42
Ares
Carla continúa tumbada a mi lado cuando la luz empieza a cambiar detrás de las cortinas.
No sé cuánto tiempo llevamos así. El suficiente para que mi respiración haya recuperado un ritmo normal y para que la ropa desperdigada por la habitación haya dejado de parecer una emergencia.
Su cabeza descansa sobre mi hombro. Tiene una mano abierta sobre mi pecho y mueve el pulgar de vez en cuando, como si necesitara comprobar que sigo aquí. Yo hago lo mismo con su espalda.
Estamos medio desnudos, en mi cama, después de que le haya confesado que soy virgen y ella haya reaccionado con menos alarma de la que muestra cuando descubre que no queda café.
Debería sentirme aliviado. En lugar de eso, mi cerebro ya está buscando el siguiente problema.
—Tenemos que hablar —expongo.
—Esa frase nunca ha mejorado una situación. —Levanta la cabeza. Se incorpora y recoge el sujetador, pero no se lo pone. Se limita a dejarlo sobre su regazo mientras me observa—. ¿De qué tenemos que hablar?
Miro su ropa mezclada con la mía.
—De esto.
—Vas a necesitar ser más concreto. En esta cama han ocurrido varias cosas.
—Has dicho que no vas a enseñarme —recuerdo.
—No voy a hacerlo.
—Tú sabes más que yo.
—También sé más que tú sobre sujetadores y no pretendo impartirte un curso.
—No parecen muy complicados.
—No pienso evaluarte, corregirte ni entregarte un diploma cuando hayas completado un número determinado de prácticas. Ares, tener más experiencia no significa que yo sepa cómo será estar contigo.
—Sabes lo que debería ocurrir.
—Sé lo que ha ocurrido con otras personas. Tú no eres ninguna de ellas. —Lo pronuncia con una sencillez que casi consigue que parezca posible.
—No quiero que tengas que encargarte de mí —apunto.
—No voy a encargarme de ti.
—No quiero que esto se convierta en otra parte de tu trabajo.
Carla baja la mirada hacia la mano que todavía mantiene sobre mi pecho.
—Yo tampoco. No necesitas asignarme ninguno de esos papeles para justificar que esté aquí.
—No intento justificarlo.
—Llevas media hora buscando una razón por la que esto podría ser injusto para mí.
—Deja el sujetador sobre la cama y se gira para quedar frente a mí—.
No voy a arreglarte, Ares. No creo que haya nada que arreglar.
Tampoco voy a fingir que sé cómo responde tu cuerpo ni a convertir cada momento íntimo en una sesión de rehabilitación.
—Eso arruinaría bastante el ambiente.
—Muchísimo. Pero también tienes que dejar de tratarme como si mi experiencia me convirtiera en una especialista. Lo que me gustaba con otra persona puede no gustarme contigo y viceversa.
La mención de otros hombres resulta poco agradable.
—No necesitamos hablar de lo que hacías con ellos.
Se inclina y me besa en la mandíbula.
—Si me gusta algo, te lo diré. Si no me gusta, también. No me refiero solo a dónde sientes o cómo responde tu cuerpo. Si algo te incomoda, si necesitas parar o si cambias de opinión, lo dices.
—No pienso cambiar de opinión.
—Ya estás intentando impresionar a la profesora imaginaria y no hay nada que aprobar. Si sucede algo más entre nosotros, lo descubriremos juntos.
Juntos.
La palabra hace daño para algo que suena bien.
—Hay otro problema —expreso—. Sigues trabajando para mí. Vives en mi casa. Si esto sale mal…
Su expresión cambia.
—Podrías despedirme.
—No haría eso.
—No estoy diciendo que fueras a hacerlo. Estoy diciendo que tienes la opción de hacerlo.
No quiero parecerme a su ex. No quiero que Carla tenga que calcular cuánto puede negarse antes de que su vida se complique. Sin embargo, la nómina lleva mi nombre y la casa también.
