51
Carla
La entrevista ha durado cuarenta y siete minutos.
Durante treinta y nueve he conseguido parecer una mujer competente, estable y perfectamente capaz de trabajar en equipo.
Los ocho restantes los he dedicado a buscar una forma profesional de admitir que mi mayor defecto es aceptar demasiadas responsabilidades hasta que empiezo a considerar el agotamiento un rasgo de personalidad.
Salgo del edificio convencida de que podría haber ido peor.
Le escribo a Amanda mientras camino hacia su apartamento.
Creo que les he gustado. O son extraordinariamente educados mientras descartan candidatos.
Su respuesta llega antes de que guarde el teléfono.
Amanda: Perfecto. Compra algo para celebrarlo o para insultarlos. El azúcar sirve para las dos cosas.
Estoy a pocos metros de la entrada cuando lo veo.
Hugo está junto a la puerta del edificio con una maleta pequeña y una caja de cartón apoyada a sus pies.
Mi cuerpo lo reconoce antes que yo. El estómago se me cierra y durante un instante regreso a todas las habitaciones donde aprendí a comprobar su estado de ánimo antes de decidir el mío.
—Hola, Carla —Sonríe.
Cínico.
—¿Qué haces aquí?
—Antes de que te enfades, no he venido a presionarte.
Miro la maleta.
—Has cruzado un océano y aparecido delante de mi casa. Parece bastante trabajo para no presionarme.
—Necesitaba verte. —Da un paso hacia mí y abre los brazos y me obligo a retroceder.
—Vale. Lo entiendo. —Los baja despacio.
—¿Cómo has conseguido esta dirección?
—He traído algunas cosas tuyas. —Señala la caja—. Cuadernos, documentos y varios textos que dejaste en el apartamento.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Hablé con tu madre —reconoce al fin.
La promesa de mi madre apenas ha durado lo necesario para encontrar un vuelo.
Saco el teléfono y escribo a Amanda.
Hugo está delante del edificio. Voy al local de la esquina con él. No quiero que entre en casa.
Amanda llama inmediatamente. Rechazo la llamada y añado:
Estoy bien. Diez minutos. Te aviso.
—No tienes que informar de cada movimiento —comenta Hugo.
—Cuando alguien consigue mi dirección después de que haya pedido expresamente que no se la den, sí.
—Tu madre y yo solo queríamos que recuperaras tus cosas.
—Podía haberlas enviado.
—Quería entregártelas personalmente.
—Eso es lo que significa no respetar una decisión, Hugo. Buscar una excusa que suene mejor que lo que estás haciendo.
Su sonrisa se debilita.
—Solo te pido diez minutos.
—En un lugar público. Después te marchas.
Recojo la caja antes de que pueda utilizarla para acercarse y camino hacia el establecimiento de la esquina.
***
Hugo coloca la maleta junto a su silla. Ha pedido mi infusión favorita sin preguntarme. Antes habría considerado el gesto una prueba de que me conoce. Ahora me pregunto por qué conocer mis preferencias le parece suficiente para ignorar todo lo demás.
—Estás guapísima —suelta.
—Ya han empezado tus diez minutos.
—He ensayado muchas formas de decir esto durante el vuelo.
—Deberías haber elegido uno con escala —le sugiero.
Exhala y junta las manos sobre la mesa.
—Lo siento. Por todo. Por desconfiar de ti, por intentar controlar las cosas y por hacerte sentir culpable cuando no conseguía lo que quería.
Sé que reaccioné mal cuando te marchaste —continúa—.
Tenía miedo. Habíamos construido una vida y de repente actuabas como si nada hubiera significado lo mismo para ti.
—Sí significó.
—Entonces sabes por qué no podía aceptar que terminara así.
—Entenderlo no lo justifica.
—No intento justificarme. Estoy intentando reconocerlo. —Parece sincero, pero es uno de los problemas con Hugo: puede ser sincero y manipulador en la misma frase—. He empezado terapia —añade—. Sé que decirlo no demuestra nada, pero estoy trabajando en mí mismo.
—Me alegro —manifiesto—. Espero que te sirva.
—Podría servirnos a los dos.
—No hay un nosotros, Hugo.
—No ahora. No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo mañana. Tu familia te necesita. Tu madre está preocupada, tu padre apenas entiende qué haces aquí y tú has dejado el trabajo por el que viniste. ¿Qué te queda en California?
Una entrevista, una novela a medio terminar, Amanda y un hombre al que sigo queriendo aunque no pueda estar con él.
—Mi vida.
—Llevas aquí dos meses y medio.
