Un desastre llamado Ares Sutton 35
55%

35

​​ Carla

Esta mañana sé que ha estado entrenando porque lo he oído moverse en el porche, mientras yo he aprovechado para hacer la colada.

Tiene el pelo todavía húmedo tras la ducha y lleva el polo verde que compramos ayer.

No menciono que yo lo elegí ni reconoce que le queda mucho mejor que sus siete camisetas negras. Me limito a mirarlo el tiempo suficiente para que se dé cuenta.

—Ni se te ocurra —advierte.

—No he dicho nada.

—Estás poniendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La de creer que tenías razón.

—No necesito una cara para eso. —Hago un ademán con la mano.

Se impulsa hacia el ventanal y comprueba su reflejo en el cristal con un gesto que intenta disimular recolocándose el cuello.

—Te queda muy bien —admito.

—Me he vestido con lo primero que había.

—Claro. Y casualmente has encontrado una de las bolsas que dejaste anoche sin abrir.

Antes de que pueda responder, llaman a la puerta.

Los dos miramos hacia la entrada.

—¿Esperas a alguien? —pregunto.

—No. Quizá sea una de las mujeres atraídas por el polo.

—Entonces le diré que vuelva cuando haya terminado mi turno.

Voy a abrir mientras decido qué objeto de la casa utilizaré para eliminarlo del planeta.

Al otro lado hay un hombre alto, rubio y de hombros anchos. Lleva un sobre color crema en una mano y las llaves del coche en la otra. Al verme, comprueba discretamente el número de la casa.

—¿Está Ares?

—Depende. ¿Vienes a venderle algo?

—No.

—¿A asesinarlo?

—Tampoco.

—Entonces tienes bastantes posibilidades de que esté.

Oigo acercarse la silla detrás de mí.

—Carla, ¿quién…?

Se detiene. El desconocido deja de mirarme. Durante un segundo ninguno de los dos habla.

—Noah —indica Ares.

Su nombre no suena como durante el apagón. Entonces pertenecía a noches de fiesta, desayunos de madrugada y un mapache acusado injustamente. Ahora ya tiene una forma concreta.

—Hola —responde Noah.

Ares apoya las manos sobre los aros.

—¿Qué haces aquí?

—Yo también me alegro de verte. —Noah sostiene su mirada. Hay demasiada costumbre en la forma en que soporta su hostilidad.

—Te he llamado. Y no has contestado.

—Eso suele indicar que alguien no quiere hablar.

—Contigo nunca se sabe. También puede significar que has perdido el teléfono debajo del sofá y prefieres comprar otro antes que buscarlo.

Una sonrisa aparece en la cara de Ares antes de que consiga impedirlo. Dura muy poco, pero su amigo la ve.

—Sigues siendo estúpido —murmura Ares.

—Y tú sigues sin contestar mis llamadas.

—Pero el polo es nuevo —intervengo.

Los dos vuelven la cabeza hacia mí. Quizá no era el mejor momento.

—Carla vive aquí —explica Ares.

No dice que trabajo para él. Tampoco quién soy exactamente. La omisión me produce una satisfacción que decido analizar en otra vida.

—Carla Domènech —me presento.

—Noah Bennett. —Nos estrechamos la mano.

—¿Vas a dejarlo en la puerta? —averiguo.

—Todavía no lo he decidido —contesta Ares.

Noah levanta ligeramente el sobre.

—Solo será un momento.

Me aparto y no protesta. Noah entra con la cautela de quien conoce a la persona que vive aquí, pero no está seguro de seguir teniendo derecho a ocupar su espacio.

Sus ojos recorren el salón y Ares gira la silla hacia él.

—¿Qué quieres?

—Fingir durante dos minutos que no han pasado dos años y medio desde la última vez que nos vimos.

—Podríamos. Pero sería aparentar.

Noah aprieta la mandíbula. Después se sienta en uno de los sillones y deja el sobre sobre la mesa.

El nombre de Ares Sutton está escrito a mano en la parte delantera.

—Me caso —anuncia.

Ares no reacciona de inmediato. Mira el sobre. Después a Noah.

—Enhorabuena, querías casarte antes de los treinta.

Noah parpadea, sorprendido.

—Veo que te acuerdas.

—Tengo buena memoria.

Reconozco la frase. Esta vez no sirve para esconder que cuenta días, sino años.

—Es en octubre —continúa Noah—. Una ceremonia pequeña.

—¿Con Maya?

—Sí.

—Pensaba que lo habíais dejado.

—Volvimos hace dos años.

Ares asiente despacio.

—No lo sabía.

No es una acusación, pero Noah la recibe como si lo fuera.

—Habrías tenido que contestarme para saberlo.

Ares aparta la mirada.

