Un desastre llamado Ares Sutton 53
86%

53

​​ Ares

Noah sube a mi coche a las ocho y doce de la mañana con gafas de sol, una mochila y el aspecto de un hombre que lleva menos de cuarenta y ocho horas casado y ya está intentando que su mujer considere razonable visitar el lugar donde casi murió su mejor amigo.

—Maya no te ha quitado la idea de la cabeza —expongo.

—Tenemos una relación moderna basada en el respeto mutuo.

—Te ha preparado la mochila. —Noah mira la bolsa que acaba de dejar entre sus pies.

—Me ha obligado a traer agua, protección solar, una sudadera y tres barritas energéticas.

—Respeto mutuo, ya veo —bromeo.

—También me ha pedido que te pregunte cómo estás antes de salir. —Se coloca el cinturón—. Le he dicho que sabrías cancelar el viaje si no te encontrabas bien. —Después ha añadido que, si cualquiera de los dos intenta demostrar algo y termina haciéndose daño, vendrá a Malibú para matarnos.

Noah me observa mientras arranco.

La ruta hasta Malibú dura algo menos de una hora y media. El navegador propone seguir la costa durante gran parte del trayecto, pero selecciono una alternativa interior que añade once minutos. Noah no hace ningún comentario.

Anoche hablé con el psicólogo. Le expliqué adónde pensaba ir y esperé que me felicitara por enfrentarme a mis miedos como si acabara de ganar una medalla destinada a hombres atrofiados. En lugar de eso, me preguntó qué haría si al llegar no quería bajar del coche. Le dije que regresaría a casa.

Después quiso saber qué ocurriría si solo podía permanecer cinco minutos, si necesitaba que Noah se apartara o si cambiaba de opinión a mitad del trayecto.

Tenía una cantidad ofensiva de preguntas para alguien que cobra por permanecer en silencio.

Llegamos a una conclusión sencilla: puedo irme cuando quiera.

No necesito acercarme a las rocas, entrar en el agua ni mirar hacia el balcón. Tampoco debo quedarme para demostrar que soy capaz de soportarlo. Conducir hasta allí ya es una decisión. Dar la vuelta también lo sería.

Noah permanece callado hasta que dejamos atrás Santa Mónica. Después apoya un brazo en la puerta.

—No he dormido.

—Te casaste el sábado. No necesito detalles.

—No por eso.

Aprieto ligeramente las manos alrededor de los controles.

—He pensado en cancelar unas veinte veces.

—Lo entiendo.

Seguimos avanzando. A nuestra izquierda aparece el océano entre edificios y desniveles de la carretera.

El primer destello azul me tensa los hombros.

El segundo me obliga a corregir la respiración.

Mantengo la vista en el asfalto. Un coche rojo.

Dos señales. Una palmera inclinada hacia la carretera.

Las gafas de Noah reflejadas en el parabrisas.

Cosas que están aquí. Cosas que no pertenecen a aquella noche.

—¿Quieres que hable? —pregunta.

—¿Sobre qué?

—Puedo explicarte por qué las servilletas de la boda estuvieron a punto de destruir mi matrimonio.

—Eso ya lo hiciste.

—También tengo una historia sobre el tío de Maya intentando besar a la organizadora.

—La quiero con detalles.

Habla durante los siguientes kilómetros. No espero que consiga distraerme y él tampoco lo pretende. Su voz ocupa el coche mientras el mar aparece y desaparece detrás de las casas. Cuando el navegador anuncia que faltan tres minutos, Noah deja la historia a mitad.

Reconozco el hotel antes de ver el nombre.

Han pintado la fachada. Los balcones tienen barandillas nuevas, paneles de cristal reforzado y soportes metálicos que parecen capaces de resistir el peso de un vehículo.

La entrada también ha cambiado. Hay una marquesina más grande y varias jardineras donde antes estaban los bancos.

El edificio continúa allí con la indiferencia de las cosas que sobreviven a lo que provocan.

Conduzco hasta encontrar un aparcamiento junto a un sendero costero. Detengo el coche en una plaza accesible, apago el motor y dejo las manos sobre los controles.

