Un desastre llamado Ares Sutton 55 #2
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—El teléfono funciona en las dos direcciones. Tú misma me lo recordaste.

—También te dije que no podías construir una relación sola. No que estuviera prohibido dar el primer paso.

—No sé qué decirle.

—La verdad.

—La verdad es que sigo enamorada de él y no confío en que no vuelva a utilizar mis heridas cuando tenga miedo.

—Entonces todavía no estás preparada.

Amanda se recuesta y me observa con resignación y orgullo.

—Qué aburrida te has vuelto desde que tomas decisiones inteligentes.

—Puedo beberme una tercera copa.

—No confundas imprudencia con personalidad.

El camarero pasa junto a nosotras y pide otra ronda antes de que consiga detenerla.

Sonrío y saco el móvil para comprobar la hora.

Hay un mensaje de mi madre.

Espero que hayas tenido una buena semana. Papá y yo estamos bien.

Lleva casi un mes escribiéndome de esa manera. Un mensaje cada varios días, breve y sin preguntas. No intenta averiguar dónde trabajo, con quién salgo ni si he cambiado de opinión respecto a España. Tampoco ha vuelto a mencionar a Hugo.

La primera conversación después de que apareciera en San Aurelia fue muy distinta. La llamé al llegar al apartamento.

Mi madre respondió con alivio.

—Carla, gracias a Dios. Hugo me ha dicho que te ha encontrado.

—Le diste mi dirección.

El silencio duró apenas un segundo.

—Llevaba una caja con tus cosas. Solo quería entregártelas.

—Te pedí que no se la dieras.

—Pensé que sería bueno que hablarais en persona.

—No te pregunté qué pensabas. Te pedí que respetaras una decisión.

—Estaba preocupado. Nosotros también lo estamos.

—No se utiliza la preocupación para entregar la dirección de alguien a un hombre al que la otra persona no quiere ver.

—Hugo no es un desconocido.

—Precisamente por eso sabía cómo convencerte.

Mi padre intervino desde el fondo. Dijo que Hugo había formado parte de la familia durante años y que tampoco podían tratarlo como a un delincuente.

—No os pedí que lo tratarais de ninguna forma. Os pedí que no le dijerais dónde vivo.

Mi voz no temblaba. Esa fue la parte que más me sorprendió.

No tuve que gritar para sostener lo que estaba diciendo ni explicar cada detalle de la relación para demostrar que mi negativa era razonable.

Mi madre intentó hablar del dolor de Hugo, del vuelo, de la caja con mis cuadernos y de lo difícil que estaba siendo todo para ellos.

—Mamá, prometiste que no lo harías.

La frase consiguió detenerla.

—Sí —respondió después de una pausa—. Te lo prometí.

—Y has decidido que tu opinión era más importante que mi seguridad.

—No pensé que pudiera hacerte daño.

—No te correspondía decidirlo.

Al otro lado de la línea solo se oía la respiración de mis padres.

Durante años habría utilizado ese silencio para suavizar la conversación.

Habría dicho que entendía por qué lo habían hecho, les habría asegurado que no estaba enfadada o habría permitido que la culpa encontrara una salida cómoda. Esa vez no lo hice.

—No voy a daros mi próxima dirección —les comuniqué—. Cuando encuentre un apartamento, sabréis que estoy bien, pero no dónde vivo hasta que pueda confiar en que no compartiréis esa información con nadie.

—Carla, somos tus padres —protestó mi padre.

—Por eso debería haber podido confiar en vosotros.

Mi madre empezó a llorar. El sonido me dolió, pero no cambió lo ocurrido.

—Lo siento —murmuró—. Creí que estaba ayudando a que resolvieras algo que habías dejado abierto.

—No estaba abierto. Hugo se negaba a aceptar que yo lo había cerrado.

—Tienes razón.

No fue una disculpa perfecta. Llegó después de varias justificaciones y cuando ya no quedaba ningún argumento con el que discutir mi decisión. Pero, por primera vez, no terminó con un reproche hacia mí.

—No voy a hablar con vosotros durante unos días —les dije—. Necesito tiempo.

—Lo entiendo —respondió mi madre.

Mi padre no lo entendía. Lo escuché protestar, pero ella le pidió que se callara.

Durante una semana no contesté a sus llamadas. Mi madre dejó de hacerlas. Empezó a enviarme mensajes que no exigían una respuesta. Después de varios días, contesté uno.

Estoy bien. Necesito que respetéis esto.

Ella respondió:

Lo haremos.

Todavía no sé si la creo del todo. Recuperar la confianza no consiste en aceptar una disculpa y fingir que nada ha sucedido. Es observar qué hace alguien después de descubrir que sus buenas intenciones no borran el daño.

Mi madre continúa esperando. Yo he dejado de sentir que perdonarla rápido sea una obligación necesaria para demostrar que soy buena hija.

Bloqueo el teléfono y lo dejo sobre la mesa.

—¿Todo bien? —consulta Amanda.

—Mi madre.

—¿Ha vuelto a ofrecerte dátiles como soborno?

—Hoy no.

—Entonces, progresa adecuadamente.

El camarero deja dos copas frente a nosotras.

—Brindemos —propone.

—¿Por qué?

—Por tu trabajo, tu futuro apartamento y el eventual regreso de mi vida sexual a niveles compatibles con los derechos humanos.

