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Carla
Han pasado dos semanas desde la primera vez que me desperté en la cama de Ares después de hacer el amor.
Catorce días durante los que no hemos decidido qué somos con una constancia admirable.
Solo dormimos juntos casi todas las noches, nos besamos en habitaciones donde antes discutíamos y hemos desarrollado un sistema para elegir qué ver en televisión que consiste en que yo propongo algo, él lo rechaza y terminamos viendo exactamente lo que había elegido.
No somos pareja.
Ha dejado un cargador para mi teléfono en su mesilla.
Yo tengo un cepillo de dientes en su baño personal y varias prendas han emigrado a su armario sin que ninguno recuerde haber autorizado el traslado.
Esta mañana he encontrado una de mis camisetas doblada junto a las suyas. Él asegura que apareció allí sola.
Sabemos cómo duerme el otro, qué besos significan que uno de los dos quiere continuar y cuáles sirven para decir estoy aquí sin iniciar una conversación. Ya no pregunta antes de cada contacto, pero sí cuando algo cambia.
A veces dormimos separados. La primera vez fue porque yo necesitaba descansar. La segunda, porque él tenía una reunión temprano y afirmó que mi capacidad para apropiarme de la sábana perjudicaba su rendimiento profesional.
A las dos de la madrugada apareció en mi puerta.
—No puedo dormir.
—Problema tuyo.
—Mi sábana está mal colocada.
—Qué tragedia.
—Tú sabes colocarla.
Lo dejé entrar porque soy débil y porque se había presentado sin camiseta cinco minutos después.
Al día siguiente añadimos aquella noche a la lista de pruebas que demuestran que no somos pareja. La categoría continúa vacía, pero el espacio que debería ocupar está cada vez más lleno.
Lydia viene hoy a comer. La visita lleva planeada desde el martes y no debería preocuparme. He hablado con ella varias veces desde que llegué, lo suficiente para saber que hace preguntas disfrazadas de comentarios casuales y comprobar que su hijo ha comido.
Sin embargo, llevo toda la mañana ordenando una casa que ya estaba ordenada.
He cambiado dos veces los cojines del sofá, limpiado una encimera limpia y trasladado mi cargador desde la habitación de Ares hasta la mía.
Me ha descubierto desenchufándolo.
—¿Estás robando un cargador?
—Es mío.
—Lleva dos semanas en mi mesilla. Ha adquirido derechos.
—Tu madre viene a comer.
—Sabe que tengo electricidad.
—No quiero que lo vea.
—Podemos decírselo.
—Creo que es mejor esperar a saber qué vamos a decirle.
—La verdad.
—¿Qué verdad?
No me ha respondido. Yo tampoco he añadido nada más.
Ahora estoy en la cocina terminando una ensalada mientras él corta pan junto a la isla. Lo hace peor que yo, pero se ha negado a entregarme el cuchillo porque, según él, preparar la comida para su madre no forma parte de mis obligaciones.
—Preparar comidas sí aparece en mi contrato —le recuerdo.
—No para visitas familiares.
—¿Hay una cláusula específica?
—La añadiré.
—No puedes modificar un contrato porque has aprendido a cortar una barra de pan sin necesitar una regla.
Examina las rebanadas desiguales.
—El sabor será el mismo.
—Eso dice la gente que no sabe cortar pan.
Su mano alcanza mi cintura cuando paso a su lado.
—Te quejas demasiado para alguien que anoche…
Llaman a la puerta. Me aparto con tanta rapidez que golpeo una cuchara contra el suelo.
Vuelven a llamar.
—Ares, abre a tu madre de una vez.
—Ya voy.
Se dirige hacia la entrada mientras recojo la cuchara. Escucho la puerta, el saludo de Lydia y el sonido de un beso que él soporta con resignación.
—Estás demasiado delgado —afirma ella antes incluso de llegar a la cocina.
—Hola a ti también.
—¿Estás comiendo?
—Hay comida sobre la mesa.
