48
Carla
Llamo a Ares el cuarto día, pero no me responde.
Espero una hora antes de escribirle, una demostración de autocontrol que Amanda considera poco impresionante porque durante esos sesenta minutos consulto el teléfono diecisiete veces.
¿Cenamos mañana?
Su respuesta llega doce minutos después.
Esta semana no puedo.
No especifica qué compromiso mantiene ocupadas todas sus noches. Tampoco propone otro momento.
Podría insistir. Preguntar qué día le viene bien, ofrecerme a ir a la casa o presentarme allí con comida y una explicación sobre la diferencia entre necesitar espacio y emigrar a otro continente.
Pero ya marqué ese límite. Ares puede estar enfadado.
Puede necesitar tiempo. Incluso puede decidir que no quiere continuar conmigo.
Lo que no puede es obligarme a reclamar atención para demostrar que mi marcha no era un abandono.
El séptimo día me llama.
—Hola —respondo demasiado deprisa.
—Necesito que vengas a recoger tus cosas.
Toda la alegría idiota que ha provocado ver su nombre en la pantalla se desploma.
—Pensaba que podían quedarse unos días.
—Ya ha pasado una semana.
—Te propuse vernos.
—Y ahora te estoy proponiendo que vengas.
Miro la maleta vacía junto al armario.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
—Está bien, iré sobre las cinco.
Cuelgo y dejo el teléfono sobre la cama.
Amanda aparece en la puerta con una cesta de ropa apoyada contra la cadera.
—Tienes mala cara.
—Gracias. Tú también estás preciosa.
—Yo cargo con ropa interior ajena. Tengo derecho. —Deja la cesta en el suelo—. ¿Quién era?
Miro el teléfono.
—Ares.
Entra en la habitación.
—Eso explica la cara. ¿Qué quería?
—Que vaya a recoger mis cosas.
—¿Así lo ha dicho?
—Ha dicho que ya ha pasado una semana y necesita que vaya a buscarlas.
—Entiendo.
—Tienes cara de estar intentando decidir cuánto puedes decirme sin que me derrumbe.
—No creo que vayas a derrumbarte.
—Entonces puedes dejar de tratarme como una lámpara mal embalada.
Amanda se sienta junto a mí en la cama.
—Creo que está dolido y quiere hacerte daño antes de comprobar si tú puedes hacérselo a él.
La respuesta me molesta porque coincide demasiado con lo que llevo una semana intentando no pensar.
—También puede querer recuperar el espacio —añado, de forma ilusa.
—Puede. Pero si solo quisiera recuperar el espacio, debería haber aceptado cenar contigo y pedírtelo sin esperar tres días más.
—Lo llamé una vez.
—Y le escribiste una hora después.
—Quizá debería haber insistido —rezo.
—¿Para demostrarle qué?
—Que no me he marchado de su vida.
—Carla, un teléfono funciona en las dos direcciones. No puedes construir una relación tú sola y después utilizar el agotamiento como prueba de amor.
—Le dije que volveríamos a vernos.
—Y lo intentaste.
—Una vez —insisto.
—¿Cuántas consideras necesarias? ¿Tres llamadas? ¿Doce mensajes? ¿Acampar frente a su puerta con una pancarta?
—No hace falta ridiculizarlo.
—Intento que comprendas que respetar un silencio no es abandonar a nadie.
—Ares no lo verá así.
—Entonces tendrá que explicarte cómo lo ve. Y escuchar cómo lo ves tú.
Me levanto y empujo la maleta con el pie hasta colocarla junto a la pared.
—¿Crees que quiere terminar conmigo?
Mi amiga tarda demasiado en responder.
—Creo que quiere comprobar si vas a impedirlo. Pero sí sé una cosa, prométeme que no vas a ir dispuesta a disculparte por haber dejado el trabajo.
—No pensaba hacerlo.
—Acabas de decir que deberías haber llamado más veces. Permíteme desconfiar de tus planes —me reprende, y con razón.
