Un desastre llamado Ares Sutton 49
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​​ Ares

Han pasado dos semanas desde que Carla se marchó.

No es la primera vez que me siento delante de un psicólogo.

Sí es la primera que busco el número, pido la cita y regreso después de la primera sesión sin que nadie tenga que obligarme.

Lo sé porque el psicólogo me ha recomendado dejar de contar los días y ahora los cuento con hostilidad terapéutica.

La mujer de la empresa de limpieza termina de guardar los productos en el armario del lavadero.

—Volveré el jueves —me informa.

—Lo pone en el calendario.

—También ponía que hoy debía llegar a las cuatro y me has abierto con cara de no saber quién era.

—Pensaba que sería otra persona.

—El jueves a las cuatro —Sonríe con algo de compasión.

—Lo recordaré. —No lo haré, pero el calendario sí.

La acompaño hasta la puerta. Noah aparece cuando ella sale y se aparta para dejarla pasar.

—Vaya —dice al entrar—. Una mujer huye de tu casa cargada con productos químicos. Parece que la tarde ha empezado bien.

—Es de la empresa de limpieza.

—He traído comida. —Cierra la puerta y levanta una bolsa de papel.

—Estoy cocinando.

Mi amigo observa la bolsa, después la cocina y finalmente vuelve a mirarme.

—Deberías haber avisado. He conducido cincuenta minutos con unas patatas fritas perdiendo su dignidad.

—Puedes comértelas mientras esperas.

—Me alegra comprobar que nuestra amistad vuelve a basarse en órdenes.

Me sigue hasta la cocina.

Tras la adaptación puedo alcanzar los utensilios, utilizar la encimera y sacar una sartén sin ejecutar una maniobra que requiera dos brazos y una fe injustificada en la gravedad. También puedo preparar la cena sin que nadie se levante al verme mirar un armario.

La cocina funciona exactamente como necesitaba y, aun así, cada utensilio al alcance me recuerda quién ya no está aquí para cogerlo.

Noah se sienta junto a la isla y roba un trozo de pimiento de la tabla.

—¿Qué tal el psicólogo? —inquiere.

—Hace demasiadas preguntas.

—Creo que eso figura en la descripción del puesto.

—También permanece en silencio hasta que termino respondiéndolas. Es manipulador.

—¿Cuántas veces has ido?

—Tres.

Noah deja de buscar comida dentro de la bolsa.

—Eso es casi constancia. Bien hecho, Sutton. La primera vez que te recomendé hablar con alguien dijiste que preferías nadar con tiburones.

—Era una forma de hablar. —Echo el pimiento en la sartén—. No estaba preparado.

—Era una forma bastante específica de mandarme a la mierda.

Echo el pimiento en la sartén.

—Aquellas sesiones después del accidente no las elegí yo. Iba porque mis padres y los médicos habían decidido que debía hacerlo. Esta vez he llamado yo.

Noah me observa mientras remuevo la comida. Ha aprendido a no completar mis respuestas cuando decido terminarlas antes de tiempo. Probablemente se lo enseñó algún adulto funcional.

Mi teléfono vibra sobre la encimera.

Mamá: ¿Comemos el domingo? Prometo no reorganizar tu casa, tu agenda ni tu personalidad.

Respondo antes de reconsiderarlo.

A las dos. La personalidad está de obras. ** **

Noah intenta leer la pantalla.

—¿Tu madre?

—Vendrá el domingo.

—¿Por voluntad propia o porque te ha puesto un localizador? —bromea.

—Solo es una comida.

—El psicólogo es mejor de lo que pensaba. En dos semanas has contratado a alguien para limpiar, has aceptado verme tres veces, vas a terapia y has invitado a tu madre. A este ritmo, en septiembre podrías tener habilidades sociales básicas.

—No pienso avanzar tanto.

Noah sonríe, pero la expresión le dura poco.

—¿Has hablado con Carla? —Es la pregunta que más temía.

Apago el fuego.

—No.

—¿Sabes algo de ella?

—No.

A veces he pensado en preguntarle a mi madre. También en llamar a Amanda, aunque probablemente respondería con una amenaza y una explicación detallada de dónde piensa introducirme el teléfono.

—¿Vas a llamarla? —insiste Noah.

—Me pidió que no utilizara el miedo para retenerla. Aparecer ahora con una disculpa sería exactamente eso.

—Pedir perdón no siempre es manipular.

—Depende de si lo haces para reparar el daño o para conseguir que la otra persona te quite la culpa.

Noah tarda un segundo en responder.

—¿Te lo ha dicho el psicólogo?

—Con más rodeos, pero sí.

Sirvo la comida en dos platos.

Él coge el suyo, pero no empieza a comer.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

—Intentar convertirme en alguien cuya disculpa signifique algo.

—¿Y después?

—No lo sé.

—¿La quieres? —Clavo el tenedor en un trozo de pollo.

—Sí —admito.

Es la primera vez que lo reconozco en voz alta. Noah asiente y yo continúo respirando. Tantos años evitando dos palabras para descubrir que ni siquiera son explosivas.

—Se lo dijiste, supongo.

—No habría cambiado lo que hice.

—Quizá habría cambiado lo que ella se llevó en el pecho cuando salió de aquí.

—Eso era precisamente lo que quería evitar.

—¿Que supiera que la querías? —Noah suelta el tenedor.

—Que pudiera marcharse sabiendo que lo hacía.

—Eso que has dicho no tiene sentido. Lo que realmente hiciste, es que creyera que no te importaba. ¿Y cómo salió el plan?

—Estás aquí comiendo pollo gratis. Saca tus conclusiones. —Me obligo a mirarlo a los ojos.

—Cuando te conocí, conocías a medio mundo. Después del accidente empezaste a apartar a todos antes de que pudieran tratarte de manera distinta. Yo incluido.

—Tú te marchaste.

—Me dijiste que no volviera —dice serio.

—Y tú no haberme hecho caso.

—No puedes pasar seis años castigándome por respetar una decisión que tomaste tú.

—¿Hablas a escondidas con mi psicólogo? —murmuro.

—No. Algunas personas alcanzamos conclusiones sin pagar doscientos dólares por hora. —Pincha un trozo de pollo y se lo mete en la boca.

Comemos durante unos minutos.

Noah me cuenta problemas de la boda que parecen diseñados para demostrar que dos adultos enamorados pueden discutir durante cuarenta minutos sobre el color de unas servilletas y continuar queriendo casarse.

Cuando se marcha, deja las patatas fritas en la cocina y acuerda volver el viernes para entrenar. No le pido que se quede más tiempo. Tampoco intento convencerlo de que no necesito que vuelva.

Mi teléfono está en la encimera.

La conversación con Carla sigue donde terminó. No he borrado su nombre, sus mensajes ni la invitación a cenar que rechacé porque quería que insistiera sin tener que admitir que necesitaba verla.

Escribo:

He empezado a entender lo que me dijiste.

Lo borro.

Siento haber utilizado lo que me contaste para hacerte daño.

También lo borro.

Las dos frases son ciertas. Ninguna le devuelve nada.

Dejo el teléfono boca abajo.

Echo de menos a Carla.

Pero echarla de menos no convierte su límite en una puerta que pueda abrir cada vez que la casa se queda demasiado vacía.