Lydia aparece con una fuente cubierta entre las manos. Lleva un vestido claro, unas sandalias y varias pulseras que chocan entre sí cuando deja la fuente sobre la encimera.
—Carla. —Me abraza—. Me alegro de verte.
—Yo también.
Se separa y recorre la cocina con la mirada.
Las baldas abatibles ya están instaladas.
Los cajones nuevos cierran sin hacer ruido y Ares puede acercarse a la encimera adaptada de frente.
La reforma no ha convertido la cocina en algo extraordinario.
Solo ha conseguido que deje de obligarlo a negociar con cada objeto.
Lydia sonríe.
—Ha quedado preciosa.
—Está encantado —confirmo.
Ares me señala con el cuchillo.
—Estás despedida.
—No antes de comer. He trabajado demasiado.
Lydia observa el intercambio. Su sonrisa permanece, aunque algo cambia en su mirada. No le doy importancia.
Terminamos de preparar la mesa. Durante la comida, Lydia pregunta por las reuniones de Ares, la reforma y mi adaptación a San Aurelia.
Yo le cuento que Amanda está fuera por trabajo y que regresará pronto.
No menciono que llevo dos semanas informándola por teléfono de acontecimientos que harían que la expresión adaptación laboral resultara bastante insuficiente.
Ares protesta por el exceso de cebolla y yo retiro un trozo de su plato y me lo como.
—Podrías haber preparado otra ensalada —señala.
—Y tú madurar. Nadie es perfecto.
Lydia vuelve a mirarnos.
Después de comer, Ares recibe una llamada. Comprueba la pantalla y frunce el ceño.
—Tengo que contestar.
—¿Ahora? —pregunta su madre.
—Si no fuera importante, no lo haría.
Me muestra el nombre del cliente antes de dirigirse al despacho. Es un gesto automático. Lleva días enseñándome quién llama, no porque necesite mi autorización, sino porque sabe que detesto cuando alguien desaparece de una conversación sin explicar el motivo.
—No tardaré —me dice.
A mí, no a su madre.
—Tienes otra reunión a las cuatro —le recuerdo.
—Lo sé.
—La última vez dijiste lo mismo.
—También sigo siendo tu jefe.
—Únicamente en horario laboral.
Ares se detiene. Lydia levanta las cejas y yo dejo de respirar.
—Interesante —murmura ella.
Ares me mira con una satisfacción ofensiva.
—Te lo dije.
—No has dicho nada.
—Precisamente.
Entra en el despacho y cierra la puerta. Lydia espera hasta que dejamos de escuchar su voz.
—¿Desde cuándo?
Cojo dos platos para llevarlos al fregadero.
—No sé a qué te refieres.
—Carla.
El parecido entre madre e hijo resulta especialmente irritante cuando pronuncian mi nombre de esa manera.
—No somos pareja —respondo.
—No he preguntado qué sois.
—Entonces no sé qué quieres saber.
—Desde cuándo ocurre eso.
Señala el pasillo por el que ha desaparecido Ares.
—Dos semanas —admito—. ¿Lo sabías?
—No. Pero mi hijo últimamente responde mis llamadas, hace preguntas extrañas e incluso me contó que había comprado ropa de un color que no fuera negro. Imaginé que algo estaba ocurriendo.
—Era verde oscuro.
—Para él, cuenta como una experiencia psicodélica.
No puedo evitar sonreír. Lydia tampoco, aunque la expresión dura poco.
—¿Esto es lo que quieres?
—Sí.
Mi respuesta sale sin dudas.
—Entonces me alegro por ti.
No es la reacción que esperaba.
La puerta del despacho permanece cerrada. Ares habla con alguien sobre fechas y presupuestos. Su voz llega amortiguada.
—No voy a pedirte que dejes a mi hijo —empieza Lydia—. Tampoco creo que te estés aprovechando de él.
—No había pensado que pudieras creerlo hasta que lo has mencionado.
—Te contraté yo. Si quisiera acusarte de ocupar un lugar que yo misma te pedí que ocuparas, sería bastante hipócrita.
—No me pediste que me acostara con él.