—Solo quiero arreglarlo.
—Arreglar una relación no significa aceptar cualquier versión de los hechos con tal de conservarla.
—No es cualquier versión. Tiene motivos para sentirse abandonado.
—Y tú tienes motivos para marcharte de una situación que podía hacerte desaparecer otra vez. Las dos cosas pueden ser ciertas. Sus inseguridades merecen una conversación, no obediencia —sentencia.
—Hablas como una persona sensata.
—La convivencia contigo me obliga a compensar. —Apoya una mano sobre la mía.
—Pensaba que compartiríamos decisiones discutibles.
—También. Pero primero te recuerdo que tienes dignidad y después elegimos un bar malo.
Consigue arrancarme una sonrisa que dura poco.
—¿Y si me dice que se acabó?
—Te dolerá.
—Una ayuda excelente.
—No he terminado. Te dolerá y volverás aquí. Lo echarás de menos, llorarás, escribirás cosas horribles que me obligarás a leer y, aun así, seguirás siendo tú. No necesitas conservar una relación para demostrar que marcharte fue la decisión correcta.
—No quiero perderlo. — Noto la presión de sus dedos.
—Entonces ve y escucha lo que tenga que decirte. Pero asegúrate de que él también te escuche. Y si para quedarse contigo necesita que vuelvas a convertirte en la mujer que lo organiza todo, no te está pidiendo que regreses. Te está pidiendo que retrocedas.
Miro la hora.
—Tengo que irme.
Amanda se pone en pie conmigo.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Esto tengo que hacerlo sola.
—De acuerdo. Pero me escribes cuando llegues y cuando salgas.
—Sí, mamá.
—Tu madre habría pedido la dirección de Ares y organizado una intervención internacional. Yo solo quiero saber si debo guardar la cena o cometer un delito.
—Guarda la cena.
—Estupendo. Los delitos dan muchísimo trabajo.
Recojo el bolso y avanzo hacia la puerta.
—Carla —me llama antes de que salga.
—No confundas comprender por qué alguien te hace daño con tener que permitir que lo haga.
La frase me acompaña durante todo el trayecto.
***
La puerta está abierta cuando llego. Entro y la cierro detrás de mí.
Ares está en el salón. No frente al ventanal ni escondido en el despacho. Me espera en mitad de la habitación, como si llevara tiempo calculando el lugar exacto desde el que recibirme sin parecer que lo ha hecho.
—Hola —hablo yo primero.
—Tus cosas están en la habitación —suelta seco. Ni siquiera me pregunta cómo estoy.
—¿Eso es todo? — Dejo el bolso sobre el sofá.
—Has venido a recogerlas, ¿no?
—He venido porque me has llamado. Podrías haber aceptado la cena.
—No quería sentarme delante de ti mientras me explicabas lo bien que te está sentando vivir en otra casa.
—No sabes cómo me está sentando.
—Llevas una semana fuera —confirma.
—Te pedí unos días.
—Tres o cuatro.
—Y al cuarto intenté verte.
—Después de pasar cuatro noches descubriendo que podías dormir perfectamente sin volver aquí.
Durante toda la semana ha ido reuniendo pruebas y ahora me observa como si hubiera llegado el momento de presentarlas.
—No he dormido perfectamente.
—No lo sé, Carla. Ese es el problema. Desde que te fuiste, no sé qué parte de lo que decías era verdad.
—Todo. Incluso lo que no te dije.
—Dijiste que no estabas rompiendo conmigo mientras bajabas una maleta por la rampa.
—Porque no estaba rompiendo contigo.
—Solo necesitabas comprobar si podías construir una vida en la que yo no ocupara demasiado espacio.
—Necesitaba recuperar una vida propia. Para eso vine a California, para no repetir los mismos errores.
—Y para hacerlo tuviste que salir de la mía.
—No salí de tu vida. Dejé el trabajo y me mudé temporalmente.
—Elegiste abandonarme, joder, como todo el mundo.
