Un desastre llamado Ares Sutton 37 #2
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—Las rocas estaban mojadas. Intenté agarrarme con las manos, pero no tenía fuerza suficiente para mantenerme allí. Caí al agua de espaldas.

El sonido del mar llega amortiguado a través de la ventana. Nunca me había parecido amenazador hasta ahora.

—No podía girarme —sigue—. Movía los brazos, pero las piernas no respondían y el peso de la ropa me hundía. Cada vez que conseguía sacar la cabeza, una ola me golpeaba contra las rocas o volvía a cubrirme.

—Debiste de pensar que ibas a morir.

—No podía pensar. Solo intentaba encontrar la superficie.

Se frota el pulgar contra la palma, como si todavía sintiera en ella el agua salada.

—Noah bajó. Nunca he sabido cómo consiguió llegar tan rápido. Se metió en el agua y me agarró por debajo de los brazos. Me mantuvo la cabeza fuera hasta que llegaron los equipos de emergencia.

—Te salvó la vida.

—Yo no paraba de preguntarle por qué no podía mover las piernas. Él me decía que todo iba a salir bien, pero estaba llorando. Los dos sabíamos que no tenía ni idea de si era verdad.

Cierra los ojos durante unos segundos.

—Después empezó a pedirme perdón.

—Pero no fue culpa suya. La barandilla cedió. Intentó sujetarte y después bajó a sacarte del agua.

—Entonces ¿por qué estás tan enfadado con él?

—Porque me soltó. Durante meses soñé con ese momento. No con la barandilla rompiéndose ni con el golpe contra las rocas. Con sus dedos resbalando sobre mi muñeca. Siempre me despertaba justo cuando dejaba de sentirlos.

—No podía sostenerte.

—Podría haberlo hecho —asevera—. Sé que no es justo.

Sé que estaba a punto de caer conmigo y que hizo todo lo que pudo,  y también que después se metió en el agua para evitar que me ahogara.

Puedo enumerar todas las razones por las que no fue culpa suya y seguir viendo su mano soltándose cada vez que lo miro.

No encuentro una respuesta capaz de corregir seis años de esa imagen.

—¿Él también cree que fue culpa suya?

—Durante meses venía al hospital todos los días. Se sentaba junto a mi cama y me pedía perdón por no haberme sujetado. Yo le decía que se callara, pero volvía al día siguiente y lo repetía.

—Hasta que tú también empezaste a culparlo.

Asiente.

—Una noche le pregunté por qué me había soltado. No fue una pregunta. Quería hacerle daño.

—¿Qué respondió?

—Que lo sentía.

La injusticia de la respuesta parece dolerle incluso ahora.

—Y eso hizo que te resultara más fácil seguir culpándolo —comprendo.

—El hotel era un edificio. Una empresa. Un grupo de abogados que reconoció lo que había pasado y terminó pagando una indemnización. Noah era la única persona a la que no podía mirar a los ojos.

—Y aun así se quedó.

—Sí. Creo que aceptó mi rabia porque también necesitaba creer que podría haber cambiado lo que ocurrió. Verlo era recordar su mano. Después también se convirtió en verlo caminar, ir a la universidad, viajar, enamorarse de Maya… continuar con todos los planes que habíamos hecho juntos.

—Mientras tú sentías que tu vida se había detenido.

—No se había parado. —Su boca se tuerce—. Solo se había convertido en una vida que yo no reconocía.

—¿Por eso vives frente al mar?

Mira hacia la ventana.

—Necesito saber dónde está. Si lo veo, no puede aparecer de repente.

Lo que acaba de decir me produce un escalofrío.

Ahora comprendo por qué observa el agua desde los ventanales, pero nunca se acerca a la orilla. No eligió esta casa porque hubiera dejado de tener miedo. La eligió para mantener ese miedo delante, vigilado.

—Noah no provocó el accidente —murmuro—, pero es la única persona que recuerda contigo cada segundo.

—Fue el último que me vio de pie.

—Y el primero que te sostuvo después.

Sus ojos encuentran los míos.

—Eso no consigue que resulte más fácil mirarlo.

—No. Pero quizá explica por qué todavía lo necesitas cerca.

—No tienes que perdonarlo esta noche —añado.

—No hay nada que perdonarle.

—Entonces algún día tendrás que dejar de castigarlo por no haber podido hacer lo imposible.

—Eso ha dicho él.

—Noah parece bastante listo cuando no acusa a mapaches inocentes.

Una sonrisa cansada aparece en su boca.

—No se lo recuerdes. Sigue convencido de que aquel plan era bueno.

—Gracias por contármelo —murmuro.

—No lo he hecho para que me lo agradezcas.

—Entonces ¿por qué?

—Porque tú no estabas intentando invadirme. Solo querías comprender a la persona con la que vives y yo te he castigado por una pregunta que ni siquiera hiciste.

Extiendo una mano y la dejo sobre la suya.

—No vuelvas a mandarme a mi habitación.

—No volveré a hacerlo.

Sé que no puede prometer que nunca volverá a encerrarse ni que dejará de herir cuando tenga miedo.

Yo tampoco puedo prometer que su próxima reacción no me hará daño.

Pero esta vez ha escuchado mi llanto y ha regresado.

No para explicarme por qué tenía derecho a tratarme así, sino para contarme la verdad.

