Un desastre llamado Ares Sutton 37
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​​ Carla

Noah llega el sábado a las seis y cincuenta y tres.

Ares mira el reloj de la televisión cuando llaman a la puerta.

—Siete minutos antes —señala.

—Podrías valorar el esfuerzo.

—Le he dicho que no llegara tarde. No que viniera a instalarse.

—Invitar amigos se te da de maravilla.

Voy a abrir. Noah espera al otro lado con las manos metidas en los bolsillos y una expresión que deja claro que todavía no está seguro de que Ares no vaya a negarlo todo.

—Has venido —digo.

—Eso parece. ¿La invitación sigue en pie?

—Has llegado puntual —responde Ares desde el salón—. Entra antes de que cambie de opinión.

Noah asoma la cabeza. Pasa a mi lado y me saluda con un beso en la mejilla. Ares observa el gesto como si estuviera valorando si también debería haber establecido normas sobre la forma de entrar en su casa.

—¿Ella se queda? —pregunta Noah.

—Vivo aquí, pero no os molestaré, tan solo deambularé por la casa como un alma en pena —le recuerdo.

—Preguntaba porque antes Ares y yo veíamos los partidos solos.

—Puede quedarse si quiere. Ha prometido preparar algo para picar y, además, está aquí por orden de mi madre —contesta, pero luego me mira y me guiña un ojo. Su tono intenta presentar mi presencia como una concesión irrelevante, pero el jueves me pidió que estuviera.

Noah ocupa uno de los sillones.

He preparado nachos y mini sándwiches variados.   Empiezo a servir la comida a los dos machos alfa que hay en el salón y después me siento en el sofá junto a Ares. No muy cerca, pero a una distancia en la que puedo alcanzarle la comida si lo desea.

El partido comienza y tres minutos después Noah protesta por una falta que el árbitro no ha señalado.

Esto va a ser divertidísimo.

—No lo ha tocado —dice Ares.

—Casi le arranca el brazo.

—Ha tropezado con sus propios pies.

—Tu problema es que siempre defiendes al equipo equivocado —comenta su amigo.

—Mi problema es que tú no entiendes las reglas.

—Jugué contigo durante seis años.

—Y sigues sin entenderlas.

Noah le lanza uno de los cojines. Ares lo atrapa antes de que le dé en la cara y se lo devuelve con tanta fuerza que Noah tiene que levantar un brazo para protegerse.

—Sigues teniendo mala puntería —se burla.

La tensión empieza a aflojarse.

No hablan de la boda ni de los años que han pasado sin verse.

Se limitan a discutir cada jugada y a recordar partidos que vieron juntos.

Ares anticipa las quejas de Noah. Noah termina algunas de sus frases.

Cuando uno de los jugadores falla dos tiros libres seguidos, los dos dicen «inútil» al mismo tiempo.

Los observo y comprendo que la amistad no ha desaparecido. Se ha quedado detenida, esperando que alguno de los dos encuentre la forma de atravesar todo lo que ocurrió después.

En el descanso, Noah ve la fotografía que hice de Ares como fondo de pantalla de su teléfono.

—¿Esa foto es reciente?

Ares lo coloca boca abajo.

—No.

—Es del jueves, y he de reconocer que me ha sorprendido que se la ponga de fondo de pantalla —intervengo.

Noah sonríe.

—Así que también consigues que se deje hacer fotografías. Lydia sabía lo que se hacía cuando te puso a cargo de este cabrito.

—Me enseñó algunas antiguas —explico—. Las de la graduación, la fiesta del mapache y vuestra etapa como delincuentes juveniles.

Noah se ríe.

—Éramos bastante gilipollas.

—Habla por ti —replica Ares.

—Tú te subiste a una mesa para explicar que la mitad de mi diploma te pertenecía.

—Porque te pasaste el año copiándome.

—Copiaba a otras personas. Tú solo eras la opción más cercana.

Ares sonríe. No es la sonrisa breve que suele aparecer antes de que decida esconderla. Esta se queda el tiempo suficiente para recordarme al chico de las fotografías.

—Había una en la playa —comento—. Estabas poniéndole cuernos detrás de la cabeza.

—Zuma Beach —responde Noah—. Fue la última vez que estuvimos allí antes de Malibú.

Ares deja de sonreír de golpe.

—¿Antes de qué? —pregunto.

—Del accidente.

—¿El accidente ocurrió en Malibú?

—Cállate, Bennett —le ordena Ares, visiblemente molesto por el tono.

—Pensaba que lo sabía —dice Noah.

—No. Siempre había supuesto que fue un accidente de tráfico.

—¿Por qué? —me pregunta Ares.

—No lo sé. Cuando alguien habla de un accidente, es lo primero que…

—Así que has estado haciendo suposiciones.

—No he estado investigándote, si es lo que estás insinuando.

—No, claro que no, solo has estado reconstruyendo mi vida con las partes que consigues encontrar.

Ares no aparta los ojos de mí, y están llenos de rabia.

—Yo no le he contado nada —se defiende Noah.

—Acabas de hacerlo.

—Solo he dicho Malibú.

—Era mi decisión contarlo.

El partido se reanuda. El público grita por una canasta que ninguno de los tres mira.

—Ha sido un error —insiste Noah.

—Otro.

Noah baja la vista, la palabra otro , le ha debido de atravesar el pecho.

—Ares —intervengo—, no le he preguntado cómo ocurrió.

—Todavía.

