Un desastre llamado Ares Sutton 28 #2
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La respuesta adecuada sería una amiga . Es una palabra segura, fácil de pronunciar y lo bastante imprecisa para no estropear nada.

No es la que me sale.

—Alguien que estaba allí conmigo sin más pretensión.

Ella baja la vista, pero no antes de que vea la sonrisa pequeña que intenta esconder.

—¿Pensaste todo eso por unos macarrones?

—Ya te lo he dicho —digo—. Me gustó la normalidad. Que alguien se olvidara de que voy en silla de ruedas.

Juega con una esquina de la servilleta. Vacila antes de responder.

—Cuando te caíste en la cocina. ¿Sentiste miedo?

—Estaba enfadado.

—Las dos cosas pueden ocurrir al mismo tiempo.

No respondo. Carla se inclina un poco hacia delante.

—Hasta ese momento parecías convencido de que no necesitabas a nadie para nada. Después te vi tener miedo y seguir diciéndome exactamente cómo ayudarte. No intentaste fingir que podías levantarte solo. Me dejaste hacerlo aunque odiaras cada segundo.

—No tenía muchas opciones.

—Siempre tienes la opción de ser todavía más imbécil.

Recuerdo el café extendido por el suelo, el dolor, la vergüenza y sus manos temblando más que las mías.

—Pero luego me preguntaste si estaba bien cuando me di el golpe en la cabeza —añade.

—Pensé que te habías hecho daño.

—Lo sé. Por eso dejaste de parecerme solo un capullo.

—¿En qué me convertí?

—En un capullo con matices.

—Me alegra haber preguntado.

Se ríe y decidimos que es momento de atacar nuestros platos. Y por fin, la conversación se mueve hacia lugares más seguros. Carla roba un tomatito cherry de mi plato. Cuando intento impedírselo, me informa de que compartir comida forma parte de la experiencia cultural española.

—Eso es mentira.

—¿Has vivido en España?

—No.

—Entonces confía en una fuente local.

Le retiro el plato.

—Pide los tuyos.

—Ya no quiero.

—Estás cogiendo otro.

—Es el último.

Coge tres.

El grupo de hombres ruidosos se marcha y, poco después, dos músicos empiezan a preparar instrumentos en un pequeño escenario al otro lado de la terraza. Una mujer prueba el micrófono. El guitarrista toca algunos acordes.

—¿Hay música? —pregunta con entusiasmo.

—Eso parece.

—Lo sabías. —Me señala con el dedo acusándome de tener información privilegiada.

—Puede.

—Cada vez se parece más a una cita —claudica.

—Puedes pagar tu parte.

—Demasiado tarde. Ya me has traído y has dejado que te robe tomates. Estamos comprometidos.

La música comienza cuando el sol ya casi ha desaparecido. Al principio son canciones lentas que se pierden entre las conversaciones. Después el ritmo cambia. Algunas personas apartan mesas y empiezan a bailar en un espacio junto al escenario.

Sus hombros empiezan a seguir el ritmo.

—No —digo, anteponiéndome a sus intenciones.

—No he dicho nada.

—Estás a punto.

—¿De qué?

—De pedirme que baile.

—No pensaba pedírtelo. Pensaba obligarte.

Dejo la segunda cerveza y ella se levanta.

—No te estoy pidiendo una demostración inspiradora. Solo que sigas el ritmo —me pide.

—Puedo seguirlo desde aquí.

—Eso dices porque tienes miedo.

—¿De bailar?

—De que lo haga mejor que tú.

—Ese riesgo existe aunque yo permanezca quieto.

Carla empieza a moverse junto a la mesa. No baila para llamar la atención. Tampoco parece preocuparle que la miren. Levanta los brazos, gira sobre sí misma y se ríe cuando casi choca con un camarero.

Me gusta verla así. En casa siempre ocupa el espacio con cuidado, como si todavía esperara que alguien le pidiera que se hiciera más pequeña. Aquí no. Aquí se mueve sin disimular.

Extiende una mano hacia mí.

—Vamos.

—Estoy bien aquí, gracias.

—Ya veo que estás bien, no te he preguntado si necesitas asistencia médica.

Mantiene la mano extendida hasta que termino aceptándola solo para que deje de insistir.

Es mentira. La acepto porque quiero tocarla.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos. Carla tira de mi brazo como si pretendiera levantarme y yo la miro con paciencia.

—Eso no va a funcionar —musito negando con la cabeza.

Pero sin saber por qué, empiezo a mover la silla siguiendo la música. Un giro corto. Después otro. Carla se aparta y vuelve, utilizando mi mano como punto de apoyo. La hago girar debajo de mi brazo y por poco se tropieza con una pata de la mesa.

—Has intentado matarme.

—Tú querías bailar. Todavía puedes sentarte y parar este espectáculo bochornoso.

—Ni hablar.

Durante un rato conseguimos algo parecido a bailar. No es elegante, pero tampoco necesito que lo sea. Carla gira alrededor de mí. Yo acompaño sus movimientos y la atraigo de vuelta cuando la gente empieza a ocupar el espacio. Cada vez que regresa, queda un poco más cerca.

—No está mal para un hombre que decía que no bailaba —admite.

—No estoy bailando. Estoy evitando que te lleves por delante a alguien.

—Tu silla y tú necesitáis nombres artísticos. ¿Qué te parece: Ares y sus ruedas de fuego?

—Suena a espectáculo infantil.

—¿El dios sobre ruedas?

—Peor.

—Ya se me ocurrirá algo. —Chasquea la lengua y sigue a lo suyo.

Una pareja pasa demasiado cerca y obliga a Carla a apoyarse en mi hombro. El espacio se ha llenado sin que lo notemos. Hay cuerpos a ambos lados, sillas desplazadas y gente intentando acercarse al escenario.

—Volvamos a la mesa —casi le ruego.

Carla mira alrededor. Después me mira a mí.

—Tengo una idea.

—Esa frase nunca ha mejorado mi vida.

Señala mis piernas.

—¿Puedo?

Tardo un segundo en entenderlo.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a hacer.