El silencio permite que regrese el ruido del mar.

No se parece al que escucho desde mi casa. Allí llega abierto y regular, amortiguado por la distancia. Aquí golpea contra las rocas y retrocede arrastrando piedras.

El cinturón sigue cruzándome el pecho. Noah tampoco se lo quita.

—He pasado de largo —digo, refiriéndome al hotel.

—Podríamos quedarnos aquí si te es más cómodo.

—Podemos. —Pulso el botón del cinturón. El clic suena demasiado fuerte dentro del coche—. Pero hemos venido a algo más.

Mi amigo sale mientras despliego la plataforma. Se mantiene apartado hasta que estoy fuera y he recogido el mecanismo. Después se coloca la mochila al hombro.

El sendero discurre sobre el acantilado, separado del borde por una valla de madera y una franja de vegetación. La superficie es firme, aunque la pendiente aumenta unos metros más adelante. Desde allí se ve la parte trasera del hotel. También los balcones.

Mi cuerpo reconoce la distancia aunque todo lo demás haya cambiado.

Sé cuál era la habitación. Tercer piso, cuatro balcones desde la esquina.

La barandilla nueva refleja el sol y me devuelve una luz blanca.

Mis manos pierden fuerza sobre los aros.

Noah permanece a mi derecha, lo bastante cerca para oírme y sin bloquear el camino de vuelta.

—Era ese —dice.

Mi respiración se acorta. Intento llenarme los pulmones y solo consigo levantar los hombros. La luz desaparece detrás de manchas oscuras que no pertenecen al paisaje.

Vuelven sus dedos alrededor de mi muñeca. El borde del balcón contra el pecho de Noah. Mis piernas suspendidas sobre las rocas.

El ruido metálico de los últimos anclajes al desprenderse.

Pongo los frenos.

—Ares.

—No me toques.

—De acuerdo. —Noah separa las manos del cuerpo, mostrándome las palmas.

Bajo la vista hacia mis piernas. Pantalón gris, zapatillas negras, los pies colocados sobre el reposapiés.

La correa está cerrada. La rueda izquierda permanece a pocos centímetros de una grieta en el sendero.

La valla. La mochila azul. Una pareja caminando con un perro.

El olor de la protección solar de alguien. Un helicóptero avanzando hacia el sur.

El balcón continúa frente a mí, pero el sendero regresa poco a poco.

—Necesito que sigas hablando —le pido.

—¿Sobre el tío de Maya?

—Sobre aquella noche. —Su cara pierde color.

—¿Qué quieres saber?

—Qué recuerdas cuando piensas en ella.

Noah desvía la mirada hacia el hotel. Durante años he creído que yo era el único condenado a regresar a ese balcón cada vez que cerraba los ojos. Nunca le pregunté dónde terminaba él cuando soñaba con el accidente.

—Tus zapatillas —responde—. Recuerdo tus zapatillas golpeando contra la pared del edificio mientras intentabas encontrar algo donde apoyarte.

—Yo no recuerdo eso.

—Eran blancas. Te las habías comprado esa semana y no dejabas de decir que habían costado demasiado para llevarlas a una fiesta donde alguien podía derramar una copa encima. Una se te salió cuando caíste.

—¿Qué más?

Se quita las gafas. Tiene los ojos enrojecidos y una marca del puente sobre la nariz.

—Recuerdo pensar que iba a salvarte. Al principio estaba seguro. Solo necesitaba conseguir un poco más de apoyo y acercar la otra mano. Después empezaste a resbalar y comprendí que me estabas arrastrando contigo.

El aire vuelve a quedarse atrapado a mitad del pecho.

—Me pediste que no te soltara —continúa—. Dijiste mi nombre y me pediste que aguantara. Yo te prometí que lo haría —su voz se rompe en la última palabra.

Durante seis años he conservado esa promesa como una prueba. Noah dijo que no me soltaría y después sus manos desaparecieron. Lo demás quedó enterrado debajo: el óxido, el peso de nuestros cuerpos, la ausencia de un punto de apoyo, el hecho de que él tenía medio torso fuera del balcón.

