Un desastre llamado Ares Sutton 38
60%

38

​​ Carla

Anoche nos besamos lo suficiente para que hoy sea incapaz de cepillarme los dientes sin observar mi propia boca en el espejo, como si hubiese participado en un acontecimiento histórico.

Después se marchó. No de una forma dramática. No salió de mi habitación arrepentido ni afirmó que lo ocurrido había sido un error. Tampoco fingió recordar una reunión urgente a las diez de la noche.

Me besó una última vez, apoyó la frente contra la mía y dijo:

—Deberíamos parar.

Yo estaba sentada en el borde de la cama, con una mano todavía en su nuca y bastantes argumentos físicos contra aquella decisión.

—¿Deberíamos?

—Sí.

—No pareces muy convencido —argumenté.

—Estoy intentando ser responsable.

Lo miré durante unos segundos, tratando de averiguar si esperaba que le pidiera que se quedara. Una parte de mí quería hacerlo. La parte que llevaba tiempo imaginando su boca y acababa de descubrir que la realidad era considerablemente menos irritante.

La otra parte permaneció en silencio.

Me rozó la mejilla con los dedos, recogió el móvil que había dejado sobre la cómoda y se dirigió hacia la puerta.

—Buenas noches, Carla.

—¿Eso es todo?

Se detuvo.

—¿Quieres que haga algo más?

No: ¿quieres que me quede? No: ¿te importa si me voy? Ni siquiera una broma diseñada para que me sintiera culpable por detener algo que ni siquiera había decidido detener.

—No —respondí.

—Entonces eso es todo.

Se marchó a su habitación y yo me quedé en la mía, tumbada boca arriba, con el corazón acelerado y el cuerpo bastante menos dispuesto a aceptar el final de la noche que mi cabeza.

En otro momento me habría parecido extraño. Somos dos adultos, vivimos bajo el mismo techo y llevamos días acercándonos como si alguno fuese a conceder un premio al que resistiera más. Después de aquel beso, acostarnos juntos habría sido la continuación más evidente.

Pero Hugo también hablaba de continuaciones evidentes.

Para él, un beso nunca era solo un beso.

Era el principio de algo que yo ya no tenía derecho a interrumpir.

Si permitía que me tocara, había aceptado todo lo que viniera después.

Si al principio tenía ganas y dejaba de tenerlas a mitad, el problema era mío por haberlo excitado.

Si estaba cansada, triste o simplemente no quería, él convertía mi negativa en una discusión que duraba hasta que ceder resultaba más sencillo que seguir defendiendo mi propio cuerpo.

Nunca utilizaba la palabra obligar .

Decía que me deseaba. Que llevábamos demasiado tiempo sin hacerlo. Que las parejas normales no rechazaban al otro de aquella manera. Que empezáramos y ya me apetecería después.

A veces ocurría. Mi cuerpo reaccionaba aunque yo quisiera estar en cualquier otro sitio, y Hugo utilizaba esa reacción como prueba de que había tenido razón. Otras veces me quedaba quieta esperando que terminara, mientras él fingía no darse cuenta de que yo ya no estaba allí.

Durante mucho tiempo creí que eso no podía considerarse una forma de obligarme porque nunca tuvo que sujetarme. Solo necesitaba conseguir que decir que no resultara más agotador que permitirle continuar.

Anoche Ares podría haber interpretado mis besos como una invitación a quedarse.

Yo había sido quien le había pedido que me besara.

Había vuelto a acercarme cada vez que nos separábamos y tampoco habría mentido si hubiera dicho que quería más.

Pero él no dio nada por supuesto. No convirtió mi deseo en una deuda y no me hizo responsable del suyo.

Por eso, aunque una parte de mí pasó media noche recordando sus manos en mi cintura y proponiendo usos muy poco sensatos para la habitación contigua, otra consiguió dormirse con una tranquilidad que no esperaba.

Ares se había ido. Y, por primera vez, que un hombre se marchara después de besarme no se pareció a un rechazo.

Ahora son las once de la mañana del domingo y llevo veinte minutos evitando salir de mi habitación.

No por arrepentimiento. No salgo porque no sé cuál es el protocolo adecuado después de besar al hombre que me emplea, compartir con él uno de los momentos más íntimos de su vida y despedirnos como dos adolescentes sujetos a un toque de queda inexistente.

La normalidad siempre queda bien en cualquier tipo de situaciones. El inconveniente es que nuestra normalidad consiste en insultarnos antes del mediodía, discutir por objetos domésticos y fingir que ninguno observa la boca del otro. La primera parte parece viable. La última ha dejado de serlo.

Abro la puerta. La casa está en silencio.

Avanzo por el pasillo esperando encontrar a Ares en el salón, pero su silla no está junto al ventanal ni hay señales de que haya encendido la televisión.

Lo encuentro en el porche. Está de espaldas a la puerta, con el teléfono pegado al oído y la mirada fija en el mar.

—Fui un cabrón —dice.

Me detengo antes de salir. Puedo intuir con quién habla.

—No, no es una opinión —continúa—. Es una disculpa, Bennett. Intenta no estropearla. Ya sé que no querías contárselo. Reaccioné mal.

Otra pausa.

—He dicho que lo siento. No pienso acompañarlo con flores.

La voz de Noah llega amortiguada desde el teléfono. Ares mira hacia la puerta y me descubre escuchando. Ninguno aparta la vista.

—Sí —responde, todavía observándome—. También me he disculpado con Carla.

Entrecierra los ojos.

—Eso no es asunto tuyo.

No puedo evitar sonreír.

—Adiós, Noah. —Cuelga antes de que su amigo responda y deja el teléfono sobre sus piernas—. Escuchar conversaciones privadas es una costumbre muy fea.

—Estabas hablando en el porche. Compartimos acústica.

Me recorre la cara con la mirada. Sus ojos se detienen en mi boca y todo lo que ocurrió anoche regresa de golpe.

—Buenos días —indica.

—Buenos días.

—Has tardado mucho en salir.

—Estaba ocupada.

—¿Haciendo qué?

—Intentando decidir si después de un beso hay que actuar con normalidad.

—¿Y a qué conclusión has llegado?

Me apoyo en el marco de la puerta.

—A que nosotros nunca hemos sabido hacerlo.

La comisura de su boca se eleva.

—Eso facilita las cosas.

—Mucho.

Nos quedamos mirándonos, con el mar extendido detrás de él y una noche entera sin mencionar situada entre los dos. No me arrepiento de que se marchara. Tampoco quiero que crea que puede convertirlo en costumbre.