Un desastre llamado Ares Sutton 44
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​​ Ares

La doctora Morris lleva treinta segundos mirándome a través de la pantalla sin decir nada.

No parece un fallo de conexión. Ha pestañeado dos veces, ha apartado un mechón de pelo de su cara y acaba de beber agua de un vaso que afirma que es medicina holística.

Empiezo a arrepentirme de haber solicitado la consulta.

—¿Tengo que explicar por qué estoy aquí?

—Ayudaría.

—Pensé que el formulario servía para eso.

Consulta algo fuera de la pantalla.

—En el formulario escribiste: «Preguntas relacionadas con la función sexual».

—Es bastante específico.

—O significar que quieres saber dónde se compran preservativos.

—Sé dónde se compran.

—Ya hemos avanzado.

La conocí durante la rehabilitación. Entonces todavía no tenía tantas canas.

Yo tampoco era capaz de pasar una hora en una sala con ella sin intentar demostrar que todos sus años de formación resultaban innecesarios.

No ha cambiado su forma de esperar hasta que el silencio se vuelve más incómodo que cualquier cosa que deba contarle.

—He estado con alguien —expongo.

—Bien. —La doctora entrelaza las manos sobre el escritorio—. Ares, no voy a adivinar qué significa estar con alguien para ti.

—Estuvimos a punto de mantener relaciones sexuales y me detuve.

—¿Porque sentías dolor?

—No.

—¿Alguna respuesta de tu cuerpo te preocupó? ¿Querías detenerte?

—Sí, quería hacerlo. —Me paso una mano por el pelo—. En ese momento sí.

—Entonces hiciste lo correcto.

Bajo la mirada hacia mis piernas. Estoy en el despacho, con la puerta cerrada y los auriculares puestos. Carla está limpiando el salón. Le he dicho que tenía una reunión, una formulación suficientemente amplia para no mentir y bastante cobarde para evitar la verdad.

—Pensé que no podría satisfacerla.

—¿Te lo dijo?

—No.

—¿Te dio alguna señal de que no estuviera disfrutando?

Recuerdo sus manos, sus labios, la forma en que pronunciaba mi nombre antes de que yo decidiera que sabía mejor que ella cómo terminaría la noche.

—No.

—Entonces ¿en qué basaste esa conclusión?

—En que no he estado con nadie antes.

La doctora Morris no consigue ocultar la sorpresa.

—¿Antes de la lesión tampoco?

—No.

—Entiendo.

Se recuesta en su silla.

—¿Qué es exactamente lo que temes no poder hacer?

—Mantener la erección. Saber qué hacer para que disfrute. Llegar al orgasmo con ella. Que no parezca que necesita encargarse de todo porque yo…

—¿Porque tú qué?

—Porque yo no puedo hacerlo de la manera habitual.

—¿Cuál es la manera habitual? —Hace una mueca.

—Ya sabe a qué me refiero.

—Sí. Pero quiero saber si tú lo sabes.

—La penetración.

—Eso es una práctica sexual. No una definición completa de las relaciones sexuales ni una medida del placer. Has organizado todos tus miedos alrededor de ella.

Me impulso un poco hacia atrás. La doctora espera otra vez.

—Puedo tener erecciones —digo—. Lo sabes.

—Sí.

—Y orgasmos. A solas.

—¿Crees que la presencia de otra persona desactivará algo?

—Creo que no puedo controlar lo que haga mi cuerpo cuando ella esté delante.

—Eso le ocurre a mucha gente sin lesión medular.

Tu lesión es incompleta y llevas años conociendo tu cuerpo.

Sabes qué tipo de estimulación funciona, cuánto tarda tu cuerpo en reaccionar y qué sensaciones puedes identificar.

El problema que me estás describiendo no es que ignores lo que tu cuerpo puede hacer.

Es que no sabes cómo compartir esa información con otra persona.

—No quiero que parezca una consulta médica.

—Entonces no le hables como un historial clínico.

—¿Qué le digo?

—La verdad.

—Puedes empezar por preguntarle qué quiere. Después puedes contarle qué quieres tú.

—¿Y si no coincide?

—Negociáis, probáis otra cosa o paráis.

—Suena demasiado sencillo.

—Lo sencillo no siempre resulta fácil.

Miro hacia la puerta. Carla no puede escucharme, pero bajo la voz de todas formas.

—Ella tiene más experiencia.

—La mayoría de las personas con las que te acuestes tendrá más experiencia que tú si eres virgen.

—Es cuatro años mayor.

—Una diferencia devastadora —ironiza.

—No necesito que se burle.

—Necesitas dejar de utilizar cuatro años como si fueran una generación completa.

—Carla dijo que quería estar conmigo. Dijo que no esperaba que yo hiciera nada de una forma concreta. Cuando me detuve, lo aceptó. No discutió, no intentó convencerme y no convirtió mi deseo previo en una obligación. Después fui yo quien decidió que debía de estar decepcionada.

