28
Ares
Carla ha conseguido que acepte una cita sin llamarla cita. Yo he contribuido preguntándole si me estaba pidiendo una, así que tampoco puedo fingir que soy una víctima inocente.
A las cinco menos cuarto estoy frente al armario intentando decidir entre dos camisetas negras prácticamente idénticas. Una tiene el cuello un poco dado de sí. La otra no. El hecho de que lleve más de treinta segundos valorando la diferencia demuestra que esta tarde ya ha empezado mal.
Elijo la segunda.
Me la pongo. Me miro en el espejo. Me la quito.
—Patético —murmuro.
—¿Has dicho algo? — la voz de Carla llega desde el pasillo.
—No.
—He oído «patético».
—Hablaba contigo.
—Eso no tiene sentido. —Se aleja riéndose.
Vuelvo a ponerme la camiseta. No es una cita. Solo voy a acompañarla a dar una vuelta porque ella me lo ha pedido y yo he decidido aceptar. Dos personas pueden salir juntas sin que eso signifique nada. Ocurre constantemente.
Probablemente no suelen cambiarse de camiseta dos veces.
Cuando salgo de mi habitación, Carla me espera junto a la puerta principal. Lleva unos pantalones anchos, una camiseta blanca y el pelo suelto. No va especialmente arreglada. Eso no impide que me quede mirándola el tiempo suficiente para que se dé cuenta.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada. Estaba pensando.
—Eso jamás es buen presagio. —Me examina de arriba abajo sin disimulo.
—Te has puesto una camiseta limpia.
—Tengo varias.
—¿Más de dos? —se burla.
—Voy a cancelar la salida —confirmo, fingiendo una ofensa.
—No puedes. Me has hecho esperar.
Miro el reloj.
—He llegado dos minutos antes a la entrada.
—Exacto. Llevo dos minutos esperando en mi habitación.
Bufo y cojo las llaves del cuenco.
—El paseo marítimo está a diez minutos. No necesitamos el coche.
—No vamos al paseo.
Carla se queda con una mano sobre el pomo.
—¿Adónde vamos? —Se le nota sorprendida, y me cuesta decidir si me gusta o me preocupa.
—A un sitio.
—Qué información tan completa.
—Hay comida, bebida y vistas al mar. Sobrevivirás.
—¿Has organizado un plan?
—Te he sugerido un destino. No te emociones —suelto, restándole importancia.
La verdad es que a mediodía he pasado casi una hora comprobando si The Breakwater sigue siendo el lugar que recuerdo.
Antes del accidente venía bastante: música en directo, comida decente y una terraza junto a la playa donde nadie parecía tener demasiada prisa por marcharse.
Pero recordar cómo era antes del accidente no me sirve de nada ahora.
He revisado la página web, fotografías recientes y todas las reseñas que mencionaban accesibilidad.
Incluso he llamado para asegurarme de que habían eliminado el escalón de la entrada, que el baño adaptado no se utilizaba como almacén y que entre las mesas había espacio suficiente para moverme sin obligar a seis desconocidos a levantarse.
Que además haya actuaciones por las tardes no ha influido en mi decisión.
Tampoco que Carla frecuente karaokes, baile subida a los bancos y parezca considerar la música alta un entorno natural. Solo necesitaba comprobar que podía entrar, moverme y salir sin convertir la tarde en una carrera de obstáculos.
Al menos, eso es lo que llevo repitiéndome desde que hice la reserva. Una investigación preventiva. Nada más.
Me mira con una sonrisa que no es del todo inocente. La conversación de esta mañana continúa entre nosotros, recordándome que llevo menos de un día intentando preguntar antes de decidir y ya estoy fracasando.
Abro la puerta que conduce al garaje.
—¿Vienes o piensas dedicar la tarde a evaluar mi crecimiento personal?
—Puedo hacer las dos cosas.
El local está junto a la playa, en una terraza de madera desde la que se ve el océano entre las palmeras.
A esta hora todavía no hay demasiada gente.
Varias mesas están ocupadas por parejas, familias y un grupo de hombres que hablan tan alto que deben de pensar que el resto del mundo ha pagado por escucharlos.
He estado a punto de elegir otro sitio tres veces durante el trayecto, pero Carla habría preguntado por qué y yo no tenía ganas de explicarle que aquí celebramos la graduación de Noah, que una vez me expulsaron por saltar desde la terraza a la arena y que besé a una chica junto a los baños sin saber muy bien qué hacer con las manos.
No volví a verla. El beso tampoco llevó a ninguna parte. En aquella época daba por hecho que tendría tiempo de sobra para aprender el resto.
—¿Conocías de antes este sitio? —pregunta Carla.
—He venido alguna vez.
—No sé por qué, creo que has venido mucho.
—Significa exactamente lo que he dicho.
—Ya.
La camarera nos conduce hasta una mesa situada en el borde de la terraza. No retira ninguna silla sin preguntarme ni se dirige a Carla para saber dónde quiero colocarme. Es un detalle pequeño que agradezco mucho después de lo ocurrido en el supermercado.
Carla ocupa la silla frente a mí y coge la carta.
—¿Qué está bueno?
—Las hamburguesas.
—¿Y qué no?
—Las ensaladas.
—Es difícil estropear una ensalada.
—Precisamente por eso tiene mérito.
Pasa una página.
—¡Hay cócteles! —exclama con entusiasmo.
—También hay agua.
