33
Ares
La cuarta vez que levanta la vista del libro, dejo de fingir que no me doy cuenta.
Está sentada en uno de los sillones del porche delantero, con las piernas recogidas, un vaso de limonada sobre la mesa y una novela abierta que lleva varios minutos sin cambiar de página.
Yo tengo una banda de resistencia anclada a una de las columnas. La sujeto con las dos manos y tiro de ella hacia el pecho, manteniendo los codos pegados al cuerpo. El movimiento resulta familiar. Espalda recta, hombros abajo, tensión controlada.
Vuelve a mirar. Esta vez sus ojos se detienen en mis brazos.
—¿Está interesante? —pregunto.
Baja la vista hacia el libro.
—Muchísimo.
—Llevas diez minutos en la misma página. —Suelto la banda despacio—. ¿Cuántas veces necesitas leerla?
—Las necesarias para comprender todos sus matices.
—¿Y los matices están en mi camiseta?
La comisura de su boca se mueve.
—No sé de qué hablas.
—Estoy seguro de que sí lo sabes.
Cambio la posición de la banda y empiezo otra serie. Ella se hunde un poco más en el sillón, como si la novela pudiera esconderla. Noto su mirada antes de volver a verla. Me recorre los hombros, baja por mis brazos y desaparece en cuanto giro la cabeza.
Después de la terraza, de su cuerpo sobre el mío, descubrir que me observa mientras entreno parece una idea peligrosa pero justa. Yo llevo días mirando su boca como si escondiera información importante.
—¿Quieres que me vaya? —consulta.
—No.
—Entonces deja de vigilar si leo.
—Tú estás vigilando cómo entreno.
—Estoy sentada en el porche, bebiendo limonada y cultivándome frente al mar.
Tiro de la banda con más fuerza de la necesaria.
—Lee —ordeno.
—Entrena.
Obedece durante aproximadamente treinta segundos. Cuando vuelvo a mirarla, está bebiendo limonada. El borde del vaso toca su labio inferior y sus ojos continúan sobre mí.
—Vas a lesionarte —señala.
—Sé lo que hago.
—Te estás esforzando más desde que he salido.
—Eso no es verdad —protesto.
—Antes no hacías esos ruidos.
—Estoy respirando.
—De una forma muy masculina.
—¿Existe una forma masculina de respirar?
—Acabas de demostrarla.
Cambio de ejercicio para no sonreír. Engancho la banda a menor altura y empiezo a trabajar los tríceps. Los músculos de los brazos protestan por el esfuerzo acumulado, pero conozco la diferencia entre el dolor útil y el que avisa de que debo detenerme.
Ella vuelve al libro y pasa una página.
Al menos esta vez recuerda hacerlo.
—¿Entrenabas así antes? —cuestiona.
—Antes entrenaba las piernas.
—Gracias por la aclaración anatómica.
—Jugaba al baloncesto, corría y hacía pesas.
Ahora necesito los brazos para casi todo, así que procuro no destrozarme los hombros.
Es una de las pocas cosas que siguen consiguiendo que mi cabeza se calle durante un rato.
Pero funcionaba mejor antes de tener público.
Además, me miras como si estuvieras considerando la posibilidad de volver a causar problemas.
—La banda se me escapa unos centímetros.
—Cuidado —indica.
—Deja de distraerme.
—No estoy haciendo nada. —Sonríe al punto que su móvil vibra sobre la mesa.
Deja el libro abierto sobre sus piernas, coge el móvil y mira la pantalla. Después, el vaso se le escapa de la mano. Cae contra las tablas del porche y se rompe. La limonada se extiende bajo la mesa entre varios pedazos de cristal.
No reacciona, continúa mirando el teléfono.
—Carla.
No levanta la cabeza. Desbloqueo la silla y avanzo hacia ella. Cuando llego al otro lado de la mesa, veo el nombre sobre la pantalla.
Hugo.
Debajo aparece el principio de un mensaje. Reconozco el nombre, pero no entiendo el contenido: está en español.
Bloquea el móvil, pero le tiembla tanto la mano que casi se le cae también. Aspira con fuerza. El aire apenas llega a entrar antes de que intente hacerlo otra vez. Sus hombros se elevan. Una mano se cierra sobre el teléfono y la otra busca el borde del sillón.
—No puedo respirar.
—Sí puedes. Aunque ahora no lo parezca.
Niega con la cabeza.
—No.
Me acerco, pero me detengo antes de tocarla.
—¿Quieres que me quede aquí?
