Un desastre llamado Ares Sutton 43
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​​ Carla

Han pasado tres días desde que Ares decidió desaparecer sin tomarse la molestia de abandonar la casa.

El primer día pensé que necesitaba tiempo.

No me lo dijo, pero no suele expresar sus necesidades de una forma tan sencilla cuando puede convertirlas en una prueba de resistencia.

Acabábamos de mantener una conversación complicada y comprendí que quisiera ordenar lo ocurrido antes de volver a mirarme.

Por la mañana encontré su taza en el fregadero y la puerta de su habitación cerrada. A mediodía salió para trabajar junto al ventanal, aunque instaló la tablet, el portátil y una cantidad innecesaria de documentos alrededor de su silla. Una fortificación administrativa.

Le pregunté si quería comer.

—No tengo hambre.

Una hora después pidió algo por teléfono. La bolsa llegó con comida suficiente para dos personas, pero la dejó sobre la encimera, cogió una sola caja de fideos chinos y regresó al salón.

No fue una invitación. Tampoco una provocación, me dije. Solo estaba intentando fingir que su comportamiento no me afectaba con una dedicación casi tan intensa como la que él empleaba en conseguir lo contrario.

El segundo día empezó a comunicarse conmigo por correo electrónico.

Estábamos separados por siete metros y una pared que ni siquiera alcanzaba el techo cuando recibí un mensaje con el asunto: Agenda de la próxima semana .

Lo abrí esperando encontrar una lista de reuniones.

Solo había una.

Había desestimado cruzar el salón y haberme dicho directamente que el martes necesitaba la casa despejada durante una videoconferencia.

O levantado la voz desde el ventanal. Lo ha hecho otras veces para informarme de asuntos tan urgentes como la desaparición del mando a distancia o mi tendencia criminal a dejar vasos sobre la mesa.

Respondí con un de acuerdo y continué doblando ropa.

Cinco minutos después lo vi mirar la pantalla de su tablet, después me miró a mí.

No encontró ninguna pregunta, ningún intento de conversación ni una oferta para preparar algo caliente que quizá consiguiera derretir el bloque de hielo que había decidido instalar entre nosotros. Tan solo volvió a sus documentos.

Por la tarde salió a entrenar al porche. Esperé hasta que terminó para llevarme un libro fuera. No porque temiera molestarlo, sino porque no pensaba entregarle la satisfacción de verme dando vueltas a su alrededor en busca de una abertura.

Cuando regresó, yo estaba tumbada en el sofá con los pies sobre el reposabrazos.

—Siéntate como una persona normal —comentó.

Fue la primera frase que me dirigió sin relación con mi trabajo en más de veinticuatro horas.

—Define normal. Últimamente pareces muy comprometido con ampliar los límites del concepto.

Su mandíbula se tensó,  giró la silla y se marchó por el pasillo. Ese fue el momento en que dejé de confundir su distancia con una necesidad de espacio.

Quien necesita espacio lo pide. O lo toma y después explica que todavía no está preparado para hablar.

Él estaba retirando una pieza cada vez para obligarme a contemplar el hueco. Las conversaciones, las bromas, el modo en que buscaba mi mirada cuando creía haber dicho algo especialmente brillante. Todo lo que había existido entre nosotros desaparecía por turnos y yo debía notar cada ausencia.

Supongo que esperaba que terminara siguiéndolo, pero no fue el caso.

Esta mañana me ha llamado Amanda.

Me he encerrado en mi habitación porque contarle a tu mejor amiga que te has encamado del hombre que te emplea requiere un mínimo de intimidad y una considerable falta de amor propio.

No tenía previsto decírselo así.

He empezado por los besos. Después he tenido que retroceder para explicar lo de Malibú, la barandilla que cedió, Noah, la caída y los seis años que Ares lleva culpándolo por haber intentado salvarlo.

Amanda se ha mantenido en silencio durante tanto tiempo que he tenido que comprobar si la llamada seguía conectada.

