52
Ares
La finca está a veinte minutos de Santa Bárbara, al final de una carretera rodeada de viñedos y árboles que empiezan a perder las hojas.
Octubre en California parece una estafa diseñada para vender otoño a personas que no están dispuestas a soportar el frío. Hay calabazas junto a la entrada, mantas dobladas sobre varias sillas y veintiséis grados a la sombra.
Noah me aseguró que el lugar era accesible.
El aparcamiento tiene una plaza reservada junto al sendero principal, las piedras decorativas terminan antes de la rampa y alguien ha colocado una plataforma de madera sobre el césped para llegar hasta la zona de la ceremonia.
También hay un plano dentro de la invitación con los recorridos señalados.
No me mencionó ninguna de esas cosas, tan solo me limité a encontrarlas.
Hace unos meses habría interpretado cada detalle como una prueba de que mi presencia exigía modificaciones. Hoy avanzo por la plataforma sin buscar una deuda escondida debajo de la madera.
Una mujer vestida de negro consulta una lista junto al edificio principal.
—Ares Sutton —anuncio.
Levanta la vista y sonríe con alivio.
—Gracias a Dios. Noah ha preguntado tres veces si habías llegado y Maya ha amenazado con atarlo a una silla para que deje de asomarse a la ventana.
—Entonces está estable.
—Hace diez minutos intentó cambiarse la corbata porque cree que esta le da aspecto de agente inmobiliario.
—¿Y se la habéis permitido elegir solo?
La mujer se ríe y señala una construcción situada detrás del jardín.
—Está allí. Si consigues que deje de caminar en círculos, Maya te incluirá en el testamento.
Sigo el sendero hasta una casa pequeña de paredes blancas. La puerta está abierta y Noah aparece frente a un espejo mientras otro hombre intenta colocarle un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta.
Lleva un traje azul oscuro y la expresión de alguien que acaba de comprender que cincuenta personas han organizado su día alrededor de verlo experimentar emociones en público.
—Has venido —suelta con alivio.
—Suele ocurrir cuando confirmo asistencia.
El otro hombre me saluda, abandona el pañuelo sobre una mesa y sale con una excusa relacionada con las flores. Noah espera a que desaparezca antes de volver a mirarme.
—Pensé que cambiarías de opinión.
—Yo pensaba que no te casarías. Los dos somos muy malos prediciendo cosas.
Sonríe, aunque continúa moviendo los dedos alrededor de los gemelos.
—¿La corbata parece de agente inmobiliario?
—Parece una corbata, celeste muy bonita.
—Eso ha dicho Maya.
—Deberías casarte con ella —bromeo.
—Estoy trabajando en ello.
Me acerco a la mesa y cojo el pañuelo que el otro chico ha abandonado. Noah observa cómo lo doblo.
—No sabía que supieras hacer eso.
—Antes sabía ponerme un traje sin convertirlo en una acrobacia.
—También eras insoportable.
—Algunas habilidades sobreviven. —Le tiendo el pañuelo y él consigue colocárselo sin ayuda. Después se mira de perfil, se pasa una mano por el pelo y vuelve a sacar el móvil.
—Maya me ha prohibido escribirle hasta la ceremonia.
—Entonces deja de comprobar si te ha escrito.
—¿Y si me deja plantado en el altar?
—Hay cincuenta testigos capaces de perseguirla.
Noah guarda el teléfono, pero apenas dura unos segundos antes de tocarse el bolsillo para comprobar que continúa allí.
—¿Tú estás bien? —pregunta.
—Sí.
—Mi pregunta no se refería al trayecto.
—Ya lo sé.
—Me alegro de que estés aquí —expresa mientras se ajusta los puños—. Aunque pongas esa cara. Maya cree que te caigo mal.
—Esa chica te ha visto con perspectiva.
Suelta una carcajada y la tensión abandona parte de sus hombros. La mujer de la lista aparece en la puerta para anunciar que faltan quince minutos.
—Esto es una locura. — Noah inspira despacio.
Los invitados ya ocupan la mayoría de las sillas.
Reconozco a algunas personas de la universidad y a otras de fotografías que Carla y yo vimos en casa.
Varias me saludan con una familiaridad que no sé devolver.
Una mujer me abraza antes de que consiga recordar su nombre.
Ninguno menciona la silla. Tampoco actúan como si los últimos seis años fueran una habitación en la que deban entrar de puntillas.
Respondo preguntas, rechazo un abrazo que llega desde un ángulo peligroso y termino junto al pasillo central mientras Noah ocupa su lugar frente al arco de flores.
Hace seis meses ni siquiera tenía contacto con él. Ahora conozco los problemas con las servilletas, sé que Maya se niega a compartir una cuenta bancaria para gastos personales y he sido informado contra mi voluntad de que Noah duerme con calcetines de septiembre hasta mayo.
Su vida ha continuado durante mi ausencia.
Durante mucho tiempo utilicé esa baza para demostrarme que yo había quedado atrás.
Como si cada cosa que él conseguía hubiera sido retirada de una lista que antes compartíamos.
Su trabajo, sus amigos, la mujer con la que va a casarse.
