Un desastre llamado Ares Sutton 39
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​​ Ares

Llevo cuarenta minutos leyendo el mismo correo. Un cliente quiere cambiar el color principal de una campaña porque su mujer considera que el azul transmite tristeza. He redactado tres respuestas diferentes y las tres se resumen en que su mujer no forma parte del público objetivo.

El problema real está sentado en el sofá.

Tiene su portátil sobre las piernas, el pelo recogido de cualquier manera y el labio inferior atrapado entre los dientes. Es la cuarta vez que lo muerde desde que nos sentamos a hacer nuestras cosas y empiezo a sospechar que lo hace para impedir que termine algo hoy.

Anoche la besé. Esta mañana he vuelto a verla después de pasar demasiadas horas recordándolo y no la he besado. La decisión habría parecido razonable si no hubiese dedicado el resto del día a pensar en cuándo sería el momento de volver a hacerlo sin dar la impresión de estar desesperado.

Cabe la posibilidad de hacerlo ahora. Estamos solos. Ella ha levantado la vista tres veces en los últimos diez minutos y, en dos de ellas, me ha mirado fijamente con una sonrisa estampada en la cara.

También podría terminar el correo y comportarme como un adulto capaz de compartir una habitación con una mujer sin abalanzarse sobre ella. Es una oportunidad excelente para descubrir si todavía sé hacerlo.

Ella borra una frase, escribe otra y frunce el ceño.

—Vas a romperlo.  Llevas varios minutos castigando la misma tecla —expongo.

—Estoy pensando. No me desconcentres. —Vuelve a la pantalla.

La luz de la tarde entra por los ventanales y cae sobre la mitad del sofá. Carla está sentada justo en el límite, con una pierna doblada bajo el cuerpo y el pie contrario en el suelo. Lleva unos pantalones cortos y una camiseta demasiado grande. La tela se le ha deslizado por un hombro.

Miro durante unos segundos su clavícula y después decido que no cuenta porque ya la he besado.

El problema es que ahora sé exactamente cómo se siente su boca cuando deja de discutir y que permanece callada durante aproximadamente cuatro segundos antes de recuperar la capacidad de resultar irritante.

Necesito una segunda muestra para confirmar los datos.

—¿Tienes intención de continuar vigilándome? —pregunta sin levantar la cabeza.

—No te estoy vigilando. Solo me gustaría saber qué escribes.

—Nada.

—La nada te está llevando bastante tiempo.

—Son cosas mías.

—¿Eso es que estás hablando mal de mí?

—Para eso no necesito escribir. Puedo hacerlo en voz alta.

—Por desgracia tengo informes diarios.

Ella sonríe, pero mantiene la pantalla inclinada hacia sí misma.

—Solo es un texto.

—¿Sobre qué?

—Sobre la vida. Sobre las cosas que conservamos aunque ya no nos sirvan —confiesa al fin.

—Parece alegre.

—Mis textos suelen ser así.

—¿Escribes muchos?

—A veces. No lo hago todos los días.

—Hoy es domingo y llevas más de una hora.

—Siempre he pensado en escribir algo más largo.

—¿Un libro?

—Quizá.

—¿Sobre qué?

—No lo sé. Una historia. Algo que le importe a alguien.

—Tendría que importarte primero a ti.

—Ese es el tipo de frase que la gente escribe en una taza. Además, no creo que sea lo bastante buena.

—¿Lo has decidido tú, o alguien te ayudó a llegar a ella?

—Hubo opiniones —apunta.

—Las opiniones son como los clientes. La mayoría empeoran cuanto más tiempo les permites hablar. ¿Puedo leerlo?

—¿Ahora?

—No. Dentro de seis meses, cuando hayas contratado a un abogado para impedirlo.

—No está terminado. Y no sabes español.

—Nunca lo estará si sigues borrando cada frase. Y te recuerdo que los ordenadores tienen traductores automáticos hoy en día.

Vacila. Después recoge el portátil y se acerca al extremo del sofá más próximo a mí. Mi cuerpo reacciona a la reducción de la distancia con una falta de dignidad considerable.

—Puedes leerlo, pero no seas demasiado crítico.

—No puedo prometer algo tan contrario a mi naturaleza. Seré soportable.

—Tú no sabes hacer eso.

—Entonces tendremos que asumir el riesgo.

Me pasa su portátil, y copio y pego el texto para meterlo en un traductor online. Luego empiezo a leer.

El texto no tiene título.

Hay personas que conservan las llaves de casas en las que ya no viven.

Las guardan en un cajón, mezcladas con monedas extranjeras, pilas gastadas y objetos cuyo propósito han olvidado. Saben que ya no abren ninguna puerta. La cerradura ha cambiado o la casa pertenece a otra persona. Aun así, son incapaces de tirarlas.

Quizá no esperan volver.

Quizá solo necesitan creer que todavía podían hacerlo.

Soltar algo que nos ha acompañado durante mucho tiempo exige reconocer que el pasado no recuperará la forma que tuvo.

Que algunas puertas deben permanecer cerradas aunque detrás de ellas también haya recuerdos felices.

Que haber querido un lugar no nos obliga a continuar llamándolo hogar cuando ya no podemos vivir dentro.

A veces conservamos la llave porque pesa menos que aceptar la pérdida.

Otras, porque el daño conocido parece más sencillo que la habitación vacía que quedaría después.

Pero una llave inútil no mantiene abierta una puerta.