—Eso es injusto, porque no he hecho nada para que me trates como si estuviera traicionándote.

—Noah, vete. Sal de mi casa.

—No tienes que castigarla a ella porque yo haya dicho algo que no sabía que podía decir.

Ares coge el mando y apaga la televisión.

—He dicho que te vayas.

Noah se pone de pie despacio. Antes de dirigirse a la puerta, me mira con una disculpa visible en la cara.

—Lo siento, Carla.

—No has hecho nada —respondo.

—No contestes por mí —corta Ares.

Me vuelvo hacia él.

—No estaba contestando por ti.

—Tú también puedes irte a tu habitación. Solo quiero que desaparezcáis de mi vista.

La frase consigue dejarme sin respuesta. Noah se marcha sin despedirse. La puerta se cierra y Ares permanece frente a la pantalla apagada, con los brazos tensos y la mandíbula cerrada.

—No estaba intentando averiguar nada —digo.

—No quiero hablar contigo.

—He respetado cada vez que me has dicho que no querías contarme algo.

—Pues respétalo ahora.

—Eso estoy haciendo.

Me voy a mi habitación antes de decir algo de lo que pueda arrepentirme.

Cierro la puerta, me siento en el borde de la cama y trato de convencerme de que no me importa.

Noah ha pronunciado una palabra que no debía y él ha reaccionado contra la única persona que continuaba delante.

Puedo comprenderlo, pero hacerlo no impide que duela.

Me limpio las lágrimas con la palma de la mano. Es una respuesta desproporcionada. Llorar por un hombre de veinticuatro años que me ha enviado a mi habitación resulta desproporcionado.

Mis ojos no parecen interesados en la lógica.

Me tumbo de lado y entierro la cara en la almohada para que no se oiga. Veinte minutos después llaman a la puerta.

—Carla. ¿Puedo entrar?

Su voz suena distinta. La rabia ha desaparecido y lo que queda resulta bastante peor.

—Haz lo que quieras.

La puerta se abre. Oigo las ruedas sobre el suelo y después el silencio.

No quiero volverme. Tengo los ojos hinchados y la dignidad en algún lugar debajo de la cama.

—Estás llorando —dice.

—No pienso disculparme por haber supuesto que tuviste un accidente de tráfico.

—No tienes que hacerlo.

Me incorporo y me seco la cara.

—Tampoco estaba intentando averiguar qué te ocurrió. Has decidido cuáles eran mis intenciones sin escucharme y después me has mandado desaparecer porque no podías controlar lo que sentías.

—Tienes razón.

—No digas eso solo para que deje de llorar.

—No sé cómo conseguir que dejes de llorar.

—Podrías empezar por no ser la causa.

Apoya una mano sobre el borde del colchón.

—Lo siento.

—Noah no quería traicionarte —digo.

—También siento cómo me he comportado con él, al fin y al cabo, fui yo quien lo invitó.

—Entonces mañana tendrás que decírselo a él.

—No abuses. Una disculpa por noche.

A pesar de todo, se me escapa una risa débil. Ares observa mis ojos durante unos segundos.

—No fue un accidente de tráfico, pero eso ya lo sabes.

—No tienes que contármelo.

Él aparta la mano del colchón y la coloca sobre el aro de la silla.

—Fuimos a Malibú unas semanas después de graduarnos.

Había una fiesta en un hotel junto a la playa.

El padre de Ethan había reservado varias habitaciones para que nadie tuviera que conducir después.

La habitación de Noah tenía un balcón orientado al mar.

Salimos porque dentro había demasiada gente.

No estábamos haciendo nada. Ni saltando desde una cornisa ni intentando subir a ninguna parte.

Solo estábamos hablando. —Espero, pero tarda un poco en continuar—. Me apoyé en la barandilla y cedió.

—¿Se rompió?

—Los anclajes estaban oxidados. El hotel llevaba meses recibiendo informes sobre el deterioro de algunos balcones, pero aquella zona todavía no había sido reparada. Eso salió durante la demanda.

Ahora comprendo la indemnización. La casa, las reformas, el dinero que le permite vivir sin depender de un trabajo...

—Noah estaba frente a mí —continúa—. Cuando la barandilla cedió, consiguió agarrarme de la mano. —Baja la mirada hacia sus dedos—. Pensé que podría subir. Él estaba tumbado en el suelo, con medio cuerpo fuera del balcón, gritándome que le diera la otra mano. Lo intenté, pero estaba demasiado lejos.

Su respiración se vuelve más profunda antes de seguir contándome.

—Empecé a resbalar. Noah me sujetaba con las dos manos, pero no tenía dónde apoyarse y yo tiraba de él hacia fuera. Recuerdo sus dedos cerrados alrededor de mi muñeca y cómo se fueron desplazando.

Cierro las manos sobre la sábana.

—Y después se soltaron.

—Ares…

—Caí sobre las rocas que había debajo del hotel.

El impacto me fracturó dos vértebras y dañó la médula.

—Aparta la mirada—. No perdí el conocimiento.

Eso habría sido más fácil. Recuerdo el golpe.

Recuerdo intentar moverme y no poder. Al principio pensé que era por el dolor, que mi cuerpo reaccionaría si esperaba unos segundos.

—Pero resbalaste hasta el agua.

Me mira.

—¿Cómo lo sabes?

—Por aquello que me dijiste de que te cuesta meterte en el agua.

Su mandíbula se tensa, aunque no me corrige.