55
Carla
Amanda ha elegido un garito en el puerto donde la música está demasiado alta, las copas cuestan lo mismo que una compra semanal y todas las mesas parecen diseñadas para que uno termine compartiendo información personal con desconocidos.
—Deja de mirar la puerta —me dice mientras introduce la pajita en su copa—. Nadie va a venir a rescatarte.
—No estoy mirando la puerta.
—Llevas haciéndolo desde que nos sentamos.
—Está justo detrás de ti. La veo cuando te miro.
Se gira para comprobarlo y aprovecho para robarle una aceituna del plato. Cuando vuelve a colocar la silla, observa mi mano con la decepción de quien acaba de descubrir una traición dentro de su propia familia.
—Era la última. ¿Te estoy ofreciendo alojamiento y tú me robas comida?
—Por eso la he cogido y te pago alquiler.
—Una cantidad simbólica —apunta.
—Es más de lo que cobras a las personas que pasan la noche en tu habitación.
Amanda abre la boca. Después la cierra y da un sorbo a su copa sin dejar de mirarme.
—Mi vida sexual no forma parte de esta conversación.
—Tu vida sexual forma parte de todas nuestras conversaciones desde que descubriste que las paredes de tu apartamento son más finas de lo que pensabas.
—Fue una noche.
—Fueron tres —corrijo.
—La tercera no cuenta. Solo estábamos hablando.
—A las dos de la madrugada y con la cama golpeando la pared.
—Mi amiga es una persona muy expresiva.
—Y tú una anfitriona entregada. Por eso necesito encontrar mi propio apartamento.
No puedo evitar sonreír. Llevo quince días en mi nuevo trabajo y todavía experimento una satisfacción infantil cada vez que lo menciono.
La empresa ocupa la segunda planta de un edificio situado a quince minutos andando del apartamento.
Se llama North Shore Media y crea contenidos digitales para empresas que quieren parecer más interesantes de lo que son: hoteles que aseguran ofrecer experiencias transformadoras, restaurantes que describen una ensalada como un viaje sensorial y pequeñas marcas convencidas de que fabricar velas perfumadas las convierte en guardianas del bienestar humano.
Mi trabajo consiste en impedir que todas utilicen la palabra único seis veces en el mismo párrafo.
Reviso artículos, corrijo textos para páginas web, preparo calendarios editoriales y convierto los borradores de los clientes en algo que una persona pueda leer sin necesitar un manual de instrucciones.
También escribo asuntos para campañas de correo, adapto contenidos al español cuando quieren dirigirse a Europa y discuto con un diseñador llamado Trevor que considera que los signos de puntuación estropean la estética.
Ayer eliminó todas las comas de un anuncio porque, según él, interrumpían la energía visual. Le expliqué que también interrumpen la posibilidad de entender una frase y no volvió a hablarme desde entonces.
Me gusta el trabajo.
No es la novela que quiero terminar ni la carrera literaria secreta que llevo años fingiendo que no deseo. Pero es mío. Conseguí la entrevista, superé el proceso y recibí la oferta por méritos propios.
La primera mañana tardé diez minutos en encontrar la sala de reuniones y envié un documento equivocado a diecisiete personas.
El segundo día descubrí que la cafetera de la oficina produce un líquido capaz de reconciliarme con el que preparaba Ares.
El tercero dejé de sentir que en cualquier momento alguien iba a preguntarme qué hacía allí.
Ahora tengo una mesa junto a una ventana, una tarjeta con mi nombre y una compañera llamada Priya que me envía fotografías de su gato cada vez que una reunión dura más de cuarenta minutos.
También tengo un sueldo. No es extraordinario, pero, después de pagar mi parte del alquiler y los gastos, puedo ahorrar una cantidad suficiente para que dentro de un par de meses empiece a buscar un apartamento pequeño.
No necesito vistas al océano, una cocina enorme ni una habitación adicional que pueda convertir en despacho.
Me conformo con un lugar donde quepan una cama, un escritorio y todas las decisiones que todavía no sé tomar.
—En dos meses me habré marchado —le recuerdo—. Puede que incluso antes.
—No tengo prisa.
—Tu amiga expresiva sí.
Me lanza una servilleta. La aparto antes de que caiga dentro de mi copa.
—No me molesta que vivas conmigo —insiste—. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí.
—Y no tienes que irte para demostrar que puedes valerte por ti misma.
—No lo hago por eso. Quiero tener mi propio sitio.
La idea ya no me asusta. Antes, despertarme en una habitación que no perteneciera a la casa de Ares se parecía demasiado a haber perdido algo. Ahora la habitación adicional de Amanda contiene mis libros, la caja que Hugo trajo desde España y una libreta nueva sobre la mesilla.
—Perfecto —acepta—. Entonces solo queda solucionar tu inexistente vida social.
—Tengo vida social.
—Trabajas, vuelves a casa y escribes hasta que te duelen los dedos. Los viernes cenas conmigo porque compartimos nevera y te da pereza cambiarte de ropa. Eso no es una vida social. Es una convivencia con pausas laborales.
—Conozco gente en la oficina.
—¿Has quedado con alguno fuera?