—Podemos terminar el contrato —propongo.
—¿Y qué haría yo?
—Tan solo quedarte.
—Vivir en casa de un hombre con el que acabo de empezar algo que ninguno sabe definir, sin trabajo y al otro lado del mundo. Suena estable.
—Puedo pagarte una indemnización.
Me mira como si acabara de proponer comprarla por catálogo.
—No vas a pagarme para poder acostarte conmigo con la conciencia tranquila.
—No lo he formulado así. Solo intento buscar una solución.
—No creo que estemos en condiciones todavía de fingir que esto nos ha convertido en una pareja con un plan de pensiones conjunto.
—No exageres.
—Has mencionado una indemnización después de verme los pechos. Necesito exagerar para estar a tu altura.
Me froto la frente.
—Solo quiero que sepas que tu trabajo no depende de esto.
—Entonces demuéstralo.
—¿Cómo?
—Si te digo que no, mañana sigo teniendo empleo. Si tú decides que no quieres continuar, yo no tengo que abandonar la casa. Y cuando discutamos, porque lo haremos, no utilizas ninguna de las dos cosas para ganar.
—Eso no va a ocurrir. Podemos redactarlo.
—No vamos a firmar un contrato sexual, no soy Anastasia Steel.
—Me refería a modificar el laboral.
—Y yo a que estás arruinando uno de los pocos momentos en los que parecías una persona normal.
—Estoy intentando ser responsable. No voy a despedirte por rechazarme.
—Y yo tampoco voy a asumir que puedes darme ciertas cosas porque te pago con sexo.
Se pone el sujetador y recoge la camiseta.
—¿Te vas?
—Llevamos toda la noche aquí y ya está amaneciendo. Voy a preparar el desayuno y tú vas a revisar bien esa pierna y a descansar el hombro una hora al menos más.
—Eso ha sonado bastante a ser una enfermera. —Levanto una ceja.
—Lo retiro. Puedes ignorar la pierna, lesionarte el hombro y comer una barrita energética en la cama. Luego no digas que no me esfuerzo por respetar tus decisiones estúpidas.
Se pone la camiseta y se inclina para besarme. Es un contacto corto, casi doméstico, aunque consigue que la idea de dejarla marchar resulte considerablemente menos atractiva.
***
A las once y diecisiete, Carla llama a mi puerta.
Sé la hora exacta porque llevo diecisiete minutos mirando el reloj y fingiendo que no espero que aparezca.
—Pasa.
Abre la puerta, pero no entra de inmediato. Lleva una camiseta demasiado grande e intuyo que debajo solo lleva unas bragas. El pelo le cae suelto sobre los hombros.
—¿Estás ocupado?
—Muchísimo.
Mira la tablet apagada sobre la mesita.
Avanza hasta la cama. Ya me he cambiado y estoy apoyado contra el cabecero, con la silla colocada a mi lado.
—He venido porque no quería que interpretaras que me he marchado antes por arrepentimiento. Y porque quería comprobar tu hombro.
Carla sonríe, pero sus dedos juguetean con el borde de la camiseta.
—También he venido porque quiero dormir contigo —añade.
Miro el espacio que mantiene entre nosotros.
—¿Dormir?
—En principio. Aunque técnicamente anoche ya lo hicimos. Estoy dejando margen para acontecimientos imprevistos.
—¿Contempla ese margen que vuelvas a quitarte la ropa?
—Depende de tu comportamiento.
—Entonces estamos condenados.
Se mete bajo la sábana. Yo apago la lámpara, aunque la luz del pasillo continúa entrando por la puerta entreabierta. Se tumba de lado frente a mí.
—Esto resulta extraño —murmura.
—Has venido tú.
Me inclino hacia ella y la beso lento, pero no permanece así mucho tiempo.
Carla se acerca hasta apoyar una rodilla entre las mías.
