Un desastre llamado Ares Sutton 28 #3
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—Quieres sentarte encima, ¿cierto?

—Hay demasiada gente y desde ahí no veo nada.

—Mides casi un metro setenta —apunto.

—Hoy me siento baja.

—Si te caes, no pienso recogerte.

—Tendrás que hacerlo. Eres mi cita.

Coloca una mano sobre el respaldo de mi silla antes de volver a hablar:

—En serio —insiste—. ¿Puedo?

Debería negarme. La silla no va a volcar. Tengo buen control del tronco, ella puede sostener parte de su peso y no hay ningún motivo práctico para decir que no.

Los motivos imprácticos son más numerosos.

—Pon los frenos —me pide.

—Sé cómo funciona mi silla.

Bloqueo las ruedas.

—Solo hasta que termine la canción —promete, pero la sonrisa de Carla debería advertirme de que acabo de tomar una decisión estúpida.

Se coloca delante de mí, apoya las manos en los reposabrazos y se sienta sobre mis muslos de espaldas a mí. Se acomoda con cuidado, manteniendo los pies en el suelo al principio.

Su peso llega de una manera extraña. No siento mis piernas. Hay partes que apenas existen para mi cerebro y otras que devuelven presión, calor o una sensación difícil de localizar. Pero noto que está sobre mí.

Noto demasiado.

—¿Estás bien? —pregunta, volviendo la cara.

Su pelo me roza la mejilla.

—Sí.

—¿Seguro?

—Estoy bien.

Levanta los pies del suelo y descansa todo el peso sobre mí. Instintivamente, coloco una mano en su cintura para estabilizarla.

—Si nos caemos —comenta—, diré que ha sido culpa tuya.

—Nadie lo dudará.

Empieza a moverse con la música.

Al principio resulta ridículo. Me coge una mano y la levanta en el aire. Canta una letra que claramente no conoce y sustituye varias palabras por sonidos. Yo intento no reírme.

—Te la estás inventando.

—Es una versión internacional.

—No existe.

—Ahora sí.

Se balancea de un lado a otro. Su espalda choca suavemente contra mi pecho. El pelo me roza la boca y huele al champú que deja en el baño todas las mañanas.

Me río cuando desafina de una manera especialmente violenta.

Carla gira la cara hacia mí y me acusa:

—Te he oído.

—Era tos.

—Te estás riendo de mí.

—Tengo espasmos faciales.

—Claro,  estoy segura de que ha sido eso —ironiza.

Se mueve otra vez. La presión cambia. Mi mano se cierra un poco más sobre su cintura.

No ocurre de golpe. Primero noto una especie de pulso sordo, una señal por debajo de la zona en la que mi sensibilidad empieza a confundirse. Después llega la congestión, clara y reconocible.

Sé qué está pasando.

Mi lesión está alrededor de T10 y es incompleta.

No puedo mover las piernas de manera funcional y la sensibilidad por debajo de la lesión es irregular, pero no ha desaparecido todo.

Los médicos me explicaron que podía tener erecciones reflejas por contacto físico incluso si la excitación no recorría el mismo camino que antes.

Lo explicaron con diagramas, términos clínicos y una tranquilidad que me dio ganas de incendiar la sala de rehabilitación. Después lo comprobé solo.

En privado, mi cuerpo no es un completo desconocido. Sé que puede responder. Sé qué sensaciones permanecen y cuáles llegan deformadas. Sé que, en teoría, puedo mantener relaciones sexuales.

La teoría no incluye a Carla sentada sobre mí. No incluye su culo presionando mi entrepierna, su espalda contra mi pecho ni mi mano rodeándole la cintura mientras se mueve al ritmo de una canción.

Tampoco incluye el miedo repentino a que lo note.

Ella se balancea hacia atrás y la erección aumenta.

Mi cuerpo sabe qué hacer. Yo no.

Nunca he tenido que gestionar esta respuesta con otra persona delante. Nunca he tenido a una mujer sobre mí, confiada y ajena a lo que está provocando. Todo lo que conozco pertenece a consultas médicas, folletos y la intimidad controlada de mi habitación.

Esto no tiene nada de controlado.

—Carla —digo, pero no me oye. Sigue cantando y levanta nuestro brazo.

Se mueve otra vez contra mí.

—Apártate.

Vuelve la cabeza, todavía sonriendo.

—¿Qué?

—Que te apartes. Ahora —mi tono atraviesa la música y su sonrisa desaparece.

Baja los pies al suelo y se levanta tan rápido que casi pierde el equilibrio. Intento sujetarla, pero se aparta antes.

—Vale.

Una sola palabra.

Desbloqueo las ruedas y me separo de la gente. Necesito espacio. Necesito que la presión desaparezca y que mi cuerpo vuelva a ser algo que pueda ocultar debajo de la mesa. Ella me sigue hasta nuestro sitio, pero no se sienta. Coge el bolso del respaldo.

—Podías haber dicho que no querías. Me has pedido que me aparte como si te hubiera hecho daño.

—No me has hecho daño.

—Entonces no entiendo nada.

Una camarera pasa junto a nosotros. Dos personas ocupan la mesa de al lado. No puedo explicárselo aquí con mi cuerpo todavía reaccionando y media terraza a menos de dos metros.

—Nos vamos —espeto.

—Perfecto. —La palabra suena peor que un insulto.

Pido la cuenta. Carla intenta pagar su parte y yo aparto su tarjeta.

—Déjame.

—No era una cita, ¿recuerdas?

—No pienso dejarte pagar.

—Yo quiero hacerlo.

La camarera mira de uno a otro y decide que no le pagan suficiente para intervenir. Cobra de mi tarjeta y se marcha.