Asiente con rapidez. Miro los cristales. Lleva unas sandalias, pero uno de sus pies ha quedado demasiado cerca del vaso roto.
—Hay cristales delante de ti. No te levantes todavía.
Carla baja la vista, como si no hubiera reparado en ellos. Su respiración se acelera aún más.
—No puedo… Ares, no puedo.
—No tienes que hacer nada. Escúchame.
Inspiro despacio, de forma deliberada, lo bastante fuerte para que pueda oírme. Mantengo el aire un momento y después lo dejo salir.
Intenta seguirme, pero no lo consigue.
Repito la respiración. Ella vuelve a intentarlo, pero el aire se le rompe a mitad de camino.
No cuento segundos ni le ordeno que se calme. Tampoco intento convencerla de que no ocurre nada. Sea lo que sea lo que hay en ese mensaje, para su cuerpo está ocurriendo ahora.
Su teléfono vibra de nuevo. Se sobresalta y deja escapar un sonido ahogado.
Mira la pantalla.
Después me tiende el móvil.
—Quítamelo.
No lo cojo todavía.
—¿Quieres que lo guarde?
—Sí. Por favor.
Lo dejo boca abajo sobre la mesa situada al otro extremo del porche, lejos de ella y también de mí.
—Ya está.
Carla cierra los ojos. Vuelvo a acompasar la respiración. Esta vez consigue seguirme hasta el final.
—Bien —murmuro.
Su boca tiembla y creo que va a llorar. En lugar de eso, suelta un sonido pequeño que se parece a una risa. La tensión de sus hombros empieza a ceder. Afloja la mano que había cerrado sobre el sillón y extiende los dedos con dificultad.
—Me hormiguean —expone.
—Es por haber respirado demasiado rápido. Se pasará.
—¿Cómo lo sabes?
—He tenido muchos ataques de ansiedad. Aunque no lo creas también tengo sistema nervioso.
Esta vez se ríe de verdad. Solo dura un segundo, pero su respiración consigue recuperar el ritmo sin mi ayuda. Recojo el libro de sus piernas y lo dejo a un lado.
—Tenemos que alejarte de los cristales.
Carla mira el suelo.
—Puedo levantarme.
—Espera.
Aparto con la rueda uno de los trozos que ha quedado más cerca. Después me coloco frente a ella, dejando suficiente espacio para que pueda rodear el charco sin pisarlo.
—Apóyate en mis hombros si estás mareada.
—No estoy…
Intenta incorporarse y vuelve a caer contra el respaldo.
—Un poco —admite.
Me acerco más.
Carla coloca una mano sobre mi hombro. La otra queda suspendida en el aire durante un momento.
—¿Puedo?
—Sí.
Apoya las dos manos sobre mí. Yo sujeto su cintura para estabilizarla mientras se pone de pie.
Carla rodea los cristales, pero al dar el último paso pierde el equilibrio. Acaba inclinada sobre mí, con las manos todavía en mis hombros y la cara demasiado cerca.
No quiero que la próxima vez se aparte.
Su respiración sigue siendo irregular, aunque ya no sé si se debe al ataque.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí.
Continúo sujetándola por la cintura.
—¿Segura?
—Ahora mismo no estoy segura de nada.
Carla se sienta en el otro sillón mientras voy a buscar una escoba. Cuando regreso, continúa en la misma posición, con los brazos alrededor del cuerpo y la mirada perdida en las tablas del porche.
—No tienes que recogerlo tú —dice.
—Quiero hacerlo, y la escoba la he cogido yo.
Recojo parte de los cristales como puedo y me acerco a la mesa donde dejé el móvil.
—¿Lo quieres?
Carla tarda en responder.
—Sí.
Lo recojo y se lo tiendo sin mirar la pantalla. Durante unos segundos se limita a acariciar el borde de la funda con el pulgar.
—Hugo no lo habría hecho.
No sé si se refiere al móvil o a alguna cosa mucho mayor.
La pantalla vuelve a iluminarse. Carla se tensa, pero no aparta el teléfono. Lee el mensaje completo.
—Quiere que hablemos —explica.
—¿Es tu ex? —Ella solo asiente.
—¿Tú quieres hablar con él?
—No. —Carla bloquea el teléfono, pero no lo suelta— Pero siempre consigue hacer que parezca que le debo una explicación. Como si irme hubiera sido una conversación que dejé a medias y no una decisión.
¿Qué hizo ese tipo para que su nombre baste para arrancarle el aire?
—Puedes decidir qué hacer con el mensaje mañana.
—No vas a decirme que lo bloquee.
