Un desastre llamado Ares Sutton 56 #3
97%

56 #3

—Veo que la separación no ha afectado a todo.

—La beso antes de que pueda continuar. Carla se mueve sobre mí y el deseo se concentra debajo de la presión de sus caderas.

Mis manos recorren su espalda hasta encontrar el cierre del sujetador.

Esta vez consigo abrirlo a la primera y dejo caer la prenda.

Su boca baja por mi cuello, mi pecho y el abdomen. La sensibilidad cambia mientras desciende, pero sé dónde está por la presión, por el calor y por la forma en que mi cuerpo responde a cada movimiento.

Nos quitamos el resto de la ropa entre besos, una rodilla que necesita recolocar y una discusión porque ha vuelto a empujar la almohada al suelo. No intentamos recuperar la primera noche ni demostrar que hemos aprendido algo durante la separación.

Solo nos encontramos.

Carla se tumba a mi lado y guío mis dedos entre sus piernas. Está húmeda. Su respiración cambia cuando la toco.

Aprieto los labios contra su cuello mientras ella se mueve contra mi mano. Cuando llega al orgasmo, sus dedos se cierran sobre mi brazo y mi nombre sale de su boca en una versión que he recordado demasiadas noches.

Permanece quieta unos segundos.

Después levanta la cabeza.

—Ahora tú.

Saca un condón de la mesilla y lo deja sobre la cama. Me toca despacio, observando mi cara y no únicamente la reacción de mi cuerpo.

Carla sonríe y besa mi boca.

Cuando estamos preparados, se coloca sobre mí.

La ayudo a guiarse y desciende despacio.

Empieza a moverse. Mis manos se cierran sobre sus caderas y encuentro el ritmo con ella.

El cuerpo que tengo sabe acompañarla. No necesito compararlo con otro ni comprobar si cada respuesta llega como debería. Carla se inclina y me besa.

—Te quiero —dice contra mi boca.

—Dilo otra vez.

—Te quiero.

—Yo también te quiero.

Sus movimientos se vuelven más rápidos. La sostengo mientras vuelve a llegar al orgasmo y el placer me arrastra poco después. Durante unos segundos no existe el miedo, la casa ni el tiempo que hemos pasado separados. Solo ella sobre mí.

Nos quedamos juntos después. Carla apoya la cabeza sobre mi pecho y yo le acaricio la espalda mientras nuestras respiraciones recuperan un ritmo normal.

—Esto no se ha parecido mucho a ir despacio —comento.

—No hemos hecho nada que no hubiéramos hecho antes.

—Salvo decir que nos queremos.

—Eso ha sido bastante importante.

—Mucho.

Se incorpora un poco.

—Por la mañana volveré a casa de Amanda.

La rodeo con los brazos.

—Puedes marcharte por la mañana. —Su mano recorre mi pecho—. Pero quiero volver a verte.

—Puedes proponerme un plan para mañana. Es sábado. Podemos acostarnos, pasar la noche juntos y querernos sin decidir de golpe cómo será el resto de nuestra vida. Solo dos personas que están conociéndose de nuevo.

—No es complicado —concedo—. Me parece bien.  ¿A las ocho te vendría bien?

—A las nueve. Quiero avanzar con mi novela por la tarde.

—A las ocho y media.

—No estamos negociando, Ares.

—Creía que las relaciones sanas se basaban en llegar a acuerdos.

—A las nueve —insiste.

—Pasaré a recogerte a las ocho y cincuenta y cinco.

Sonríe y vuelve a apoyar la cabeza sobre mi pecho.

***

Por la mañana despierto mientras se viste junto a la cama.

La luz entra entre las cortinas. Su blusa está arrugada, lleva el pelo recogido y busca uno de sus zapatos debajo de la silla.

—Está junto a la puerta —le digo.

Carla se vuelve.

—¿Cuánto llevas despierto?

—Lo suficiente para verte mirar debajo de la cama tres veces. Estaba disfrutando del espectáculo.

Encuentra el zapato y se sienta para ponérselo.

—Me voy a casa.

Las palabras todavía encuentran el mismo lugar vulnerable. Sin embargo, ahora también contienen algo distinto.

Hoy a las nueve.

—Te recojo a las ocho y cincuenta y cinco —recuerdo.

Se inclina y me besa. El contacto es corto, pero no apresurado.

—Gracias por lo de anoche —murmura.

—Podrías agradecerlo otra vez antes de irte.

—Esta noche. No seas ansioso.

—Falta demasiado.

—Sobrevivirás. —Se incorpora y recoge el bolso.

No le pregunto si está segura, no intento alargar el momento ni invento una razón para que deje algo en mi habitación. La acompaño hasta la puerta. Carla se detiene en el umbral y se vuelve hacia mí.

—Despacio, Ares. Todo saldrá bien.

—Confío en esto, Carla. —Por fin sonríe.

—Hasta esta noche. —Me da un beso rápido.

La veo alejarse hasta que desaparece al final de la calle. Después cierro la puerta y regreso a la habitación. La cama continúa deshecha, su lado conserva el hueco de su cuerpo y su olor permanece sobre mi piel.

Durante un instante noto el impulso de echarla de menos antes incluso de que haya llegado a su casa. Sin embargo, no dejo que su ausencia se transforme en abandono ni que el silencio invente una despedida que no ha ocurrido.

Carla no se ha marchado de mi vida. Ha vuelto.

Solo se ha ido a escribir su novela, a pasar el día siendo ella misma y a regresar esta noche porque así lo ha elegido.

Miro la hora y sonrío. Entre el beso que acaba de darme y el que pienso robarle a las ocho y cincuenta y cinco no hay una separación.

Solo unas horas para que cada uno siga su camino antes de encontrarnos en la próxima cita.