—Nunca he tenido tanta confianza en mis métodos.
La miro, ella se contiene durante tres segundos antes de sonreír.
—Lo siento. Necesitaba decirlo.
—Empiezo a comprender de dónde ha sacado Ares su forma de gestionar las conversaciones incómodas.
—Mi preocupación no es que ninguno de los dos tenga malas intenciones. Es que esta situación empezó con una desigualdad que continúa existiendo aunque ahora os beséis por todos los rincones de la casa.
—Ya hemos hablado de eso.
—¿Qué habéis decidido?
—Que, si algún día llegamos a ser pareja, dejaré el trabajo, buscaré otro y contribuiré a los gastos de la casa si continúo viviendo aquí.
—¿Duermes con él?
—Eso no nos convierte automáticamente en pareja.
—Conoces sus horarios, preparas sus comidas, organizas la casa y sabes qué clientes harán que salga de la mesa para responder una llamada. Él te informa de dónde va y cuánto tardará. ¿Cuánto más tiene que ocurrir para que consideréis que habéis llegado a algo?
No respondo. La categoría vacía vuelve a abrirse entre nosotros. No somos pareja porque ninguno lo ha dicho. La ausencia de una definición concreta nos permite continuar sin cambiar nada.
—¿Estás segura de que Ares sabe distinguir entre necesitarte y quererte? —pregunta Lydia.
—Ares no me necesita para vivir. Puede cocinar, conducir, trabajar y ocuparse de sí mismo. No soy imprescindible.
—No me refiero a su silla. —Lydia mira hacia el despacho—.
Ares lleva años evitando que nadie forme parte de su vida.
Tiene amigos a los que no llama, una familia a la que mantiene a distancia y una casa en la que no permitía que nada cambiara.
Entonces llegas tú. Cocinas, consigues que salga, lo acompañas cuando tiene miedo y continúas aquí cuando intenta alejarte, porque seguro que lo ha hecho alguna vez.
—Eso no significa que no me quiera.
—No. Pero hace muy fácil confundir el amor con el alivio de dejar de estar solo.
—Ha consultado a una profesional por iniciativa propia —le expongo—. Está arreglando las cosas con Noah. Ha tomado decisiones que no dependen de mí.
—Me alegro. De verdad. Pero tú eres ahora la persona alrededor de la que ha organizado casi todo lo demás.
—Él no decidió contratarme.
—Lo hice yo. —Su madre baja la mirada—. Creí que necesitaba a alguien en esta casa.
No para ayudarlo a vestirse ni para empujar su silla, aunque el anuncio pudo dar a entender cosas que ahora me avergüenzan.
Quería que tuviera a alguien cerca porque yo no sabía cómo llegar hasta él.
Te convertí en una solución antes de saber quién eras.
—No soy una solución.
—¿Él lo sabe?
—Sí.
Pienso en la primera vez que Ares me pidió que me quedara.
En lo importante que me hizo sentir conseguir que aceptara una reforma, llamara a Noah o hablara de Malibú.
En la satisfacción que encontraba cada vez que me permitía cruzar una barrera que había mantenido cerrada para los demás.
Ser la excepción resulta peligrosamente parecido a ser imprescindible.
—Lo quiero —apunto.
Es la primera vez que pronuncio esas palabras en voz alta.
No hay música ni un cambio en la luz. Solo Lydia frente a mí y el sonido distante de su hijo discutiendo con un cliente.
—No te he preguntado qué sientes por él.
—Entonces ¿qué me estás preguntando?
—Qué queda de tu vida cuando no estás ocupándote de la suya.
—Escribo.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo para ti misma?
—Amanda regresará pronto.
—No te he preguntado por Amanda.
—No conozco a mucha gente en San Aurelia.
—¿Qué planes tienes que no incluyan a Ares?
La irritación llega porque no encuentro ninguno.
Mis mañanas empiezan con su desayuno, su medicación y su agenda. Organizo las compras según nuestras comidas. Trabajo en el salón mientras él revisa documentos junto al ventanal. Si salgo, suele acompañarme. Si me quedo, terminamos juntos.
