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Ares
Han pasado seis días desde que regresé a Malibú y todavía encuentro arena dentro del coche.
No es arena de aquella playa. Lo sé porque Noah y yo no bajamos hasta la orilla. Permanecimos en el sendero, llegamos al mirador y regresamos a casa con las zapatillas limpias y una cantidad indecente de emociones sin clasificar.
Aun así, esta mañana he descubierto varios granos junto a la plataforma elevadora. Podría interpretarlo como una manifestación física del trauma.
También podría limpiar mejor el coche.
Mi madre llega a las diez y siete con una bolsa enorme colgada del hombro, una sombrilla debajo del brazo y la expresión satisfecha de quien lleva toda la mañana organizando una actividad que piensa presentar como espontánea.
—Has dicho que íbamos a dar un paseo —señalo.
—Y eso vamos a hacer.
—¿Debajo del sol? — Miro la sombrilla.
—Para eso se inventaron.
—Hubiera preferido ir a comer.
Mi madre deja la bolsa sobre el suelo del recibidor. Sobresalen dos toallas, una botella de protección solar y algo que parece un sombrero diseñado para una expedición colonial.
—Tú me pediste que buscara una playa accesible —me recuerda.
Eso es cierto. La llamé el martes, al día siguiente de regresar de Malibú.
No tenía ninguna intención concreta. Solo le pregunté si conocía alguna playa de la zona que dispusiera de pasarela, silla anfibia y personal de apoyo.
Mi madre respondió con un silencio tan largo que tuve que comprobar que la llamada no se hubiese cortado.
Después quiso saber para qué. Le dije que probablemente para organizar un torneo de voleibol. No apreció la respuesta.
—Pregunté si conocías alguna —matizo—. No te pedí que organizaras una operación militar.
—He llamado al puesto de socorrismo. Tienen dos sillas anfibias y una está reservada a tu nombre hasta la una.
—¿Les has dado mi nombre?
—Necesitaban apuntar alguno.
—¿Y por qué no les has dado el tuyo?
—Porque yo no necesito una silla anfibia, hijo.
—Mi madre me mira durante unos segundos.
Después se agacha para recoger la bolsa—.
Independientemente, puedes cambiar de opinión.
Podemos ir a comer, regresar a casa o conducir hasta la playa y no bajar del coche.
No tienes que bañarte porque yo haya reservado nada.
—Mamá. He ido a terapia tres veces esta semana. Estoy perfectamente informado de todas las cosas que no tengo que hacer si no quiero. Así que acepto ir a esa playa, de momento.
—¿Tres veces? Estoy orgullosa de ti.
Sonríe y me sigue hasta el garaje.
***
La playa se encuentra al norte de San Aurelia, a poco más de veinte minutos de mi casa.
Mi madre ha escogido una que conozco, aunque nunca me había acercado lo suficiente para comprobar si podía acceder a la arena.
Antes del accidente vine varias veces con Noah.
Hay una zona de pícnic, duchas, un puesto de socorrismo y una pasarela de madera que termina cerca de la orilla.
Durante el trayecto me cuenta que una mujer de su clase de cerámica ha abandonado a su marido por el profesor de pilates.
—No conozco a ninguna de esas personas —le recuerdo.
—Eso no impide que la historia sea interesante.
—¿Qué ha ocurrido con la confidencialidad entre artistas?
—Se pierde en cuanto alguien empieza a utilizar la arcilla para modelar partes del cuerpo del profesor de pilates.
—Necesito que dejes de hablarme de cosas de desconocidos.
—Por eso luego no te enteras de nada.
El océano aparece al final de la avenida. Mi cuerpo reacciona antes de que pueda recordarle que lo contemplo todos los días desde casa.
No es Malibú. No hay hotel, rocas ni balcones. Solo una extensión de agua demasiado grande para que la diferencia resulte suficiente.
Mi madre deja de hablar. No me pregunta cómo estoy ni coloca una mano sobre mi brazo. Mira por la ventanilla y espera a que sea yo quien decida si continuamos.
Entro en el aparcamiento. Hay tres plazas accesibles junto a la pasarela. Ocupo una, apago el motor y dejo las manos quietas sobre las piernas.
Permanece sentada mientras despliego la plataforma.
Cuando termino de salir, coge la bolsa y la sombrilla.
La pasarela empieza junto al aparcamiento y cruza la primera franja de arena.
Después continúa mediante una alfombra rígida de color azul que se adapta a las irregularidades del terreno.
Las ruedas avanzan sin hundirse, aunque noto cada unión bajo el cuerpo.
A ambos lados hay familias instaladas bajo sombrillas coloridas, niños corriendo y varias personas que han traído suficientes objetos para colonizar la costa.
Nadie presta demasiada atención a mi presencia.
Una niña se queda mirando la silla hasta que su padre le recuerda que está a punto de derramar un bote de refresco sobre sus propios pies.
El puesto de socorrismo está junto al final de la pasarela. Una mujer de unos treinta años sale a recibirnos.
—¿Ares?
Miro a mi madre.
—Soy Elena —se presenta la socorrista—. Tu madre nos ha explicado que querías utilizar una de las sillas anfibias.
—Mi madre habla demasiado.