—Intenté agarrarte por la camiseta —añade—. La tela se rasgó. Luego conseguí volver a sujetarte la muñeca, pero tenía las manos mojadas. Había una copa rota en el suelo y me había cortado sin darme cuenta. La sangre hacía que resbalaras más.

Miro sus manos. Tiene una cicatriz fina cerca de la base del pulgar izquierdo.

—Cuando caíste, tardé unos segundos en moverme —explica—. Me quedé mirando el hueco y pensé que acababa de matarte. Después te vi abajo, entre las rocas. Intentabas incorporarte, pero el agua te arrastró antes de que pudiera llegar.

—Bajaste.

—No recuerdo cómo. Hay una escalera de servicio al otro lado, pero no creo que la utilizara entera. Me caí varias veces. Cuando llegué al agua ya no podía verte. —Aprieta las gafas entre los dedos—. Pensé que había llegado tarde.

Una ola rompe debajo del acantilado. El sonido me atraviesa, pero ya no me devuelve al agua. Noah está a mi lado y continúa respirando con dificultad.

—Me encontraste —digo.

—Vi tu brazo. Conseguí agarrarte por la camisa y sacarte la cabeza. No respondías cuando te hablaba.

—Recuerdo tu voz.

—Yo no sabía si estabas vivo. —Baja la mirada.

—Lo estaba.

Hay algo en la frase que consigue cambiar el peso del recuerdo.

Yo he vivido seis años desde el instante en que sus dedos dejaron de sujetarme.

Noah parece haberse quedado atrapado unos minutos después, buscando mi cuerpo debajo del agua.

Los dos salimos de aquella playa con una versión distinta de la misma noche.

—No decidiste soltarme —expongo.

—Ares…

—Perdiste el agarre. —Noah cierra los ojos.

Lo que he dicho no elimina el balcón ni hace que mis piernas respondan. Tampoco devuelve los seis años durante los que lo convertí en el culpable más fácil de mirar.

Solo colocan la responsabilidad donde siempre estuvo.

En una barandilla oxidada. En un hotel que conocía el riesgo. En un accidente que ninguno de los dos podía detener.

Mi amigo se cubre la boca con una mano. Espero a que consiga volver a respirar.

—Lo siento —murmura.

—Deja de pedirme perdón. Tú me salvaste la vida.

Noah suelta una risa rota y se seca la cara con el dorso de la mano.

—Maya va a matarme. Me hizo prometer que no lloraría con el traje de la boda y llevo varios días incumpliendo acuerdos matrimoniales.

Desbloqueo los frenos. El sendero continúa unos metros antes de llegar a un mirador. La pendiente es pronunciada, pero puedo subirla.

Miro de nuevo el hotel, las rocas y la espuma que aparece entre ellas. Mi cuerpo sigue en tensión y tengo las palmas sudadas por los nervios. Quedarme no va a convertir el lugar en algo inofensivo.

—Hasta el mirador —respondo.

Empiezo a avanzar antes de que pueda ofrecerse a empujarme. La primera parte de la pendiente exige más fuerza de la prevista. Él camina a mi lado ajustando el paso al mío. A mitad del ascenso noto cómo se carga el hombro derecho. Me detengo y observo el tramo que falta.

—Puedo ayudarte si quieres —dice.

Miro sus manos. La cicatriz es la marca de cuánto tiempo intentó evitar que cayera.

—Desde atrás —le indico—. Solo hasta la parte plana.

Se coloca detrás de la silla y espera a que quite los frenos. Empuja cuando se lo permito y se detiene en cuanto alcanzamos el final de la pendiente. No hay vergüenza en aceptar una ayuda que he elegido.

El mirador se abre sobre la costa. Desde allí veo el edificio completo, la línea irregular de las rocas y el tramo de agua donde Noah consiguió encontrarme.

Varias personas caminan por la playa más alejada.

Un hombre corre junto a la orilla y dos niños persiguen a una gaviota con escasas posibilidades de éxito.

El mar no ha conservado nada de aquella noche. Nosotros sí. Aunque hoy, al marcharnos, una parte se queda por fin atrás.