No la siento como ella probablemente espera que la sienta, pero noto el desplazamiento del colchón, el calor de su cuerpo y la presión que llega desde algún lugar difícil de situar.
Su mano se desliza por mi pecho. La mía encuentra su cintura debajo de la camiseta.
—Pareces distraída.
—Estoy intentando quitarte la camiseta sin separarme. Colabora.
Levanto los brazos y tira de la tela. Mi cabeza queda atrapada durante un segundo.
—Muy sensual —murmuro desde dentro.
—Cállate.
Consigue liberarme y arroja la camiseta al suelo. Después se quita la suya con bastante más habilidad.
—Has practicado —indico.
—Tengo años de experiencia conmigo misma.
La beso antes de que pueda utilizar esa frase para recordar todo lo que yo no tengo.
Carla se coloca sobre mí con cuidado, apoyando el peso sobre las rodillas y los antebrazos. Mi erección aparece con la misma falta de aviso que antes.
Le acaricio la espalda y encuentro el cierre del sujetador.
Consigo abrirlo y ella se deshace de la prenda. Su piel toca la mía. El contacto me provoca una mezcla difícil de separar: percibo con claridad sus pechos contra mi torso, la presión de sus caderas y una excitación que no depende únicamente de la sensibilidad.
La quiero más cerca. Carla besa mi cuello mientras su mano baja hacia la cintura del pantalón.
Me ayuda a quitármelo siguiendo mis indicaciones, sin fingir que sabe cómo mover mis piernas ni convertirlo en un momento solemne.
Cuando una de ellas queda en una posición incómoda, se lo digo. La recoloca y continúa.
He imaginado este momento muchas veces desde el accidente. En ninguna versión sabía dónde mirar, qué hacer con las manos ni cómo explicar que una erección no significa que todo esté resuelto.
Mis dedos recorren su abdomen y descienden. Ella me guía solo cuando se lo pido. Me dice más despacio. Después un poco más arriba. Cuando encuentra una presión que le gusta, su respiración se rompe contra mi cuello.
El preservativo permanece en el cajón de la mesita. Lo compré hace tres años y probablemente esté caducado.
—Necesitamos protección —señalo.
—He comprado preservativos esta tarde.
La miro.
—¿Esta tarde?
—Venga, Sutton, no te hagas el inocente y hagas cálculos de cuánto tiempo llevaba planeando asaltarte.
—¿Cuánto tiempo?
—Desde antes de la cena. Y los dejé en el cajón de tu mesita cuando has salido al porche a entrenar.
—Buena chica.
Se inclina sobre el borde de la cama abre el cajón y saca uno de la caja.
Colocarlo resulta menos sencillo de lo que esperaba. Mis manos saben lo que deben hacer, pero saberlo no impide que los dedos me tiemblen.
—Puedes ayudarme —digo al final.
—Sí.
Lo hace despacio. Cuando termina, no hay celebración ni alivio exagerado. Solo me besa.
Se coloca sobre mí. La posición le permite controlar el movimiento y a mí mantener el torso apoyado. Le sujeto las caderas mientras ella se acomoda.
—Si necesitas que cambie algo…
—Te lo diré.
Carla guía mi pene hacia ella. El primer contacto consigue detenerme la respiración.
No siento cada detalle. Algunas sensaciones son presión; otras aparecen en lugares que no coinciden exactamente con lo que está ocurriendo.
Sin embargo, verla sobre mí, notar sus manos en mi pecho y saber lo que estamos a punto de hacer resulta suficiente para que todo mi cuerpo permanezca atento.
Ella desciende despacio.
La penetración empieza. Ella cierra los ojos y deja escapar el aire.
Yo solo puedo pensar en mantener la erección. En cuánto debería durar. En si la presión que noto será suficiente para no perderla. En si Carla está disfrutando o solo intenta no asustarme.
—Mírame —murmura.
Lo hago.
