Un desastre llamado Ares Sutton 30
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​​ Ares

Me ducho con el agua más fría de lo necesario. No sirve de nada, pero por lo menos me permite fingir que estoy aplicando una solución.

Cuando termino, me seco, vuelvo a revisar la piel y me pongo una camiseta limpia.

La transferencia a la cama sale a la primera.

Bloqueo las ruedas, retiro el reposapiés, coloco una mano sobre el colchón y levanto el peso del cuerpo con los brazos.

Después subo las piernas una por una, sujetándolas por debajo de las rodillas.

Apago la luz. Dura menos de un minuto.

En la oscuridad, mi cabeza vuelve a The Breakwater. El peso de Carla sobre mis piernas. Su espalda apoyada contra mi pecho. El movimiento de sus caderas y mi mano cerrándose alrededor de su cintura.

Porque me lo he perdido.

Abro los ojos.

—Mierda.

Intento pensar en otra cosa. En la reunión de mañana, en la reforma de la cocina, en cualquier problema que pueda resolverse con una lista. No funciona.

La erección regresa poco a poco, sin que nadie me esté tocando y sin una presión accidental que pueda utilizar como excusa.

Esta vez solo está ella dentro de mi cabeza.

Aparto la sábana y bajo la mirada. La oscuridad desdibuja mi cuerpo, pero no necesito verlo para saber qué está ocurriendo.

Conozco esta respuesta. Sé qué movimientos funcionan, cuánto tarda la sensibilidad en llegar y en qué momento una sensación clara puede convertirse en otra más difícil de localizar.

Lo he hecho muchas veces.

Siempre solo. Siempre pensando en mujeres sin rostro, escenas que podía abandonar en cuanto cerrara una pestaña o apagara una pantalla. Nadie real. Nadie que durmiera al otro lado del pasillo y pudiera pronunciar mi nombre por la mañana como si esta noche no hubiera sucedido.

Me rodeo con la mano. Al principio apenas noto más que presión. Después el placer empieza a llegar, irregular pero reconocible, extendiéndose desde un lugar que mi cuerpo ya no señala con exactitud. Cierro los ojos y Carla vuelve a sentarse sobre mí.

Imagino su espalda contra mi pecho y su pelo rozándome la boca. Mi mano desciende por su vientre en lugar de limitarse a sujetarla. Ella vuelve la cara y me mira por encima del hombro con esa expresión que utiliza cuando está a punto de decir algo capaz de arruinarme la vida.

Acelero el movimiento.

No pienso únicamente en su culo ni en la presión de sus caderas. Pienso en su risa cuando desafina. En la tranquilidad con la que dijo que una reacción física no era una invitación. En que no salió corriendo después de descubrir que la deseaba.

El placer crece de una forma distinta a como imagino que habría ocurrido antes del accidente.

No avanza por una línea limpia. El final llega como una sacudida profunda y desigual que me obliga a tensar los brazos y contener el aire.

No es perfecto ni sencillo. Nunca lo es.

Durante varios segundos solo existe una mezcla de placer, esfuerzo y señales confusas que mi cuerpo no sabe ordenar mejor.

Permanezco quieto con los ojos cerrados y la mano inmóvil.

El mar continúa golpeando la orilla. Desde la otra habitación no llega ningún ruido.

Me limpio, me recoloco la ropa y vuelvo a cubrirme.

La erección disminuye poco a poco, pero la imagen de Carla permanece.

No siento vergüenza por haberme masturbado.

Llevo años haciéndolo. Forma parte de mi cuerpo, de mi intimidad y de todas las cosas que tuve que aprender sin saber si algún día las compartiría con alguien.

Y esta noche no he pensado en un cuerpo cualquiera. He pensado en ella preguntándome si quería que parara.

Y en mí confiando lo suficiente para responder.

Enciendo la lamparilla de la mesita. La libreta negra continúa dentro del cajón. La saco y la apoyo sobre mis piernas. Durante unos segundos la mantengo cerrada, pasando el pulgar por el borde desgastado de la cubierta.

Últimamente parece servir para registrar todas las formas en las que Carla consigue complicarme la existencia.

La abro por la última página escrita y apoyo el bolígrafo sobre el papel.

Confesión:

Hoy he tenido una erección con Carla sentada encima.

Me quedo mirando la frase.

Parece redactada por un adolescente orgulloso de haber descubierto su propio pene. Tacho con y escribo mientras . La corrección no mejora nada.

Hoy he tenido una erección mientras Carla estaba sentada encima.

Tampoco.

No ha sido solo el contacto. Esa es la parte que no consigo escribir sin sentir que estoy reconociendo algo más grande.

Escribo la frase de una vez, antes de perder el valor.

No me ha asustado la erección. Me asusta querer que ella esté presente cuando lo haga.

La tinta se concentra al final de la última letra porque dejo el bolígrafo quieto demasiado tiempo.

Ella ha dicho que se lo ha perdido.

También ha hablado de una próxima vez.

No sé qué cree que sé hacer. Probablemente imagina que antes del accidente tuve una vida sexual normal y que ahora solo me preocupa cómo ha cambiado. No la he corregido. Resulta más sencillo dejar que piense que tengo experiencia que admitir que nunca llegué tan lejos con nadie.

Antes siempre había tiempo.

Después dejé de permitir que alguien se acercara lo suficiente.

Y ahora duerme al otro lado del pasillo.

Paso a la línea siguiente.

Nuevo problema:

Ahora duerme al otro lado del pasillo y descubro que también se puede añorar lo que todavía no ha ocurrido.