31
Carla
A las nueve y tres descubro que Ares posee una voz que no utiliza conmigo.
No es más grave ni más amable, sino segura, limpia, sin esa tensión que suele acompañar cada frase, como si esperara que alguien la utilizara en su contra.
—El problema no es la falta de información —dice—. Es que estáis intentando conseguir compromiso haciendo que la gente se sienta culpable.
Ares me avisó anoche de que tenía una videollamada importante a primera hora.
En ese momento yo estaba demasiado ocupada intentando no pensar en lo ocurrido en The Breakwater con una tasa de éxito bastante baja.
Pensé en ello antes de dormir, al despertarme y hace diez minutos, cuando él entró en la cocina con una camisa blanca, el pelo todavía húmedo y las mangas dobladas hasta los antebrazos.
Nos dimos los buenos días y después evitamos mirarnos durante el tiempo exacto que tardaron en saltar las tostadas.
Sirvo dos cafés por costumbre y me acerco al despacho. La puerta está abierta. Está frente al ordenador y en la pantalla aparecen varias personas distribuidas en pequeños recuadros. Parece una presentación sobre una campaña de conservación marina, pero no entiendo lo suficiente para seguirla.
Tampoco necesito hacerlo.
Ares escucha una objeción sin interrumpir. Hace una pregunta, espera la respuesta y desmonta el argumento sin dejar al otro hombre en ridículo. Cuando una mujer propone una modificación, la incorpora a su planteamiento sin comportarse como si aceptar una buena idea ajena supusiera perder algo.
No intenta ser el hombre más inteligente de la reunión, probablemente porque todos han dado por hecho que lo es.
—Si solo queréis atención, podemos conseguirla —alega en cierto momento—. Si queréis que alguien recuerde la campaña dentro de seis meses, dejad de tratar al público como si necesitara una regañina.
Hace una observación, cambia una diapositiva y continúa hablando con una facilidad que no le había visto hasta ahora.
La silla apenas aparece en la cámara. Aunque apareciera entera, tampoco sería lo primero que verían.
Lo primero sería a él.
Me descubre junto a la puerta con las tazas en las manos. Sus ojos bajan hacia ellas y después vuelven a mi cara. Me indica con dos dedos un espacio libre junto al portátil. Entro procurando no aparecer en la pantalla y la dejo donde me ha señalado.
—Gracias —murmura.
Voy a marcharme, pero algo me retiene. Termino apoyada en la pared del despacho, escuchando solo a medias.
Es bueno en su trabajo. Seguramente lo era antes de que yo llegara. Lo será cuando no esté mirándolo.
Su vida no comenzó cuando entré en esta casa con una maleta rota y la convicción de que todo lo que encontraba desordenado necesitaba mis manos. Ya tenía clientes, responsabilidades y personas que confiaban en su criterio.
La reunión termina unos minutos después. Reparte varias tareas, acuerda una fecha de entrega y consigue que todos acepten su propuesta.
—Os envío los cambios esta tarde —dice—. Y, Michael, elimina la palabra «espeluznante» antes de que vuelva a verla.
Cierra la reunión y yo continúo junto a la pared con el café ya frío entre las manos.
Él guarda la presentación y coloca el bolígrafo junto al portátil.
—Puedes decirlo —me suelta de pronto.
—¿El qué?
—Llevas ahí un rato pensando muy alto.
—No sabía que se podía pensar alto.
—Tú puedes hacer cualquier cosa con volumen.
Se vuelve hacia mí. La camisa le queda demasiado bien. Las mangas dobladas dejan sus antebrazos al descubierto y el primer botón está abierto.
La imagen de ayer intenta regresar. La aplasto mentalmente.
—Eres muy bueno —digo al fin.
Arquea una ceja.
—Intento entender por qué pareces sorprendida.
—No estoy sorprendida. —Me separo de la pared.
—Admítelo, pensabas que me inventaba el trabajo para encerrarme con el portátil. Y que los documentales sobre tiburones eran una tapadera.
—Eso sigue siendo posible. Pero la verdad es que nunca te había visto tan seguro.
—Siempre estoy seguro —afirma, pero no con demasiado peso.
—No de esta manera.
—¿Cómo soy normalmente?
—Estás a la defensiva.
Me analiza antes de llegar a una conclusión que no pienso facilitarle.
—No te sorprende que sea bueno —concluye—. Te sorprende que yo sepa que lo soy.
Maldito sea.
—Puede.
—No necesito odiarme en todos los ámbitos de mi vida. Sería agotador —lo dice con humor, pero no se está burlando de sí mismo—. Tampoco trabajo para demostrar que soy útil —añade—. Lo hago porque me gusta y porque se me da bien.
Ares me sostiene la mirada mientras me tiende su taza vacía. Después de lo de ayer debería ser un contacto insignificante, pero ninguno retira la mano de inmediato.
Sus ojos bajan hacia nuestros dedos. Los míos, hacia su boca.
—Por cierto —digo—, lo de ayer no afecta a mi valoración profesional. Aunque tus aptitudes para el baile siguen siendo preocupantes.
—Tú estabas sentada encima de mí. Técnicamente, el movimiento era tuyo.
El calor me sube hasta la cara, y él se da cuenta, por supuesto que lo nota.
—Tengo cosas que hacer —anuncio.
—¿Cuáles?
—Ahora mismo, alejarme de ti.
Me giro con las dos tazas en las manos.
—Carla. —Me detengo en la puerta.
—¿Qué?
Mira el portátil, aunque la pantalla está apagada.
—¿De verdad te ha parecido bueno?
—Mucho —manifiesto.
Levanta los ojos. Sabe que esa palabra significa muchas más cosas. Salgo del despacho antes de que alguno de los dos decida averiguar cuáles. Porque estoy convencida de que no necesita que le enseñe cuánto vale.