Un desastre llamado Ares Sutton 47
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​​ Carla

Durante dos días intento demostrarme que Lydia se equivoca. El segundo decido dedicar la mañana a escribir.

A las nueve y cuarto Ares entra en el salón y pregunta si queda café.

A las nueve y diecisiete estoy preparándolo.

No me lo ha exigido. Ni siquiera me lo ha pedido. Ha mirado la cafetera desde el otro lado de la cocina y yo me he levantado antes de que pudiera acercarse.

Mi teléfono vibra junto al ordenador.

He vuelto a San Aurelia. Si todavía quieres escapar de esa mansión construida por un villano de película, tengo una habitación libre.

Amanda acompaña el mensaje con una fotografía de un dormitorio pequeño, una colcha amarilla y tres cajas sin abrir.

Le conté lo ocurrido con Lydia anoche. También le expliqué que no quería terminar con Ares.

Su respuesta fue menos delicada.

Entonces no termines con él. Deja el trabajo. Son problemas distintos aunque os hayáis empeñado en meterlos en la misma cama.

Miro hacia la cocina. Ares está sirviéndose unas galletas que acabo de preparar. Lleva el pelo todavía húmedo y la camiseta gris que ayer dejé doblada sobre su cama.

Yo la dejé allí.

Abro el documento de mi novela. No he añadido una sola página en diez días.

Después abro el contrato.

***

Ares lee las dos hojas que he dejado frente a él sin cambiar de expresión.

Estamos en el despacho. He escogido la habitación menos íntima de la casa, lo que sería una estrategia excelente si no recordara todo lo que ha ocurrido delante de este escritorio.

—Es una carta de renuncia. ¿Por qué? —dice.

Deja las hojas sobre la mesa.

—¿Mi madre te ha convencido?

—La decisión es mía.

—Una decisión que no existía antes de que ella viniera.

—El problema sí existía. Yo estaba evitando mirarlo.

—¿Qué problema?

—Que vivo contigo, trabajo para ti y recibo un sueldo por ocuparme de tu vida mientras intento averiguar si tenemos una relación.

—La tenemos. No necesitamos ponerle un nombre, es obvio.

—No se trata del nombre. Se trata de que no sé cuándo hago algo porque quiero y cuándo porque es mi trabajo. Y tampoco sé si tú distingues siempre una cosa de la otra.

Su mandíbula se tensa.

—Puedes dejar el trabajo y quedarte aquí.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque continuaría haciendo lo mismo sin cobrar. Cocinaría, compraría, estaría pendiente de tus horarios y terminaría convenciéndome de que lo hago por amor para no admitir que no sé qué hacer con mi propia vida.

—No te he pedido nada de eso.

—Ya lo sé, Ares. Eso es lo peor. No necesito que un hombre me pida que organice mi vida a su alrededor. He aprendido a hacerlo sola.

Él mira la carta otra vez.

—Entonces deja de hacerlo.

—Eso intento.

—Puedes escribir aquí. Buscar otro trabajo. Pagar una parte de los gastos si eso te hace sentir mejor.

—Algún día, si decidimos vivir juntos como pareja, quiero contribuir a esta casa. Pero ahora mismo no tengo otro trabajo, no hemos decidido qué somos y todo lo que existe entre nosotros ha ocurrido dentro del mismo lugar en el que estoy obligada a permanecer por contrato.

—Ya no estarías obligada.

—No basta con eliminar el sueldo y conservar exactamente la misma vida.

—Puedo ayudarte a encontrar trabajo.

—Tampoco quiero que consigas mi próximo empleo.

—Tengo contactos.

—Ese es precisamente el tipo de frase que pronuncia alguien que todavía no entiende el problema.

—Ilumíname. —Apoya las manos sobre las ruedas.

—Necesito saber quién soy cuando mi vida no consiste en ocuparme de la de otra persona.

—¿Y cómo piensas averiguarlo? —pregunta.

—Amanda ha vuelto a San Aurelia. Me ha ofrecido una habitación.

Ares deja de mirarme.

—Ya lo has organizado.

—Quería saber que tenía un lugar antes de hablar contigo.

