.
Llegaron a la esquina de Modesto Lafuente.
El hombre salió de debajo del paraguas, levantó una mano sin mirarla y siguió calle abajo con el móvil todavía encendido, y Celia entendió, con una nitidez que no le hizo ninguna falta, que aquel señor iba a contarlo tres veces esa noche y que ninguna de las tres iba a acordarse de que se lo había contado a alguien bajo un paraguas amarillo.
Celia se quedó parada en el bordillo. Un autobús pasó lo bastante cerca como para que el agua le entrara por el cuello del abrigo, y no se apartó.
Durante unos quince segundos se permitió pensar que era otra cosa.
Había cuatro campañas de otoño en antena esa semana y tres de ellas usaban pueblos. La de la marca de sopas tenía una plaza que ella misma había pensado que era sospechosa. Existía la posibilidad, pequeña y perfectamente razonable, de que aquel señor estuviera hablando de las sopas.
Después se acordó de que el señor había dicho el del tren .
Sacó el móvil.
Treinta y nueve notificaciones. Bajó con el pulgar sin leer los nombres, buscando la palabra que ya sabía que iba a encontrar, y la encontró en el cuarto mensaje, que era de Amaya y que decía solo lo siento lo siento lo siento tres veces seguidas, sin punto.
El hilo tenía dieciséis publicaciones.
Arriba del todo, la pieza entera. Los treinta segundos, con la calle mojada y las hojas y la tahona y el paraguas abriéndose sobre la pareja, y encima el eslogan que Celia había defendido en tres reuniones: El otoño perfecto sí existe.
Debajo, cuatro palabras del autor del hilo: «Vamos a comprobarlo. »
Después venía la torre, partida en dos junto a una iglesia de la provincia de Ávila, con el mismo remate de pizarra y la misma veleta doblada hacia la izquierda.
Con el hayedo hacía lo mismo, y no decía dónde estaba, solo que no estaba donde decía el anuncio.
En la cuarta, la fachada de la pastelería aparecía en un banco de imágenes con la etiqueta European village bakery , usada ya por cuatro marcas, una de ellas de yogures.
Celia leyó las dieciséis apoyada en una farola, con el paraguas mal sujeto y el agua entrándole por la manga.
La número doce era la única sin imagen. Decía que la pieza no llevaba autoría acreditada porque las campañas de este tipo nunca la llevan, y que eso también formaba parte del mecanismo.
La dieciséis eran las sombras. Dos personas bajo un paraguas, con la sombra de ella cayendo hacia la derecha y la de él hacia la izquierda, marcadas las dos con una línea de color. Debajo, cuatro palabras más: ni siquiera el sol.
Se le ocurrió, con una claridad absurda, que el ángulo de esas sombras lo había tenido delante en la pantalla el jueves, y el viernes, y el lunes, en una sala con la persiana bajada y siete personas diciendo qué bonito.
Nadie lo había visto. Nadie se lo había callado, que habría sido más fácil de entender. Aquel plano había pasado por siete pares de ojos y a ninguno le había parecido que hubiera nada que mirar.
Y el martes a las tres menos nueve de la mañana, cuando Amaya le mandó el archivo final y ella lo abrió en la cama, con el brillo al mínimo para no despertar a nadie aunque no había nadie a quien despertar, y vio treinta segundos de un pueblo de anuncio y contestó en cuatro palabras que adelante.
No había abierto el desglose de capas. La entrega era a las nueve, el archivo era exactamente lo que el cliente había pedido desde julio y ella se acordaba de haber pensado, con la satisfacción específica de las tres de la mañana, que aquello iba a salir bien.
Lo que ocurrió entonces le pareció, después, lo más humillante de la noche.
Empezó a trabajar.
Sin decidirlo, de pie, con el paraguas torcido, se puso a hacer la lista.
Retirada de soportes exteriores: imposible antes del lunes, contrato firmado en agosto.
Piezas digitales: se podían bajar en cuarenta minutos si alguien de VIALTA autorizaba, y a las nueve y media de la noche no iba a autorizar nadie.
Notas de prensa enviadas: ciento y pico medios, sin recuperación posible.
Comunicado: lo tenía que redactar el cliente, no la agencia, y el cliente iba a tardar catorce horas en decidir quién lo redactaba.
Llegó hasta el punto seis y paró. Estaba organizando la respuesta de una empresa que todavía no le había dicho si seguía siendo su interlocutora.
Buscó el nombre del autor del hilo.
Estaba arriba, donde había estado desde el principio, donde ella no había mirado porque había empezado por el final como se empieza siempre por el final cuando algo va mal.
