Un desastre llamado Ares Sutton 36
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​​ Ares

La invitación de Noah continúa sobre la mesa cuando esa noche empieza el tercer episodio de El príncipe de Bel-Air .

Carla está tumbada en el sofá con los pies descalzos sobre uno de los cojines y yo permanezco junto al otro extremo.

Ninguno presta demasiada atención a la televisión.

Ella mira el sobre cada vez que cree que no me doy cuenta y yo llevo veinte minutos fingiendo que el nombre de Noah no está escrito a menos de un metro.

En la pantalla, Carlton aparece con un jersey estampado que debería considerarse delito en varios estados.

—Ese podrías ser tú —dice Carla.

—Tiene tu misma capacidad para resultar irritante antes de abrir la boca.

—No sabes cómo soy antes de abrir la boca.

—Te he visto dormirte viendo una película. Incluso inconsciente pareces estar juzgando el guion.

Cojo el mando y subo el volumen. Ella lo baja poco después.

—¿Cómo es Maya? —consulta.

—Una persona.

—Gracias. Ya puedo visualizarla perfectamente.

—Es morena. Estudió con Noah. Creo.

—¿Crees?

—Me habrás oído decir esta mañana que solo la vi dos veces. Así que no puedo darte una descripción precisa de cómo es esa chica.

Carla se incorpora un poco.

—¿Tienes alguna foto?

—Probablemente.

Cojo la tablet de la mesa auxiliar y abro la galería. Las fotografías recientes aparecen primero: capturas de campañas, documentos de trabajo, el porche y varias imágenes que hice durante la reforma para enviárselas al señor Smith.

Tengo que retroceder años.

La aplicación tarda unos segundos en cargar el contenido almacenado en la nube. Aparecen carpetas que no abro desde antes de mudarme.

Encuentro una titulada Graduación .

Debería cerrar la galería. En lugar de eso, pulso sobre ella.

La primera fotografía muestra a Noah con la toga de graduación, abrazado a sus padres. La siguiente es de Maya colocando bien el birrete sobre su cabeza.

—Es ella —digo.

Le tiendo el dispositivo y amplía la imagen con los dedos.

—Es guapa.

—Supongo.

—No digas tonterías. Tú también lo sabes.

Después aparecemos los dos frente al instituto, vestidos exactamente igual y levantando nuestros diplomas hacia la cámara.

—Así que también era tu graduación —dice Carla.

—Íbamos a la misma clase.

Pasa a la siguiente fotografía sin preguntar. Aparecemos Noah y yo en la terraza de The Breakwater. Él conserva la toga, aunque lleva el birrete torcido. Yo tengo un brazo alrededor de su cuello y una copa levantada hacia la cámara.

Tenía dieciocho años. Estoy bronceado, llevo el pelo más largo y sonrío enseñando todos los dientes, como si alguien me hubiese contado un chiste justo antes de hacer la fotografía. Todavía no conocía ninguna razón para contenerme.

—Tenías el pelo horrible —dictamina.

—Era tendencia.

—También lo fue depilarse las cejas hasta dejarlas en estado crítico y no pienso defenderlo.

Pasa otra imagen. Estoy de pie sobre una mesa, pronunciando el discurso que Noah ha mencionado esta mañana. Tengo una servilleta metida en el cuello de la camisa y varias personas se ríen a mi alrededor.

—Dios mío —murmura—. Eras uno de esos.

—¿Uno de cuáles?

—De los que creían que una fiesta no empezaba hasta que ellos llegaban.

—No lo creía. Era un hecho.

—¿Qué estabas diciendo?

—No me acuerdo —miento. Me acuerdo perfectamente. Estaba explicando que Noah había conseguido graduarse gracias a copiarme durante varios cursos y que, por lo tanto, la mitad de su título me pertenecía.

Carla continúa pasando fotografías.

Yo jugando al baloncesto en una pista exterior. Noah sentado sobre mis hombros dentro de una piscina. Un grupo de amigos alrededor de una hoguera. Una fiesta en una casa que no reconozco hasta que veo la ventana rota detrás de nosotros.

—¿Esta es la del mapache? —señala.

—Sí.

—Me imaginaba algo más sofisticado. Al menos disfraces.

Sonríe y pasa a la siguiente.

Estoy junto al mar, con una tabla de surf bajo el brazo. Después aparezco corriendo con Noah por el paseo. En otra imagen llevo una medalla que probablemente no merecía porque solo había seis participantes en mi categoría.

Carla deja de hacer comentarios. Cuanto más callada permanece, más consciente soy de la distancia entre el hombre de las fotografías y yo.

Ella mira una imagen. Después me mira a mí y vuelve de nuevo a la pantalla.

—Llevas cinco minutos haciendo eso. Mirarlo a él y después mirarme a mí.

Su expresión cambia.

—Estoy comparando.

La palabra encuentra exactamente el lugar que temía.

—No hace falta. Ya sé quién sale perdiendo.

Ella frunce el ceño.

—¿Perdiendo en qué?

—Ese tipo entraba en cualquier sitio sin preguntarse primero si iba a poder moverse por él.

—También llevaba el pelo como un cantante de una banda adolescente. Y utilizaba esa misma cara de superioridad. —Amplía una de las fotografías—. Sigues haciendo exactamente ese gesto.

—No soy el mismo.

—Claro que no. Han pasado seis años.

—No me refiero a eso.

Lo sabe. Ve al chico de dieciocho años de pie, rodeado de amigos y convencido de que el futuro es algo que le pertenece. Después me mira a mí y tiene que completar por su cuenta todo lo que falta entre ambas imágenes.

—No necesito que intentes hacerme sentir mejor —añado.

