Un desastre llamado Ares Sutton 39 #2
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39 #2

No sé qué está explicando, pero sí sé cómo suena alguien cuando empieza a hacer más pequeño el daño que le causaron para que la persona responsable pueda convivir mejor con él.

La llamada dura doce minutos. Los cuento porque necesito hacer algo que no consista en arrancarle el teléfono de la mano.

Finalmente Carla dice:

—Necesito pensarlo.

Hugo responde.

—No te prometo nada.

Otra pausa.

—Adiós.

Y por fin cuelga. Permanece frente al ventanal, con el teléfono todavía junto a la oreja. Después baja el brazo y contempla la pantalla apagada.

No pregunto qué le ha dicho ni le recuerdo que la última vez que vio su nombre terminó sin poder respirar.

—¿Estás bien? —pregunto.

Carla se vuelve.

—Sí.

No lo parece. Regresa al sofá, pero no se sienta en el mismo lugar. Ocupa el extremo contrario y deja el teléfono sobre sus piernas.

—No has entendido nada —dice.

—Algunas palabras.

—¿Cuáles?

—California. Hugo. Adiós.

—Una conversación bastante completa.

—¿Qué quería? —pregunto al fin.

Carla acaricia el borde de la funda con el pulgar.

—Disculparse. Ha empezado terapia —continúa—.

Dice que lleva meses intentando comprender lo que hizo.

Que no supo respetar mis límites y que convertía cualquier negativa en una ofensa contra él.

También ha reconocido que se burlaba de lo que escribía porque le molestaba que tuviera algo que no compartía con él.

Pensaba que yo utilizaba las historias para esconderme de nuestra relación.

—¿Lo hacías?

—A veces.

—Parece una buena razón para escribirlas.

Carla deja escapar el aire.

—Ha dicho que no espera que vuelva. Ni siquiera que lo perdone. Solo quería asumir su responsabilidad.

Ese tipo ha utilizado las palabras adecuadas, y no por eso significa que sean verdad.

—También me ha contado que ha dejado de beber durante la semana, que ha cambiado de trabajo y que está intentando arreglar las cosas con su padre.

—Parece una entrevista anual de rendimiento.

Carla alza la vista.

—No tienes que ridiculizarlo.

—No lo hago.

—Lo siento —añade—. No sé por qué lo estoy defendiendo.

—Porque acabas de hablar con él.

—Parecía sincero. —Carla observa mi cara.

—No me crees.

Lo justo sería decirle exactamente lo que pienso: que aprender a describir el daño no demuestra que haya dejado de causarlo.

Que un hombre capaz de presionarla hasta que ceder resultara más fácil que negarse no merece recuperar el acceso a ella porque ahora pague a alguien para enseñarle vocabulario emocional. Sin embargo acabo diciendo lo prudente.

—Yo no lo he oído —respondo—. No puedo saber si era sincero.

—Ha reconocido cosas que nunca había reconocido.

—Eso es algo.

—Sí. —Carla vuelve a mirar el teléfono.

—Cuando estábamos juntos, podía insistir mucho.

No sé qué significa mucho , pero mi cuerpo reacciona antes de que pueda impedirlo.

—¿En qué?

—En acostarnos.

Miro hacia el mar. No porque quiera verlo, sino porque necesito dirigir la rabia hacia algo que no pueda romper.

—Si yo no quería, Hugo lo interpretaba como si lo estuviera rechazando a él por completo —continúa—. Decía que ya no lo deseaba, que seguramente había otra persona o que lo hacía para castigarlo.

—¿Y tú qué hacías?

—Al principio discutía. Después aprendí que resultaba más fácil esperar a que terminara. No me sujetaba —se apresura a explicar—. Nunca fue así.

—¿Le decías que no?

—Sí, pero…

—Entonces fue así.

Cierra los ojos.

—Eso mismo ha dicho él hoy.

—¿Qué? —No esperaba esa respuesta.

—Ha dicho que ahora entiende que me obligó aunque nunca utilizara la fuerza. Que convirtió el sexo en algo que yo tenía que darle para demostrarle que lo quería.

La disculpa empieza a parecer menos vacía y eso no consigue que me enfade menos.

—También ha dicho que no era consciente de que yo lo vivía de esa manera —añade.

—¿Cómo creía que lo vivías?

—No lo sé. A veces yo terminaba participando. Mi cuerpo reaccionaba o intentaba que acabara antes y él pensaba que había conseguido que me apeteciera.

—Eso no cambia el principio.

—Ya lo sé. —Se frota las manos—. No era así todo el tiempo.

También podía ser cariñoso. Me apoyó cuando murió mi abuela.

Durante meses se encargó de todo porque yo apenas conseguía levantarme de la cama.

Y cuando mi padre tuvo problemas económicos, Hugo les prestó dinero sin pedirme que se lo devolviera.

—Las personas no necesitan ser horribles cada minuto para hacer daño.

—Lo sé.

—Deja de decir eso si no lo crees. —Me mira porque he elevado la voz.

—No estoy diciendo que no ocurriera —responde—. Solo intento recordar toda la relación, no únicamente las peores partes.

—¿Y él te ha pedido que lo hagas?