—Solo lo imprescindible —se defiende ella.
Elena señala una estructura cubierta situada detrás del puesto. Hay dos sillas con ruedas anchas y amarillas, reposabrazos flotantes y un cinturón alrededor del respaldo. Parecen el resultado de cruzar una tumbona con un vehículo de rescate.
—Podemos llevarla hasta donde queráis sentaros y, si decides entrar, os explico cómo funciona —indica—. No hay ninguna prisa.
—Gracias.
Mi madre extiende la sombrilla cerca de la pasarela. Tarda varios minutos en clavarla porque rechaza la ayuda de un hombre que ocupa el espacio contiguo y termina inclinada sobre la arena en una postura que no parece compatible con la dignidad.
—Puedo llamar al profesor de pilates —propongo.
Me dedica una mirada desagradable y vuelve a empujar la barra. Al final, el hombre de la sombrilla vecina se acerca y la ayuda. Mi madre se lo agradece sin interpretar que aceptar una mano para clavar un objeto en la arena cuestiona su capacidad para existir como mujer.
La observación me irrita porque sé exactamente por qué me he fijado en ella.
Las olas llegan con poca fuerza y se deshacen sobre la arena en una línea blanca que avanza y retrocede.
No se parece al mar que contemplo desde mi casa.
Desde allí el océano es una superficie situada al otro lado de los ventanales, algo que puedo vigilar sin que llegue a tocarme.
Aquí huele a sal, se oye el arrastre de la espuma y noto la humedad pegándose a la piel.
Mi madre saca dos botellas de agua de la bolsa.
—¿Cómo fue la boda? —pregunta mientras me entrega una.
—La corbata le daba aspecto de agente inmobiliario, o eso creía él.
—He visto las fotografías. Estaba guapísimo.
Abro la botella.
—También bailé con una chica. —Mi madre se queda con la suya a medio camino de la boca—. Con una amiga de Maya —matizo—. Se llama Leah. Me pidió el número.
—¿Y se lo diste?
—No.
—¿Por qué?
Miro el mar.
—Porque estoy enamorado de Carla.
No responde de inmediato. El silencio no está vacío. Se llena con el ruido de las olas, una pelota que cae cerca y el grito de un niño que acaba de descubrir que una gaviota puede robarle comida directamente de la mano.
—¿Ella lo sabe? —pregunta al fin.
—No.
Mi madre gira la botella entre las manos.
—¿Cuándo lo supiste?
—No hubo un momento concreto. Quizá cuando se marchó y la casa siguió funcionando. Contraté a una empresa de limpieza. Aprendí a utilizar el calendario y cocino sin intoxicarme. Mi vida no se desmoronó.
Frunce el ceño.
—Sigo sin encontrar el romanticismo en lo que me estás diciendo.
—La quería allí cuando ya no podía convencerme de que la necesitaba para hacer nada.
Mi madre baja la vista.
—Carla nunca fue necesaria para que pudieras vivir solo.
—Tú la contrataste porque pensabas lo contrario. Pagaste a una mujer para que viviera conmigo, preparara comida, organizara parte de la casa y comprobara que seguía respirando.
—El anuncio no decía eso —alega.
—El anuncio decía asistente personal con alojamiento.
Mi madre acepta la respuesta sin intentar defenderse.
—Tenía miedo —reconoce—. Te habías mudado hacía tres meses, no me permitías ayudarte con nada y cada vez que te llamaba respondías como si hablar conmigo pusiera en peligro tu independencia. Pensé que, si había alguien en casa, podría dejar de imaginarte en el suelo sin poder alcanzar el teléfono.
—Y decidiste que esa responsabilidad podía asumirla una desconocida —acuso.
—Decidí que necesitabas compañía y convertí esa necesidad en un puesto de trabajo porque sabía que jamás la aceptarías de otra forma.
Una ráfaga de viento agita la sombrilla. Mi madre sostiene el mástil hasta que deja de moverse.
—No buscaba a alguien que te cuidara —continúa—.
Buscaba a alguien capaz de quedarse lo suficiente para que dejaras de expulsar a todo el mundo.
Eso fue injusto para los dos. Para ti, porque volví a decidir cómo debía ser tu vida.
Y para Carla, porque le entregué una responsabilidad que nunca le correspondió.
La miro.
—Le dijiste que esperabas que me ayudara a bajar la barrera.
—Sí.
—No era una tarea pequeña.
—No. Tampoco una que pudiera cumplir sin perderse dentro.
La conversación del día que vino a comer regresa con una exactitud desagradable.
Mi madre preguntándole a Carla qué quedaba de su vida cuando no estaba ocupándose de la mía.
Yo enfadándome porque se había atrevido a señalar algo que, después, convertí en el argumento exacto con el que destrocé todo.
—Cuando descubriste que estábamos juntos, esperaste a que saliera de la habitación para hablar con ella —recuerdo—. La interrogaste sobre nuestra relación.
—No la interrogué.
Levanto una ceja.
—De acuerdo —rectifica—. Hice preguntas que debía haberte hecho a ti. Y las hice de una manera que convirtió a Carla en responsable de saber si tú distinguías entre necesidad y sentimientos reales.
El sol se refleja sobre el agua y me obliga a entornar los ojos.