Durante todo este tiempo, no ha pensado que yo necesitaba independencia. Ha pensado que he ensayado cómo abandonarlo.
—Yo no te he abandonado, nadie lo hizo, tú decidiste aislarte del mundo. Yo no he elegido vivir mi vida sin ti, al contrario, quería poder ofrecerte una mejor versión de mí y retomar lo nuestro desde un punto sano.
—Decidiste que todo eso era precisamente lo que te impedía saber quién eras.
—Porque había dejado que mi mundo se redujera demasiado.
—A mí, ¿verdad?
—No. A depender de la estabilidad emocional de alguien para ser feliz. —Me acerco, pero él mantiene las manos sobre los aros.
—Quería saber que podía dejar de trabajar para ti sin dejar de quererte, Ares.
—¿Y qué has descubierto? —su tono indica que cualquier respuesta que le dé llegará tarde. Aun así, he venido para decir la verdad.
—Que me he enamorado de ti.
No baja la mirada. Tampoco aparece la reacción que una parte ingenua de mí esperaba durante el trayecto: alivio, sorpresa, quizá la necesidad de acercarse.
—Di algo —insisto.
—No sé qué quieres que haga con eso. ¿Te has enamorado de mí y por eso te has ido?
—No tienes que hacer nada. Solo necesitaba que lo supieras.
—Esta casa, tu trabajo, lo que hacías por mí y lo que ocurrió entre nosotros formaban parte de la misma vida. Tú decidiste desmontarla para comprobar qué sobrevivía.
—Y he descubierto que mis sentimientos sobreviven.
—Qué suerte.
—No tienes derecho a convertir esto en una burla.
—¿Qué esperas de mí? ¿Que agradezca que me quieras lo suficiente para echarme de menos desde casa de Amanda?
—Espero que entiendas que estar enamorada no significa que tenga que renunciar a mí misma.
—Y yo necesito algo más que una mujer enamorada que prepara una salida en cuanto descubre que su vida depende demasiado de la mía. Mírame, yo dependo de esta silla, de una cocina adaptada, de la fuerza de mis brazos... Todo el mundo depende en cierta manera de algo.
—No preparé una salida. Intenté construir una relación en la que ninguno estuviera atrapado.
—Tú nunca estuviste atrapada. Te pedí que salieras más, que hicieras tu vida y me dijiste que preferías estar conmigo. Luego renunciaste al trabajo y es entonces cuando decidiste irte.
—¿Crees que solo estaba aquí por el trabajo? —Me escuecen los ojos, pero hago un esfuerzo sobrehumano por no llorar.
—Creo que te gustaba sentir que esta casa se caería sin ti.
—Eso no es verdad —lo desmiento.
—Cocinabas, comprabas, ordenabas y sabías todo lo que necesitaba antes de que lo pidiera. Habías encontrado un lugar donde eras imprescindible. Después terminaron de adaptar la casa, yo empecé a necesitar menos cosas y tú descubriste que estabas perdiendo tu función.
—No me marché porque dejaras de necesitarme. Me marché porque no sé si alguna vez me has querido sin necesitar que estuviera aquí. Dejando de utilizarme para demostrarte que no necesitas a nadie.
—No te utilizaba.
—Sí. Me rechazabas cuando podía ayudarte para demostrar que eras independiente, pero esperabas que continuara disponible. Convertiste mi presencia en una prueba de que podía conocerte de verdad y no marcharme como los demás.
Algo cambia en su expresión.
—Y te marchaste.
—Dejé ropa, libros, mi cepillo de dientes. Te dije que volvería.
—Dejaste objetos para poder afirmar que técnicamente seguías aquí.
—Los dejé porque pensaba volver a esta casa como alguien que te quiere, libre y consciente de que eres el hombre con el que quiero compartir mi vida. Necesitaba comprobar si podía quererme a mí misma mientras estaba contigo.
—Sigues hablando como si yo te lo hubiera impedido.
—No lo hiciste. Yo estaba empezando a hacerlo sola.
