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Carla
La protagonista de mi novela lleva veinte minutos atrapada en una estación de tren porque no consigo decidir si debe subir al vagón o correr detrás del hombre que acaba de dejarla.
El problema no es la escena. El problema es que sé qué elegiría yo y todavía no he decidido si me enorgullece.
Cierro el documento después de añadir mil cuatrocientas palabras. Es más de lo que escribí durante las últimas semanas en casa de Ares y bastante menos de las tres mil que aseguré a Amanda que produciría cada mañana.
Sobre el escritorio del portátil espera el correo que confirma una entrevista para el lunes. Es un puesto de edición de contenidos en una empresa de San Aurelia. No es el trabajo de mis sueños, pero lo he conseguido sin que Amanda amenace a un departamento de recursos humanos.
Eso lo convierte en mío.
Mi teléfono está junto al ordenador. Lo miro, aunque sé que no hay ningún mensaje. Llevo dos semanas haciendo lo mismo cada vez que termino una escena: busco el nombre de Ares antes de recordar que ya no puedo contarle que uno de mis personajes ha tomado por fin una decisión inteligente.
Lo echo de menos todos los días, pero ya no interpreto el dolor como una orden.
—He recibido tu transferencia. —Amanda asoma la cabeza por la puerta.
—Pago mi parte del alquiler. Intenta contener la emoción.
—Pensaba enmarcar el extracto bancario.
—Espera a que tenga trabajo. Quizá hasta pueda contribuir a la electricidad.
—No prometas cosas que todavía no estás preparada para cumplir. —Me lanza una bolsa de galletas y desaparece por el pasillo.
Saco una, la parto por la mitad y dejo el resto sobre la mesa. El teléfono empieza a sonar y mi primer pensamiento es que es él.
Mamá.
Respondo antes de perder el valor.
—Hola.
—Por fin. Tu padre empezaba a pensar que en California no funcionan los teléfonos.
—Funcionan. También identifican quién llama.
Mi padre protesta desde algún lugar cercano y mi madre le pide que baje el volumen del televisor.
—¿Cómo estás? —empieza.
—Bien. Tengo una entrevista el lunes.
—¿De qué?
Se lo explico. Mi madre hace preguntas sobre el horario, el sueldo y la empresa con una eficacia que demuestra que llevaba días esperando información concreta que poder convertir en preocupación.
—¿Y dónde estás viviendo exactamente?
—En la misma ciudad. Con Amanda.
—Eso ya lo sé. Te pregunto la dirección.
Miro la puerta abierta de mi habitación.
—¿Para qué la quieres?
—Porque somos tus padres, Carla. Si te ocurriera algo, ni siquiera sabríamos dónde buscarte. Lo normal es que unos padres sepan dónde vive su hija.
—Estoy en otro continente, mamá. No podéis presentaros en cinco minutos.
—Precisamente por eso —su voz se suaviza—. No te estoy pidiendo que regreses ni cuestionando tus decisiones. Solo quiero saber que estás a salvo.
Mi padre interviene para decir que tampoco conocen a Amanda lo suficiente. Le recuerdo que la conocen desde hace años.
—No quiero que le deis la dirección a Hugo.
Se hace un silencio breve.
—¿Por qué íbamos a hacerlo? —pregunta mi madre—. Ya nos has dejado claro que no quieres verlo.
—Porque habéis seguido hablando con él.
—Nos llamó preocupado. Nosotros también lo estábamos.
—No tiene derecho a saber dónde vivo.
—De acuerdo. No se la daremos. Pero me duele que pienses que necesitamos convertir cada conversación en una batalla.
La culpa aparece con la precisión de una habilidad heredada. Mi madre no está pidiéndome que vuelva. No defiende a Hugo ni critica que viva con Amanda. Solo quiere una dirección.
Se la dicto y ella la repite mientras la anota.
—Gracias. Así me quedo tranquila y puedo mandarte dátiles, jamón y queso...
—Prométeme que no se la daréis.
—Te lo prometo.
Hablamos unos minutos más. Mi padre me desea suerte con la entrevista y mi madre me pide que llame al terminar. Cuando colgamos, siento que quizá acabamos de mantener la primera conversación adulta desde que llegué a California.
La creo porque quiero creerla. Porque desconfiar de todas las personas que me quieren tampoco sería una forma de recuperar mi vida.
Regreso al ordenador y abro la novela.
Mi protagonista sube al tren. Escribo durante dos horas sin mirar el teléfono.
Ares no llama y yo tampoco.
Los dos estamos aprendiendo que podemos vivir separados. Lo que todavía no sabemos es si algún día podremos querernos sin confundir el amor con la necesidad.