—No.

—¿Seguro?

Me obligo a retroceder. No físicamente. Ya existe distancia suficiente entre los dos.

—Disculpa, sigue —digo.

—Ha dicho que los dos estábamos atrapados en una dinámica muy dañina. Que él estaba pasando por una depresión y no sabía cómo gestionar el miedo a que lo abandonara.

—Eso no convierte lo que hizo en una decisión compartida.

—Lo ha llamado dinámica —me corrige.

—¿Tú qué hacías?

—Me cerraba. Dejé de contarle cosas. Escribía a escondidas. Algunas veces lo trataba como si todo lo que dijera fuese una forma de manipularme.

—¿Lo era?

—No siempre.

Cada respuesta parece abrir una puerta distinta y Hugo conserva la llave de todas.

—Quizá yo tampoco le dije con claridad cuánto daño me hacía. —Se pasa una mano por el pelo.

Quiero cogerle la cara entre las manos, besarla y conseguir que durante unos minutos no recuerde la voz de ese tipo. Quiero borrar la sonrisa triste que Hugo ha provocado junto al ventanal y sustituirla por la que apareció anoche contra mi boca.

También quiero comprobar que sigue queriendo besarme después de hablar con él, y precisamente esa es la razón por la que no debo hacerlo.

No pienso competir con él utilizando su cuerpo como marcador.

—Parecía diferente —murmura.

—Puede que lo sea.

Carla levanta la cabeza.

—No lo crees.

—No sé si ha cambiado.

—Pero piensas que no debería volver a hablar con él.

—Lo que yo piense de él no debería decidir lo que haces tú.

—A mí me importa lo que piensas.

—Ahora mismo, si te digo lo que pienso, parecerá que quiero que elijas entre él y yo.

—No hay ningún él y tú.

—Entonces no hace falta que te diga nada.

Deja el teléfono sobre la mesa.

—No quiero volver con Hugo.

—En ese caso, pienso que te ha llamado, te ha dicho todo lo que necesitabas oír y doce minutos después estás dudando de cosas que esta mañana sabías.

Su expresión se endurece.

—No dudo de que me hiciera daño.

—Dudas de si tenía derecho a hacerlo. Y de que fue fruto de su depresión y lo exageraste todo.

—No.

—Has empezado a enumerar sus buenas acciones como si alguna pudiera compensar las veces que te rompió en mil pedazos.

Carla aparta la mirada y eso me indica que he ido demasiado lejos. No porque sea mentira, sino porque estoy empezando a discutir con ella como si tuviera que defender ante mí la forma en que intenta comprender lo vivido.

—No quiero pelear contigo —expone.

—Yo tampoco. No sé cómo hacer esto, escucharte hablar de él y fingir que no me afecta.

—No te he pedido que finjas.

—Tampoco quiero que tengas que encargarte de lo que siento mientras intentas averiguar qué sientes tú.

El enfado desaparece de su cara. Lo sustituye algo más difícil de soportar.

—Estoy confusa —admite—. Una parte de mí sabe perfectamente lo que ocurrió. Pero escucharlo reconocerlo… No sé. Durante mucho tiempo pensé que, si algún día comprendía el daño, todo encajaría. Ahora lo ha comprendido y sigo sin saber qué hacer con ello.

—No tienes que hacer nada hoy.

—Él tampoco me lo ha pedido.

No digo que no necesitaba pedirlo. La llamada ya ha conseguido devolverlo al centro de la habitación.

Se frota los brazos.

—Ha dicho que el hombre que me hizo daño ya no existe.

Miro su portátil. El texto continúa abierto.

Hay personas que conservan las llaves de casas en las que ya no viven.

Anoche me pidió que la besara. Esta mañana me miró como si quisiera que lo hiciera otra vez. Nada de eso me concede un lugar desde el que exigirle certezas.

—¿Quieres que me quede o quieres estar sola? —averiguo.

—Quiero que te quedes.

Regreso al correo. No me acerco al sofá ni le ofrezco una opinión que no me ha pedido. Mantengo las manos sobre el teclado y leo por quinta vez que el azul transmite tristeza.

Carla recoge el portátil. Sus dedos se quedan suspendidos sobre las teclas, pero no escribe.

Pasan varios minutos.

—Estás enfadado —dice.

—Sí.

—Conmigo.

—No. Pocas cosas se me dan bien cuando quiero romperle la cara a alguien que está en otro continente.

Una risa breve escapa de su boca. No llega a convertirse en sonrisa.

—No puedes romperle la cara.

—La distancia es el principal impedimento —gruño.

—No sé si hablaré otra vez con él —señala.

—No tienes que decírmelo ahora.

—Quería que lo supieras.

Asiento. Eso es todo lo que puedo hacer sin convertir su decisión en una prueba de lo que siente por mí. No vuelvo a trabajar de verdad, aunque mantengo los ojos en la pantalla. Carla tampoco continúa escribiendo. Después de un rato, su pie roza la rueda de mi silla.

No sé si ha sido accidental. Me ha pedido que me quede y eso es exactamente lo que hago.

Anoche detenerme fue difícil. Esta tarde lo es mucho más.