—Qué práctico.

—No hagas esto.

—¿Qué estoy haciendo?

—Convertir una decisión difícil en una traición porque no te gusta.

—Has escrito una carta, has encontrado otra casa y ahora vienes a informarme. No parece que mi opinión tenga demasiada importancia.

—Tu opinión importa. Tu permiso no es necesario.

—¿Cuándo te vas?

—Mañana. Me llevaré lo imprescindible. El resto puede quedarse unos días.

Levanta la vista.

—Qué tranquilizador.

Me acerco a la mesa.

—No estoy rompiendo contigo.

—Solo te mudas, renuncias al trabajo y pides distancia.

—Estoy intentando separar nuestra relación de mi empleo.

—¿Qué relación? Hace un minuto has dicho que no sabemos qué somos.

—Entonces averigüémoslo fuera de esta casa.

Suelta una risa breve, sin humor.

—¿Cómo?

—Viéndonos porque queremos. Quedando. Durmiendo juntos cuando lo decidamos y no porque nuestras habitaciones estén separadas por un pasillo. Quiero saber que existe un nosotros cuando ninguno tiene la obligación de estar en la casa del otro.

—Y si no existe.

—Entonces tendremos que aceptarlo.

—Así que es una prueba.

—No para ti. Es para mí.

—La diferencia resulta bastante cómoda desde el lado de la persona que se marcha.

—No me estoy marchando de tu vida.

—Solo de la parte en la que estoy.

Respiro despacio.

—Necesito unos días para instalarme, buscar trabajo y recuperar mi rutina. Después quiero que tengamos una cita.

—¿Una cita?

—Una de verdad. Puedes fingir que nunca has convencido a una mujer para que cenara contigo.

—No tendría credibilidad.

La respuesta conserva una fracción del Ares que conozco. Me aferro a ella.

—Entonces practica.

Él no sonríe.

—¿Cuántos días?

—No lo sé. Tres. Cuatro.

—¿Y durante esos días?

—Podemos hablar. Ya te he dicho que necesito ordenar mis ideas.

—Entiendo.

Rodeo el escritorio y me agacho frente a él.

—Mírame. —Tarda unos segundos en hacerlo—. No eres Hugo. No estoy intentando escapar de ti. Precisamente porque esto me importa, necesito asegurarme de que no vuelvo a desaparecer dentro de una relación.

—Tal vez descubras que estás mejor fuera de esta casa.

—Está dentro de las posibilidades.

—¿Y volverías?

Quiero prometerlo. Veo cuánto necesita que lo haga. Pero una promesa ofrecida para calmar su miedo sería otra forma de colocar sus necesidades por delante de la verdad.

—No lo sé.

Asiente una vez.

—Entonces ya has respondido.

—No. Me he negado a mentirte.

Me incorporo.

—La carta incluye dos semanas de preaviso —añado—. Puedo cumplirlas si necesitas tiempo para encontrar a alguien.

—No. Acepto la renuncia con efecto inmediato. Mi madre puede resolverlo.

—No quiero dejarte sin ayuda.

—No me dejas sin ayuda. Me dejas sin ti. Al parecer son cosas distintas.

Recoge la carta y la guarda en un cajón.

La conversación ha terminado porque él ha decidido convertirla en un trámite.

***

Amanda espera dentro del coche mientras bajo la maleta por la rampa de entrada.

Él permanece en el recibidor.

He dejado la mitad de mi ropa en el armario, dos libros sobre la mesilla y mi cepillo de dientes en su baño. Pruebas pequeñas de que no he preparado una desaparición.

—Te llamaré —digo.

—No tienes que hacerlo por obligación.

—No todo lo que hago por ti es una obligación.

Sus ojos se detienen en los míos. Me acerco y lo beso, pero no me corresponde.

—No estoy rompiendo contigo —le repito.

—Solo te vas.

—Voy a volver a verte.

—Eso espero.

Salgo de la casa y guardo la maleta en el coche.

He dejado casi todo lo importante dentro. Pero él solo mira lo que me llevo.

Supongo que el miedo siempre cuenta las ausencias antes que todo lo que permanece.