Solo ocupa espacio en la mano.

Termino y vuelvo al principio.

—¿Tan mal está? —pregunta Carla.

—Estoy leyéndolo otra vez.

—Eso es porque no lo has entendido.

—Lo he entendido.

Leo el último párrafo de nuevo.

Solo ocupa espacio en la mano.

Pienso en Noah suspendido en algún lugar entre mi mejor amigo y el hombre al que llevo seis años culpando por algo que sé que no pudo evitar. En su invitación sobre la mesa. En su mano cerrada alrededor de la mía hasta que dejó de estarlo.

—Es bueno —expongo.

—No tienes que decirlo porque anoche te dejé besarme.

—Tú me pediste que lo hiciera. No tergiverses los hechos.

—Sabía que utilizarías eso.

—Pienso recordártelo durante años.

La frase sale antes de que pueda detenerla.

Durante años.

Sus ojos se quedan sobre los míos. Bajar la vista hacia su boca es un error. Acercarme sería otro, así que me obligo a regresar al texto.

—Es bueno porque no intentas decirle a nadie qué tiene que hacer —añado—. Consigues que piense en aquello que no consigue soltar.

—¿Has pensado en algo?

—Sí.

—¿En qué?

—En Noah.

—Yo también pensé un poco en él mientras lo escribía.

—No tienes derecho a utilizar mi inestabilidad emocional como material.

—Todos los escritores lo hacen.

—Todavía no eres escritora.

La frase borra su sonrisa. He tardado menos de dos segundos en estropearlo.

—No quería decir eso. —Carla intenta recuperar el portátil, pero lo sujeto por el borde—. Quería decir que todavía no te permites llamarte así.

—¿Y cómo sabes que puedo hacerlo?

—Porque acabas de conseguir que lea dos veces algo que no estaba relacionado conmigo y decida que, de algún modo, sí lo estaba.

Sus dedos permanecen sobre el ordenador, cerca de los míos.

—Eso podría deberse a tu narcisismo.

—Seguramente ha ayudado.

Consigo que vuelva a sonreír.

—Pero el texto es bueno —insisto—. Y quien te convenció de lo contrario se equivocaba.

Su mirada desciende hacia nuestras manos. Bastaría con mover la mía unos centímetros para tocarla.

El teléfono de Carla vibra sobre la mesa.

Ella mira la pantalla. Todo lo que había en su expresión desaparece. No necesito ver el nombre para saber quién es.

—¿Hugo? —pregunto.

Asiente. El teléfono continúa vibrando. Esta vez no se le cae nada de las manos ni deja de respirar. Permanece inmóvil frente a la pantalla, esperando que el nombre haga algo más que iluminarse.

—Lleva varios días pidiéndome que hablemos —explica. Dice que solo quiere disculparse. Creo que voy a contestar.

La decisión me provoca una reacción inmediata que no tengo derecho a convertir en palabras.

No quiero que responda. No quiero que ese hombre vuelva a tener acceso a su voz, a sus dudas ni a ninguna parte de ella que pueda utilizar. Tampoco quiero convertirme en otro tipo que decide qué debe hacer con su teléfono.

—¿Quieres que salga? —pregunto.

Carla me mira, sorprendida.

—¿Te importa quedarte?

—Me quedo, habla tranquila.

Acepta la llamada.

—Hola.

Su voz cambia al hablar en español. No únicamente el sonido. También el ritmo. Las palabras salen más deprisa y parecen pertenecer a una versión de ella que conozco menos.

No entiendo lo que dicen, pero escucho la voz masculina a través del teléfono, demasiado amortiguada para distinguir nada más. Carla responde con frases breves al principio.

Hugo habla durante bastante tiempo.

Me obligo a mirar el portátil. El correo continúa abierto, escribo una respuesta e inmediatamente la borro.

Ella se levanta del sofá y camina hasta el ventanal.

— No sé qué quieres que te diga, Hugo.

Reconozco su nombre y poco más.

Él vuelve a hablar. Carla se cruza un brazo delante del cuerpo. Con la otra mano sostiene el teléfono contra la oreja.

Su tono no parece asustado. Tampoco tranquilo.

Me quedo donde estoy.

— Sí, recibí los mensajes.

Otra pausa.

— Me alegro por ti .

Hugo dice algo que consigue que ella cierre los ojos.

No sé si acaba de hacerla sufrir o de recordarle algo bueno. La ignorancia resulta mucho más irritante que la verdad.

Carla se vuelve ligeramente hacia mí. Nuestras miradas se encuentran. No intervengo.

Él pregunta algo. Carla tarda en contestar.

En algún momento sonríe.

No tengo derecho a sentirme decepcionado y, aun así, encuentro la manera.

Hugo continúa hablando. La postura de Carla empieza a cambiar. Sus hombros, rígidos al principio, descienden. Se apoya contra el cristal y escucha.

Es una sonrisa pequeña y triste, pero consigue que cierre el portátil con más fuerza de la necesaria.

No estoy celoso. Estoy observando objetivamente cómo un hombre que le provocó un ataque de ansiedad consigue hacerla sonreír después de unos minutos de conversación.

Los celos serían menos razonables.

Me tenso.

No entiendo la conversación, pero reconozco el instante en que deja de pertenecerle.

—No. Sé que no querías…

Se interrumpe. Hugo habla por encima.

—Quizá yo tampoco supe explicarlo.

Tengo que apoyar las manos sobre los aros para no moverme hacia ella.