27
Carla
La primera señal de que algo raro está pasando llega a las nueve y diecisiete. Su voz se cuela desde el despacho.
Ares lleva más de diez minutos al teléfono y todavía no ha insultado a nadie. Eso, en su caso, ya es un síntoma clínico.
—No, no están a la altura adecuada —responde—, pero el problema mayor está en el almacenamiento, especialmente en los armarios superiores.
Me quedo quieta con una caja de cereales en la mano.
No es posible.
Ares no usa la palabra «almacenamiento» en conversaciones normales. Ares usa palabras como «inútil», «absurdo» o «quítalo de mi vista».
—Baldas abatibles, cajones extraíbles… —continúa—. Y quiero revisar el acceso al horno.
Bajo la caja despacio.
Esto es un Ares alternativo, uno educado, probablemente infiltrado.
Me acerco al pasillo. La puerta del despacho está entreabierta. Lo veo de perfil, móvil en la oreja, una hoja sobre la mesa.
Mi dibujo.
El que usó para echarme de la cocina como si fuera un plano de guerra.
—Cuando sea posible —dice tras una pausa—. Tendría que revisarlo, pero esa semana podría encajar. No, no necesito hablar con mi madre, señor Smith.
De pronto, el Ares real reaparece:
—La casa es mía. La reforma la decido yo.
Por fin el tono de siempre, el que suena a sentencia.
Me aparto rápido del marco de la puerta como si me hubieran pillado robando, y vuelvo a mi posición de antes.
Abro un armario. Lo cierro. Abro otro. No busco nada concreto, pero tampoco quiero admitir que estaba escuchando.
—Si sigues así vas a encontrar Narnia.
Me giro. Está con el móvil aún en la mano, mirándome como si ya supiera todo.
—Estoy guardando los cereales —suelto, aún tengo la caja en la mano y él la mira, luego deja el móvil en la encimera.
—He llamado al señor Smith, el mismo que hizo algunos arreglos en la casa cuando me mudé y que es amigo de mi familia, para que venga a encargarse de la reforma de la cocina: instalar baldas abatibles, cajones extraíbles, reorganizar los armarios superiores, y también acortar la distancia de la encimera, y reubicar el horno para que sea accesible.
—¿La cocina? —pregunto, como si no hubiera entendido bien, aunque lo he entendido perfectamente.
—Sí.
—¿La misma cocina que hace cuatro días era perfecta?
—No era perfecta.
—Pues disculpa si he interpretado mi sugerencia como una declaración de intenciones maliciosas.
—He cambiado de opinión, y no pienso disculparme por ello.
Me río sin querer.
—Eso no te pasa. ¿Cuándo ha sucedido? ¿Durante el sueño? ¿Te han hackeado ?
—Ayer.
—Ayer te vi discutir con una tostadora —alego, y me pongo en jarras.
—Y perdí.
—Eso no es cambiar de opinión, es literalmente un trauma.
Baja la mirada a sus manos.
—Quiero que tengas menos cosas que hacer aquí.
—¿Perdona? —Parpadeo.
—No te estoy despidiendo.
—Así es exactamente como empieza un despido.
—Pasas demasiado tiempo resolviendo cosas que no son tuyas.
—Son cosas de esta casa —ruedo los ojos y me recoloco el pelo.
—Y cuando no lo son, las conviertes en tuyas igual.
Me cruzo de brazos.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a optimizarme?
—No.
—¿Reformarme tú a mí?
—Quiero que puedas salir sin sentir que estás dejando algo sin hacer.
—Estás haciendo exactamente lo mismo por lo que me acusaste a mí: decidir por mí —añado.
—He decidido sobre la cocina.
—Con consecuencias sobre mí, o quizá sin haber pensado si yo quiero estar todo el día contigo en casa.
—No entiendo por qué querrías eso —confiesa más bajo, sin apartarme la mirada—. Si, según tú, no me soportas.
—Yo jamás he pronunciado esas palabras.
—Lo has insinuado bastante, que para el caso, viene a ser lo mismo.
—Últimamente… —empiezo, y tengo que detenerme un segundo, para buscar las palabras como si me quemaran en la lengua— contigo todo resulta más fácil.
