Un desastre llamado Ares Sutton 56 #2
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56 #2

—Tendremos que ir despacio. —Carla entrelaza los dedos con los míos.

Carla bebe por fin un sorbo de vino. La forma deliberada en que evita mis ojos consigue que mi cuerpo preste demasiada atención a la frase.

—Necesito definiciones más claras —digo.

—Podemos empezar por cenar, ir teniendo citas, pasar tiempo juntos y tiempo separados.

—¿Esto es una cita?

—Estamos en el mismo sitio donde me llevaste a bailar y tuviste una erección conmigo sentada encima. La neutralidad del lugar es relativa.

—Tú elegiste venir —le recuerdo.

—Porque aquí empezó algo antes de que ninguno supiera ponerle nombre.

Aprieto ligeramente su mano.

—Entonces, ¿quieres cenar conmigo donde empezó algo que nos ha vuelto a traer aquí?

—Sí, quiero cenar contigo, Ares.

—¿Y después?

—No pienso organizarte toda la noche. — Carla se inclina un poco sobre la mesa.

—Antes se te daba bien organizarme la vida.

—Eso se ha terminado.

—Lo sé. Ha sido una broma estúpida.

Es una corrección pequeña, casi insignificante, pero ninguno la utiliza para abrir una herida mayor. Carla aprieta mis dedos.

—Después decidiremos —alega.

La camarera vuelve y esta vez pedimos comida. Carla pide un sándwich club. Yo salmón, más por la memoria que por hambre.

Me cuenta que su jefa se llama Denise, que Priya considera al gato su heredero legal y que ha retomado la novela que dejó de escribir durante su relación con Hugo. Lleva más de treinta mil palabras y todavía no sabe si la protagonista terminará con el hombre que cree querer.

—Eso parece una indirecta poco sutil —observo.

—La protagonista tiene criterio. No se parece a mí.

Le cuento la boda de Noah. La plataforma sobre el césped, la corbata de agente inmobiliario y la forma en que Maya prometió continuar viajando sola después de casarse.

La normalidad regresa poco a poco, aunque no es exactamente la misma. Antes hablábamos como si cualquier silencio pudiera revelar demasiado. Ahora sabemos lo que hay debajo y no necesitamos fingir que no existe. Cuando terminamos de cenar, los músicos suben al escenario.  Carla mira hacia allí.

—¿Bailamos? —le propongo.

Se levanta y extiende una mano.

—Solo una canción.

Esta vez Carla no se sienta sobre mis piernas. Baila delante de mí mientras acompaño el ritmo con la silla. Me hace girar, intenta pasar por debajo de mi brazo y casi golpea a un camarero.

No es elegante. Tampoco tiene que serlo. Cuando la canción termina, se queda frente a mí. Sus manos descansan sobre mis hombros y las mías encuentran su cintura.

—Quiero besarte —digo.

—Me parece bien.

No necesito preguntar si la respuesta se debe al vino, la nostalgia o todo lo que hemos dicho. Carla se inclina y cierra la distancia.

Su boca roza la mía. El primer beso es lento y conocido. El segundo contiene todos los días que hemos pasado separados. Su mano alcanza mi nuca y me acerca. La mía se cierra sobre su cadera. La música, las conversaciones y el mar desaparecen. Cuando nos separamos, mantiene la frente junto a la mía.

—Me gustaría ir a tu casa —susurra.

El deseo llega acompañado por una alarma que intento no convertir en una decisión por ella.

—No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé. —Me besa de nuevo para hacerme callar—. Ir despacio no significa que tengamos que fingir que no queremos acostarnos.

—Necesitaba comprobarlo.

—Pues deja de comprobar y pide la cuenta.

***

La casa permanece exactamente como estaba cuando Carla se marchó y, al mismo tiempo, parece no reconocerla.

La manta continúa sobre el sofá. La taza blanca está en el armario y he guardado una goma para el pelo que encontré debajo de la cama dentro del cajón de mi mesilla.

Pero no hay libros en su antigua habitación, ropa en el armario ni un cepillo de dientes junto al mío.

Carla se detiene en el salón. Su mirada recorre los muebles, el pasillo y la cocina adaptada.

Durante casi dos meses se movió por estas habitaciones como si estuviera construyendo un lugar para los dos.

Ahora entra como una visita que conoce todos los rincones.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Es extraño.

—Podemos irnos a cualquier lugar que no te haga sentir que tienes que recuperar algo. Un hotel, por ejemplo.

—Quiero estar aquí. Esta noche.

Asiento y avanzamos hacia el pasillo.

Carla espera mientras me acomodo en la cama. No aparta la mirada. Cuando termino, se acerca y queda entre mis piernas.

—Hola —dice.

—Llevamos juntos toda la tarde.

—No aquí.

Apoya las manos sobre mis hombros y me besa. Mis dedos entran debajo de su blusa y encuentran la piel de su cintura. Carla levanta los brazos para que pueda quitársela. La prenda cae al suelo.

La atraigo hacia mí. Su cuerpo queda cerca, pero no se sienta todavía. La beso en el abdomen, justo encima del borde del pantalón. Carla introduce los dedos en mi pelo.

—Te he echado de menos —murmura.

Levanto la mirada.

—Yo también.

—No quiero que esta noche sirva para borrar lo que ocurrió. Ni para demostrar que ya está todo arreglado.

—No podría —confirmo.

Se desabrocha el pantalón y se aparta para quitárselo. Yo la observo sin intentar ocultarlo.

Se acerca de nuevo y se sienta a horcajadas sobre mí. El contacto despierta mi cuerpo con una rapidez que le arranca una sonrisa.