—El tiempo no decide si una vida me pertenece.
—Estás huyendo otra vez.
—Marcharme de un lugar donde no era feliz no fue huir —le informo, por si aún le quedan dudas.
—¿Y dejar el trabajo? ¿También era parte del plan?
—¿Qué te ha contado mi madre?
—Que ya no trabajas para ese tipo y que te has mudado con Amanda. ¿Hay algo más? —Me observa y la comprensión aparece lentamente—. ¿Había algo entre vosotros?
—No es asunto tuyo.
—¡Lo sabía! Cuando hablamos ya noté que ese hombre estaba aprovechándose de que te encontrabas vulnerable.
—Él no se aprovechó de mí.
—Vivías en su casa y te pagaba por vivir la vida padre en la playa. Acababas de terminar una relación de años y estabas sola en otro país. No estabas en condiciones de distinguir lo que sentías.
—Otra vez decides por mí lo que soy capaz de comprender.
—Solo digo que fue impulsivo.
—No sabes lo que fue.
—Sé que has dejado su casa. Algo habrá ocurrido.
El teléfono vibra sobre la mesa.
Amanda: He llamado a mi madre por si necesitamos refuerzos. No voy a aparecer si no me lo pides, pero estoy pendiente.
Antes de que pueda responder, llega otro mensaje.
Ares: Mi madre me ha dicho que Hugo está en San Aurelia. Si quieres que vaya, voy. Si no, confío en ti.
Yo: No vengas. Estoy bien.
—¿Es él? —Hugo intenta mirar la pantalla.
Dejo el teléfono boca abajo.
—Eso tampoco es asunto tuyo.
—Te ha dejado sola y aun así corres a contestarle.
—No me ha dejado. Yo decidí marcharme.
—De su casa, de tu trabajo y de la relación. Parece que estás repitiendo un patrón, querida —su tono empieza a irritarme.
—Mi relación contigo terminó por lo que hiciste tú. Ares no tuvo nada que ver.
—Has destruido nuestra vida por algo que no ha durado ni dos meses.
—Nuestra vida ya estaba destruida. Yo solo dejé de fingir que podía vivir entre los restos.
Su expresión cambia. Su disculpa desaparece primero, seguida de la paciencia.
—Antes de venir aquí al menos recordabas quién eras —me espeta de muy malas maneras.
—No. Antes de venir aquí tú decidías quién tenía que ser.
—¿Eso es de lo que te ha convencido tu amiga? ¿Que yo era un monstruo y tú una víctima?
—Amanda no necesitó convencerme de nada. Solo estuvo presente cuando empecé a escucharlo con mi propia voz.
—Tu madre cree que deberías regresar.
—Mi madre también me prometió que no te daría mi dirección.
—Lo hizo porque está preocupada. Cree que tiene una hija impulsiva y fuera de sus cabales.
—Lo hizo porque tú supiste utilizar esa preocupación.
—Fui parte de esa familia durante años —suelta, como si el título honorifico de hijo político fuera vitalicio.
—Eso no te convierte en parte de mi vida para siempre. No son tus padres, son los míos, mi familia.
—¿Vas a tirar todo lo que tuvimos por un error? —Sus ojos están enrojecidos de rabia.
—No fue un error. Fueron muchas decisiones tomadas después de que te pidiera que pararas —alego.
Hugo mira alrededor, consciente por primera vez de las personas que ocupan las mesas cercanas.
—No he venido hasta aquí para discutir, y veo que ya vas a empezar a desequilibrarte.
—Has venido esperando que la distancia me hubiera vuelto más fácil de convencer.
—He venido porque te quiero. Pero ya veo que tú nunca me has querido.
—Entonces escucha bien. No vuelvas a llamarme, no utilices a mis padres para llegar hasta mí y no te presentes otra vez en mi casa. Si lo haces, acudiré a la policía.
—¿Vas a denunciarme por quererte? —Sus ojos se endurecen.
—No. Por negarte a aceptar que yo ya no te quiero.
—Algún día comprenderás lo que has perdido. —Se levanta, arrastrando la silla con demasiada fuerza.
—Ya lo comprendí. Por eso me marché.
Coge la maleta. Mira la caja de mis textos, pero no intenta recuperarla.
Se marcha sin despedirse. Espero hasta verlo desaparecer al otro lado del cristal. Después aviso a Amanda.
Se ha ido. Vuelvo a casa. Tu sistema internacional de madres ha llegado hasta Lydia y, de ahí, a Ares. Me ha escrito. Hablamos cuando llegues .