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Carla
Han pasado cuatro días desde el ataque de ansiedad y tres desde que le conté a Amanda una versión bastante poco digna de los acontecimientos.
La conversación duró casi dos horas. Empezó con el mensaje de Hugo, continuó con Ares respirando conmigo en el porche y terminó, por alguna razón difícil de justificar, con la erección del restaurante.
Amanda hizo muchas preguntas, y llegó a la conclusión de que estoy viviendo dentro de una novela romántica y que mi única obligación moral es besar al protagonista.
Le recordé que los protagonistas de las novelas no suelen discutir por el alcance de los estantes ni llamar «ataque acústico» a una versión internacional de una canción. Y que técnicamente, soy su empleada.
No pareció considerarlo un obstáculo.
Ahora estamos en un centro comercial porque he decidido que necesita ropa nueva.
Él sostiene que no, obviamente.
—Tienes siete camisetas iguales —le recuerdo mientras salimos de la tercera tienda.
—No son iguales.
—Es verdad. Cuatro son negras y tres son de un negro ligeramente distinto.
Lleva sobre las piernas las bolsas con dos camisas, un polo verde oscuro y una sobrecamisa gris que ha aceptado comprar después de verme amenazar con entrar en el probador y ponérsela yo.
—La ropa negra combina con todo.
—Especialmente con más ropa negra.
—Me queda bien.
Eso no puedo discutirlo. Hoy lleva una de sus camisetas habituales, ajustada sobre los hombros, y el recuerdo de verlo entrenar en el porche continúa teniendo efectos poco compatibles con una relación laboral.
—Estoy introduciendo cambios poco a poco. Si te propongo estampados podías entrar en shock . Así que da gracias a que estoy siendo considerada.
Nos detenemos en un local de zumos de la planta superior. Él pide una macedonia grande y yo otra más pequeña. Encontramos una mesa junto a la barandilla, desde la que se ve la gente avanzar por la planta inferior cargada de bolsas.
Deja las compras en la silla libre.
—No entiendo por qué comprar ropa te hace tanta ilusión.
—Porque es la primera vez que lo hago contigo y he conseguido que entres en un probador sin rechistar.
—No he entrado voluntariamente. Me has perseguido con una camisa.
—Y has salido guapísimo.
Hunde la cuchara en la macedonia.
—Ya lo era antes.
—Por lo que veo tu modestia sigue intacta.
—Por suerte.
Pruebo un trozo de mango mientras él aparta una uva con expresión desconfiada.
—¿Qué te ha hecho esa uva? —Levanto una ceja curiosa.
—Está arrugada.
—Todos nos arrugamos.
—Tú sabrás.
—¿Qué significa eso? —Levanto el mentón ofendida—. ¿Acabas de insinuar que soy mayor?
—He señalado que posees conocimientos sobre el envejecimiento.
—Tengo veintiocho años.
Deja la cuchara suspendida sobre el recipiente.
—¿Veintiocho?
—Sí.
—Pensaba que tenías veintisiete.
—Los cumplí antes de venir.
Hace un cálculo rápido. Lo veo en sus ojos.
—Cuatro años —concluye.
—Enhorabuena. El sistema educativo estadounidense no te ha abandonado por completo.
—Eres cuatro años mayor que yo.
—Gracias por repetírmelo. No lo había comprendido la primera vez.
Se recuesta en su silla y me observa con una atención exagerada.
—Señora Domènech —dice, pronunciando mal mi apellido, lo que me hace gracia.
—No vuelvas a llamarme así.
—¿Necesita que le acerque la fruta, señora Domènech?
—Necesito que te atragantes con ella.
—La agresividad no es buena para la tensión.
Le lanzo una servilleta. Le cae sobre el hombro y él sonríe mientras la retira.
—Eres idiota.
—Respete a sus jóvenes, señora.
—Solo te saco cuatro años —protesto.
—Cuando yo nací, tú ya tenías una vida.
—Tenía cuatro años. Mi vida consistía en intentar comer plastilina.
—Mientras yo aprendía a andar, tú empezabas el colegio. —Vuelve a mirar la macedonia y separa un trozo de piña del resto.
—¿Te parece mucho? —indago.
—A mí no.
—Pero crees que a mí sí.
—No sé lo que piensas. —Se encoge de hombros.
—Eso nunca te ha impedido discutir conmigo.
—Quizá prefieres a hombres mayores.
—O a hombres que no compran siete camisetas iguales.
—Entonces esto no tiene futuro.
Sonrío, pero él no termina de hacerlo. La inseguridad se oculta tan bien detrás de sus comentarios que sería factible pasarla por alto. No le preocupan cuatro años. Le preocupa lo que puedan representar.
—No eres un niño . No te veo como alguien a quien tenga que enseñar a vestirse —continúo, señalando las bolsas—, aunque hoy las pruebas indiquen lo contrario. Tampoco necesito cuidarte porque seas más joven.
—No necesito que me cuides por ningún motivo. Ya tengo bastante experiencia tomando mis propias decisiones.
No sé por qué la palabra experiencia parece pesar más que las demás.
—Entonces estamos de acuerdo.
Ares asiente, pero continúa mirando la fruta. De repente comprendo que la edad solo ha abierto una puerta hacia algo que ya estaba allí. Teme que lo vea demasiado joven. No únicamente por los años, sino por todo lo que cree que se ha perdido mientras el resto avanzábamos.
No sé cuánto hay detrás de esa expresión y no voy a obligarlo a explicarlo en mitad de un centro comercial.
Cojo una fresa de su recipiente.
—¿Qué haces?
—Comprobar si la fruta de los jóvenes sabe diferente.
Cojo otra y él aparta la macedonia.
—Compórtese, señora.
—Vuelve a llamarme señora y utilizaré esa sobrecamisa para estrangularte.
Esta vez se ríe y me inclino sobre la mesa.
—Cuatro años no cambian nada. Y el polo verde te queda increíble. Aunque quizá deberíamos devolverlo.
Frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Podrías atraer a mujeres demasiado viejas para ti. A tu edad se toman decisiones impulsivas.
—Como contratarte.
—Eso lo hizo tu madre.
El ruido del centro comercial se aleja hasta convertirse en un murmullo. Recuerdo su cara a pocos centímetros de la mía en el porche. La promesa contenida en aquel no esta tarde . La forma en que aseguró que, si al día siguiente seguía queriendo besarlo, no se detendría tan cerca.
Han pasado cuatro días y sigo queriendo.
Ares baja la vista hacia mi boca, pero una familia se instala en la mesa contigua y el momento se deshace antes de llegar a ninguna parte.
Me reclino en la silla.
—Nos queda otra tienda. Necesitas pantalones.
—Tengo pantalones.
—Levántate, muchacho.
Sus ojos se estrechan.
—Ten cuidado, señora Domènech. El humor negro no es lo tuyo.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia. Tengo veinticuatro años y una capacidad excelente para tomar malas decisiones.
—Tendré que vigilarte.
—No necesito que me vigiles. —Recoge las bolsas y se impulsa hacia atrás—. Pero puedes mirar todo lo que quieras.
Se aleja antes de que encuentre una respuesta.
Me quedo sentada con la cuchara en la mano, observándolo avanzar hacia la siguiente tienda con una seguridad bastante irritante.
Cuatro años no son nada. El problema es todo lo que Ares consigue hacerme imaginar en menos de cuatro segundos.