Iñigo Arce. Foto pequeña, sin cara: una mano sujetando un negativo a contraluz.
Lo buscó. Tres mil y pico publicaciones, una columna quincenal, un medio que se llamaba CONTRALUZ y que a Celia le sonaba de haberlo visto citado en un informe de riesgos que nadie leyó. La foto de perfil llevaba puesta desde hacía cuatro años. Eso también le pareció una decisión.
El móvil vibró en su mano. Damián, llamada, la tercera.
No lo cogió.
Zurbano tenía dos ventanales grandes y esa noche los dos estaban encendidos.
Se paró en la acera de enfrente, debajo de un árbol que no servía de nada, y miró hacia arriba.
Se veía el techo, la mitad superior de una lámpara y el hombro de alguien de pie.
Se veía también la botella, porque Damián compraba siempre la misma y siempre la ponía en la misma esquina de la mesa, de manera que se viera antes de que empezara nada.
Llamó a Amaya desde debajo del árbol.
Descolgó al primer tono, que ya era mala señal.
—Celia.
—¿Dónde estás?
—En casa. —Un ruido de tela, como si se hubiera sentado en el suelo—. Llevo desde las nueve mirándolo. Sale mi trabajo. O sea, sale la plaza, y la plaza la puse yo, y la puse porque estaba en el material que nos mandaron ellos, no la saqué de...
—Amaya.
—Yo puse en el mensaje que era una maqueta.
—Ya sé lo que pusiste.
—Es que lo puse.
—Sí —dijo Celia—. Escúchame. Mañana a las nueve en la oficina. No contestes a nadie esta noche, ni a un privado, ni a un amigo, ni a tu madre. Y no borres nada. Nada de nada, ¿vale? Ni un mensaje, ni una versión, ni un archivo del escritorio.
Hubo un silencio corto.
—¿Eso es porque va a haber problemas?
—Eso es porque siempre se dice eso —dijo Celia, y le pareció, mientras lo decía, que sonaba exactamente igual que Damián.
Colgó antes de que Amaya pudiera preguntarle nada más.
Podía sentarse en el portal de al lado, que tenía marquesina, hacer las otras cuatro llamadas que había que hacer y llegar a las diez con el trabajo empezado y algo que contar, que era lo que sabía hacer y lo único que sabía hacer.
Podía también dar media vuelta y hacer todo eso desde casa, y mandar un mensaje diciendo que estaba en ello, y que subiera Damián el ánimo de los otros cuatro con la botella y con la palabra coyuntura .
Lo pensó de verdad. Estuvo un rato mirando el borde de la acera, donde el agua bajaba llevándose colillas hacia una alcantarilla que alguien tenía que haber limpiado en agosto y no había limpiado, y llevaba dos minutos y medio buscando la forma de no entrar en una habitación.
Volvió a mirar el ventanal.
Se veían cinco cabezas y ninguna estaba hablando con otra. Estaban las cinco inclinadas hacia abajo, hacia una luz azulada que les llegaba desde las manos, y en la esquina de la mesa la botella seguía cerrada con el cuello envuelto en el papel dorado de la tienda.
Ya lo sabían. Llevaban sabiéndolo, calculó, unos cuarenta minutos, que era el tiempo que necesita una cosa así para bajar de internet a un grupo de trabajo. Cuarenta minutos era también el tiempo que ella había estado leyendo el hilo debajo de una farola en vez de coger el teléfono.
Amaya había ensamblado la maqueta. Damián había firmado el presupuesto. El cliente había elegido la ruta y el eslogan.
El archivo final lo había aprobado ella.
Cambió el paraguas de mano, colocó la bolsa para que la bandeja no acabara de romperse y cruzó.
En el portal se sacudió el abrigo, se pasó los dedos por el pelo dos veces, comprobó en el metal del ascensor que no se le hubiera corrido nada y consideró, durante el segundo y medio que tardó en subir una planta, dejar los rollos de canela abajo, junto a los buzones.
Los subió. Ya que iba a entrar, iba a entrar con todo.
En el rellano se paró un segundo delante de la puerta, con la bandeja apoyada en la cadera, y lo que estaba haciendo era lo de siempre antes de una reunión mala: repasar por dónde iba a empezar.
Lo primero, los soportes. Lo segundo, quién habla con el cliente.
Lo tercero, que nadie conteste a nadie hasta mañana.
Empezar por los soportes era razonable, ordenado y perfectamente inútil, porque lo primero que iba a preguntar cualquiera de los cinco no era eso.
Lo primero que iba a preguntar cualquiera de los cinco era quién había dado el visto bueno.
Abrió la puerta.