—Tu vida sexual ha continuado con bastante eficacia.

—Pero sin libertad acústica.

Levanto la copa.

—Por las paredes gruesas de mi futuro hogar.

—Y por conocer gente nueva cuando proceda, amiga.

Chocamos los vasos. Ella bebe y yo apenas mojo los labios.

—Podrías empezar por el hombre de la camisa azul —insiste.

Miro hacia la barra. Ya no está.

—Parece que acaba de destruirse nuestra única posibilidad de felicidad.

—Hay más hombres en San Aurelia.

Mi teléfono vibra sobre la mesa.

El sonido se pierde debajo de la música, pero la pantalla se ilumina y el nombre aparece con una claridad que consigue alejar todo lo demás.

El corazón me golpea una vez, fuerte y desordenado.

Después otra. He imaginado este momento de tantas formas que ninguna se parece a la realidad.

En algunas versiones me pedía perdón. En otras aseguraba que no quería volver a verme.

También imaginé un mensaje accidental, una pregunta sobre alguna cosa olvidada o una frase escrita a una hora indecente y borrada antes de que pudiera leerla.

Ahora su nombre está delante de mí y no me atrevo a abrir la conversación.

—Júrame que no es el pesado de Hugo —dice mi amiga al ver mi cara.

Niego, incapaz todavía de apartar la vista.

—No.

—¿Quién es?

Trago saliva.

—Ares.

Ella deja la copa. Cojo el teléfono. Mis dedos están fríos, aunque noto calor en la cara y una presión debajo del pecho. Pulso sobre la notificación. El mensaje ocupa casi toda la pantalla.

No te escribo para pedirte que vuelvas ni para decirte que he cambiado. Eso no me corresponde decidirlo a mí. Fui a la boda de Noah. El lunes regresamos juntos a Malibú y hoy he entrado en el mar.

No ha dejado de darme miedo. Solo estoy empezando a entender que sentir miedo no me concede el derecho a decidir por los demás ni a herirlos antes de que puedan elegir.

Lo que te dije aquel día fue cruel. Comprender por qué lo hice no lo justifica.

Lo siento. No espero que esta disculpa borre nada.

Quería contarte lo del mar porque sigues siendo la primera persona en la que pienso cuando ocurre algo importante.

No tienes que responder si no quieres, solo quería que lo supieras.

Termino y vuelvo al principio. Después lo leo otra vez.

Ha regresado a Malibú. También ha entrado en el mar. El hombre que eligió una casa frente a la playa para vigilar el agua sin permitir que lo tocara ha vuelto a meterse en ella.

Me llevo una mano a la boca.

—¿Qué dice? —pregunta Amanda.

No respondo. Todavía estoy detenida en la última parte.

No tienes que responder si no quieres, solo quería que lo supieras.

No convierte la boda, Malibú o el mar en pruebas de que merece recuperarme. Tampoco afirma que ha cambiado como si bastara con pronunciarlo para obligarme a creerlo.

Me cuenta la verdad y deja que yo decida qué hacer con ella. Los ojos empiezan a escocerme.

—Carla.

Le tiendo el teléfono. Amanda lee en silencio. Su expresión cambia varias veces, aunque por una vez conserva sus opiniones hasta llegar al final.

—Vaya —murmura—. Ha aprendido a escribir mensajes de más de seis palabras.

—Eso parece.

—Y ha ido a Malibú.

Asiento.

—Y ha entrado en el mar —añado.

Pronunciarlo en voz alta termina de romper algo dentro de mí. No es el dolor ni el alivio. Es la parte que había intentado resignarse a que Ares no regresaría hasta mí de ninguna forma. Una lágrima me cae por la mejilla. La seco antes de que llegue hasta la barbilla.

—No tienes que contestarle ahora ni perdonarlo porque haya hecho todo eso —expone mi amiga.

Recupero el teléfono.

—No quiero verlo porque haya ido a Malibú ni porque se haya metido en el mar. Quiero verlo porque me ha contado ambas cosas sin utilizarlas para pedirme nada y sobre todo porque lo quiero mucho.

Amanda asiente.

Vuelvo a leer el mensaje. La emoción continúa ahí, golpeándome detrás de las costillas, pero ya no se parece a una corriente que pueda arrastrarme. Precisamente por eso puedo abrir el teclado sin sentir que estoy retrocediendo.

Escribo:

Quiero verte.

Me detengo. La frase parece demasiado insignificante después de todo lo que él me ha dicho.

Añado:

No para recuperar lo que teníamos. Para hablar de si podemos construir algo diferente. Mañana a las seis en The Breakwater si te apetece.

Leo el mensaje una vez antes de enviarlo.

Los puntos aparecen casi de inmediato.

Ares: Me apetece. Mucho.

Una risa se me mezcla con el llanto. Amanda se inclina para leer la respuesta por encima de mi hombro.

—Mañana a las seis… —murmura—. Tendremos que elegirte ropa.

—No necesito ninguna ropa. — Le devuelvo la copa que ha pedido para mí—. Bébetela tú.

—¿Ya te vas?

—No. Pienso quedarme, terminar la noche y celebrar mi vida aquí. Pero no a beber hasta perder el conocimiento y acabar mañana vestida como una mujer que va a firmar el divorcio para que su ex vea lo que se está perdiendo.

Amanda sonríe.

—Me gusta tu actitud.

A mí también.