32
Ares
La casa se queda a oscuras cuando Carla está insultando al microondas.
No se apaga poco a poco. No hay un parpadeo de advertencia ni un sonido dramático. En un instante tengo luz, portátil y una mujer discutiendo con un electrodoméstico; al siguiente solo queda el ruido del mar y su voz en mitad de la cocina.
—Lo has hecho tú —me acusa injustamente.
—¿El qué?
—Romper la electricidad por sobrecarga. Llevas toda la tarde pegado al ordenador.
Cierro el portátil. La batería podría mantenerlo encendido unas horas, pero el wifi ha desaparecido y el trabajo que estaba revisando se guarda automáticamente en la nube. O eso espero.
—¿Qué estabas haciendo tú? —pregunto.
—Calentando la cena.
—¿Con el envoltorio de aluminio?
—No soy imbécil, Sutton.
Escucho cómo abre un cajón y empieza a rebuscar dentro.
—¿Dónde están las velas? —continúa.
—No hay.
—Todo el mundo tiene velas.
—Yo no.
—Tienes tres tipos de cereales, una vaporera que nadie utiliza y un cuaderno donde probablemente escribes manifiestos contra la humanidad, pero ¿no tienes una vela?
—No necesito crear ambiente durante los apagones.
El ruido del cajón se detiene.
—¿Crear ambiente?
—He dicho iluminar.
—No. Has dicho crear ambiente.
—Busca la linterna, anda.
—¿Dónde?
—En el armario de abajo del fregadero, en el segundo estante.
La luz de su móvil aparece de un lado a otro. Durante unos segundos ilumina una pared, parte del techo y su propia cara desde abajo.
—Pareces una psicópata —le digo.
—Estoy intentando no romperme el cuello.
Avanzo hasta el armario. Ella ya está frente a él, iluminándolo con el teléfono para ver el interior. La linterna está donde recordaba, aunque casi al fondo.
—Está ahí —indico.
—Ya la veo.
—Entonces cógela.
—No, mejor espero a que se materialice en mi mano.
Me coloco a su lado y alargo el brazo para evitar seguir discutiendo esta tontería. Desde esa posición alcanzo el borde del estante, pero no la linterna. Se agacha un poco, la coge y me la deja sobre las piernas sin darle importancia. Después baja la luz del móvil.
Enciendo la linterna. No funciona. La golpeo una vez contra la palma. Nada.
—¿Cómo consigues vivir así?
—Con emoción —contesto.
Abro la tapa. Las pilas llevan dentro el tiempo suficiente para haber desarrollado derechos sobre la vivienda.
—Están sulfatadas.
—Perfecto, ¿no conoces las linternas modernas que se cargan con electricidad? Vamos a morir a oscuras.
—El apagón no afecta al oxígeno.
—Todavía.
Dejo la linterna sobre la encimera y cojo mi móvil. Tengo batería, pero tampoco cobertura suficiente para averiguar qué ha ocurrido. Desde la ventana veo otras casas sin luz y varias linternas moviéndose en los jardines.
—Es toda la zona —digo—. Volverá pronto.
—¿Cuánto es pronto en California?
—Entre diez minutos y el colapso de la civilización.
—Voy a comerme el helado.
—No.
—Se va a derretir.
—El congelador aguanta varias horas si no lo abres.
—Precisamente por eso hay que abrirlo ahora, antes de que sea demasiado tarde.
—Aléjate de mi helado.
—Nuestro helado —matiza.
Carla se deja caer sobre el sofá con la tarrina en una mano y una cuchara en la otra, soltando un suspiro.
—¿Qué se supone que vamos a hacer sin electricidad?
—No sé. Puedes probar a guardar silencio y a engullir azúcar como una posesa.
Me dirijo al salón y dejo el móvil boca abajo sobre la mesa para no gastar batería.
La oscuridad no es completa. La luna se refleja en el agua y entra por los ventanales, dibujando los muebles con líneas azuladas.
Distingo la silueta de Carla en el sofá, las piernas dobladas y el pelo recogido sobre un hombro.
El resto de ella queda borrado. Quizá por eso me acerco demasiado.
