41
Ares
Han pasado dos días desde que Carla me dijo que Hugo piensa venir a California para recuperarla.
O luchar por ella.
Supongo que la elección del verbo depende de cuánto necesite convencerse ese imbécil de que invadir la vida de una mujer forma parte de una historia romántica.
Carla no ha vuelto a mencionarlo y yo tampoco.
Después de nuestra discusión, decidí respetar el espacio que me había exigido. No le he preguntado si ha seguido hablando con él, si piensa recibirlo cuando llegue ni si ha averiguado cuándo piensa hacerlo.
Tampoco he vuelto a estar cerca de ella. Esa parte no me la pidió, pero parecía estar incluida en el paquete.
La libreta negra descansa sobre mis piernas. Llevo varios minutos contemplando la última página escrita, como si esperar lo suficiente pudiera conseguir que apareciera una versión razonable de lo que estoy pensando.
Hugo:
Dijo que iba a venir a California.
Escribirlo no consigue que parezca menos real y tampoco menos estúpido.
Carla no sabe si vendrá. Yo tampoco.
Confesión:
No me gusta que él crea que todavía puede volver a entrar en su vida. Está convencido de que las decisiones de los demás son negociables y de que ella no ha dicho ya que no.
No me gusta lo que eso le hace a Carla. Tampoco lo que me hace a mí.
La rabia ya ha pasado. Lo que permanece debajo es más frío y mucho más estable. Como si una parte de mí estuviera esperando el momento exacto en el que Hugo cruce una línea para poder justificar lo que ya ha decidido hacer.
El pensamiento resulta injusto y, aun así, se queda.
Lo que Carla no dice:
Tiene dudas.
No sé si son sobre Hugo. Puede que sean sobre todo lo que significa cerrar una parte de su vida cuando la otra persona insiste en mantenerla abierta.
Puede que sean sobre lo que está ocurriendo entre nosotros.
Lo noto cuando me mira creyendo que no me doy cuenta. Cuando se detiene un segundo más de lo necesario antes de acercarse. Cuando parece comprobar que sigo siendo el mismo al que besó y no una versión que vaya a utilizar esos besos para decidir por ella.
No sé qué espera encontrar. Pero sé que está buscando algo. Y me enfada mucho porque yo también estoy esperando.
Tengo que dejar de necesitar que me elija antes de haberle preguntado siquiera si quiere hacerlo.
Nuevo plan:
No preguntarle por Hugo. No volver a confundir preocuparme con tener derecho a decidir. No besarla hasta saber que lo hace porque me quiere cerca y no porque necesita alejarse de él.
La última frase permanece delante de mí.
Es razonable y a la vez una mierda.
Añado debajo:
Intentar no parecer desesperado mientras tanto.
Cierro el cuaderno antes de que la sinceridad empeore y lo dejo sobre la mesita. Después acerco la silla al borde de la cama y bloqueo los frenos.
Llevo dos días tomando decisiones destinadas a demostrar que sé contenerme. Necesito acostarme, dormir y que mañana sea otro día.
La rueda izquierda se desplaza cuando ya he separado el cuerpo del asiento.
No avanza mucho. Apenas unos centímetros.
Mi mano derecha resbala sobre el colchón y la cadera golpea el borde de la cama.
Consigo mantener el peso sobre los brazos, pero la pierna izquierda queda atrapada entre el reposapiés y el somier.
—Joder.
Intento corregir la posición. La pierna responde con un espasmo que empuja el pie todavía más abajo. La silla está bloqueada.
O debería estarlo.
Miro el freno izquierdo y compruebo que la palanca no ha bajado del todo. Llevo años realizando transferencias y el día que cometo un error básico no estoy solo en esta casa.
Menos mal, tonto del culo.
El firmamento debe saber que estoy en apuros, porque escucho unos nudillos tocar mi puerta.
—¿Puedo pasar? Necesito contarte algo.
—Sí, y hazlo rápido —grito.
La puerta se abre de golpe y se detiene al verme como un integrante del circo del sol en pleno ensayo. Tengo medio cuerpo sobre la cama, la cadera derecha todavía suspendida y los dos brazos tensos para evitar terminar en el suelo.
—Rara forma de hacer una plancha —me suelta.
—Una transferencia complicada.
Mi hombro derecho protesta cuando intento impulsarme. La silla vuelve a moverse.
Ella da un paso hacia mí.
—¿Necesitas ayuda o vas a deleitarme con tu talento?
Aprieto la mandíbula. Mantener esta postura empieza a resultar más difícil y el pie continúa atrapado en un ángulo que no puedo ver bien.
—La rueda se está desplazando. Bloquea el freno izquierdo —indico.
Rodea la silla y empuja la palanca hasta el final.
—Ya está.
—Ahora retira el reposapiés. Tira de la pestaña lateral y gíralo hacia fuera. —Lo encuentra al segundo intento—. Sujeta mi pierna por debajo de la rodilla. No tires del tobillo.
Introduce un brazo debajo de mi rodilla y el otro bajo el talón.
—¿La subo a la cama?
—Sí, pero despacio.
Coloca la pierna sobre el colchón. El movimiento desencadena otro espasmo, pero esta vez no hay nada contra lo que pueda golpearse.
—Aparta la silla un poco hacia atrás —continúo—. Sin desbloquearla. Levanta ligeramente la rueda delantera y gírala. No la arrastres.