Ares asiente, lento.
—Sí.
Eso no lo discute, porque no está defendiendo su postura. Simplemente la está aceptando.
—No intento controlarte —apunta—. Solo quiero que no dependas de mí para moverte por la ciudad.
—Y no es eso. No pienses que no me tomo tiempo libre porque crea que vaya a pasarte algo cuando me vaya. Es que, en cierto modo, he encontrado en este espacio un refugio.
Su expresión cambia drásticamente. La dureza desaparece de sus ojos, sustituida por una cautela que me obliga a preguntarme si he dicho demasiado.
—¿En esta casa? —inquiere.
La salida más sencilla sería asentir. Decir que me gusta la tranquilidad, que la habitación es cómoda o que despertarme con vistas al océano facilita bastante la adaptación a otro continente. Cualquiera de esas respuestas sería cierta. Ninguna sería toda la verdad.
—Aquí —respondo—. Contigo.
Hasta la nevera parece haber dejado de zumbar para no interrumpirnos.
—Eso no tiene mucho sentido —dice al fin.
—Ya. A mí también me preocupa.
—Hace unos días dijiste que convivir conmigo era un ejercicio de supervivencia.
—Lo es. Pero resulta que tengo cierta inclinación por las situaciones de riesgo.
La comisura de su boca se curva apenas, aunque esta vez no utiliza la broma para escapar.
—Carla, no deberías convertir esta casa en un refugio solo porque la vida que has dejado fuera era peor.
La frase me roza una herida, pero no entra en ella. No se parece a lo que utilizó durante la discusión. Entonces quería hacerme daño. Ahora parece temer estar aprovechándose de algo que todavía no comprende.
—No lo hago —contesto—. Al principio sí. Llegué aquí porque necesitaba poner un océano entre mi vida anterior y yo. Pero no me quedo encerrada porque tenga miedo de salir. Me quedo porque… —Respiro hondo—. Porque ya no siento que esté esperando todo el tiempo a poder marcharme.
—Lo que acabas de decir no me aclara mucho.
—¿A qué?
—A si el refugio es la casa o yo.
Le sostengo la mirada y sus ojos verdes empiezan a parecer una distracción peligrosa.
Ares podría haberlo dejado pasar. Simplemente haberse conformado con una respuesta ambigua y volver a esconderse detrás de alguna discusión sobre los armarios.
En cambio, permanece frente a mí esperando algo que quizá ninguno de los dos esté preparado para escuchar.
—Las dos cosas —admito—. Pero las casas no suelen discutir conmigo, prepararme café ni llevar la cuenta de los días que llevo viviendo en ellas.
—No llevo la cuenta —se queja.
—Catorce días —le recuerdo—. Lo dijiste sin pensar.
—Era una aproximación.
—Era exacto.
—Tengo buena memoria. —Se encoge de hombros.
—Claro. Seguro que también sabes cuántas veces he comprado leche.
—Cuatro. —Aprieta la mandíbula, consciente de que acaba de traicionarse.
—¿Y sabes cuántos días llevo aquí ahora?
—Diecisiete.
Algo cálido y un poco peligroso me sube por el pecho. No me asusta del todo.
Cuando llegué, pensé que Lydia me había contratado para facilitarle la vida a su hijo mientras terminaba de acostumbrarse a vivir solo. Cocinar, hacer la compra, ocuparme de algunas cosas de la casa. Un trabajo concreto, aunque sus límites nunca estuvieran demasiado claros.
Esto, en cambio, no estaba en el contrato. Lydia no podía haber previsto las cenas compartidas, las discusiones absurdas ni que Ares fuera a contar los días desde mi llegada. Tampoco podía saber que yo acabaría encontrando un refugio precisamente en el lugar al que vine para trabajar.
No he conseguido romper ninguna barrera. Ares ha empezado a abrirla desde dentro, cuando ha querido y a su manera. Y yo no me he quedado para salvarlo de la soledad. Me he quedado porque, sin darme cuenta, también he dejado de sentirme tan sola.
—Definitivamente inquietante —murmuro.
Apoya una mano en el borde de la encimera. Sus dedos se cierran sobre la madera.
—La casa era distinta antes de que llegaras.