—No lo intento. No estoy contemplando al hombre que podrías haber sido.

—Entonces ¿qué estás mirando?

Carla apoya la tablet sobre sus piernas.

—Las partes de ti que llevabas escondiendo desde que llegué.

—Ese chico ya no existe.

—No del todo —admite—. Pero nunca ha desaparecido. Con el tiempo, todo el mundo cambia de un modo u otro.

Señala la fotografía de la graduación.

—Aquí estás presumiendo.

—Tenía motivos.

—Sigues haciéndolo. Aquí estás intentando que todo el mundo mire hacia ti.

—Estaba dando un discurso.

—Y ahora consigues lo mismo fingiendo que quieres que nadie te moleste —afirma.

—Eso no tiene sentido.

—Contigo casi nada lo tiene.

Pasa a una imagen en la que Noah se ríe junto a mí. Yo no miro a la cámara. Lo estoy mirando a él.

—También sigues haciendo esto —apunta—. Vigilar a las personas que te importan cuando crees que no se dan cuenta.

Dejo de mirar la fotografía.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Probablemente no. Pero sé que esta mañana recordabas con quién quería casarse Noah y lo que dijiste en vuestra graduación.

Después llega al final del álbum. La última imagen está fechada pocas semanas antes del accidente. Noah y yo aparecemos en la playa, con el mar detrás. Él levanta dos dedos sobre mi cabeza y yo estoy a punto de empujarlo fuera del encuadre.

No hay ninguna fotografía después.

—Ya has visto suficiente —digo.

—No. Falta una. —Saca su teléfono.

—Ni se te ocurra.

Abre la cámara y me apunta.

—¿Puedo?

La pregunta me detiene. Decir que no es la opción fácil. Ella bajaría el móvil y la galería seguiría terminando seis años atrás, en una playa donde todavía no había ocurrido nada.

—Haz lo que quieras.

—Eso no es un sí.

La miro.

—Sí.

Toma la fotografía. No sonrío. Llevo una de mis camisetas negras a modo de pijama y tengo una postura rara.

—Bórrala. He salido mal.

—No. Has salido como eres ahora.

No sé si con eso pretende tranquilizarme. Pero lo que sí consigue es que se acerque, apoye su mejilla junto a la mía y cambie a la cámara frontal.

—¿Qué haces?

—Mejorarla.

—No pienso sonreír.

—Ya lo sé.

Hace la fotografía justo cuando vuelvo la cabeza para protestar. En la imagen no miro el objetivo, la miro a ella.  Contempla el resultado y sonríe como si acabara de encontrar algo.

—Esta sí.

—Salgo de perfil —protesto.

—No importa.

—Y tú tienes los ojos cerrados.

—Porque estoy sonriendo.

Intento quitarle el teléfono, pero lo aparta.

—Voy a enviártela.

—No la quiero.

—Entonces no la mires.

El móvil vibra unos segundos después. No abro el mensaje. Carla vuelve a recostarse en el sofá y sube el volumen de la televisión. En la pantalla, Will entra en una habitación y todas las miradas se vuelven hacia él.

La tablet permanece apagada en mis manos, aunque todavía puedo ver reflejadas sobre el cristal las dos versiones de mí que Carla acaba de observar.

El chico que daba por hecho que siempre habría una fotografía siguiente. Y el hombre que lleva seis años evitando aparecer en ninguna.

Mi teléfono vuelve a vibrar por un email de spam   y me obligo a mirar la foto que me ha enviado.

Ella está sonriendo con los ojos cerrados. Yo la observo como antes miraba a Noah en las fotografías, pendiente de alguien que cree que no me doy cuenta.

No me reconozco del todo. Pero tampoco parezco alguien que haya desaparecido.

Carla vuelve a prestar atención a la televisión. Yo abro la conversación con Noah. Su último mensaje es de hace seis meses.

Si algún día decides dejar de comportarte como un imbécil, sigo teniendo el mismo número.

Lo lógico sería cerrar la conversación, borrar su número y simular que verlo hoy y rememorar nuestras fotos no me ha afectado en absoluto, en lugar de eso, escribo:

Lakers contra Celtics. Sábado a las siete.

Me quedo mirando la frase. Parece demasiado parecida a una invitación cordial, así que añado:

Si llegas tarde, no entres.

La respuesta aparece antes de que pueda arrepentirme.

Llevo seis años esperando. Creo que puedo llegar puntual.

Bloqueo el teléfono.

—¿Qué has hecho? —pregunta Carla.

—Nada. He invitado a Noah a ver el partido del sábado.

Carla se incorpora.

—¿En serio?

—Por favor, pasa por alto decirme que estás orgullosa de mí. Resulta ofensivo.

—No iba a decirte eso, tan solo que me hace gracia que necesites un partido de baloncesto para mantener una conversación con tu mejor amigo.

—No vamos a mantener una conversación. Vamos a ver el partido. Y tú si quieres puedes quedar con Amanda, o quedarte con nosotros.

—¿No será una reunión privada de hombres que llevan seis años evitando hablar de sus sentimientos? Porque me temo que Amanda ha vuelto a marcharse por trabajo.

—Precisamente por eso necesito un testigo.

Carla vuelve a recostarse.

—Entonces me veré el partido con vosotros y prepararé aperitivos, como si fuera una novia falsa funcional.

En la televisión, Will y Carlton discuten por algo que ninguno de los dos recordará al terminar el episodio.

No he perdonado a Noah. Tampoco he decidido hablar de Malibú ni asistir a su boda. Solo lo he invitado a ocupar durante un par de horas un lugar que antes le pertenecía sin necesidad de pedir permiso.

De momento, eso ya es demasiado.