—No he venido a una cita para beber agua.
Levanto la mirada. Ella continúa leyendo la carta como si no acabara de utilizar esa palabra.
—Has dicho que no era una cita.
—Tú has dicho que no era una cita.
—Tú también.
—Yo solo respetaba tus límites. Pero es más divertido si fingimos que sí lo es.
La camarera regresa antes de que pueda contraatacar y Carla pide un margarita. Yo, una cerveza sin alcohol.
—Lo mío con alcohol, por favor —aclara ella, señalando mi vaso imaginario—. Por si intenta fingir que es una persona responsable.
—No la escuche.
—Vas en silla. No significa que no puedas emborracharte.
La camarera abre mucho los ojos.
—¿Qué? Estoy normalizando —añade.
—Estás consiguiendo que crea que me has secuestrado.
—Técnicamente, has conducido tú. Así que…
La camarera reprime una sonrisa y se aleja.
—No puedes hablar así con desconocidos —le digo.
—Ayer dijiste que no querías convertir cada salida en una clase de comportamiento humano. Yo estoy contribuyendo.
—No sé a qué.
—A la confusión general. —Se encoge de hombros.
El sol empieza a bajar sobre el agua. La luz anaranjada le da de lleno en la cara a Carla y enciende algunos mechones de su pelo, convirtiéndolos en algo parecido al cobre.
Ella mira el océano sin hablar por primera vez desde que hemos salido de casa, con la barbilla apoyada en una mano y una calma que rara vez le veo.
Está guapísima.
El pensamiento aparece sin permiso. Sería fácil culpar a la luz, al mar o a la cerveza de la que apenas he bebido dos tragos, pero sería mentira porque es una cerveza sin alcohol.
El paisaje no ha cambiado. El problema es que ahora ella forma parte de él.
La manera en que entorna los ojos frente al sol, la curva distraída de su boca y ese mechón que el viento le empuja continuamente contra la mejilla.
Me descubro mirándola como si nunca la hubiera visto bien hasta ahora. Y quizá sea exactamente eso.
Hasta hace unos días, Carla era la mujer que había invadido mi casa, movía mis cosas y hablaba más de lo necesario. Ahora está sentada frente a mí, preciosa sin estar haciendo nada para conseguirlo, y empiezo a sospechar que traerla aquí ha sido una idea bastante peor de lo que calculé.
—Es bonito —dice.
—Es solo una masa de agua.
—Eres incapaz de dejar que un momento sea agradable, ¿verdad?
—Estamos bebiendo frente al mar. Ya es agradable. No hace falta comentarlo.
Me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Tú eras así de pequeño?
—No.
—¿Eras peor?
—Hablaba más.
—No me lo creo.
—Pregúntale a mi madre. Tiene vídeos.
—Pienso pedírselos.
—Entonces tendré que despedirte.
—Pensaba que ya habías descartado esa opción.
Lo dice con ligereza, pero la frase trae consigo el recuerdo de la cocina. Quiero que te quedes porque quieres estar aquí. No sé en qué momento se me ocurrió pronunciar algo así en voz alta.
La camarera nos deja la comida: a Carla le sirve una hamburguesa y a mí un plato de salmón en papillote con salsa de limón y eneldo, y nos ahorra tener que responder.
Da un sorbo a su margarita.
—Esto lleva media destilería.
—Tú la has pedido.
—Y pienso terminarla. Soy una mujer comprometida.
—Con las malas decisiones.
—También.
Chocamos los vasos sin acordarlo.
—Por tu cocina —reza.
—Todavía no han hecho nada.
—Pues por haber cambiado de opinión.
—No pienso brindar por eso —me quejo.
—Ya lo has hecho.
La observo mientras prueba una patata frita. No sé cuándo he empezado a fijarme tanto en su boca. Antes era solo una parte de su cara de la que salían comentarios irritantes. Ahora tengo que esforzarme para no mirar cómo cierra los labios alrededor de la patata.
Aparto la vista hacia el mar.
—¿Cuándo dejé de molestarte? —consulta.
La miro de nuevo.
—No has dejado de molestarme.
—Sabes a qué me refiero.
Sí, lo sé. La respuesta sencilla sería decir que me acostumbré. La verdad resulta más difícil.
—La noche de la pasta —digo.
—¿Por mi extraordinaria habilidad para hervir agua?
—Cuando cocinamos juntos. Nunca había hecho algo así. Mi madre dando órdenes desde la otra punta de la cocina no cuenta. Y después del accidente… —Me encojo de hombros—. O lo hacían todo por mí o se quedaban mirando cada movimiento por si necesitaba ayuda.
—Yo también te miraba.
—Tú criticabas.
—Es distinto.
—Mucho. —Bebo un trago—. No estabas pendiente de si podía cortar un tomate. Estabas intentando convencerme de que el queso necesitaba un recipiente con pretensiones por todo lo que representa en un plato de pasta.
—Porque lo necesita.
—Y me pediste ayuda para encontrar una sartén.
—Quería fomentar tu participación. Nunca he pensado que fueras un inútil. Te he visto hacer ejercicio.
—Nos repartimos las cosas sin hablarlo. Tú pusiste la pasta, yo hice la salsa. Discutimos, cenamos y luego recogimos juntos.
—Visto así, fue una noche trepidante.
—Fue normal. Durante un rato no parecías mi empleada.
Carla se queda muy quieta.
—¿Qué parecía?