Sonrío, pero él no. Sus ojos continúan sobre mí con una intensidad que empieza a desordenarme la respiración.
—¿Te sigue molestando que esté aquí? —pregunto.
—Al principio, sí.
La sinceridad me arranca una risa breve.
—¿Y ahora? —insisto.
Me aparta la mirada. Lo mínimo para que algo en mi interior se congele.
—Ahora me molesta cuando no estás.
No parece una confesión. Él no la adorna, no sonríe después ni intenta restarle importancia. Precisamente por eso me desinflo como si me hubieran sacado todo el aire del cuerpo.
Me apoyo contra la encimera con la conciencia demasiado nítida de que solo nos separan un par de metros y ninguna razón convincente para no reducirlos.
—Entonces, ¿la reforma es porque quieres librarte de mí o porque quieres que me quede?
—Quiero que te quedes porque quieres estar aquí, no porque haya un paquete de pasta que yo no pueda alcanzar.
Todas las respuestas ingeniosas se me caen de golpe. Lo miro, incapaz de encontrar una respuesta que no revele demasiado. Ares tampoco se mueve. Hay algo abierto en su expresión, algo que rara vez me permite ver y que parece dispuesto a cerrarse en cuanto yo respire de la forma equivocada.
—Creo que no soy la única.
Sus ojos se estrechan ligeramente.
—¿La única qué?
—La única que se está acostumbrando.
Espero que lo niegue. En lugar de eso, se impulsa y acorta parte de la distancia entre nosotros. Se detiene frente a mí, lo bastante cerca para que deje de ver la silla antes que a él.
—No —admite—. No eres la única.
El pulso se me acelera. Él tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarme desde esa distancia. Yo podría retroceder. y también podría moverme hacia él. No hago ninguna de las dos cosas.
Sus ojos bajan hacia mi boca, y no es una mera impresión. El gesto es breve, pero mi cuerpo lo registra entero. El calor de la cocina, el borde de la encimera contra mi espalda, su mano todavía apoyada cerca de mi cadera y la distancia absurda entre su boca y la mía.
Mi cuerpo ya ha elegido acercarse. Mi boca, en cambio, pregunta por el señor Smith.
—El señor Smith, ¿cuándo viene?
Permanece inmóvil un momento más. Después retrocede lo justo para que el aire vuelva a circular.
—En un par de semanas, no tiene hueco antes. No quiero librarme de ti tan pronto. Llevo diecisiete días permitiendo que reorganices mi vida y empieza a resultarme divertido.
—Y yo llevo diecisiete soportando tu carácter y te aseguro que es de todo menos motivador.
—Entonces estamos en paz.
—Ni de lejos. Por lo menos hasta que alguno consiga que esto deje de ser raro.
—Entonces estaremos aquí mucho tiempo —suelta y se le escapa una sonrisa breve, algo nerviosa.
Sin más se aleja hacia el pasillo. Antes de cruzar, gira la cabeza.
—Sal esta tarde.
—Pensaba que habíamos quedado en que me dejarías decidir por mí.
—No estoy decidiendo. Estoy preguntando fatal.
—Ah… ¿en serio?
—¿Quieres salir esta tarde? —La pregunta parece costarle más que la llamada a la empresa.
Sonrío.
—Sí. Daré un paseo. Pero espero que me acompañes.
—¿Me estás pidiendo una cita? —cuestiona, con una media sonrisa que amenaza con volverlo insoportablemente humano.
—No —respondo de inmediato—. Es una consecuencia de tu mala técnica para preguntar cosas.
—Yo no he propuesto nada.
—Lo has hecho tú formulando esa pregunta con intención —afirmo, arriesgándome demasiado.
—Entonces, según tu lógica, si te pregunto si quieres cenar conmigo también sería una cita. —Ladea la cabeza, como si estuviera evaluando un caso complicado.
—Depende de cómo lo preguntes. Y haz el favor de no cambiar de tema. Empiezo a pillar tus técnicas de manipulación, y te advierto de que soy una experta en el tema.
—Me lo pensaré.
—Te convenceré —añado sin dudar.
Sus ojos vuelven a mí, más atentos ahora.
—¿Me estás amenazando?
—Llámalo promesa.