29
Ares
La música continúa detrás de nosotros mientras avanzamos por el paseo. Carla camina a mi lado, pero deja una distancia exacta entre los dos. No tanta como para parecer que hemos venido separados. La suficiente para que no podamos rozarnos por accidente.
La erección ha desaparecido.
La vergüenza no.
—Carla. —Necesito decirle algo que la tranquilice.
—¿Qué?
No se detiene.
—Mírame, joder.
—Estoy mirando por dónde camino.
—No te he pedido que te apartaras porque me molestara tenerte encima —levanto ligeramente la voz, cabreado conmigo mismo, y eso hace que se detenga por fin.
—Pues tu tono sugería que estaba a punto de activar una alarma.
—Mi cuerpo ha reaccionado.
—¿Reaccionado cómo?
—No voy a hacerte un dibujo.
Sus ojos bajan involuntariamente hacia mi regazo. La comprensión le cambia la cara.
—Ah.
—Sí. Ah.
—¿Y eso era lo que te tenía tan aterrorizado? Casi me lanzas de la silla con la voz.
—No sabía si lo habías notado.
—¿Y qué creías que iba a pensar?
Aparto la mirada hacia el mar.
—No lo sé.
—Que eres un hombre reaccionando al contacto de una mujer sentada sobre ti —responde con una naturalidad que me obliga a volver a mirarla.
—Una erección no siempre significa que exista deseo. No después de una lesión como la mía. —Carla asiente. La ligereza desaparece de su expresión.
—Ya lo sé. Una reacción física no es una invitación ni una declaración de intenciones. Pero tampoco es algo de lo que debas avergonzarte.
—No me avergüenza.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
La verdad se queda atrapada detrás de mis dientes.
Volver a esconderme es una opción. Decir que ha sido involuntario, culpar al movimiento y permitir que los dos finjamos que no significa nada.
—Que esta vez no ha sido solo una reacción refleja.
—Ah —repite, aunque ahora la palabra suena diferente.
—Deja de decir eso.
—Estoy procesando.
—Hazlo más rápido. Esto no es fácil para mí.
Una sonrisa lenta aparece en su boca.
—Entonces te ha gustado que me sentara encima.
—Ese no es el resumen que haría yo.
—¿Cuánto? —cuestiona.
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto te ha gustado?
—No pienso responder a eso. —La miro, incrédulo.
—Tienes razón, no hace falta que lo hagas. La orden de evacuación ha sido bastante elocuente.
—Me ha gustado demasiado, ¿contenta? —admito antes de poder detenerme.
Su sonrisa desaparece. De pronto la conversación ha dejado de ser una broma y los dos lo sabemos.
—No te atormentes, suele pasar cuando tienes a una mujer moviendo el culo sobre tu entrepierna.
Cierro los ojos un segundo y ella continúa:
—No voy a tocarte ni a preguntarte nada que no quieras contarme. Pero no vuelvas a tratarme como si yo fuera el peligro cuando el que está asustado eres tú.
La frase encuentra un lugar incómodo porque es verdad.
Nos miramos en mitad del paseo. La música llega amortiguada desde la terraza y las luces de los locales empiezan a encenderse a nuestro alrededor.
—¿Estás enfadada? —pregunto.
—Un poco.
—¿Vas a volver a sentarte encima de mí?
Levanta una ceja.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De que seas tú quien me lo pida la próxima vez.
La frase me deja sin respuesta y empieza a caminar de nuevo.
—Y que conste que no estoy enfadada porque hayas tenido una erección —la distancia entre nosotros la obliga a levantar la voz.
—Gracias por anunciarlo en mitad del paseo.
Una pareja que camina delante gira la cabeza.
—Estoy enfadada porque me has hablado como si hubiera cruzado un límite que nunca me explicaste.
—No sabía dónde estaba el límite hasta que lo cruzamos.
La respuesta consigue que se detenga otra vez.
—Es razonable —admite.
—No parezcas tan sorprendida.
—Estoy acostumbrada a que necesites tres días para llegar a una conclusión sensata.
