Un desastre llamado Ares Sutton 45
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​​ Carla

Me despierta una mano sobre la cintura. No se mueve. Tampoco intenta acercarme ni hace ninguna de esas cosas que en las películas sirven para informar a una mujer de que el hombre situado a su espalda lleva despierto veinte minutos y tiene planes muy concretos para el amanecer.

La habitación parece distinta de día. La ropa continúa desperdigada por el suelo, una almohada ha conseguido llegar hasta la silla y el envoltorio del preservativo permanece junto a la cama como una prueba material que ninguno podrá atribuir a un sueño especialmente detallado.

—Estás respirando de una forma sospechosa —murmuro.

—No sabía que hubiera una forma correcta de respirar mientras duermo. —Su voz ronca me roza la nuca—. Llevo seis años respirando solo. Necesito tiempo para adaptarme a tener supervisión.

Me acurruco dentro de sus brazos.

Tiene el pelo desordenado, una marca de la almohada en la mejilla y los ojos todavía medio cerrados. No se parece al hombre que ayer me habló de consultas, miedo y límites. Tampoco al que después convirtió mi capacidad para formar frases completas en algo bastante prescindible.

Parece más joven. Eso habría resultado peligroso antes de descubrir que su edad desaparece de mi lista de preocupaciones cuando está desnudo.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

Llevo treinta y dos días viviendo con Ares Sutton y esta es la primera mañana en la que no necesito recorrer un pasillo para descubrir qué versión suya me espera.

La tengo delante. Me observa la boca y sonríe.

El beso es lento y todavía sabe a sueño. Desliza la mano por mi espalda y me atrae hacia él. Mi cuerpo reconoce el suyo con una rapidez que amenaza con complicar considerablemente el horario de esta mañana.

Cuando su boca abandona la mía para descender por mi cuello, apoyo una mano sobre su pecho.

—Tengo que levantarme.

—No tienes ninguna reunión.

—Tú sí.

—Cancélala.

—No puedo cancelar una reunión porque mi jefe ha descubierto el sexo y quiere celebrarlo con una jornada no laborable.

Ares abre los ojos por completo.

—Puedo despedir a quien organiza mi agenda.

—Sería complicado. Duerme contigo.

Ares retira la mano de mi espalda. No del todo. Solo lo suficiente para que el contacto deje de parecer una forma de retenerme.

—No voy a despedirte.

—Ya lo sé.

Me incorporo y busco mi ropa. La camiseta está junto a su pantalón, pero no encuentro mis bragas.

—Están debajo de la cama —informa.

—¿Cómo han llegado hasta allí?

—Tú las tiraste.

Ares se asoma por el borde.

—No llego.

Me arrodillo para recuperarlas y noto su mirada sobre mi espalda.

Me visto y cuando termino, él ya está sentado en la cama, con la sábana sobre las piernas y el pelo todavía imposible.

—Voy a ducharme —digo—. Después prepararé el desayuno.

La normalidad de la frase vuelve a introducir algo extraño en la habitación.

—Puedo prepararlo yo. ¿Por qué lo anuncias como si fuera una obligación?

No una obligación terrible ni una imposición que me pese.

Preparar el desayuno forma parte de la rutina que hemos construido desde que llegué.

Algunas mañanas cocino. Otras dejo que sobreviva gracias a una relación alarmante con los cereales.

También reviso su medicación, organizo las compras y evito que acepte reuniones a horas en las que cualquier persona sensata todavía debería estar durmiendo.

Es mi trabajo.

—Porque aparece en la lista de cosas por las que me pagan —alego—. Nos vemos en la cocina.

Salgo antes de que el momento obligue a alguno de los dos a decir algo para lo que todavía no se ha cepillado los dientes.

Cuando entro en la cocina media hora después, él ya está frente a la cafetera.

Me descubre observándolo.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas un rato mirándome.

—Es que eres muy guapo.

—Hazlo con menos intensidad, tengo una reunión, ¿recuerdas?

La frase me hace sonreír. Él  también lo hace antes de girarse hacia la cafetera.

Durante unos minutos recuperamos nuestra rutina. Saco huevos, corto fruta y pongo pan a tostar. Él prepara dos cafés sin preguntar cómo quiero el mío porque lleva semanas fingiendo que no recuerda la cantidad exacta de leche que utilizo.

Abro el armario donde guardamos la medicación. El pastillero está detrás de una caja de infusiones que ninguno bebe. Compruebo el día, saco lo que corresponde y lo dejo junto a su vaso de agua.

La tostadora expulsa el pan con un golpe.

Ares coge el vaso y toma la medicación. Yo traslado las tostadas a dos platos, aunque ya no estoy pensando en el desayuno.

Anoche estaba en su cama porque quería. Esta mañana estoy en su cocina porque, de una forma considerablemente menos romántica, figura entre las tareas por las que su madre me contrató.

Ares se acerca mientras coloco los huevos sobre los platos. Su mano encuentra mi cintura y sus labios rozan mi sien.

—Esto es raro.

Su mano se detiene.

—¿Qué parte?

