Un desastre llamado Ares Sutton 41 #3
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—No necesito olvidarlo. Necesito recordar que lo que él hizo no determina lo que puedo querer ahora.

—Lleva mi mano hasta su cintura. No la coloca sobre su cuerpo sin más.

Espera a que sea yo quien cierre los dedos—.

Y ahora quiero esto —añade—. Podemos averiguarlo sin convertirlo en un examen.

—Sostiene mi mano contra su costado—. No tienes que demostrar que tu cuerpo funciona —continúa—.

Ni que sabes lo que haces. Tampoco necesitamos llegar a ningún sitio concreto.

—Eso elimina bastante presión.

—No vuelvas a utilizar la palabra funcionar para describirte, Ares.

—Quiero verte. —La respiración se me atasca.

—¿Sin ropa?

—Sí.

—Yo también quiero verte a ti.

Se incorpora lo suficiente para quitarse la camiseta. No lo hace despacio para provocarme ni deprisa para terminar cuanto antes. Se la saca y la deja junto al teléfono. Debajo lleva un sujetador negro sencillo.

Ella levanta una ceja.

—¿Eso es todo? —pregunta.

—Estoy intentando no parecer un adolescente.

—Hace un momento te preocupaba parecer demasiado joven. Ahora resulta que la madurez consiste en ignorar mis pechos.

—No los estoy ignorando.

Llevo una mano hasta su cintura y mis dedos recorren su costado hasta alcanzar la tela del sujetador. Ella inspira cuando rozo la piel situada justo debajo.

Me inclino para besarla y ella se acerca a mí. Su boca consigue acallar la réplica. Mis dedos suben por su espalda y ella lleva las manos hasta el borde de mi camiseta.

He estado sin camiseta delante de ella. Me ha visto entrenar, sudar y comportarme como si su mirada no me afectara.

Esto es distinto. Ahora no va a verme por accidente y, espero, que no vaya a detectar nada extraño.

Que no vaya a comparar mi cuerpo con el de otros hombres.

Que seguirá deseando tocarme después de mirar el conjunto completo y no solo las partes que puedo exhibir sentado frente a una mesa.

Levanto los brazos y Carla me quita la camiseta con cuidado. La deja junto a la suya y vuelve a sentarse sin ocultar que está observándome. Su mirada desciende por mi pecho, alcanza el abdomen y continúa hasta la cintura del pantalón.

—Estás muy bueno. —Apoya la palma sobre mi pecho.

Su mano baja lentamente por mi torso. La sigo con la mirada hasta que alcanza el abdomen. Siento la presión de sus dedos, aunque cambia a medida que descienden. No desaparece de golpe. Se transforma en algo más difuso, difícil de situar.

—¿Qué notas? —pregunta.

—La noto mejor aquí. —Cubro sus dedos y los desplazo unos centímetros hacia arriba—. Más abajo es diferente.

Asiente como si esa respuesta bastara.

Porque basta, idiota.

Me besa otra vez. Esta vez su cuerpo queda más cerca y la piel de su abdomen roza la mía. El contacto me provoca otra erección.

—¿Puedo tocarte? —pregunta contra mi boca.

Sé a qué se refiere. El miedo llega acompañado del deseo y ninguno consigue expulsar al otro.

—Por encima del pantalón —respondo.

—De acuerdo.

Su mano desciende sin prisa. Cuando me toca, mi respiración cambia antes de que pueda evitarlo.

—¿Sigo?

—Sí.

Me acaricia sobre la tela, atenta a mi cara en lugar de a la reacción de mi cuerpo. No sé si la sensación procede exactamente del lugar donde está su mano o de verla tocarme. Quizá de ambas cosas.

Llevo una mano hasta su pecho y acaricio la curva por encima del sujetador. Ella se inclina hacia mí, permitiendo que mis dedos continúen. Sonríe, se lleva las manos a la espalda y desabrocha el sujetador.

La tela cae sobre la cama. Durante unos segundos olvido todas las preguntas que había preparado.

—Definitivamente estás realizando un estudio —murmura.

—Necesito recopilar datos.

—¿Y tus conclusiones?

Paso el pulgar sobre uno de sus pezones. Ella deja escapar el aire y se acerca un poco más.

—Necesito ampliar la muestra.

Inclino la cabeza y beso la piel de su cuello antes de descender.

Carla introduce los dedos en mi pelo. No me dirige ni me empuja.

Solo permanece conmigo mientras descubro qué consigue que respire más deprisa, cuándo tensa el cuerpo y qué contacto la hace pronunciar mi nombre de una forma que nunca había escuchado.

Le explico dónde siento con claridad y dónde el contacto se convierte en presión. Le pido que vaya más despacio. Después que no pare.

No hay compasión en su mirada, solo deseo y la certeza extraña de que ninguno ha venido a esa cama con la obligación de demostrar nada.

Al cabo de un rato, Carla se tumba a mi lado. Continúa desnuda de cintura para arriba y yo todavía tengo el pantalón puesto. Mi erección ha disminuido sin que ninguno de los dos lo trate como un fracaso.

Ella apoya la cabeza sobre mi hombro.

—Creo que acabamos de infringir alguna norma laboral —apunta.

—Varias.

—¿Vas a despedirme?

—Estoy valorando sustituirte por alguien que cocine mejor.

—Hazlo. Pero tendrás que explicarle a tu madre por qué la anterior terminó medio desnuda en tu cama.

—Alegaría problemas de formación.

Le aparto el pelo de la cara.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Y tú?

—No sé exactamente qué parte de todo esto me ha gustado más.

—Podemos repetirlo hasta que lo averigües.

Sonrío al punto que ella se inclina para besarme. Es un beso sin la promesa de que tenga que conducirnos hacia algo más.

Se parece a tener tiempo…