56
Ares
Llego a The Breakwater treinta y cuatro minutos antes.
No porque esté nervioso. He calculado mal el tráfico, encontrado una plaza libre junto a la entrada y olvidado que las personas que no temen llegar tarde no necesitan añadir veinte minutos de margen a todos sus planes.
El resultado es que llevo casi media hora junto a una mesa de la terraza, contemplando la misma carta y rechazando la ayuda de una camarera que empieza a sospechar que espero a alguien imaginario.
—¿Quieres pedir algo mientras llega tu acompañante? —pregunta por tercera vez.
—No.
—Quizá una copa.
—Estoy bien.
Mira el vaso de agua que todavía no he tocado, y se aleja y la veo intercambiar una mirada con otro camarero. Probablemente estén decidiendo cuánto tiempo deben esperar antes de ofrecerme el menú infantil y unos lápices de colores.
La terraza apenas se parece a la primera noche que vine con Carla. Hay menos mesas, la música todavía no ha empezado y el sol de finales de octubre se refleja sobre el mar con una luz más pálida. El espacio donde bailamos está vacío.
No he preparado flores, regalos ni una lista de motivos por los que debería perdonarme.
Tampoco he traído la libreta negra. Hace semanas que no escribo en ella.
La última entrada termina con un plan para no confundir preocuparme por Carla con tener derecho a decidir por ella y una anotación bastante menos digna: intentar no parecer desesperado mientras tanto.
Después ocurrieron demasiadas cosas para continuar escondiéndome entre sus páginas.
Eso no significa que no haya ensayado.
Lo he hecho en la ducha, mientras preparaba el desayuno y durante el trayecto. Ninguna versión ha sobrevivido más de dos frases sin parecer un discurso diseñado para que Carla premie mi crecimiento emocional con un regreso inmediato.
Compruebo la hora.
Las seis menos cuatro. Miro hacia la entrada y la veo.
Carla se detiene al otro lado de la terraza. Lleva unos pantalones negros, una blusa color crema y una chaqueta vaquera doblada sobre el brazo. El pelo le cae suelto por la espalda. No lleva ninguna de las prendas que dejó en mi casa. Lo sé porque conozco todas.
Durante unos segundos solo nos miramos, hasta que avanza entre las mesas. No corre, pero tampoco vacila. Cuando llega, apoya la chaqueta sobre el respaldo de la silla situada frente a mí.
—Hola.
—Hola.
No nos abrazamos.
Tampoco nos damos un beso en la mejilla como dos personas que no han pasado noches enteras aprendiendo el cuerpo del otro. Ella ocupa su asiento y deja el bolso junto a sus pies. Yo cierro la carta que no he leído.
—Has llegado pronto —observa.
—Dos minutos —miento.
Su sonrisa aparece por completo y durante un instante todo parece exactamente igual que antes. Después baja la mirada y la realidad vuelve a ocupar la mesa.
—Me alegro de verte —digo.
Carla acaricia el borde de la carta con un dedo.
—Yo también.
La camarera se acerca antes de que ninguno encuentre la siguiente frase. Carla pide una copa de vino blanco. Yo una cerveza sin alcohol.
—¿Vais a cenar? —consulta.
Nos miramos.
—Todavía no lo sabemos —responde ella.
La mujer asiente y se aleja. Carla vuelve la vista hacia el mar.
—Tengo un trabajo, llevo quince días—me cuenta.
La noticia consigue que algo se expanda dentro de mi pecho.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no estábamos hablando. Es en una agencia de contenidos digitales —continúa—. Reviso artículos, páginas web y campañas para clientes. También adapto textos al español y evito que un diseñador elimine todas las comas porque considera que perjudican la estética.
—¿Te gusta?
Tarda un segundo en responder, como si todavía le sorprendiera poder decirlo.
—Sí. Mucho. Tengo mi propia mesa, una compañera que me envía fotografías de su gato y un sueldo que no procede de tu madre.
—Eso último debe de mejorar bastante la experiencia.
—Muchísimo.
La camarera deja las bebidas. Ella rodea la copa con los dedos, pero no bebe.
—Estoy ahorrando para alquilar un apartamento y he decidido quedarme en San Aurelia —añade—. En un par de meses debería tener suficiente para pagar la fianza y los primeros gastos.
La posibilidad de que viva en otro sitio ya no aparece como una maleta avanzando por mi rampa. Sigue doliendo, aunque de una manera distinta. No porque se aleje, sino porque esa parte de su vida no me pertenece.
—Me alegro por ti.
—¿De verdad?
—No voy a fingir que me encanta imaginarte viviendo en un apartamento en el que yo no tenga una llave. Pero me alegro porque es lo que quieres. —Cojo el botellín y le doy un trago.
Carla me observa mientras bebo. Parece estar esperando el resto: un argumento, una forma de hacer que su plan gire alrededor de lo que significa para mí.
—Necesitaba que lo supieras antes de hablar de nosotros —añade.
—¿Existe un nosotros? —lo digo con un entusiasmo que no esperaba.
Carla mira hacia el mar.
—Eso hemos venido a averiguar.
Podría sujetarme a esa frase y exigirle una respuesta inmediata. En lugar de hacerlo, dejo la botella sobre la mesa y apoyo las manos sobre mis piernas.