Pruebas de que el futuro había cumplido su parte con uno de los dos y se había olvidado del otro.
Empieza la música. Maya aparece del brazo de una mujer mayor. Lleva un vestido sencillo, el pelo recogido y una sonrisa que encuentra a Noah antes que al resto de los invitados.
Él deja escapar el aire. La forma en que se miran contiene años de conversaciones de las que no sé nada. Discusiones, domingos aburridos, planes modificados, enfermedades, viajes y una cantidad indecente de opiniones sobre cosas banales. Una vida completa que no me ha quitado nada por existir.
Noah no ha ocupado mi lugar. Ha construido el suyo.
La novia llega hasta él y le murmura algo que consigue que ambos se rían. La mujer que oficia la ceremonia espera sin apresurarlos.
En sus votos, Noah no promete hacerla feliz todos los días.
Tampoco asegura que jamás vaya a decepcionarla ni que ella será lo único que necesite.
Promete escucharla incluso cuando esté convencido de tener razón, devolver los libros que toma de su mesilla y aprender a preparar una cena que no dependa de tres llamadas a su madre.
Ella promete no reorganizar sus cosas sin permiso, continuar viajando sola al menos una vez al año y recordarle que una discusión no equivale al fin del mundo.
Los invitados se ríen pero a mí me cuesta.
Carla se marchó de mi casa porque necesitaba averiguar quién era fuera de la vida que habíamos construido.
Yo escuché que estaba preparando una existencia en la que ya no habría sitio para mí.
Confundí su necesidad de espacio con una amenaza y después la castigué por no tranquilizarme de la manera exacta que esperaba.
Amarla no me concedía el derecho a exigirle que demostrara nada. Ni a utilizar sus heridas cuando las mías empezaban a doler.
Noah y Maya se besan bajo el arco de flores. Aplaudo con todos los demás y descubro que puedo alegrarme por él sin calcular qué dice su felicidad sobre la mía.
Después de la ceremonia, las mesas se llenan de conversaciones y copas. Mi sitio está junto a dos antiguos compañeros de Noah, una prima de Maya y una chica de mi edad llamada Leah que lleva un vestido verde y ha conseguido quitarse los zapatos antes de que sirvan el primer plato.
—No pienso volver a ponérmelos —anuncia cuando me descubre mirando los tacones debajo de la mesa—. Si alguien pregunta, me los han robado.
—El ladrón ha tenido mal criterio.
—Son bonitos.
—Parecen instrumentos de tortura —comento.
Me entero que Leah trabaja restaurando libros antiguos, conoce a Maya desde el instituto y tiene la costumbre de inclinarse hacia mí cada vez que habla, aunque la música todavía permite mantener una conversación sin invadir el espacio personal de nadie.
Me pregunta por mi trabajo. Después por San Aurelia y por una campaña reciente que ha visto en internet. Escucha las respuestas sin mirar alrededor en busca de alguien más interesante.
Cuando comienza el baile, señala la pista con la barbilla.
—¿Bailas?
—Depende de lo generosa que sea tu definición.
—He visto a tres hombres hacer el mismo movimiento con los hombros desde que ha empezado la canción. El nivel está bajo.
Miro la pista. Noah sostiene a Maya por la cintura mientras ella habla con otra invitada y se ríe de algo que no ha dicho él. No parece molesto por no ser el centro de toda su atención. Tampoco necesita separarla del resto para confirmar que siguen celebrando lo mismo.
—Puedo intentarlo —acepto.
Leah recupera los zapatos, pero los lleva en una mano mientras avanzamos hacia la pista.
Deja que decida dónde colocarme. No intenta agarrar la silla para moverme ni convierte el primer contacto en una pregunta sobre mis piernas.
Se limita a bailar frente a mí hasta que la falta de coordinación empieza a resultar deliberadamente cómica.
Es atractiva. Divertida. Fácil de tratar.
No siento nada parecido a lo que sentí cuando Carla se sentó sobre mí en The Breakwater y consiguió que mi cuerpo recordara cosas que yo llevaba años intentando olvidar.
La comparación es injusta para ambas. Cuando termina la canción, Leah me acompaña a un lateral de la pista.
—Voy a hacerte una pregunta —avisa—. ¿Estás soltero?
—Sí —titubeo un poco.
—No ha sonado muy convincente.
—La respuesta es correcta. La situación es más complicada.
Leah recoge su pelo sobre un hombro y espera.
Podría darle mi número, aceptar una copa otro día y descubrir si la facilidad resulta suficiente.
No le he prometido nada a Carla. Carla tampoco me ha pedido que la espere.
Pero convertir a otra persona en una prueba de que ya puedo seguir adelante sería utilizarla para resolver algo que no le pertenece.
—Estoy enamorado de alguien —digo—. Ahora mismo no estamos juntos.
Leah asiente sin dramatismo.
—Eso sí ha sonado convincente.
—Salir contigo mientras espero dejar de quererla sería injusto.
—Probablemente. Sobre todo porque yo soy encantadora. —Sonríe y mira hacia la pista, donde Maya intenta convencer a una mujer mayor para que baile—. ¿Ella lo sabe?