—¿Quieres bloquearlo?
—No lo sé.
Deja el teléfono sobre la mesa, esta vez a su alcance.
—No quiero seguir hablando de él. Pero tampoco quiero estar sola.
La confesión sale tan baja que puedo fingir que no la he oído.
El sol empieza a bajar detrás de las casas y la sombra del tejado avanza sobre el porche. La banda de resistencia continúa colgada de la columna. El libro permanece abierto boca abajo, abandonado en una página que probablemente tampoco estaba leyendo.
—¿Puedes hablar? —pregunta.
Pienso durante unos segundos.
—Esta mañana un cliente ha intentado explicarme mi propia campaña.
—¿Y lo has denunciado?
—No había presupuesto.
Le cuento lo suficiente para mantener el silencio a distancia. La campaña, la reunión, la incapacidad del cliente para distinguir una buena idea de una frase escrita en mayúsculas. Carla escucha con los ojos cerrados y, de vez en cuando, hace una pregunta.
No volvemos a mencionar a Hugo.
—Gracias.
—No he hecho nada.
—Has hecho mucho, como no intentar explicarme lo que siento. No has decidido qué debería hacer ni has convertido esto en una oportunidad para demostrar que sabes cuidarme.
—Es que no sé cuidarte. Ojalá supiera hacerlo mejor.
Pienso en el supermercado. En todas las personas que han apartado mi silla sin preguntar, han cogido cosas de mis manos o han respondido en mi nombre creyendo que ayudar y controlar eran la misma cosa.
Se inclina hacia delante, apoya los antebrazos sobre las rodillas y me mira con una atención que empieza a resultar inquietante.
—He oído tu respiración masculina.
La risa intenta escapárseme.
—No existe tal cosa.
—Claro que existe.
Se acerca un poco más. Yo también. No sé quién inicia el movimiento.
Solo sé que, en algún momento, la distancia entre los dos deja de ser casual.
Carla apoya una mano en el reposabrazos de mi silla.
Sus ojos se detienen en mi boca. Todo mi cuerpo se vuelve consciente de ella.
De su rostro a pocos centímetros del mío.
De su respiración, todavía un poco frágil.
Del recuerdo de su peso, que llevo intentando encerrar en una libreta.
Mi primera reacción es inclinarme. La segunda es detenerme.
—Carla.
Ella se queda inmóvil. Nuestras caras están tan cerca que su nombre le roza los labios al salir de los míos.
—¿Qué?
—Has tenido un ataque de ansiedad hace un rato.
Algo vulnerable atraviesa su expresión antes de que consiga ocultarlo.
—Ya lo sé.
—No quiero que mañana pienses que te he besado porque estabas asustada.
—No te he pedido que me beses.
Sus ojos regresan a mi boca. Es fácil reducir la distancia. Apenas existe. Tendría que inclinarme unos centímetros y dejar de pensar en todo lo que podría significar.
—Cuando lo sepas —murmuro.
Carla levanta la vista.
—¿Cuando sepa qué?
—Si quieres besarme.
El silencio se instala entre nosotros.
—Das por hecho que la respuesta sería que sí.
—Estabas mirando mi boca.
—Tú también estás mirando la mía.
Se acerca un poco más. Su nariz roza la mía y noto el aire que expulsa contra mis labios.
—Cabe la posibilidad de saberlo ahora —susurra.
Mi mano se cierra sobre el aro de la silla.
—Sí. Pero no voy a besarte. No esta tarde.
La decepción que aparece en sus ojos produce en mí una satisfacción poco decente.
—Eres insoportable.
—Mañana puedes presentar una reclamación.
—Puede que mañana ya no quiera que lo hagas.
—Entonces significará que hoy he hecho bien.
—¿Y si quiero?
Sostengo su mirada.
—Entonces no pienso detenerme tan cerca.
Carla permanece frente a mí durante un segundo más. Después se aparta despacio y vuelve a acomodarse en el sillón.
—Te odio un poco —refunfuña.
Sonrío antes de poder evitarlo. Extiende una mano y la deja sobre el reposabrazos.
Sus dedos rozan los míos. Permanecemos así mientras la tarde se enfría y su teléfono sigue sobre la mesa, a su alcance.
No sé si Hugo volverá a escribir. No sé qué ocurrió entre ellos ni cuánto daño puede caber dentro de un nombre sobre una pantalla.
Solo sé que Carla no necesita que le arrebate el dolor para quedarse conmigo.
Y que, cuando casi me ha besado, no estaba huyendo de él, sino acercándose a mí.