Un desastre llamado Ares Sutton Epílogo
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Epílogo

​​ Un año después

—No entres. —Me detengo en el umbral de la cocina con una mano todavía apoyada en la pared.

—No he entrado.

—Tienes medio cuerpo dentro —me acusa.

—Mi medio cuerpo solo quiere saber por qué huele a plástico quemado.

Ares se gira hacia mí con una cuchara de madera en la mano.

Tiene una mancha de algo rojo en la mejilla.

La encimera está cubierta de utensilios, envases abiertos y verduras cortadas con tamaños tan distintos que algunas podrían formar parte de una ensalada y otras utilizarse para construir una casa.

—No es plástico —afirma.

Miro el horno. Después, la olla. Por último, el paño que ha dejado demasiado cerca de uno de los fogones.

—Ya lo veo.

Ares entorna los ojos.

—Vete.

—Esta es mi casa. —La sonrisa aparece antes de que consiga esconderla—. Ingreso todos los meses mi parte de los gastos. Y el nuevo despacho es territorio soberano de la República Independiente de Carla Domènech.

—Ese despacho antes era tu dormitorio.

—Por eso tiene una energía creativa excelente. Allí pasé muchas noches intentando no ir a tu habitación para hacer cosas poco profesionales con mi jefe.

—No lo intentabas con demasiado empeño.

—Tenía una voluntad muy débil.

—La sigues teniendo. —Se acerca hasta donde estoy y me engancha por la cintura con un brazo.

Tengo el tiempo justo para advertirle que lleva salsa en la cara antes de que me bese. Sabe a tomate, al vino que probablemente debería haber echado en la olla y a Ares.

Un año después, todavía hay momentos en los que besarlo me produce una pequeña sacudida en el pecho.

Ya no se parece a la angustia de entonces.

No es esa necesidad desesperada de comprobar que sigue aquí, que no va a cerrarse delante de mí o a buscar la frase exacta con la que obligarme a marcharme.

Es algo más sencillo. El asombro de haber llegado hasta este punto sin fingir que el camino ha sido fácil.

—Me estás distrayendo —murmura contra mis labios.

—Pretendía salvarnos de una intoxicación.

—Tengo todo bajo control.

Un golpe seco suena dentro del horno. Los dos miramos hacia allí.

—¿Eso también? —pregunto.

Ares me suelta y vuelve hacia los fogones.

—Fuera de mi cocina.

—Nuestra cocina.

—Fuera —ordena. Levanto las manos y retrocedo.

—Cuando necesites ayuda, avísame.

La cuchara se detiene un instante sobre la olla.

Hace un año, habría interpretado esa frase como una duda sobre su capacidad. Habría apretado la mandíbula, me habría recordado que sabe cuidar de sí mismo y habría convertido una cena en otro campo de batalla. Ahora prueba la salsa, hace una mueca y señala con la cuchara hacia uno de los armarios.

—Acércame el azúcar, por favor.

Alcanzo el bote y lo dejo a su lado.

—Gracias.

No hay orgullo herido. No hay una discusión escondida dentro de un gesto cotidiano. Solo un bote que estaba fuera de su alcance, una salsa demasiado ácida y dos personas tratando de que cinco adultos sobrevivan a la cena.

Supongo que para eso ha servido este año.

No para convertirnos en una pareja perfecta, porque seguimos discutiendo por la ropa que Ares deja sobre la butaca del dormitorio, por mi costumbre de trabajar hasta las tantas o por su empeño en comprar productos de limpieza distintos para cada superficie de la casa.

Hemos aprendido, eso sí, a no utilizar cada desacuerdo como una prueba de que lo nuestro está condenado.

También hemos aprendido a vivir juntos después de haber aprendido a vivir separados.

Cumplí mi promesa. Dos meses después de aquella mañana alquilé un apartamento pequeño en el centro de San Aurelia, con una ducha que alternaba entre el agua helada y la hirviendo y un vecino que ensayaba con la trompeta los domingos a las ocho de la mañana.

No era bonito, ni cómodo, ni particularmente silencioso, pero la llave llevaba únicamente mi nombre.

La primera noche dormí sola allí. La segunda también.

La tercera, Ares vino a cenar y se marchó a su casa después, aunque nos costó más de media hora despedirnos en la puerta.

Nos mandábamos mensajes. Algunas noches dormíamos juntos y otras cada uno regresaba a su cama. Hubo sábados en los que Ares quedó con Noah mientras yo salía con Amanda y domingos en los que no nos vimos porque yo tenía que entregar un proyecto y él había quedado para nadar con su fisioterapeuta.

No construimos nuestra nueva relación encima de las ruinas de la anterior. Nos tomamos el tiempo de apartarlas.

Cuando, siete meses después, Ares me preguntó si quería volver a vivir aquí, no había una maleta abierta sobre la cama ni una habitación esperándome como si mi marcha solo hubiera sido una pausa. Lo hablamos durante tres semanas.

Dinero. Espacio. Tareas. Tiempo a solas. Visitas. Trabajo.

Yo seguí en North Shore Media y él no volvió a sugerir que organizara una sola cita de su agenda, aunque la encargada de producción que contrató después de mí duró apenas cuatro meses porque, según ella, trabajar con Ares Sutton era una experiencia muy valiosa pero incompatible con la paz espiritual.

Me mudé hace cinco meses. No porque no pudiera pagar mi apartamento. No porque él me necesitara aquí. Porque queríamos despertarnos juntos sin tener que consultar en qué casa habíamos dejado el cargador del móvil.