—Priya y yo comimos juntas el miércoles.
—La cocina de la empresa no cuenta.
—Había comida y estábamos juntas. Cumple los requisitos básicos.
Mi amiga bebe y mira hacia algún punto situado detrás de mí. Reconozco la expresión. Es la misma que utiliza cuando descubre unos zapatos rebajados o una persona a la que puede convertir en problema ajeno.
—No te gires —ordena, pero me salto la orden a la torera y me giro.
Hay un grupo junto a la barra. Dos mujeres, tres hombres y alguien que parece llevar diez minutos intentando convencer al camarero de que poner menos hielo aumenta la cantidad de alcohol. Uno de los hombres mira en nuestra dirección y sonríe cuando nuestros ojos se encuentran.
Vuelvo hacia Amanda.
—No.
—No he dicho nada. Pero parece simpático.
—Está a quince metros y lleva una camisa azul. Esa es toda la información disponible.
—Te ha sonreído.
—La gente sonríe. Es una reacción muscular bastante extendida.
—Podrías devolvérsela.
—Ya lo he hecho. —Cojo mi copa. Es la segunda y pienso convertirla en la última antes de que Amanda empiece a ofrecer mi número de teléfono como incentivo promocional.
—Si vas a quedarte en San Aurelia, tienes que conocer gente —insiste.
—Voy a quedarme en San Aurelia. He aceptado un trabajo, te pago alquiler y estoy ahorrando para buscar un apartamento. Pensaba que las pistas eran bastante claras.
—Es una decisión inteligente.
No porque espere que Ares me pida que vuelva. Tampoco porque Amanda viva aquí ni porque regresar a España equivalga a admitir un fracaso. Me quedo porque he empezado una vida que quiero conocer.
Tengo un trabajo en el que mis palabras sirven para algo, una amiga que intenta prostituirme emocionalmente desde el cariño y una novela que ha avanzado once mil palabras desde que salí de la casa frente al mar.
El domingo conseguí escribir durante cinco horas sin mirar el teléfono.
El lunes solo lo comprobé tres veces. Es un progreso poco elegante, pero sigue siéndolo.
—Bien —dice—. Entonces necesitas amigos que no sean yo.
—¿Por qué?
—Porque soy maravillosa, pero tengo límites.
—Sobre todo auditivos.
—Y podrías empezar a conocer a alguien.
Vuelvo a mirar al hombre de la barra. Está hablando con una de las mujeres del grupo y ya no presta atención a nuestra mesa.
—No quiero empezar a conocer a nadie —respondo.
—No tienes que casarte con él. Ni siquiera acostarte con él.
—Me tranquiliza que hayas descartado organizar la boda esta noche.
—Puedes hablar con una persona, aceptar una copa o descubrir que existe vida masculina más allá de los hombres complicados.
—Estoy segura de que ese tiene una relación extraordinaria con sus padres y jamás ha utilizado el silencio para castigar a nadie.
—Podrías preguntárselo.
—Hola, me llamo Carla. Antes de permitirte acercarte, necesito conocer tus mecanismos de defensa y tu historial completo de apego. ¿Te funciona como frase de ligue?
—En California, podría funcionar.
Dejo la copa sobre la mesa.
—No quiero utilizar a una persona para comprobar si puedo olvidar a otra.
Amanda pierde parte de la sonrisa.
—No he dicho que tengas que olvidar a Ares.
—Quiero seguir enamorada de él durante el tiempo que necesite. No pienso acostarme con alguien para demostrar que lo he superado ni aceptar una cita mientras espero que otra persona ocupe su lugar.
—Podrías conocer a alguien sin que Ares forme parte de la conversación.
—Ahora mismo no puedo. Eso no significa que vaya a quedarme esperándolo.
Llevo casi un mes sin saber nada de él, desde aquel mensaje.
Mucho más desde que recogí mis cosas y salí de su casa después de decirle que quererlo ya no bastaba para quedarme.
Durante los primeros días conté las horas.
Después empecé a medir el tiempo de otras formas: mi primera noche completa sin despertarme pensando que había cometido un error, la entrevista, el día en que Hugo apareció en California, la llamada con mi madre, la oferta de trabajo y las ocho mañanas que llevo caminando hasta la oficina.
Sigo echándolo de menos.
Hay momentos en los que la ausencia aparece con tanta claridad que tengo que detener lo que estoy haciendo.
Cuando alguien menciona una campaña de conservación marina.
Cuando encuentro una camiseta verde en un escaparate o veo a un hombre detenerse junto a una puerta para permitir que otra persona decida si quiere cruzarla primero.
Lo echo de menos sin convertirlo en un mandato. Puedo quererlo y continuar avanzando. Por primera vez, ambas cosas ocupan espacio dentro de mí sin intentar destruirse.
—¿Has vuelto a hablar con él? —pregunta Amanda.
—No desde que Hugo apareció.
Algunas noches abro la conversación, escribo una frase y la borro antes de que aparezca en la pantalla. No porque no quiera hablar con él. Porque todavía no sé si buscarlo sería intentar aliviar la parte de mí que no soporta sentirse abandonada.
—Quizá espera que lo llames —indica.