Me coloco junto al extremo del sofá. Carla baja los pies al suelo para dejarme espacio, aunque no hace falta.
—¿Tienes miedo a la oscuridad? —pregunto.
—No tengo miedo. Solo prefiero ver las cosas que podrían asesinarme. ¿Y tú?
—No, pero me incomoda.
La idea de la oscuridad no es lo que me inquieta. Es lo que la luz deja ver.
Carla ocupa el sofá con una naturalidad que empieza a volverlo suyo, una extensión de su presencia más que una pieza de mi casa.
Me descubro pensando en cosas pequeñas, casi domésticas: verla estirarse con el pelo desordenado, discutir por cualquier tontería sin levantar la voz o quedarse en silencio sin que eso signifique que se ha ido.
La imagino riéndose otra vez, más cerca, y por un instante el mundo entero cabe en el ángulo de su rostro.
La imagino robándome el mando, cambiando de canal sin pedir permiso, obligándome a fingir que me molesta cuando en realidad no haría nada por recuperarlo.
O en no hacer nada importante, solo existiendo en el mismo sitio hasta que el sofá deje de ser un mueble y se convierta en una costumbre.
En discutir por cosas insignificantes y no resolverlas, porque no haría falta.
Esa cercanía que no exige explicación. Mi mente no busca formas de destruir nada dentro de esa imagen.
Carla se recoloca, pero no la veo con suficiente claridad para saber qué expresión tiene.
—¿Cómo era Ares Sutton antes de declarar la guerra al mundo?
—Más alto. Hace años que nadie me mide de pie. Puedo inventarme lo que quiera.
Se ríe. El sonido resulta distinto cuando no puedo verla.
—Venga —insiste—. Algo tendrás que contar.
—Salía bastante con Noah.
—¿Quién es Noah?
—Mi mejor amigo.
—Tienes cara de haber sido uno de esos chicos insoportables que entraban en una fiesta convencidos de que todo el mundo quería verlos.
—Todo el mundo quería verme. Entrenaba casi todos los días. Corría, iba al gimnasio y jugaba al baloncesto con Noah y otros amigos.
—¿Eras bueno al baloncesto?
—Bastante.
—Qué curioso. No has dudado.
—Porque era bueno.
—¿Y modesto?
—Eso se me daba peor.
Vuelve a reírse, y le cuento fragmentos sueltos. No porque haya decidido hacerlo, sino porque en la oscuridad las palabras parecen tener menos consecuencias.
Le hablo del instituto, de Noah copiándome los deberes y obteniendo mejor nota porque cambiaba suficientes respuestas para que no pareciera sospechoso.
De las noches en que decíamos que volveríamos pronto y acabábamos desayunando en cualquier local abierto.
De una fiesta en casa de los padres de un amigo donde alguien rompió una ventana y todos acordamos culpar a un mapache.
—¿Había un mapache? —pregunta Carla.
—No. Éramos diecisiete tíos contra un animal ausente.
—¿Funcionó?
—No. El padre tenía cámaras.
—Menos mal. Me preocupaba que la justicia estadounidense fuese todavía peor de lo que parece.
Hablo de la graduación de Noah en The Breakwater. De los planes que hacíamos sin mirar calendarios porque dábamos por hecho que habría tiempo para todo. Viajes, trabajos, casas imposibles junto al mar. Noah quería casarse antes de los treinta. Yo decía que no pensaba hacerlo nunca.
—¿Y ahora? —pregunta.
—Ahora sigo sin estar casado.
—No me refería a eso, tonto. Parecíais muy unidos Noah y tú.
—Lo estábamos.
—¿Y qué pasó con todos ellos?
La pregunta resulta sencilla. La respuesta no.
—La vida.
—Eso suena a respuesta de guionista en crisis.
—No tengo una mejor.
Claro que la tengo, por ejemplo decirle que durante los primeros meses todos aparecieron.
Noah, Ethan, Mason, personas con las que apenas hablaba, pero que de pronto necesitaban comprobar que seguía vivo.
Llenaron la habitación del hospital de flores, comida que no podía comer y conversaciones sobre todo lo que haríamos cuando saliera.