Hugo necesitó años para convencerme de que sus planes eran más importantes que los míos. Ares no me ha pedido que renuncie a nada. Eso no significa que yo no esté empezando a hacerlo por mi cuenta.
—No quiero volver a desaparecer —murmuro.
—Entonces no lo hagas.
—¿Crees que debería dejarlo?
—Creo que has escuchado muy poco de lo que he dicho si esa es tu conclusión.
Me apoyo en el respaldo.
—Entonces ¿qué quieres de mí?
—Nada. No me corresponde querer nada de ti. —Lydia extiende una mano sobre la mesa—. Solo te pido que no esperes a desaparecer para preguntarte dónde has ido.
La puerta del despacho se abre. Ares aparece con el teléfono sobre las piernas y una expresión que cambia cuando nos ve.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada —respondo.
Lydia se levanta.
—Le he preguntado a Carla si los dos sabéis distinguir entre amor y necesidad.
—¿Perdona? —Gira la cabeza hacia ella—. Has esperado a que saliera de la habitación para interrogarla.
—No la he interrogado.
—Mi relación con Carla no es asunto tuyo. —Se acerca a la mesa y su madre no retrocede.
—Su relación laboral sí empezó siendo asunto mío. Y te recuerdo que continuamos pagándole.
La mandíbula de Ares se tensa.
—Carla y yo hemos hablado de eso. —Me mira, herido—. ¿Se lo has contado?
—Me lo ha preguntado.
—Eso no significa que tuvieras que darle detalles. Lo que decidamos nos corresponde a nosotros.
—Exactamente —interviene Lydia—. Por eso deberíais decidir algo.
—Ya lo hemos hecho. Si esto se convierte en una relación, Carla buscará otro trabajo.
—¿Cuánto más tiene que cambiar para que admitáis que ya ha cambiado?
Él me mira, y no sé qué encuentra en mi cara, pero su enfado pierde fuerza.
—No somos… —empieza.
—Pareja, aún —termino por él.
Suena mucho más ridículo en voz alta después de todo lo que Lydia acaba de enumerar.
—¿No? —pregunta ella.
—No lo hemos hablado —responde.
—Entonces quizá el problema no sea que yo haya hecho demasiadas preguntas.
—Recoge su bolso del respaldo y se acerca a su hijo.
Le besa la frente antes de que pueda apartarse—.
No quiero que dejes escapar algo bueno por miedo a llamarlo por su nombre —le dice—.
Tampoco quiero que Carla se convierta en todo lo que necesitas y olvide todo lo que ella necesita ser.
Lydia me abraza otra vez.
—La próxima vez traeré menos preguntas y más comida.
—Preferiría solo la comida.
—Lo tendré en cuenta.
Cuando la puerta se cierra, yo empiezo a recoger los platos porque mis manos necesitan moverse y ese es el primer problema que ahora consigo reconocer. Siempre encuentro algo que hacer por él cuando no sé qué hacer conmigo.
Dejo el plato otra vez.
—¿La quieres? —pregunta Ares de pronto.
—¿A tu madre? —la voz me sale aguda.
—La conversación para definir qué somos, ahora.
Miro la agenda abierta, la lista de la compra junto a la nevera y mi portátil cerrado.
—No sé si estamos en condiciones de mantenerla en estos momentos. Tal vez, mañana.
—De acuerdo.
Observo la vida que hemos construido durante el último mes y medio.
Es cómoda, cercana y más feliz de lo que esperaba encontrar cuando crucé esta puerta.
Y que, en cierto modo, gira casi por completo alrededor de Ares.
Él no me ha pedido que abandone mi vida para entrar en la suya.
El problema es que llevo semanas encontrando pequeñas formas de hacerlo sin que tenga que pedírmelo.
Todas forman parte de mi trabajo. Algunas también empiezan a parecerse al amor.
Y quizá haya llegado el momento de asegurarme de que todavía conservo algo que no pertenezca a ninguno de los dos.