—Entonces el problema eras tú.
—Mi forma de relacionarme era el problema. La tuya también.
—Claro. Una semana con Amanda y ya tienes un diagnóstico completo. — Gira la silla y se aleja unos metros.
—No necesito vivir con Amanda para saber que me castigas porque me he marchado.
—No te estoy castigando.
—Rechazaste verme y después me has llamado para que terminara de recoger mis cosas. Querías obligarme a elegir entre regresar en tus condiciones o aceptar que me estabas expulsando.
—No voy a pasar cada día mirando tus cosas y preguntándome si vendrás a buscarlas cuando decidas que has terminado de encontrar una versión mejor de ti.
—Me estaba enamorando de ti y me fui de todas formas porque quedarme así no era bueno para ninguno de los dos. ¿Sabes lo difícil que fue? —intento que empatice.
—Sé que has tenido a Amanda, una habitación nueva y una vida que ya no gira alrededor de un hombre en silla de ruedas. Exactamente lo que necesitabas.
—No utilices la silla para convertir mi decisión en algo que no es.
—No hace falta. Tú necesitabas salvar a alguien. Yo era la opción cómoda.
El ataque me deja inmóvil.
—¿Eso crees que eras para mí?
—Creo que arreglar mi vida te permitía no mirar la tuya.
—Te acabo de decir que estoy enamorada de ti.
—Y yo digo que quizá estás enamorada de quién eras cuando yo te necesitaba. —La crueldad no está en que dude de mis sentimientos. Está en que necesita destruirlos para que mi marcha deje de significar que alguien puede quererlo de verdad.
—No puedes soportar que me haya ido queriéndote —murmuro—. Necesitas convencerte de que nunca fue amor porque eso hace que resulte menos doloroso.
—No me expliques lo que necesito. Quizá tus padres tenían razón. Viniste aquí huyendo y te instalaste en mi vida porque era más fácil arreglarla que enfrentarte a la tuya.
Sabía dónde estaba el límite y acaba de cruzarlo mirándome a los ojos.
—Te conté eso porque confiaba en ti.
—Lo siento. No debería haberlo dicho.
La disculpa llega enseguida, pero no arregla nada.
—Has decidido que la única forma de impedir que te abandone es hacerme daño antes. Te perdoné una vez por utilizar mi herida para ganar una discusión. No voy a enseñarte que puedes hacerlo cada vez que tengas miedo de perderme.
—No volverá a ocurrir. —Agacha la mirada.
—No puedo confiar en eso ahora.
—Acabas de decir que estás enamorada de mí.
—Lo estoy.
—Entonces no te vayas —es lo más parecido a una declaración que ofrece.
—No basta.
—¿Qué más quieres, Carla? ¿Qué necesitas de mí?
—Que no conviertas mi amor en el precio que tengo que pagar para permitirte hacerme daño. Has intentado destruir lo que siento por ti porque no podías controlarlo.
Cierra los ojos y suspira.
—Puedo hacerlo mejor. Déjame demostrártelo.
—No puedo quedarme para enseñarte cómo quererme sin castigarme —es lo último que digo antes de retirarme e ir a la habitación.
Parte de mi ropa sigue en el armario. Los libros permanecen sobre la mesilla y he visto que ha dejado mi cepillo de dientes sobre la cama. Tardo diez minutos en convertirlo todo en equipaje.
Cuando salgo, él me espera en el pasillo.
—No quiero que termine así.
—Yo no quería que terminara. Lo has hecho tú cuando has decidido que mi herida era el lugar más fácil para retenerme. —Sujeto el asa de la bolsa con fuerza—. La semana pasada te dije que no estaba rompiendo contigo. Hoy sí.
—Carla. —El dolor le cruza la cara, limpio y tardío—. Lo siento.
Una parte de mí espera algo más, pero el orgullo se lo impide.
—Yo también —murmuro.
Esta vez no me marcho porque haya dejado de quererlo. Me marcho porque quererlo ya no es una razón suficiente para quedarme.