Después salí, y las visitas empezaron a parecerse demasiado a una obligación.
Ellos tenían universidad, trabajos, fiestas y planes que no necesitaban calcular accesos, baños o el tiempo que yo tardaba en prepararme.
Yo tenía rehabilitación, médicos y un cuerpo que había convertido cada día en una negociación.
No me dejaron fuera de inmediato. Primero fui yo quien empezó a decir que no.
No a las fiestas. No a las cenas. No a los viajes.
No a cualquier lugar donde tuviera que preguntar si podía entrar antes de decidir si quería ir.
Al principio insistían, luego aprendieron.
—Me aislé —digo al fin—. Ellos dejaron de llamar después porque me pasé mucho tiempo enseñándoles que llamar no servía de nada. A veces me da rabia pensar en que podrían haber insistido más —añado.
—¿Habrías respondido?
—No —confieso.
—Entonces quizá hicieron lo que les pediste.
—No les pedí que desaparecieran.
—Les dijiste que no las veces suficientes para que pensaran que querías que lo hicieran —su voz no lleva reproche ni compasión.
—Cuando dejaron de llamar, me cabreé con ellos.
—Es bastante injusto, pero humano al mismo tiempo. ¿Y Noah? —pregunta—. ¿También dejó de llamar?
No hace falta enfadarme ni recordarle que no es asunto suyo. Basta con el nombre y con todo lo que arrastra detrás.
Noah inclinado sobre el borde de la terraza. Noah gritándome que le diera la mano. Noah sentado junto a mi cama, sin saber qué hacer con las manos.
—Con Noah es diferente, pero no quiero ahondar en ese tema —respondo.
Ella continúa hablando. Me cuenta una anécdota sobre Dublín, un compañero que se quedó dormido en el autobús y terminó en otra ciudad, y una fiesta universitaria a la que acudió vestida como un personaje que nadie reconoció.
Entiendo lo que está haciendo. No ha olvidado la pregunta sobre Noah.
No ha perdido la curiosidad ni ha decidido que la respuesta no importa.
Solo ha visto que esa puerta está cerrada y no intenta abrirla a empujones.
La casa no recupera la luz y nuestros móviles permanecen abandonados sobre la mesa. No hay película, trabajo ni música que llenen los espacios entre una frase y la siguiente. Solo nosotros.
—¿Echas de menos al chico que eras? —inquiere después de un rato.
—A veces.
—¿Qué parte?
Pienso en las piernas, pero esa respuesta resulta demasiado obvia.
—Creía que tenía todo el tiempo del mundo. No pensaba demasiado las cosas. Si quería ir a algún sitio, iba. Si quería ver a alguien, lo llamaba. No necesitaba decidir qué significaba todo antes de hacerlo.
—Eso nos pasa a todos.
—Sí. Hasta que el después deja de parecer infinito.
—No tienes que contarme lo que ocurrió —dice Carla.
No sé si se refiere a Noah, al accidente o a las dos cosas.
Una luz se enciende de golpe sobre nuestras cabezas.
Carla grita. Yo cierro los ojos, cegado por el cambio, y la televisión recupera la vida con un sonido exagerado. Desde la cocina llega el pitido del microondas reiniciándose.
—Joder —dice ella, llevándose una mano al pecho—. Casi me mata del susto.
Me inclino para coger el mando y apago la televisión. Carla mira su móvil, que continúa sobre la mesa.
—Ha durado más de una hora.
—Treinta y siete minutos.
—¿Los has contado?
—Tengo buena percepción del tiempo.
—Voy a salvar la cena.
Camina hacia la cocina, pero antes de llegar se detiene.
—Gracias por contármelo.
—No te he contado gran cosa.
—Me has contado lo que querías y es suficiente.
Me quedo donde estoy, mirando el espacio que ocupaba en el sofá.
Ella no sabe qué ocurrió con Noah. Tampoco sabe por qué el mar aparece cada vez que hablo de mi vida anterior ni por qué hay recuerdos que todavía no puedo pronunciar. Pero ha empezado a reconocer dónde terminan las preguntas que puedo responder y eso consigue que empiece a plantearme hacerlo yo.