—No tienes que demostrar que tu cuerpo funciona como antes —continúa la doctora Morris—. Antes de la lesión tampoco habías mantenido relaciones sexuales. Estás intentando regresar a una versión de ti que nunca llegó a existir. Y por lo que me has dicho, esa chica es maravillosa.

Algo se desplaza dentro de mi pecho.

—¿Por qué has pedido esta consulta?

—Porque quiero entenderlo.

—¿Para poder acostarte con ella?

Pienso en Carla. En la forma en que sostuvo mi mirada cuando le confesé que era virgen. En su mano dentro de la mía. En todo lo que no cambió después de detenernos.

—No. —La respuesta me sorprende por su certeza—. Porque estoy cansado de pensar en mi cuerpo como algo que puede aprobar o suspender.

La sonrisa desaparece de la cara de la doctora.

—Entonces ya has entendido la parte importante.

—No parece suficiente.

—No lo será si esperas salir de aquí con instrucciones que garanticen un resultado. Mantener relaciones sexuales con alguien implica descubrir qué os gusta juntos. Tu lesión forma parte de ese descubrimiento, pero no tiene que ocuparlo todo.

—¿Eso es todo?

—Puedes pedirme otra cita si quieres revisar cuestiones médicas concretas.

—Esperaba que dijera algo más útil.

—Pregunta. Escucha. No finjas. No conviertas cada respuesta de tu cuerpo en un juicio sobre tu masculinidad.

—Eso último han sido cuatro cosas.

—Te enviaré la factura por separado.

La consulta termina diez minutos después. Permanezco en el despacho observando mi reflejo sobre la pantalla negra.

Carla está en el porche cuando salgo del despacho quince minutos después.

Tiene una libreta sobre las piernas y un lápiz sujeto entre los dientes. La luz del atardecer atraviesa los mechones sueltos de su pelo. No levanta la vista cuando abro la puerta, aunque retira el lápiz.

—¿Ha ido bien la reunión?

—Era una consulta.

Sus dedos se detienen sobre el cuaderno.

—¿Te ocurre algo?

—Estoy bien. He hablado con una especialista en sexualidad y lesión medular. —Me detengo frente a ella. Quiero verla cuando lo diga.

—La pedí esta mañana —explico—. Después de que te fueras a la playa.

—No tenías que hacerlo por mí.

—No lo he hecho por ti. No lo he hecho para recuperarte ni para convencerte de que puedo acostarme contigo.

Lo he hecho porque llevo seis años intentando averiguar si mi cuerpo todavía puede comportarse como antes.

—Aprieto las manos sobre mis piernas—. Y antes ni siquiera sabía cómo se comportaba durante el sexo.

Estaba intentando volver a una versión de mí que nunca existió.

No me felicita como si hubiese realizado algo heroico. Tampoco busca recompensarme por pedir una ayuda que necesitaba.

Solo acepta que el paso me pertenece.

—También he venido a disculparme. —Respiro hondo—. Siento haberme comportado como un capullo carente de sentimientos.

—No eres un capullo carente de sentimientos. Eres un capullo que se esfuerza demasiado en parecer carente de sentimientos.

—Decidí que estarías decepcionada —continúo—. También decidí que merecías a alguien con más experiencia y menos complicaciones. No te pregunté nada porque estaba convencido de conocer las respuestas.

—Y porque, si las decidías tú, no tenías que arriesgarte a que fueran distintas.

Mira hacia el mar. Una ola rompe cerca de la orilla y el agua se extiende sobre la arena antes de retroceder.

—Te perdono —dice al fin—. Pero hay un límite que no voy a permitir que cruces jamás.

No puedes decidir por mí lo que siento —continúa—.

Ni lo que quiero. Ni cuánto estoy dispuesta a aceptar.

Puedes tener miedo, detenerte o marcharte si necesitas espacio.

Lo que no puedes hacer es quitarme la voz para protegerte de una respuesta que todavía no te he dado.

—No volveré a hacerlo.

—No prometas cosas imposibles.

—Puedo intentarlo.

Apoya los pies en el suelo y se levanta. La distancia entre nosotros se reduce.

—¿Sigues queriendo estar conmigo?

—Sí.

El aire abandona mis pulmones.

Se inclina y nuestros labios se encuentran. Sus dedos llegan a mi pelo y mi mano recorre su espalda hasta cerrarse sobre su cadera.

Vuelve a besarme y me obliga a girar un poco la cabeza. Su lengua roza la mía. La presión de su cuerpo contra el mío consigue borrar cualquier respuesta ingeniosa que hubiera podido preparar.

Cuando se aparta, los dos respiramos más deprisa.

—Quiero ir a mi habitación —expreso.

—¿Solo?

—No.

—Bien. Por un momento temí que la consulta hubiera tenido efectos secundarios.

Entramos en la casa sin tocarnos, aunque noto su presencia detrás de mí durante todo el trayecto.

La silla queda junto a la cama después de la transferencia. Me acomodo sobre el colchón mientras ella permanece frente a mí.

No hay prisa en su cara.

—Ven —le digo.