—Tienes una confianza excesiva en mis conocimientos mecánicos.
—Ahora mismo tengo pocas alternativas.
Hace lo que le pido. La silla queda lo bastante separada para que pueda apoyar mejor la mano izquierda.
—Bien. Ahora no me toques.
—No pensaba lanzarme sobre ti, no seas tan creído.
—Necesito impulsarme.
Ella retrocede, aunque mantiene las manos preparadas a ambos lados de mi cuerpo. Inspiro y empujo. Los hombros soportan el peso mientras giro la cadera. Esta vez consigo colocarla sobre el colchón. Arrastro la pierna derecha con una mano y termino sentado en la cama.
Durante unos segundos solo escucho mi respiración.
—He pensado que estabas a punto de besar el suelo con mucha menos elegancia que a mí. —Tiene una mano sobre el colchón, cerca de mi muslo. No me toca, pero la distancia basta para que mi cuerpo recuerde la última vez que estuvo así de cerca—. ¿Te has hecho daño?
Muevo los hombros. El derecho está cargado, pero no parece lesionado.
—No. Creo que estoy bien. —Compruebo la piel alrededor de la rodilla y el tobillo—. No hay marcas ni parece que haya girado demasiado. Solo tengo que esperar a que los hombros dejen de temblarme.
Está inclinada sobre mí, con el pelo cayéndole sobre un hombro y una mano apoyada a pocos centímetros de mi cuerpo. Mi cuerpo no parece interesado en distinguir los motivos del temblor.
Se sienta en el borde de la cama.
—¿Puedo quedarme un momento?
—Ya te has sentado.
Mira la silla. El reposapiés continúa girado hacia fuera y el freno permanece bloqueado.
—¿Te ocurre a menudo?
—No. Las transferencias pueden complicarse. Hoy no bajé bien el freno.
—No tienes que mentir para proteger tu reputación.
—No te he mentido en nada hasta ahora. Y, ¿qué es eso que querías contarme?
Carla saca el teléfono del bolsillo. Pulsa varias veces sobre la pantalla antes de enseñármela.
La conversación con Hugo aparece bloqueada.
—Lo he bloqueado.
La satisfacción me atraviesa antes de que consiga esconderla.
—Me alegro si es lo que tú querías.
Bloquea el teléfono y lo deja sobre la cama.
—Ha seguido escribiéndome.
—Pensaba que iba a viajar a California para demostrarte que había cambiado.
—Primero iba a hacerlo. Después dijo que no quería presionarme.
—Considerado.
—Una hora más tarde me preguntó cómo podía ignorarlo después de todo lo que habíamos vivido. Luego insinuó que tú te estabas aprovechando de que estoy vulnerable.
—Ese hombre empieza a caerme mal.
—Creía que ya querías romperle la cara.
—Era mera preocupación objetiva. ¿Qué más dijo?
La veo recoger una pelusa inexistente de sus pantalones.
—Que mis padres están sufriendo por mi culpa. Que si no le daba una oportunidad significaba que nunca lo había querido. Después volvió a disculparse por haber reaccionado así.
—¿En el mismo día?
—En menos de dos horas. Esta mañana me ha enviado una fotografía antigua de los dos y ha dicho que espera que algún día recuerde quiénes éramos antes de que yo decidiera destruirlo todo.
La rabia regresa, pero esta vez no intento convertirla en instrucciones.
—Y lo has bloqueado.
—Sí. Durante unas horas consiguió que creyera que había cambiado. En cuanto comprendió que pedir perdón no le devolvía lo que quería, volvió a castigarme.
—Lo siento.
—Yo también. —Se encoge de hombros—. No porque quisiera volver con él.
Supongo que me habría gustado que la disculpa fuese real.
No creo que venga —añade—. Anunciar que va a luchar por mí resulta mucho más sencillo que comprar un billete.
Además, ¿qué haría al llegar? ¿Recorrer San Aurelia enseñando una fotografía mía a los ciudadanos como en una película?
—Espero que utilice una en la que hayas salido mal.
—No existen.
—Puedo hacerte una ahora.
Alargo la mano hacia su teléfono, ella lo aparta y nuestros brazos se rozan.
—No has vuelto a intentarlo —dice de pronto.
—¿El qué?
—Besarme.
—He estado ocupado.
Mira la silla mal colocada.
—Se nota.
—Intentaba no interferir en tus decisiones ni parecer desesperado.
—Dos días enteros comportándote como un caballero cuando en realidad estabas protegiendo tu orgullo.
Se acerca un poco más y la mano que mantiene sobre la cama queda junto a la mía.
—¿Quieres que me vaya? —pregunta.
—No.
—Creo que estás esperando a que yo haga algo.
—Solo estoy intentando averiguar qué quiero hacer.
Sé exactamente qué quiero. Lo que no sé es cuánto puedo permitirme desear antes de convertirlo en otra cosa capaz de salir mal.
—Me apetece muchísimo besarte.
—Eso parece bastante fácil de solucionar.
Ella ladea la cabeza. Yo llevo una mano hasta su nuca y cierro la distancia. El primer beso es lento. No porque dude de que lo quiero, sino porque necesito comprobar que ella también desea lo que está pasando.
Esta vez no hay una silla entre los dos ni una postura imposible junto al borde de su cama. Estoy sentado sobre el colchón y Carla puede inclinarse hacia mí sin que ninguno tenga que calcular dónde colocar las piernas.