Un desastre llamado Ares Sutton 54 #2
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—Intentaba que los dos os detuvierais antes de construir una relación sobre la misma desigualdad con la que había empezado todo —añade.

—Y conseguiste que Carla pensara que estaba desapareciendo otra vez.

—Carla ya lo temía antes de que yo llegara —responde con cuidado—. Yo solo puse las palabras delante.

No me gusta escucharla, pero no está equivocada.

—Debí hablar con los dos —añade—. No aprovechar que tú habías salido para obligarla a responder sola. Y tampoco debí marcharme después de dejar aquella duda sobre la mesa como si no fuera a provocar nada.

—No provocaste lo que ocurrió después —confieso para quitarle esa carga—.

Yo elegí utilizarlo contra ella. —Aprieto la botella—.

Sabía qué le había hecho Hugo. Sabía que sus padres la habían tratado como si marcharse significara que no tenía derecho a volver.

Y utilicé ambas cosas porque pensé que podía perderla.

—Eso no fue culpa mía.

—No. Fui yo.

Permanece callada durante unos segundos. Después acerca la silla un poco más.

—Lo que hiciste estuvo mal, pero puedes repararlo y empezar a hacerlo mejor.

—Ella no tiene que quedarse cerca para comprobarlo. Ni perdonarme porque haya empezado terapia, haya ido a Malibú o pueda reconocer lo que hice.

—No.

La facilidad con la que está de acuerdo empieza a resultar ofensiva.

—¿Podrías discutirme alguna cosa, mamá? Ayudaría a sentirme mejor.

—Estoy aprendiendo a no solucionar todas tus conversaciones. Solo estoy validando lo que sientes.

Miro sus manos. Las mantiene entrelazadas sobre las rodillas.

—Noah y yo volvimos a Malibú el lunes —le cuento.

Levanta la cabeza.

—¿Al hotel?

—A un sendero desde el que se veía el balcón.

Mi madre pierde color. Sus dedos se cierran unos alrededor de otros, pero no me pide detalles sobre el estado de la barandilla, la distancia hasta las rocas ni lo que sentí al llegar.

—¿Cómo fue?

—Necesario. Noah me contó lo que recordaba. Yo llevaba seis años viviendo desde el instante en que me soltó. Él había quedado atrapado en el momento en que me buscaba debajo del agua. Pero he entendido que Noah no decidió soltarme —añado—. Perdió el agarre. Después me salvó la vida.

Se cubre la boca durante unos segundos y después me pregunta:

—¿Estás bien?

—No del todo.

Una ola se acerca más que las anteriores y moja las ruedas de la silla anfibia que Elena ha dejado junto al puesto. La socorrista mira en nuestra dirección, pero no se mueve.

—A Carla le gustaría saberlo —dice mi madre.

—Sí.

—¿Vas a contárselo?

—No quiero aparecer con una lista de avances como si cada uno me concediera puntos para recuperarla.

—Entonces no lo hagas.

—Acabas de decir que se lo cuente.

—Puedes contarle algo sin convertirlo en una deuda.

Observo el teléfono dentro del bolsillo de mi pantalón. Todavía no sé distinguir dónde termina compartir una verdad y empieza el deseo de conseguir una respuesta concreta.

—¿Y si no contesta?

—Lo aceptas y asumes que no quiera sufrir más. —Mira hacia el agua—. ¿Quieres probar la silla?

El estómago se me cierra.

—No lo sé.

Sigo frente al mar. El agua avanza y retrocede con la insistencia de algo que no necesita mi permiso para continuar existiendo.

No quiero regresar a casa sin acercarme.

—Vamos a preguntar cómo funciona la silla —decido.

Mi madre avisa a la chica y acerca la silla anfibia hasta el extremo de la pasarela.

Me explica que las ruedas anchas permiten atravesar la arena sin hundirse y que los reposabrazos funcionan como flotadores cuando entra en el agua.

Tiene un cinturón pélvico, otro para el pecho y una barra frontal desmontable.

—Podemos dejarla en la orilla —indica—. También entrar solo hasta que el agua cubra las ruedas. Tú decides en cada momento.

—¿Y si quiero salir de la silla?

—Podemos utilizar un cinturón de flotación y mantenerla detrás de ti.

La transferencia resulta más incómoda de lo esperado. La silla anfibia es más alta que la mía y el asiento está inclinado. Elena coloca una tabla entre ambas. Mi madre sujeta mi silla para que no se mueva.

—No tires de mí —le advierto.

Apoyo una mano sobre la tabla y la otra en el reposabrazos.

Levanto el cuerpo y desplazo la cadera. El primer movimiento me deja a mitad de camino.

Lo intento otra vez y consigo colocarme sobre el asiento.

Después subo las piernas una a una. Mi madre ajusta el reposapiés siguiendo mis indicaciones y Elena cierra los cinturones.

—¿Demasiado apretado? —pregunta.

—Está bien.

Las ruedas empiezan a moverse. No las impulso yo. La silla tiene una barra trasera y necesita que otra persona la empuje sobre la arena. Odiaría esa falta de control en cualquier otro momento. Ahora me concentro en lo que estoy a punto de hacer.

—Para —digo cuando llegamos a la orilla.

Se detienen de inmediato.

El agua se acerca hasta rozar las ruedas delanteras y se retira. La siguiente ola llega un poco más lejos. Mis manos se cierran alrededor de los reposabrazos.

Vuelve a mi mente el agua cubriéndome. Las rocas golpeando la espalda. El peso de la ropa. La imposibilidad de encontrar la superficie.

Miro alrededor.

No estás allí, estás en esta playa con tu madre, ahora.

Me concentro en el momento presente. La sombrilla inclinada. El puesto de socorrismo. La pasarela azul. Un perro sacudiéndose junto a su dueño. Dos adolescentes intentando mantener una pelota en el aire. Mi madre a la izquierda. Elena detrás de la silla.

No hay rocas. No hay un balcón sobre mi cabeza.

Respiro hondo.

—Un poco más —pido.

La silla avanza. El agua cubre las ruedas y alcanza el asiento. Los flotadores empiezan a elevar los laterales. Noto el cuerpo más ligero de una forma que me asusta. Mis piernas se mueven con la corriente sin que pueda controlarlas, sujetas por el cinturón pélvico.