También le he contado lo que ocurrió después.

Lo que me confesó. La forma en que nos acercamos, el miedo que apareció cuando dejamos de hablar y cómo consiguió detenerse cuando creyó que no podía continuar.

No he entrado en detalles, aunque Amanda asegura que mencionar dónde tenía él las manos cuenta como un detalle.

Yo he sostenido que se trataba de información necesaria para comprender el contexto emocional.

Ninguna ha cambiado de opinión.

Por último, le he comentado lo de estos tres días. De las puertas cerradas, los correos electrónicos y esa nueva cortesía con la que consigue hacerme sentir como una desconocida sin pronunciar una sola palabra desagradable.

—Voy a volver pronto a San Aurelia —me ha prometido—. Hablaremos con calma cuando pueda verte la cara.

—Mi cara está bien.

—Tu cara siempre está bien. Me preocupa lo que haces cuando intentas convencer a los demás de que también lo está todo lo demás.

Me  he tumbado boca arriba sobre la cama.

—No estoy intentando convencer a nadie.

—¿Has hablado con él?

—No.

—¿Piensas hacerlo?

—No mientras siga escondiéndose.

Amanda ha guardado silencio.

—Carla, voy a decirte algo y quiero que recuerdes que te quiero. Enamorarte de Ares Sutton ahora mismo supone un desastre.

He cerrado los ojos. No ha sido la palabra lo que me ha hecho daño. Ha sido descubrir que mi primera reacción consistía en defenderlo.

Explicar que está asustado. Que no se aleja porque no le importe, sino porque le importa demasiado. Que detenerse aquella noche no fue un rechazo y que yo conozco la diferencia entre alguien que necesita tiempo y alguien que quiere hacerme daño.

Pero lleva tres días utilizando esa diferencia para justificarlo.

—Lo sé —es lo único que he podido decir.

Amanda ha soltado el aire.

—No te estoy diciendo que no sienta nada por ti. Por lo que cuentas, ese hombre está tan enamorado que probablemente necesite asistencia profesional para fingir lo contrario. Pero sentir algo no significa saber cuidarlo.

—También está aprendiendo.

—¿Y tú qué haces mientras aprende?

La pregunta se ah quedado conmigo después de colgar.

Ahora estoy en la cocina, intentando continuar una frase que llevo quince minutos desplazando de un extremo al otro de la pantalla.

Escucho su silla detenerse al otro lado de la encimera.

—¿Vas a salir? —indaga.

Levanto la vista.

—No.

—Te has cambiado de ropa.

Observo mis vaqueros y la camiseta.

—No sabía que llevar pantalones implicara planes fuera de casa.

—Ayer llevabas el pijama a esta hora.

—Me alegra descubrir que todavía conservas cierta capacidad de observación.

—¿Con quién hablabas esta mañana?

—Con Amanda.

—Durante casi dos horas.

—No sabía que también estuvieras cronometrando mis llamadas.

—No lo hacía. —Hace una pausa—. Se escuchaba desde el pasillo. —¿Le has contado lo ocurrido?

—Sí —decido no mentir.

—¿Todo?

—Lo que yo he decidido contarle.

—Hay cosas que también me pertenecen.

—Y no le he hablado de ellas. Le he contado lo que me ocurrió a mí —esta vez sí miento.

Baja la vista y durante un instante parece dispuesto a retirarse, pero me armo de valor para enfrentarlo.

—Llevas tres días sin hablarme.

—Estoy hablando contigo ahora.

—Has enviado un correo electrónico para comunicarme algo que podrías haberme dicho desde el otro extremo del salón.

—Era trabajo. Sigues siendo mi empleada.

—Lo sé. Resulta difícil olvidarlo cuando mi jefe empieza a enviarme correos desde la habitación contigua.

—No quería mezclar las cosas. Necesitábamos espacio.

—Un poco tarde para eso. Y sobre el espacio, podías habérmelo comunicado de forma madura.