Se acerca hasta quedar entre mis rodillas y me besa de nuevo. Mis manos encuentran su cintura por debajo de la camiseta. Su piel está caliente. Carla levanta los brazos para que pueda quitársela y el pelo cae sobre su cara cuando la prenda desaparece.

—Muy elegante —murmura.

—La culpa es de tu cabeza.

—Suele estar incluida.

Carla me empuja con suavidad hasta que mi espalda toca el cabecero. Se sienta a horcajadas sobre mí y la excitación se concentra en un punto reconocible, firme y completamente ajeno a todas las dudas que llevaba horas preparando.

Sus ojos brillan.

—Parece que la reunión ha sido productiva.

Le atrapo la boca con la mía para silenciarla. Ella se ríe y la vibración desciende por mi pecho. Mis manos suben por su espalda hasta encontrar el cierre del sujetador.

—Llevas un rato intentando abrirlo mediante concentración. Millones de hombres lo han conseguido.

Carla lleva una mano hasta su espalda y lo abre en un segundo.

La beso en el cuello y desciendo hasta su pecho. Carla arquea la espalda y deja escapar mi nombre. Esa reacción me indica más que cualquier explicación. Repito el movimiento, primero despacio y después con mayor presión.

Sus dedos se cierran en mi pelo.

—Así.

Carla me quita la camiseta. Sus manos recorren mis hombros, mi pecho y mi abdomen sin vacilar cuando descienden. Cierro los ojos y siento.

Cuando abre el botón de mis pantalones, cubro su mano.

—Quiero hacerlo más despacio —informo.

—De acuerdo.

Llevo su mano hasta mi boca y beso sus dedos.

Nos quitamos el resto de la ropa entre choques de dientes, movimientos torpes y una discusión breve sobre quién ha empujado mi almohada al suelo.

Fui un idiota imaginando este momento como una sucesión de comprobaciones. Ahora Carla está desnuda a mi lado y ninguna de esas cosas consigue permanecer mucho tiempo.

La deseo, mucho, hasta el extremo.

Mis dedos descienden por su vientre. Carla abre un poco más las piernas y me guía con un movimiento de su cadera. La acaricio despacio, atento a su respiración y a la tensión que aparece en sus músculos.

—Un poco más abajo —me pide entre jadeos.

Corrijo el movimiento.

—Sí, sí, sí —oírla de este modo me está poniendo a mil.

Aprendo el ritmo en el que su respiración se quiebra, la presión que hace que sus dedos se aferren a mi hombro y el punto exacto en que deja de intentar contener los sonidos.

Cuando llega al orgasmo, pronuncia mi nombre contra mi cuello.

—Quiero que me folles, necesito sentirte dentro de mí —jadea contra mi oído.

Saco un condón de la mesilla. El envoltorio se me resiste más de lo que debería.

Consigo abrirlo y colocarlo. La torpeza desaparece cuando Carla vuelve a colocarse sobre mí. Su pelo cae a ambos lados de su cara y sus manos se apoyan en mi pecho.

La ayudo a guiarse y entra despacio. La sensación llega mezclada: presión, calor y un placer que reconozco aunque nunca lo haya experimentado así. Carla se detiene cuando nuestros cuerpos se encuentran por completo.

Mueve las caderas y dejo escapar el aire.

—Hazlo otra vez.

Obedece. El segundo movimiento resulta más seguro. El tercero borra la última parte de mí que todavía intentaba observar desde fuera.

Mis manos se afirman en su cintura. Carla encuentra un ritmo y yo la acompaño con el cuerpo que tengo, no con el que llevaba años creyendo que necesitaba recuperar.

No hay nada extraño. No hay ninguna ausencia ocupando la cama.

Solo ella inclinándose para besarme, mi respiración mezclada con la suya y un placer cada vez más intenso concentrándose bajo mi piel.

Carla pierde el equilibrio y su frente golpea mi barbilla.

Reanuda el ritmo. Esta vez no hay bromas. Solo su boca junto a mi oído y el roce de sus pechos contra el mío. El placer crece con una claridad que conozco. Está ahí.

Carla lleva una mano entre nuestros cuerpos. Sus movimientos se vuelven menos precisos y su respiración cambia.

—No pares —murmuro.

La sostengo mientras vuelve a llegar al orgasmo. Su cuerpo se tensa sobre el mío y la presión me arrastra con ella. El mío llega un instante después.

No es una respuesta dudosa ni un reflejo que necesite analizar. Es un orgasmo. Intenso, real y acompañado por ella aferrándose a mí como si tampoco quisiera que terminara.

Ella se desploma sobre mi pecho. Permanece encima de mí mientras nuestras respiraciones recuperan un ritmo normal. Le aparto el pelo húmedo de la cara.

Apoya la barbilla sobre mi pecho.

Miro el techo. Se acomoda contra mí y cierra los ojos y la rodeo con los brazos.

Mi cuerpo no ha tenido ningún problema para entender qué somos esta noche. El problema llegará mañana, cuando la mujer que duerme sobre mi pecho vuelva a trabajar para mí.