Un desastre llamado Ares Sutton 52 #2
85%

52 #2

—Le dije muchas cosas. Esa no.

—Valiente estrategia.

—No era una estrategia. Era… un mierda —niego con el cabeza, decepcionado de mí mismo.

—¿La trataste mal? —La pregunta no es mera curiosidad. Solo necesita saber hasta dónde llega la historia antes de opinar sobre ella.

—Utilicé algo que me había contado para herirla cuando pensé que iba a dejarme.

—Eso es bastante malo.

—Sí.

—¿Te disculpaste?

—No lo hice bien.

—Las disculpas dejan de serlo si se utilizan como una goma de borrar.

—¿También eres psicóloga?

—Paso muchas horas reparando daños que alguien intentó arreglar primero con cinta adhesiva.

—Eso explica la metáfora.

Un hombre se acerca para pedirle que salga en una fotografía. Leah levanta un dedo, indicándole que espere.

—Si estás enamorado de ella, tendrás que luchar un poco.

—Ella no es algo que pueda ganar.

—No he dicho eso. Luchar por alguien no siempre consiste en perseguirlo hasta que se rinda. A veces significa hacer el trabajo, decir la verdad una vez y soportar que la decisión final no sea tuya.

Miro hacia mi amigo y su mujer. Se han separado en la pista. Él habla con sus amigos mientras ella baila con su madre, y ninguno parece vigilar la distancia entre los dos.

—Tendré que aceptar que no quiera volver —expongo.

—Sí. Esa es la parte desagradable de que la otra persona sea libre —añade—. También es lo único que consigue que un sí sirva de algo.

El hombre vuelve a llamarla.

—Ha sido un placer ser rechazada con honestidad —se despide.

—Lo siento.

—No lo sientas. Si dentro de seis meses ya no estás enamorado y yo continúo soltera, puedes invitarme a tomar algo. Maya puede darte mi número.

Regreso a la mesa y encuentro a Noah dejando dos vasos de agua junto a los platos vacíos.

—Leah parece interesada en ti —comenta.

—Tu capacidad de observación explica que hayas tardado seis años en venir a buscarme.

—He mejorado. ¿Le has pedido el número?

—No.

—¿Por qué?

—Estoy enamorado de Carla.

Noah tarda en reaccionar, aunque esta vez no parece sorprendido por la confesión. Más bien por la facilidad con la que la he pronunciado.

—Vaya.

—No hagas que me arrepienta.

—Estoy decidiendo si abrazarte o dar un discurso en tu honor.

Coge uno de los vasos y bebe.

—¿Piensas llamarla?

—No hoy.

—¿Porque necesitas más tiempo?

—Porque hoy te has casado y no pienso utilizar tu boda para fabricar una revelación urgente.

—Eso es muy considerado. También un poco decepcionante. Mi mujer tenía una apuesta.

—¿Sobre si llamaría a Carla?

—Sobre si te irías con Leah.

—Espero que haya perdido dinero.

—Veinte dólares. Será duro para nosotros, pero intentaremos reconstruirnos.

Maya aparece por detrás y pasa un brazo alrededor de sus hombros.

—¿Le has contado lo de la apuesta?

—Nuestro matrimonio se basa en la transparencia, cariño. —Noah pone cara de marido responsable.

—Llevamos casados dos horas y ya utiliza conceptos que no comprende. —Ella me sonríe.

—Me alegro de que hayas venido, Ares.

—Gracias por invitarme.

—Noah fingió que la lista estaba cerrada hasta que confirmó que vendrías.

—Era una ceremonia pequeña —se defiende él.

—También cambió tres veces la distribución de las mesas para asegurarse de que tu sitio tuviera espacio suficiente.

Noah dirige a su mujer una mirada de traición.

—Transparencia —le recuerda ella. Lo besa en la mejilla y regresa con sus amigas.

Noah deja el vaso sobre la mesa. Lleva un anillo en la mano sin ninguna garantía; aun así, parece dispuesto a intentarlo sin miedo.

La música cambia y su mujer lo llama desde la pista. Se levanta, pero antes de marcharse apoya una mano en mi hombro.

—Hay algo que quiero hacer antes de la luna de miel.

—¿Divorciarte y vivir aventuras?

—Todavía no. El lunes quiero ir contigo a Malibú.

El nombre atraviesa el ruido de la celebración y encuentra el mismo lugar de siempre. Esta vez no consigue cerrarme la garganta.

—¿Por qué?

—Porque llevo seis años evitando esa playa, me acabo de casar y he recuperado a mi mejor amigo. Es momento de que ambos enterremos esa parte de nuestra vida.

—Te vas de viaje el miércoles.

—Por eso he dicho el lunes.

Maya vuelve a llamarlo. Noah retira la mano.

—No tienes que venir —añade—. Pero me gustaría que lo hicieras. Se aleja antes de que responda. Lo veo reunirse con ella y dejarse arrastrar hacia un grupo de personas que bailan sin coordinación ni vergüenza.

Noah no mira atrás para comprobar si continúo allí. Me ha ofrecido un lugar a su lado sin convertir mi respuesta en una prueba de cuánto me importa.

Saco el teléfono. La conversación con Carla sigue abierta. Su último mensaje continúa siendo el que envió después de que Hugo apareciera en San Aurelia.

No vengas. Estoy bien.

Y yo no fui. Confié en ella y el mundo no se terminó.

Guardo el móvil sin escribirle. Si alguna vez le digo que la quiero, no será para obligarla a tranquilizarme ni para convertir mi cambio en una deuda. Se lo diré porque es verdad y dejaré que haga con esa verdad lo que necesite.

Noah y Maya se besan en mitad de la pista mientras el resto protesta porque han dejado de bailar.

El lunes volverá a Malibú. Y puedo decidir si quiero acompañarlo.