—Yo he venido a pedirte perdón.
—Ya lo hiciste en el mensaje. Una disculpa más larga tampoco tiene por qué ser mejor.
—No intento hacerla mejor. Quiero decirla mirándote.
No responde, pero levanta los ojos y espera. Todo lo que he ensayado desaparece.
—Cuando te marchaste, decidí que me habías abandonado porque era más fácil enfadarme contigo que aceptar que tenías derecho a construir una vida que no dependiera de mí.
Rechacé cenar contigo y después te obligué a recoger tus cosas porque quería que regresaras sin tener que pedírtelo.
Quería que llamaras más veces, aparecieras en casa y demostraras que no ibas a marcharte.
Convertí mi silencio en una prueba que tú no sabías que estabas haciendo.
Carla gira la copa entre las manos.
—Amanda me dijo lo mismo.
—Empiezo a pensar que deberíamos pagarle a ella las sesiones de terapia.
—No podrías permitírtelo. Cobra en cócteles —bromea.
Respiro antes de continuar.
—Cuando llegaste a casa para recoger tus cosas, yo llevaba una semana preparando argumentos con los que demostrar que nunca me habías querido de verdad. No porque lo creyera. Porque necesitaba que fueras tú quien estuviera equivocada.
—Me dijiste que me gustaba sentirme imprescindible.
—Y era yo quien necesitaba que lo fueras.
Carla deja de mover la copa.
—Al principio me enfadaba cada vez que hacías algo por mí porque pensaba que aceptar ayuda significaba confirmar todo lo que había perdido.
Después empecé a esperar que estuvieras allí.
Quería poder rechazarte, encerrarme o comportarme como un imbécil y que tú siguieras disponible.
Convertí tu presencia en una garantía contra todo lo que me daba miedo.
Escuché en alguna parte de mi mente que habías descubierto que podías vivir sin mí.
—Puedo vivir sin ti, Ares. Lo he comprobado. Trabajo, escribo, pago una parte del alquiler y consigo preparar café sin que nadie critique la cantidad de leche. Puedo —repite—. No quiero volver a una relación en la que ninguno confunda el amor con la incapacidad para hacerlo.
—Yo también puedo vivir sin ti.
Ella levanta las cejas y sonríe.
—Llevo casi un mes haciéndolo —añado—. La casa sigue en pie. Como todos los días, trabajo y he conseguido que una mujer venga a limpiar sin acusarla de invadir mi intimidad. Aunque no quiero utilizar esa capacidad de independencia como una excusa para fingir que no te quiero.
La sonrisa desaparece de su cara. Ha llegado el momento y me sigue asustando. No porque dude de lo que siento, sino porque decirlo deja la verdad fuera de mí.
—Te quiero. —Sus dedos se tensan alrededor de la copa—.
No te lo digo para que vuelvas a mi casa.
Ni para que me perdones. Tampoco espero que haga menos grave lo que te dije.
Te quiero y debí decírtelo cuando tú me dijiste que estabas enamorada de mí.
En lugar de eso, utilicé lo que me habías contado para herirte porque pensé que, si conseguía destruir lo que sentías, tu marcha dejaría de demostrar que alguien podía quererme y aun así elegir alejarse.
Baja la mirada. Parpadea varias veces.
—Eso fue exactamente lo que hiciste.
No intento explicarle que entonces apenas nos conocíamos, que me sentía expuesto o que ella había pronunciado cosas que también dolieron. Ninguna de esas verdades cambia la elección que hice.
—No puedo prometerte que nunca volveré a sentir miedo —continúo—.
Tampoco que no vaya a reaccionar mal. Pero no volveré a utilizar lo que me cuentes para castigarte.
Y si alguna vez lo hago, no esperaré que comprender mis motivos te obligue a perdonarme.
Por eso no te pido que confíes en una promesa.
Solo puedo demostrarlo con lo que haga a partir de ahora. Aunque decidas no volver conmigo.
Una lágrima recorre su mejilla. Ella la seca con rabia.
—Te odio un poco por haber aprendido a hablar así sin haber contribuido.
—El psicólogo es muy caro. Necesito amortizarlo.
Se le escapa una risa rota. Lleva la copa hasta los labios, pero vuelve a dejarla sin beber.
—Yo también te quiero —señala.
La terraza continúa llena de conversaciones, cubiertos y música que empieza a sonar por el hilo musical. Nadie se detiene porque Carla acaba de devolverme el aire.
—Dilo otra vez.
Extiendo una mano sobre la mesa. No intento coger la suya. La dejo abierta entre los dos y ella la observa. Después coloca sus dedos sobre los míos.
El contacto es pequeño y, sin embargo, mi cuerpo lo reconoce entero. Su temperatura, la presión de su palma y la forma en que su pulgar roza el lateral de mi mano.
—Quererte no significa que esté preparada para volver a vivir contigo —advierte—. Quiero conservar mi trabajo, mis planes y mis amistades aunque algún día volvamos a compartir espacio.
—Entonces tendremos que construir una vida en la que quepan todas esas cosas.
—No quiero recuperar lo que teníamos —menciona.
—Yo tampoco. Terminó mal. Quiero empezar algo distinto.