—La parte en la que no sé si acabas de besarme porque hemos dormido juntos o porque te he preparado el desayuno.

Llevo los platos a la mesa. Pruebo los huevos. Necesitan sal. Se la añado mientras busco una forma de explicar algo que todavía no existe.

—Solo ha sido una noche —digo—. No somos pareja. En realidad no sé qué somos.

—Yo tampoco.

—Pero quiero volver a acostarme contigo —anuncio, al punto que cojo una tostada.

—Y yo quiero volver a acostarme contigo también —admite.

Señalo la cocina.

—Vivo en tu casa. Me pagas por preparar el desayuno, organizar tu medicación, hacer la compra y ayudarte con ciertas cosas.

—La mayoría las hago solo, nunca he necesitado ayuda.

—No estoy diciendo que no puedas. Estoy diciendo que existe un contrato por el que recibo dinero para ocuparme de parte de tu vida cotidiana. Si alguna vez llegamos a algo más, no podemos seguir funcionando así.

Ares deja el tenedor.

—¿Tendrías que marcharte?

—No he dicho eso.

—Has dicho que no sería lógico continuar viviendo aquí.

—He dicho que no sería normal continuar trabajando para ti.

Me observa mientras reorganiza todas las conclusiones precipitadas que ya había construido.

—Puedes perfectamente seguir viviendo aquí —dice.

—Eso dependería de si ambos quisiéramos. Si algún día llegamos a algo más, buscaré otro trabajo. Y, si decidimos que siga viviendo aquí, pagaré parte de los gastos.

Ares frunce el ceño.

—La casa es mía.

—Me alegra que lo recuerdes.

—No tienes que pagarme por vivir aquí.

—Ahora no, porque el alojamiento forma parte de mi empleo. Si algún día vivo aquí como tu pareja, será diferente.

—No necesitaría tu dinero.

—No se trata de lo que tú necesites. Más bien de lo que necesito yo. No quiero depender de ti para tener una casa. Tampoco quiero que tú pagues todos los gastos mientras yo convierto conocer de memoria tus rutinas en mi única aportación a la convivencia.

—Te dejo pagar la compra.

—Consumes cereales como una familia con cuatro adolescentes. No pienso aceptar ese acuerdo sin consultar antes a un abogado.

Mira su plato para esconder una sonrisa.

—También pagar la factura del Wifi.

—No pienso financiar tus documentales de animales salvajes en máxima resolución.

—Son importantes para mi trabajo.

—Ayer viste cuarenta minutos sobre una nutria que robaba piedras.

—Conducta animal aplicada.

Alarga la mano sobre la mesa. Sus dedos quedan cerca de los míos.

—No quiero que te vayas —comenta.

—No me voy a ninguna parte.

—Si dejas el trabajo…

—Buscaré otro. Pero no hoy. Ni mañana. Primero tendría que existir una relación a la que adaptar algo.

Si esto no avanza, nada tendrá que cambiar.

Podremos fingir que somos dos adultos capaces de acostarse sin reorganizar sus contratos, sus cuentas bancarias y el contenido de la nevera.

Pero, si algún día dejo de despertarme en la cama de Ares como una excepción y empiezo a hacerlo porque ambos hemos decidido que ese es mi lugar, tendré que buscar otra forma de ganarme la vida.

No necesito marcharme. Tampoco que él divida la propiedad de la casa ni me cobre un alquiler absurdo para demostrar que soy independiente.

Solo necesito saber que, si me quedo, podré contribuir a nuestra vida y hacerlo como su pareja, no como una empleada a la que se permite dormir en la habitación principal.

—¿Y cuándo existiría?

—Acostarnos una vez no nos convierte en pareja.

—¿Dos?

—No funciona mediante un programa de fidelización. No quiero precipitarme —digo—. Llevo treinta y dos días viviendo aquí. Hace poco más de un mes ni siquiera te conocía.

—Me conocías.

—Sabía que eras un imbécil con una cafetera demasiado cara. Ahora sé algunas cosas más.

—¿Buenas? —Mueve el pulgar sobre el dorso de mi mano.

Me inclino sobre la mesa y lo beso. Tarda menos de un segundo en responder. Su mano sube hasta mi nuca y el beso se alarga lo suficiente para que el desayuno empiece a enfriarse.

Cuando me aparto, mantiene la frente contra la mía.

—Espero que esto figure en mi evaluación —pregunta.

—Dependerá de si dejas propina y no hablo de dinero.

Vuelvo a sentarme. Él no suelta mi mano mientras muerde una tostada.

—Está fría —se queja.

—Es culpa tuya.

—Tú has iniciado una conversación sobre nuestra futura convivencia.

—Hipotética convivencia.

—Ya vivimos juntos. Treinta y dos días parecen un comienzo.

Debería recordarle otra vez que no somos pareja. En lugar de eso, aprieto un poco sus dedos.

—Cómete el desayuno.

—¿Eso lo dices como empleada?

—Como la mujer que no piensa cocinarte otra vez si sigues quejándote.

Ares sonríe. Por ahora, la diferencia resulta suficiente.