—Podías haberlo escrito en un mensaje.

—Lo hice.

—No leo mensajes largos.

—Tenía seis palabras.

—Demasiadas.

Noah deja escapar el aire.

—No quería enviarte la invitación por correo ni que te enteraras por otra persona.

—Pues bien, ya me he enterado —suelta con cierta hostilidad.

—Ares —le reprende su amigo.

—¿Qué quieres que diga?

—Que te alegras por mí, o que te alegras de verme al menos y de que me vaya todo bien.

—Me alegro mucho por ti, ¿contento?

El sobre permanece entre los dos como algo que ninguno quiere tocar.

—Quiero que vengas —añade Noah—. No lo digo por cumplir. He venido hasta aquí.

—Vives a cuarenta minutos.

—Cincuenta y cinco con tráfico, y me he tenido que enterar de dónde vives por tu madre.

Ares vuelve a mirar la invitación.

—No prometo nada.

—No te estoy pidiendo una promesa.

—Entonces ¿qué me estás pidiendo?

Noah tarda demasiado en responder.

—Que dejes de castigarme.

Ares se queda estático. Sus dedos se cierran alrededor de los aros.

—No hagas esto aquí —le pide.

—Nunca me dejas hacerlo en ninguna parte, Ares.

—Porque no quiero hablar del tema.

—Han pasado seis años.

—Sé cuánto tiempo ha pasado, gracias.

Noah baja la voz.

—Yo también estaba allí.

La frase me atraviesa antes de que pueda comprenderla del todo.

Por primera vez desde que Noah ha llegado, parece no tener ninguna respuesta preparada. Todo lo que existe entre ellos se concentra en ese silencio: afecto, culpa, resentimiento y una intimidad que alguna vez debió de resultar sencilla.

Pienso en el apagón.

Con Noah es diferente, pero no quiero ahondar en ese tema.

No quiero quedarme mirando cómo intentan hacerse daño.

—Voy a salir al porche —anuncio mientras recojo mi libro—. Podéis utilizar el salón para esta competición de hombres incapaces de expresar emociones.

Noah me mira y Ares entrecierra los ojos.

—No estamos compitiendo —protesta.

—Entonces vais empatados.

Paso junto a ellos, pero me detiene.

—No tienes que irte.

No sé si me lo dice porque no necesita intimidad con Noah o porque no quiere quedarse a solas con él.

Dejo el libro otra vez sobre el sofá.

—Bien.

Noah observa el intercambio con demasiada atención.

—La boda será en una finca cerca de Santa Bárbara —explica, cambiando de tema—. Cincuenta invitados. Nada enorme. Maya también se acuerda de ti.

—Solo me vio dos veces.

—Fueron suficientes.

—Eso no habla bien de ella.

Noah sonríe.

—Recuerda tu discurso en la graduación.

—Estaba borracho.

—Precisamente por eso se acuerda.

—No pienso hablar en tu boda —le advierte.

—Primero tendrás que venir.

—No me presiones.

—Algunas cosas no cambian. —Una sonrisa breve aparece en la boca de Ares.

Por fin consigo verlos como debieron de ser antes del accidente. Dos chicos que conocían todas las versiones del otro y estaban convencidos de que siempre sabrían encontrarse. Después baja la mirada y el instante desaparece.

Noah se pone de pie.

—Me voy.

Ares no intenta detenerlo.

Lo acompaño hasta la entrada. Antes de salir, Noah mira por encima de mi hombro.

—Me alegro de conocerte —me dice.

—Igualmente.

Vacila.

—¿Puedes decirle que…?

—No —suelto categóricamente y Noah me observa, sorprendido—. Si quieres decirle algo, díselo tú. Si quieres que haga algo, tendrás que pedírselo tú.

Su expresión cambia. Creo que acaba de comprender por qué Ares todavía no me ha arrojado al océano.

—Tienes razón.

—No se lo cuentes. Está convencido de que nunca la tengo. —Sonríe y eleva la voz.

—Nos vemos, Ares.

La respuesta tarda unos segundos.

—Adiós, Noah.

Cierro la puerta.

Cuando regreso, continúa en el mismo lugar.

—No voy a preguntarte qué ocurrió. Ni si vas a ir a la boda —señalo.

—Mejor.

Recojo mi libro, pero no llego a marcharme.

—Era mi mejor amigo. A veces creo que sigue siéndolo —murmura.

—Puedes hablarme de ello cuando quieras.

Asiente, aunque no sé si algún día lo hará.

Finalmente rompe el sobre y saca la invitación. La mira con una expresión que no sé interpretar. No está molesto, pero tampoco contento. Más bien alguien a quien acaban de invitar a una boda y, al mismo tiempo, a regresar a una vida que todavía no sabe si le pertenece.