40
Carla
Han pasado treinta y seis horas desde que salió de mi habitación, una cantidad de tiempo perfectamente razonable para dos adultos que no han acordado nada y escandalosamente excesiva para alguien que ahora sabe cómo mueve la boca cuando deja de discutir.
No me evita. Eso sería más fácil de interpretar.
Ayer pasó toda la tarde conmigo, escuchó la conversación con Hugo y se quedó cuando le pedí que lo hiciera. Esta mañana me ha preguntado si he dormido bien y ha apartado del sofá una carpeta para que pudiera sentarme cerca.
Pero no me toca.
Ni siquiera por accidente.
Ahora está frente al ventanal, revisando unos documentos en la tableta, mientras yo intento concentrarme en hacer la comida sin que me queme nada. Tiene esa expresión seria que utiliza cuando quiere convencer al mundo de que nada consigue distraerlo.
Simplemente está decidido a respetar mi confusión con una intensidad bastante ofensiva.
Eso es.
Entiendo el motivo. Es una forma de recordarme que él también está aquí mientras decido qué lugar ocupa alguien que se encuentra al otro lado del mundo.
Agradezco que no interfiera, pero a la vez me jode profundamente.
Mi teléfono vibra sobre la encimera.
En lugar de llamar, Hugo ha enviado un mensaje lo bastante largo para ocupar toda la pantalla.
He hablado con tus padres. Están preocupados por ti y tampoco creen que marcharte tan lejos haya sido la mejor decisión. Sé que ayer te dije que no esperaba nada, pero no puedo quedarme aquí sin demostrarte que he cambiado. Viajaré a California. No te pido que me recibas, pero voy a luchar por ti.
Leo el mensaje dos veces.
—¿Qué dice? —pregunta desde el ventanal, antes de que yo le diga que me ha escrito.
—Que va a venir a California.
Deja de mover el dedo sobre la pantalla.
—¿Qué?
—Dice que quiere demostrarme que ha cambiado.
—¿Cuándo?
—No lo especifica. Pero también dice que mis padres están preocupados por mí.
—¿Y qué tienen que ver tus padres?
—Ha hablado con ellos. Mis padres nunca aprobaron que viniera aquí.
—¿Por qué?
—Porque está lejos. Y porque acepté el trabajo muy deprisa. Desde su perspectiva, terminé una relación larga, abandoné mi empleo y me marché a vivir a casa de un desconocido al otro lado del mundo.
—Cuando lo dices así, parece una mala decisión.
—Creen que estoy huyendo —continúo—. Mi madre quería que me quedara con ellos una temporada. Mi padre decía que debía buscar otro trabajo en España y no tomar decisiones mientras estuviera afectada por la ruptura.
—¿Les contaste lo que te hizo?
—No todo.
—Entonces no saben a quién están ayudando.
—Probablemente Hugo tampoco les haya contado esa parte.
—Qué extraño. Parecía tan comprometido con la sinceridad.
—No empieces.
Sus labios se tensan, pero no responde.
—Apenas hablo con ellos desde que llegué —reconozco—.
Les he enviado un par de mensajes para decirles que estoy bien y alguna fotografía.
Cada vez que lo hago, mi madre pregunta cuándo voy a volver y mi padre intenta averiguar cuánto me pagas.
No quiero preocuparlos, pero tampoco quiero defender cada día una decisión que ya he tomado.
—Y mientras tanto hablan con Hugo.
—Eso parece.
Ares observa mi teléfono como si pudiera incendiarlo mediante concentración.
—¿Sabe dónde estás? ¿Y tus padres?
—En San Aurelia.
—Me refiero a la dirección de esta casa.
—No.
—No se la des o ese tipo correrá un peligro innecesario.
—No pensaba hacerlo. Y no necesito que evalúes mis decisiones.
—¿Piensas responderle?
—No lo sé.
—¿Y verlo?
Sus celos son una reacción inmadura, incómoda y bastante incompatible con la mujer independiente que llevo varios días intentando recuperar. Aun así, después de treinta y seis horas de celibato, descubrir que la idea de Hugo cerca le resulta insoportable alivia una parte poco elegante de mí.
—No he decidido nada —manifiesto.
—No debería ser una decisión complicada.
La satisfacción dura poco.
—Para ti no lo es.
—Para nadie con memoria debería serlo.
—No sabes todo lo que ocurrió entre nosotros.
—Sé suficiente. Ayer consiguió que dudaras de tus propios recuerdos en doce minutos. Ahora anuncia que viene y utiliza a tus padres para presionarte. No entiendo qué necesitas valorar.
—No estoy valorando si lo que hizo o hace está bien. Estoy intentando decidir cómo quiero manejarlo.
—Ese hombre no debería acercarse a ti.
—Puede que tengas razón. Pero no te da derecho a darme órdenes.
—Estoy intentando protegerte.
—No. Estás intentando decidir por mí y llamarlo protección.
—Porque ayer dudabas de si había cambiado. Perdona si no confío demasiado en que tomes la mejor decisión cuando aparezca delante de ti.
—Te conté mis dudas porque confiaba en ti —expongo—. No para que las utilizaras como prueba de que no sé decidir. Hugo también convertía mis dudas en argumentos. Siempre encontraba una forma de demostrar que sabía mejor que yo lo que pensaba, lo que sentía o lo que terminaría queriendo.
—No soy ese tipo.
—Entonces no te comportes como él. Que te preocupes por mí no te concede autoridad sobre mí.
—No solo estoy celoso —argumenta.
—Por lo menos empiezas a ser sincero.
—También sé que ese hombre te hizo daño.
—Te concedo estar preocupado y celoso al mismo tiempo. Lo que no puedes es utilizar ninguna de las dos cosas para decidir por mí.
—¿Qué necesitas de mí? —pregunta al fin.
El cambio me obliga a soltar parte de la rabia.
—No lo sé.
—Cuando tengas una respuesta, dímelo.
Ares se impulsa hacia atrás, devolviéndome el espacio que acabo de exigir.
—No pienso darle la dirección —reitero—. Y si decido verlo, será en un lugar público.
Su mandíbula se tensa.
—De acuerdo. Cuando lo decidas, me lo cuentas si quieres.
Si quieres.
Durante el resto de la tarde compartimos el salón. Ares revisa correos que probablemente no necesitan respuesta y yo desplazo palabras sin mejorar ninguna frase.
No vuelve a decirme qué debo hacer. Tampoco intenta convencerme de que él sabe qué me conviene.
Respetar una distancia también significa conservarla. Y esta noche ninguno de los dos parece saber quién debe cruzarla primero.