Reanudamos el camino, esta vez sin la distancia exacta de antes. Carla camina más cerca. Su mano roza mi hombro una vez cuando esquiva a un niño que corre en dirección contraria.
—¿Te pasa a menudo? —interroga después de unos metros.
—Has dicho que no ibas a preguntar nada.
—He dicho que no preguntaría nada que no quisieras contarme. Puedes decir que no.
Considero la respuesta antes de responder.
—Sé que mi cuerpo puede reaccionar.
Carla asiente.
—Ok.
Esta vez no insiste. No me mira con curiosidad clínica ni con esa compasión cuidadosa que convierte cualquier conversación sobre mi cuerpo en una tragedia.
—Los médicos me lo explicaron durante la rehabilitación —añado porque, de pronto, su silencio hace más fácil seguir hablando—. Las vías que provocan una erección refleja pueden seguir funcionando aunque otras estén dañadas. Depende del nivel y del tipo de lesión.
—¿La tuya es completa?
—No. Incompleta, alrededor de T10.
—¿Eso significa que tienes sensibilidad?
—Significa que algunas cosas las siento, otras no y otras llegan de una manera distinta. No hay una línea perfecta a partir de la cual todo desaparece.
—¿Y antes, cuando estaba encima, me sentías?
La pregunta me golpea en el estómago.
—Sí.
—¿Cómo?
—Has gastado tu cuota de preguntas.
Sus ojos bajan un instante hacia mis manos sobre los aros. Después vuelve a mirarme.
—No hace falta que contestes, pero me gustaría saberlo.
Por alguna razón cedo a contestar.
—Presión. Peso. Calor. No exactamente como lo sentirías tú. Pero sabía dónde estabas y cuándo te movías.
Carla se humedece los labios, y ese gesto no ayuda; la sensación aún me late por dentro.
—Entiendo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy poniendo ninguna cara. Aunque ahora estoy un poco ofendida.
—¿Por qué?
—Porque me lo he perdido.
La observo para comprobar si está bromeando y averiguo que no del todo.
Llegamos al aparcamiento. El coche está bajo una farola, apartado del ruido del paseo. Pulso el mando y la puerta lateral empieza a abrirse.
Carla no se mueve para ayudarme. Espera mientras se despliega la rampa y entro en el vehículo. Solo cuando estoy colocado en el anclaje rodea el coche y ocupa el asiento del acompañante.
Cierra la puerta y el interior queda en silencio.
No enciendo el motor.
—La próxima vez intenta pedirlo sin parecer un policía desalojando un edificio —ella habla primero.
—¿Crees que habrá una segunda vez?
—Empiezo a pensar que te interesa. —Se gira hacia mí en el asiento—. Es fácil. Si no quieres que te toque, me lo dices. Si quieres que pare, me lo dices. Si te asustas, puedes decírmelo sin arrancarme la cabeza.
Me río antes de poder evitarlo y ella también acaba haciéndolo. La tensión se deshace lo suficiente para que pueda respirar, pero no desaparece. Ahora tiene otra forma. Está en el modo en que me mira. En su cuerpo girado hacia mí. En la frase sobre lo que se ha perdido.
—¿Nos vamos? —pregunta.
—Sí.
—Entonces esta cita ha terminado.
—No era una cita.
—Has pagado, me has llevado a bailar y has tenido una erección.
Aprieto las manos sobre los controles.
—Ha sido bastante completa.
Se coloca el cinturón con una sonrisa.
—Conduce, Ares.
Durante el trayecto de vuelta, Carla baja la ventanilla y deja que el aire le revuelva el pelo.
No habla demasiado. Tampoco parece incómoda.
Tararea una de las canciones del local y, en un semáforo, apoya la mano sobre mi antebrazo para llamar mi atención hacia un perro que asoma la cabeza por la ventanilla del coche de al lado.
La imagen regresa con una claridad innecesaria.
Su peso, su espalda contra mi pecho, el movimiento de sus caderas…
Joder.
Mi cuerpo no ha hecho nada que yo no supiera que podía hacer. El problema es que ha hablado de una próxima vez. Y yo ya estoy pensando en ella.