Se mueve una vez. Después otra. Su respiración cambia, pero mi cabeza ya no está en la habitación.
Repaso todo lo que he leído, las advertencias de los médicos, las respuestas que pueden desaparecer sin explicación y las mujeres imaginarias que sabrían distinguir inmediatamente que no tengo ni idea.
Se inclina para besarme e intento acompañar su movimiento.
Necesito conseguir que disfrute, mantenerme duro y terminar lo que he empezado.
Pronuncia mi nombre.
—Ares.
Mi cuerpo todavía puede, pero yo ya no quiero hacerlo así. Cada movimiento convierte el deseo en una cuenta atrás.
—Para.
No tarda ni un segundo en obedecer. No intenta otro movimiento para comprobar si cambio de opinión ni pregunta si puede continuar más despacio.
Se detiene.
—¿Te he hecho daño?
—No.
—¿Quieres que me aparte?
Trago saliva.
—Sí.
Carla se eleva con cuidado y se tumba a mi lado. Después retira el preservativo, lo anuda y lo deja sobre la mesita.
Yo miro el techo.
Espero la pregunta, la decepción. La frase diseñada para asegurar que no importa cuando resulta evidente que sí.
Carla recoge la sábana y nos cubre.
Se acomoda a mi lado sin tocarme. El silencio dura tanto que necesito llenarlo antes de que empiece a decir cosas por nosotros.
—No he podido.
—Sé dónde estábamos, Ares. Yo también estaba presente.
—¿Y no te molesta?
—Estoy excitada y habría disfrutado continuando. Eso no significa que quisiera hacerlo contigo mientras tú deseabas parar.
—Pensé que no iba a poder satisfacerte.
—¿Por qué?
—Parecía que lo estaba haciendo mal.
—No había una forma correcta que debieras conocer de antemano.
—Tú sí sabías qué hacer.
—Sabía que debía estar encima. El resto lo estábamos descubriendo.
Me paso una mano por la cara.
—Mi cuerpo podía continuar.
—Pero tú no querías.
—No así.
—Entonces has hecho bien en parar.
—No parece que haya salido bien.
Se apoya sobre un codo.
—¿Qué parte?
Señalo vagamente la cama, nuestra desnudez y el preservativo usado que demuestra que hemos empezado algo que no hemos terminado.
—Todo.
—Yo estaba disfrutando —afirma.
—No has llegado al orgasmo.
—Tú tampoco.
—Eso es distinto. —Desvío la mirada por vergüenza.
—¿Porque eres virgen o porque eres hombre?
—Porque era mi responsabilidad. Quería darte placer.
—Y me lo has dado.
—No suficiente.
—Eso lo decido yo. Claro que quiero disfrutar cuando estemos juntos. También quiero que tú disfrutes. Pero no necesito que conviertas mi placer en una prueba de tu masculinidad.
—No quería decepcionarte.
—Detenerte no me decepciona. Has cambiado de opinión y me lo has dicho. Yo he parado. No hay nada más que resolver ahora.
—¿Y mañana?
—Mañana seguiré aquí.
—Y estar arrepentida de esto.
—Tú también. Ninguno tiene que prometer el resto de su vida para pasar una noche en la misma cama.
Sus dedos rozan los míos sobre la sábana y se tumba de nuevo y dejando una mano abierta entre nosotros.
La miro antes de colocar la mía encima.
No intenta convencerme de que podemos volver a empezar. Tampoco enumera las cosas que he hecho bien ni promete que la próxima vez será perfecta.
Después de unos minutos, su respiración se vuelve más lenta. La mía tarda algo más.
Durante años pensé que, si algún día permitía que alguien llegara hasta aquí, tendría que demostrar que mi cuerpo estaba preparado. Que empezar implicaría terminar y que detenerme confirmaría todos los temores que había utilizado para mantener a los demás lejos.
—No hemos fracasado —susurra. —Quiero que sepas que podemos detenernos sin perdernos.