El partido habrá continuado sin nosotros y Noah estará conduciendo de regreso a una vida de la que Ares todavía no sabe si quiere formar parte.

Malibú ya no es solo una palabra que ninguno puede pronunciar.

Ahora es un hotel frente al mar, una barandilla que debería haberlo sostenido, unas rocas mojadas y dos manos que se separaron cuando ninguna de las dos quería hacerlo.

También es el agua cerrándose sobre un chico de dieciocho años mientras su mejor amigo bajaba para salvarlo.

Ares sigue aquí. Con la mano dentro de la mía. Su pulgar se mueve sobre el dorso de mi mano.

—Deberías intentar dormir —indica.

—Son poco más de las nueve.

—Has llorado. Parece agotador.

—Tenía previsto continuar hasta conseguir que te sintieras aún peor.

—Has conseguido que me sienta el tío más miserable del Universo. —Mira nuestras manos unidas. El movimiento de su pulgar se detiene, pero no me suelta.

Me acerco un poco más al borde del colchón. La separación entre nosotros disminuye hasta que puedo distinguir el cambio de color alrededor de sus pupilas.

—Yo ya lo sé —suelto de pronto.

—¿El qué? —parece confundido.

—Que quiero que me beses ahora. Y no quiero que pienses que quiero porque me hayas contado lo que ocurrió —murmuro—.

Ni porque me des pena, antes de que se te ocurra decir alguna estupidez.

Quería hacerlo antes de saber que fue en Malibú.

Quería hacerlo antes de conocer a Noah. Llevo queriendo besarte desde que me dejaste inclinada sobre ti en aquella terraza y fingiste que no se te había olvidado respirar.

La comisura de su boca se mueve, pero su mirada no abandona la mía.

—Carla, si haces esto porque estás alterada…

—Han pasado días desde el ataque de ansiedad. Esa excusa ya no te sirve.

—Encontraré otra.

—Por eso no voy a darte tiempo.

Suelto su mano y él parece creer que voy a apartarme. En lugar de eso, llevo los dedos hasta su rostro y apoyo la palma contra su mejilla.

—Quiero que lo hagas —le digo—. Quiero que me beses.

Algo se quiebra en su expresión. No es tristeza ni miedo, aunque contiene un poco de ambas cosas. Es la última resistencia que llevaba semanas construyendo entre nosotros.

—Dilo otra vez —murmura—. Quiero estar seguro.

Acaricio la línea de su pómulo.

—Bésame, Ares.

Su mano alcanza mi nuca y me acerca hacia él. El primer contacto de su boca con la mía resulta más suave de lo que esperaba. Apenas un roce, como si todavía estuviera comprobando que no voy a cambiar de opinión.

Me acerco más y vuelvo a besarlo.

Deja escapar el aire contra mis labios, su mano se cierra en mi nuca y el cuidado desaparece sin convertirse en prisa. Como si llevara demasiado tiempo imaginándolo y ahora necesitara descubrir en qué partes se había equivocado.

En bastantes, espero.

Mis dedos se deslizan desde su mejilla hasta su pelo. Todavía conserva algo de humedad en la nuca o quizá soy yo, que de pronto no sé distinguir nada salvo su boca, la presión de su mano y la forma en que pronuncia mi nombre contra mis labios cuando me separo lo suficiente para respirar.

—No pares.

Obedece. Me atrae hacia él con tanta decisión que tengo que apoyar una mano sobre su hombro para no perder el equilibrio. Su boca vuelve a encontrar la mía y algo caliente se extiende por mi pecho, muy distinto al pánico, aunque consigue acelerarme el corazón con una eficacia parecida.

Llevo días imaginando cómo besaría.

En algunas versiones era impaciente. En otras intentaría mantener el control hasta convertirlo en otra de sus competiciones ridículas.

No había previsto esto. La forma en que me sostiene como si fuera algo que desea acercar, no algo que teme perder. La pausa breve antes de cada beso, ese instante en el que me permite elegir de nuevo. El temblor casi imperceptible de sus dedos cuando se enredan en mi pelo.

Tampoco había previsto cuánto me afectaría saber que está temblando.

Me aparto apenas unos centímetros.

Ares abre los ojos.

—¿Qué ocurre? —me asusta.

—Quería mirarte.

Su mirada busca algo en mi cara.

—¿Te arrepientes? —La inseguridad vuelve a apoderarse de él.

—Han pasado aproximadamente cuarenta segundos.

—Tiempo suficiente.

—Para ti quizá. Eres joven e impulsivo.

Apoya la frente contra la mía y se ríe. El sonido me roza la boca.

Lo beso sin esperar a que vuelva a pedirme permiso y noto su sonrisa antes de que su boca se mueva sobre la mía.

Ares me sujeta por la cintura y me acerca hasta el borde de la cama.

Mi rodilla queda apoyada contra el lateral de su silla y el mundo se reduce a encontrar una posición que no nos obligue a separarnos.

Ares tropieza con mi nariz. Yo le tiro del pelo con demasiada fuerza.

Cuando por fin nos separamos, mi respiración se ha vuelto irregular y Ares mantiene la mano en mi cintura. Sus ojos están más oscuros. También parece desconcertado, como si hubiera cruzado una puerta esperando encontrar un lugar conocido al otro lado.

—¿Estás bien? —inquiero.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Preguntarme si estoy bien después de besarme. Porque puedo asegurarte que estoy de puta madre.