Un desastre llamado Ares Sutton 41 #2
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Su boca se abre bajo la mía. Su mano desciende desde mi cara hasta mi pecho. Mi cuerpo reacciona con una erección que no puedo controlar del todo.

Me aparto.

—¿Qué ocurre? Me da la sensación de que te detienes cada vez que parece que podríamos pasar de los besos. —Ella estudia mi expresión.

—Supongo que después del accidente fue complicado volver a estar con alguien.

—No necesito saber con cuántas mujeres has estado —añade—. Solo intento decir que no espero que hagas nada de una manera determinada.

—Sé cómo funciona —alego.

No es mentira. Conozco la mecánica, las respuestas reflejas, los cambios de sensibilidad y todos los términos clínicos que los médicos utilizan para hablar de sexo sin que parezca que se refieren a algo que alguien disfruta.

—Me alegro —señala—. Habría sido agotador enseñarte también eso. Supongo que alguna conseguiría soportarte el tiempo suficiente.

—Alguna estuvo cerca —intento responder, pero la mentira que no he dicho ocupa demasiado espacio entre los dos.

Ella cree que sabe quién tiene delante. Un hombre que tuvo experiencias antes del accidente y después necesitó adaptar una parte más de su vida. Esa versión resulta más sencilla. Más adulta. Compatible con alguien de veintiocho años que no quiere tener que enseñar nada.

No le he mentido. Y soy consciente de que es el  tipo de argumento que utiliza la gente cuando sabe perfectamente que ha engañado a alguien.

—¿Qué ocurre? —Se aparta un poco de mí, nota que hay algo mal ahora mismo entre ella y yo.

—Nada.

Entrecierra los ojos.

—Voy a prohibirte esa palabra.

Puedo continuar permitiendo que imagine una versión de mí que no existe. Probablemente nunca lo descubriría. La virginidad no deja una marca visible ni obliga a firmar un documento antes de acostarse con alguien.

Pero ella acaba de bloquear a un hombre que utilizaba las palabras adecuadas para ocultar lo que hacía. Y yo estoy eligiendo las precisas para ocultar lo que no he hecho.

—Soy virgen.

Carla parpadea.

—Vale.

—¿Vale? ¿Solo vas a decir eso?

—¿Quieres que grite?

—No.

—¿Que llame a tu madre?

—Definitivamente no.

—Entonces vale.

La observo, intentando descubrir si se está riendo de mí.

—Pensabas que había estado con otras mujeres.

—Sí.

—Y ahora sabes que no y no pareces sorprendida.

—Estoy sorprendida. Pero no es una enfermedad.

—No estaba esperando al matrimonio ni haciendo una declaración moral —aclaro—. Simplemente no ocurrió.

Se acomoda mejor sobre la cama y espera a que siga hablando.

—Tuve oportunidades —añado.

—Eso sí pareces necesitar dejarlo claro.

—Solo estoy aportando contexto. —Asiente—.

Siempre pensaba que habría otra fiesta, otra chica o un momento mejor.

No tenía prisa. Hasta que dejé de tener tiempo para esa versión de mi vida.

Después del accidente todo cambió —explico—.

Los médicos me hablaron de erecciones reflejas, fertilidad, sensibilidad y todas las formas en que mi cuerpo podía responder o no.

Entendía la información, pero no sabía qué iba a ocurrir con otra persona delante.

Podría haberlo averiguado —continúo—. Pero no quería hacerlo con alguien que esperara que yo supiera qué estaba haciendo.

Tampoco quería ver su cara si algo no funcionaba.

—¿Qué significa funcionar?

—Ya sabes qué significa.

—Quiero saber qué significa para ti.

—Tener una erección cuando toca. Mantenerla. Saber dónde siento y dónde no. Conseguir que la otra persona disfrute sin que todo parezca una consulta médica.

—Eso son muchas cosas para meter dentro de una sola palabra.

—Por eso evitaba comprobarlas.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque tienes más experiencia. Y cuatro años más.

—Otra vez los cuatro años —bromea.

—Pensé que confirmarías que soy demasiado joven o que tendrías que enseñarme.

—Ares, no voy a enseñarte a tener sexo.

La vergüenza llega aunque la frase sea exactamente la que esperaba.

—Vamos a descubrir qué nos gusta juntos. No es lo mismo.

—Tú ya sabes lo que te gusta.

—Sé algunas cosas. No sé cómo será contigo.

—Igual no es como esperas.

—Eso ocurre con cualquier persona nueva —me comunica y en esta frase encuentro algo que lógica.

—Mi cuerpo no funciona como el de cualquier persona.

—El mío tampoco funciona igual que el de todas las mujeres que has conocido.

—No he conocido a ninguna de esa forma. Ese es el problema.

—No. Ese es el dato que acabas de contarme.

Sus dedos se acercan a los míos.

—Antes no lo había hecho porque creía que tenía todo el tiempo del mundo —murmuro—. Después pensé que era demasiado tarde para empezar.

Entrelaza la mano con la mía.

—No es demasiado tarde —la certeza de su voz resulta más difícil de soportar que cualquier burla.

—No quiero que hagas esto para demostrarme algo.

—He bloqueado a Hugo porque he decidido que no quiero que continúe en mi vida. Estoy aquí porque quiero estar contigo. No utilices una decisión para poner en duda la otra.

—No quiero ser la persona a la que recurres para olvidarlo.