—Creí que era evidente.

—Puede. Lo que no resultaba evidente era cuánto tiempo pensabas castigarme con ella.

—No te estoy castigando.

—Llevas tres días tratándome como si acercarme a ti hubiera sido un error que ahora tengo que corregir.

Aparta la mirada hacia el porche. Incluso desde aquí puedo ver cómo se levanta su pecho antes de soltar el aire.

—Pensé que vendrías a hablar conmigo.

—No voy a perseguirte cada vez que te aterres.

—No sabes lo que estoy pensando —alega.

—Porque te has asegurado de que no pudiera saberlo.

Ares apoya las dos manos sobre las ruedas, pero continúa frente a mí.

—Intentaba evitar que las cosas empeoraran.

—¿Lo que sientes? —reclamo—. ¿Lo que siento yo? ¿O la posibilidad de que esto no termine como quieres?

—No quiero que pierdas nada por mi culpa. Tu trabajo y tu casa dependen de mí.

—Y tendremos que hablar de ello. Tendremos que separar mi empleo de lo que está ocurriendo entre nosotros y encontrar una forma de que una discusión no pueda dejarme sin las dos cosas. Pero desaparecer no resuelve el problema. Solo me obliga a vivir dentro de él sin saber cuáles son las reglas.

—No hay reglas.

—Entonces deja de cambiarlas cada vez que algo se te complica un poco.

Entiendo que hayas pasado años convencido de que acercarte a alguien significa darle la oportunidad de hacerte daño.

También entiendo que quieras protegerte antes de descubrir si yo puedo hacerlo.

Has retirado todo lo que había entre nosotros y has esperado a que viniera a demostrarte que sigo aquí.

—No te pedí ninguna demostración.

—Construiste una prueba y te plantaste a esperar el resultado.

—No sabía cómo volver después de…

—Después de detenerte —termino por él y baja la mirada al suelo—. Decidiste comprobar cuánto tardaba en buscarte para decirte que todo estaba bien.

—¿Lo está?

Lo rápido sería decirle que sí y ver cómo se relajan sus hombros. Exactamente lo que lleva tres días esperando recibir sin tener que pedir perdón por la forma en que me ha tratado, pero no sería justo para mí. Ya viví eso y no quiero volverlo a repetir.

—No —respondo—. Ahora mismo no está todo bien.

—Carla…

—Que comprendiera por qué quisiste parar no significa que pueda aceptar lo que has hecho después. Respeté tu límite sin enfadarme ni convertirlo en una tragedia. Tú has convertido mi respeto en tres días de silencio porque decidiste que, en el fondo, debía de estar mintiendo.

La frase le alcanza. Esta vez no intenta defenderse.

—No voy a convencerte de que nunca saldrá nada mal —continúo—. Tampoco voy a prometerte que jamás nos haremos daño. No puedo darte ninguna de las dos cosas.

—No sé hacer esto.

—Yo tampoco. Pero no voy a reducir lo que necesito para que tú nunca tengas que averiguarlo. Y no voy a consentir que me castigues por algo que todavía no ha ocurrido. La próxima vez si huyes, deberás ser quien regrese.

—¿Y ahora?

—Ahora no voy a perseguirte, consolarte ni decirte que todo está bien para que puedas olvidar estos tres días. Cuando quieras hablar conmigo de verdad, estaré aquí.

—Ya estamos hablando.

—No. Yo estoy diciéndote dónde está el límite. Cruzarlo te corresponde a ti.

Sus ojos permanecen sobre mí durante unos segundos más. Después gira la silla y lo veo alejarse.

Una parte de mí quiere detenerlo. Es la misma parte que durante años aprendió a correr detrás de alguien para impedir que el silencio se convirtiera en una amenaza. La que confundía mantener una relación con sostenerla sola.

No la escucho.

Si quiere encontrarme, tendrá que dejar de escabullirse de mí.