—¿Puedes dejar de observarme? —pregunta Ares.

Sigo apoyada contra la encimera, contemplándolo mientras intenta decidir si el contenido de la olla admite más azúcar sin transformarse en mermelada.

—Estoy disfrutando del espectáculo. Y tienes salsa en la ceja izquierda. —El timbre suena antes de que pueda acercarme a limpiársela.

—Ve a abrir —ordena—. Y no dejes que Amanda venga a inspeccionar la comida.

—No puedo impedirle nada a Amanda. Nadie puede.

La encuentro al otro lado de la puerta con dos botellas de vino y una bolsa de papel.

—He traído provisiones —anuncia.

—Ares ha comprado vino.

—Esto no es vino. —Levanta la bolsa—. Es comida de emergencia.

—¿Por qué das por hecho que la necesitaremos?

Amanda asoma la cabeza y olfatea.

—Porque mi instinto de supervivencia funciona perfectamente.

La abrazo y ella me aprieta con un solo brazo para no golpearme con las botellas.

—Enhorabuena otra vez, escritora.

Aunque llevo todo el día escuchándolo, la palabra todavía no termina de encajarme.

Escritora. Hasta ayer era algo que hacía por las noches, después de cerrar el ordenador del trabajo, en el despacho que antes fue mi dormitorio.

Una parte de mí que existía en archivos, cuadernos viejos y mensajes a Amanda a horas indecentes.

Esta mañana, una editorial me ha enviado el contrato para publicar mi primera novela. Lo he leído siete veces. Luego se lo he enseñado a Ares para que confirmara que no estaba imaginándomelo.

—Sabía que lo conseguirías.

—Gracias —respondo—. Aunque aún no he firmado.

Amanda abre mucho los ojos.

—¿Por qué?

—Porque quiero que lo revise una agente. Estoy intentando que no me estafen antes de poder arruinar yo sola mi carrera literaria.

—Esa es mi chica.

El timbre vuelve a sonar. Noah y Maya aparecen al otro lado cargados con una tarta, flores y una bolsa que Noah trata de ocultar detrás de la espalda.

—¿Qué llevas ahí? —pregunto.

—Nada.

—Es una pizza —explica Maya.

—Es un plan de contingencia —corrige Noah—. No cuestiono las virtudes de mi amigo. Solo conozco sus capacidades.

Desde la cocina llega la voz de Ares.

—¡Te estoy oyendo, capullo!

—Entonces ya sabes que hemos traído cena.

Maya me entrega las flores y me abraza.

—Enhorabuena.

—Gracias.

—Quiero un ejemplar firmado.

—Ni siquiera existe todavía.

—Pues ve practicando la dedicatoria. —Me guiña un ojo.

Noah espera su turno y me estrecha contra él.

—Estoy muy orgulloso de ti, Carla. Y también estoy orgulloso de que hayas permitido que Ares cocine sin llamar a los bomberos.

—La noche es joven.

Nos instalamos en el salón mientras mi chico termina lo que, según él, es un estofado y, según el olor, podría servir para retirar pintura de una pared. Cuando intenta llevar la olla, Noah se levanta.

—¿Quieres que te ayude?

Ares mira la olla. Después, a su amigo.

—Sí. Pesa demasiado.

Noah se limita a cogerla y colocarla en el centro de la mesa mientras Ares trae el resto.

Quizá nadie más lo perciba, pero yo sí.

Veo todas las veces que antes habría preferido quemarse las manos a admitir que algo le cuesta. Nos sentamos. Ares ocupa la cabecera y yo me coloco a su lado. La mesa está puesta con una vajilla que no sabía que teníamos, servilletas de tela y unas velas que Amanda contempla con recelo.

—¿Esto es una secta? —pregunta.

—Sí —contesta Ares—. Pero primero cenamos y después entregáis vuestras posesiones.

—Si quieres mis deudas, son todas tuyas.

Ares sirve el estofado. Tiene un color que no aparece en la naturaleza. Maya lo observa con una valentía admirable. Noah se sirve vino. Amanda inclina el plato, como si esperara que la comida se moviera por sí sola.

—Antes de que empecéis a criticar —dice—, quiero brindar.

—¿Antes de que perdamos la capacidad de hablar? —pregunta Noah.

Le enseña el dedo corazón a su amigo y levanta su copa.

—Por Carla —empieza. Giro la cabeza hacia él.

Me está mirando con esa intensidad que antes me hacía pensar que todo lo que existía entre nosotros podía desaparecer en cualquier momento—.

Por haber conseguido que una editorial reconozca lo que quienes estamos en esta mesa sabemos desde hace mucho —continúa—.

Que tiene una voz capaz de hacerte sentir cosas que no tenías previsto sentir.

Noto que se me cierra la garganta. Amanda sonríe por encima de su copa.

—Por haberse construido una vida aquí que es suya, esté conmigo o no —añade Ares—. Y por elegir compartir una parte de ella conmigo.

No habla de destinos, de mitades ni de personas destinadas a completarse. Me celebra entera.

—Por Carla —repite.

—Por Carla —dicen los demás.

Chocamos las copas. Cuando bajo la mía, busca mi mano debajo de la mesa y entrelaza sus dedos con los míos.

—Gracias —susurro.

—Es la verdad.

—Estoy orgullosa de ti.

Amanda golpea su copa con un tenedor.