Un desastre llamado Ares Sutton 54 #3
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La silla queda suspendida, sostenida por el agua y por las manos de Elena sobre la barra. Mi madre permanece a un lado, con el mar hasta la cintura.

El miedo no disminuye. Mi respiración se acorta y el pecho intenta convencerme de que el cinturón es una trampa. Podría pedir que me sacaran. Nadie me impediría hacerlo.

No necesito aguantar para demostrar nada.

Una ola pequeña eleva la silla y la deja caer.

Mis manos aprietan los flotadores. La siguiente hace lo mismo.

El océano no me reconoce. No sabe que estuve a punto de morir dentro de él ni que he pasado seis años vigilándolo desde una casa construida frente a la playa.

Solo sostiene el peso de la silla, mueve mis piernas y continúa.

—Quiero soltarme el cinturón del pecho —digo.

Elena se coloca delante.

—Mantendré la silla estable.

Mi madre no pregunta si estoy seguro. Desabrocho el cierre con una mano. El cinturón cae a ambos lados. Continúo sujeto por la cintura, pero puedo inclinar el torso hacia delante y mover los brazos con libertad.

Toco el agua. Está fría. La llevo hasta mi nuca y después me mojo la cara. El sabor salado llega a mis labios.

No es el agua de aquella noche. Es solo agua.

La distinción parece pequeña hasta que consigo respirar dentro de ella.

—Ya está —digo al cabo de un rato—. Quiero salir.

Cuando las ruedas tocan la arena, el peso de mi cuerpo regresa de golpe sobre el asiento.

Estoy temblando. No sé si es por el frío, el esfuerzo o el miedo.

Regresamos hasta la pasarela. La transferencia a mi silla sale peor porque tengo los brazos húmedos y los hombros cargados.

Pido ayuda antes de resbalar. Elena estabiliza mi cadera mientras mi madre mantiene las dos sillas inmóviles.

Cuando termino, mi madre me coloca una toalla sobre los hombros.

—No digas que estás orgullosa.

—No pensaba hacerlo. Solo estoy pensando que tienes arena en lugares que no vas a disfrutar revisando.

Miro mis pantalones empapados.

—Gracias por devolverle dignidad al momento.

—Es una de mis funciones como madre.

Nos quedamos bajo la sombrilla hasta que dejo de temblar.

Mi madre no convierte lo ocurrido en una victoria ni hace una fotografía para enseñársela a nadie.

Me ofrece agua, protesta porque no he utilizado suficiente protección solar y empieza a contarme cómo terminó la historia del profesor de pilates.

El mar sigue delante. Continúa dándome miedo. Pero ya no está únicamente al otro lado del cristal ni debajo de mi cuerpo mientras intento alcanzar la superficie.

También es este lugar. Mi madre hablando demasiado. Una silla amarilla. El agua fría sobre la cara. La posibilidad de entrar y, sobre todo, la de salir cuando yo lo decida.

***

Al llegar a casa me ducho, reviso la piel de las piernas y descubro una marca roja junto a la cadera izquierda. No parece preocupante, pero hago una fotografía para comprobar más tarde si desaparece.

Después preparo café. Sale horrible. No sé cómo Carla lo hacía bueno utilizando exactamente la misma máquina.

Me siento junto al ventanal con el teléfono sobre las piernas. La conversación continúa detenida en su último mensaje.

No vengas. Estoy bien.

Abro el cuadro de texto y empiezo a escribir:

He estado pensando en ti.

Lo borro. Parece el principio de una petición.

Fui a la boda de Noah. El lunes regresamos juntos a Malibú y hoy he conseguido bañarme en el mar.

También lo borro. Parece un informe de actividades destinado a demostrar que estoy acumulando méritos.

Permanezco varios minutos con el teléfono entre las manos.

Podría no escribir. Respetar su distancia no significa que tenga prohibido hablarle, pero tampoco que deba aparecer cada vez que una emoción me resulta demasiado grande para sostenerla solo.

La diferencia está en lo que espero recibir a cambio.

No quiero que me perdone hoy. No quiero que vuelva esta noche ni que me asegure que continúa enamorada de mí.

Quiero decirle la verdad y permitir que siga siendo suya después de leerla.

No te escribo para pedirte que vuelvas ni para decirte que he cambiado. Eso no me corresponde decidirlo a mí. Fui a la boda de Noah. El lunes regresamos juntos a Malibú y hoy he entrado en el mar.

No ha dejado de darme miedo. Solo estoy empezando a entender que sentir miedo no me concede el derecho a decidir por los demás ni a herirlos antes de que puedan elegir.

Lo que te dije aquel día fue cruel. Comprender por qué lo hice no lo justifica.

Lo siento. No espero que esta disculpa borre nada.

Quería contarte lo del mar porque sigues siendo la primera persona en la que pienso cuando ocurre algo importante.

No tienes que responder si no quieres, solo quería que lo supieras.

Leo el mensaje tres veces. En la segunda descubro que una parte de mí espera que conteste. En la tercera acepto que esa parte puede existir sin dirigir mis manos.

Pulso enviar.

El mensaje aparece en la conversación. Debajo no hay respuesta inmediata. Tampoco los puntos que indican que está escribiendo. Dejo el teléfono sobre la mesa y cojo la taza.

El café continúa siendo espantoso.